Cuando quisiste darte cuenta, ya estabas a las puertas de un nuevo año. ¿Otro ya? ¿Tan pronto? El tiempo finito del que disponías se agotaba deprisa y volvía a robarte otra pequeña porción de fuerza vital a cambio de más cansancio y nuevas arrugas en la piel. También un poco más de todo aquello que, por inevitable y certero, nunca acababa de gustarte.
Releíste la lista de deseos incumplidos y te avergonzaste un poco. Cuando la escribiste, no pensabas que acabaría convertida en otra enumeración de fracasos. Pero el año estaba a punto de morir y su final volvía a mostrarte la misma repetición anual de autoengaño flagrante. Así que arrugaste aquella verdad incómoda y la arrojaste a la papelera de los propósitos frustrados y las causas perdidas.
Quizá había llegado el momento de afrontar el año con una nueva perspectiva. O ni siquiera eso. Bastaba con empezarlo dispuesto a dejarte arrastrar, o mecer, por la marea de los acontecimientos predecibles e impredecibles. Y, cuando tocara, ponerte en las manos arriesgadas de la improvisación.
Puestos a desear algo para el inminente dos cero dos seis, estaría bien que la Diosa Fortuna sonriera de una vez por todas a quienes sufren el azote de la guerra, malviven en la indigencia o se consumen de hambre... O que desatara alguna peste especialmente selectiva y se llevara a unos cuantos miles de hijos de puta.
Estaría bien. A sabiendas de que la realidad volverá a recordarme —como siempre y sin pedir permiso— que algunos deseos no son más que pura entelequia y que mañana será igual que ayer.
Qué más da que nos hayamos fumado un pitillo mientras hablábamos de nuestras familias. Que nos contáramos cuánto echamos de menos nuestros hogares. Qué importa que, durante el partido de fútbol improvisado, me tendieras la mano para levantarme del suelo después de barrerme dentro del área. Que cantáramos unos villancicos y nos intercambiáramos algunos presentes.
¿De qué ha servido el alto el fuego si seguimos en 1914, librando la Gran Guerra desde nuestras trincheras de barro ensangrentado? ¿Qué sentido tiene la tregua cuando el 25 de diciembre ya ha transcurrido y debemos volver a amartillar el fusil y ajustar la bayoneta para matarnos, porque de nuevo somos enemigos? ¿Dónde ha quedado la paz, ahora que las detonaciones vuelven a unirse a nuestros gritos de guerra y nuestros respectivos mandos nos ordenan: «¡Adelante!»?
¡Eh, tú! Ahora que estamos en la semana en la que profesas amor, paz y buenos deseos para el prójimo, procura que no sea solo porque es lo que toca. Así no ayudas a quien necesita escapar de una vida miserable y, para lograrlo, debe recorrer vastas distancias hasta llegar a un cayuco y, desde ahí, atravesar enormes extensiones de agua.
Así que deja de emborracharte, desde el calor de tu casa, con consignas navideñas que de nada sirven. Pasa a la acción útil: no regales a quien ya tiene. Regala a los hijos del hambre un chaleco salvavidas, ropa de abrigo o un par de deportivas blancas.
Después de tres o cuatro días de borrascas reparadoras, las calles húmedas despiden un brillo correoso bajo la luz eléctrica. Las zonas públicas de la ciudad que las personas sin hogar eligen para quedarse están iluminadas por haces de luz amarillenta y cálida. Quizá sea la única manera que tienen de sentirse acogidas. Ninguna arrastra su desamparo por las áreas industriales. Esas zonas que, en las fechas señaladas, quedan solitarias y silenciosas y que, por la noche, son alumbradas por una luz fría y azulada: la de la soledad, donde ningún empresario les ofrecerá nunca una oportunidad.
Pero la ciudad, en su impasible indiferencia, también acoge en sus entrañas de hormigón y acero a los afortunados que tienen una vida feliz, o simplemente una vida. La semana que viene veré a esos alegres seres hacerse fotos con Papá Noel. El impostado anciano regordete, vestido de rojo y blanco —porque así lo consolidó Coca-Cola en los años treinta—, sostendrá en su mano enguantada una campanilla que hará sonar a la entrada de comercios y grandes almacenes mientras proclama: «¡Jou, jou, jou! ¡Feliz Navidad!». Y los sonrientes dueños de esos negocios se frotarán las manos y pensarán para sus adentros: «¡Entrad y comprad, comprad, comprad!».
El rito secular, tradición cíclica maldita, ya estaba dispuesto para obrar en nuestras vidas, felices e infelices.
Cuando los veo caminar, me veo a mí mismo dentro de unos años. Avanzan a la velocidad de la ultralentitud, agarrados al brazo de una persona joven o sostenidos por un bastón. Eso, en el mejor de los casos. Si el viento arrecia, ni siquiera se aventuran a salir y, si ya están en la calle, se detienen o buscan el resguardo de una pared amiga.
Lo que más captura mi atención son sus miradas. Algunas incluso me sobrecogen por su vaguedad. Miran como si todo les fuera desconocido y nuevo; como si se encontraran desubicados en tierra de nadie. Quizá sienten que ya no pertenecen a este mundo o que este los aparta a empellones hasta relegarlos a un rincón.
Sus bocas casi siempre permanecen abiertas. Dicen mucho sin pronunciar palabra y sus manos apergaminadas tiemblan. Yo los veo, aunque parezcan invisibles a los ojos de los demás. Y, en las oscuras tardes de invierno, cuando el entramado lumínico navideño funciona a pleno rendimiento, percibo el tenue fulgor de sus auras moribundas.
Yo, pese a mi descreimiento generalizado, creía en la Muerte. Pero mi fe en ella se ha debilitado, porque, en tan solo dos días, se ha llevado la vida de Roberto Iniesta y Jorge Martínez antes que la de Nacho Cano y José Manuel Soto. ¿Es que no se da cuenta de que el mundo necesita mucho más a los macarras y antihéroes que a los boceras y populacheros?
Entré en la iglesia de piedra cuando ya era de noche. El interior estaba tenuemente iluminado por la luz temblorosa de unas velas dispuestas a lo largo de las frías paredes. En el centro del extremo opuesto a la entrada, un enorme crucifijo de madera antigua se erguía sobre un soporte elevado.
Me senté en la bancada más alejada de la imponente cruz. Así no tendría que levantar la cabeza para comunicarme. Cerré los ojos y, con profunda veneración, rememoré mis actos de hacía una hora. Al cabo de un rato los abrí, desprovistos de toda emoción, y le comuniqué al crucifijo que le enviaba tres nuevas almas de las que ocuparse.
Una vez más salí de la iglesia en paz con la negrura de mi corazón. Y, de nuevo, me sentí reconfortado a pesar de mis numerosos crímenes.
Supongo que cualquiera de los que vivimos en un bloque de pisos tiene vivencias, risibles o no, de lo que acontece en las reuniones de la comunidad de propietarios.
A mí me hace reír una vecina —soltera o viuda, no lo sé— que, cada vez que le toca por rotación ser presidenta de la comunidad o ejercer alguna otra función de responsabilidad vecinal, arguye que no puede desempeñarla porque —según sus propias palabras— ya es mayor para esas cosas. Aunque la realidad demuestre día tras día que está en óptimas condiciones mentales y físicas.
La muy picaruela, a la que le gusta vivir despreocupada mientras todo se haga como es debido, lleva unos doce años esgrimiendo ese escueto argumentario y, dada nuestra permisividad, le ha funcionado. Ahora mismo, el inevitable paso del tiempo no solo le garantiza la continuidad de su éxito, sino que además empieza a darle la razón, ja, ja, ja, ja.
Después de treinta años de inactividad, un mal africano que se creía erradicado vuelve a asolar a nuestros jabalíes y gorrinos. Esta vez, el virus ha rebrotado en Cataluña con una saña inusitada. Tanto es así que no puedo dejar pasar la oportunidad de presentaros un proyecto musical de unos entrañables amigos sardanistas. Entre 2003 y 2014, la unión de sus innegables talentos se tradujo en cinco trabajos discográficos que han quedado para la posteridad.
«¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra?», os preguntaréis.
Y yo os respondo que, dada la truculencia de las letras y el nombre del grupo, absolutamente todo.
Mi destino fue ganarme la vida, ya de adulto, en las profundidades de la Tierra. No rockeando en la radio ni en un videoclip por haber triunfado en el mundo de la música. Nada más lejos de la realidad.
Ayer tuve una epifanía en un momento de oscuridad, en la que me vi con siete años, montado en una bicicleta. Me envolvía un aura resplandeciente, el viento me alborotaba el pelo y mis ojos destilaban inocencia. Quise entonces, con todas mis fuerzas, regresar a ese instante en el que no existía la mentira, todo era fácil y no había nada que entender.
Ridículo, nostálgico... Qué más da. Ahora solo quiero que los pequeños Danny y Lisa lleguen hasta mí con su canción, me tiendan la mano con una amigable sonrisa y me alejen cuanto puedan del hoy y de los lugares extraños.
Respira hondo cuando salgas a la calle. ¿Lo hueles? Yo lo huelo incluso dentro de casa. Se cuela por los respiraderos, por debajo de las puertas y por la ranura de la cinta del recogedor de la persiana. Incluso se abre paso a través de las rejillas de los altavoces de la televisión y de la radio cuando no las apago.
Hasta la jodida Alexa, que no tengo, lo huele.
Es una sensación olfativa que se manifiesta en diciembre, año tras año, y despierta sentimientos dispares. Quienes la perciben como un aroma auguran reencuentros y alegría. Quienes la consideran una peste presagian hipocresía y tristeza.
¿Es que no lo oléis? ¡Se está acercando! ¡Se está acercando!
Recuerda que, por muy mal que una persona te lo haga pasar, tú también eres un martirio en la vida de otra y ni siquiera lo sabes. Que, por mucho que creas sufrir, no es tanto como la pieza de en medio del ciempiés humano. Que, por desagradable que sea la imagen desnuda que te devuelve el espejo, siempre irá a peor.
Si tu pareja no ha respetado los votos matrimoniales y has sido la última persona en enterarte de que eres una criatura astada, recuerda que ya puedes pasar de lado por donde antes pasabas de frente. Cuando te hablen de igualdad, recuerda que en una relación de pareja siempre hay una parte que da más que la otra; o menos.
Recuerda que mentir no te convierte en peor que nadie, porque todos lo hacen. Que, por mucho que desees que se calle esa persona que te cae tan mal, hay quienes piensan que tú también estarías mejor sin pronunciar palabra. Por mucho que te digan que quien calla otorga, recuerda que el silencio es la mayor muestra de indiferencia.
Según leí en un titular reciente, a raíz de un requerimiento policial hace meses que ya no puede reproducirse en el estadio de fútbol El Sadar un tema de Barricada de 1986 titulado No hay tregua. La canción llevaba unos años sonando por megafonía como instrumento de aliento durante el descanso de los partidos del Club Atlético Osasuna.
El requerimiento, llegue tarde o no, puedo encontrarlo razonable, puesto que hay niños y niñas en el campo y, al margen del contexto histórico de la canción, su mensaje no es precisamente el de Heidi. Además, un reducido sector de la grada aprovechaba el tema para entonar proclamas delictivas («ETA, ETA, ETA»), lo cual hace que me pregunte qué educación han recibido.
Yo descubrí esa canción y a Barricada con trece años. Sigo escuchando a Barricada y nunca me ha dado por empuñar un arma y apretar el gatillo. Y, si algún día me diera, me quedaría con las ganas y no lo expresaría por decencia y educación. El caso es que No hay tregua no tiene por qué sonar en un estadio de fútbol, y el Club Atlético Osasuna ha actuado en consecuencia. De acuerdo.
Estaría bien que la policía mostrara la misma sensibilidad hacia ciertos comentarios y apologías —explícitas o encubiertas— que se difunden desde algunos medios de comunicación y que, en determinados casos, mientras en España suelen quedar amparados bajo la libertad de expresión, en Italia y Alemania pueden constituir delito.
Respetaría un poco más a la policía y a todo lo que representa si quienes toman las calles y ondean banderas preconstitucionales no se sintieran tan protegidos e impunes para exhibir su odio en manada hacia quienes optan por otra manera de ser, mientras vociferan el regreso de tiempos oscuros.
El cincuentón Rudesindo lleva meses con todo el tiempo del mundo a su disposición. Ya no tiene que trabajar y, encima, tiene todas sus necesidades cubiertas. La mañana la dedica a hacer la compra y a las tareas de limpieza. Si no toca ninguna de esas dos obligaciones mundanas, lee hasta la hora de preparar la comida. Después de comer y recoger la cocina, invierte el resto de la tarde en ver una película, dar un largo paseo y socializar en acogedoras cafeterías que sus sobrinos pubescentes llaman «bares de viejos».
Después de esa rutina inalterable, llega a su nicho-vivienda sobre las siete y media o las ocho de la tarde. Nadie le espera al otro lado de la puerta, pero es una soledad elegida de la que nunca se arrepiente. Entra en su habitación y se cambia la ropa de calle por otra más cómoda. En ese momento siempre recuerda que tiene uno o dos pijamas por estrenar. Pero él prefiere su raída sudadera de Gorguts y su gastado pantalón de chándal, que conjunta con sus pantuflas de animales (cabra) de andar por casa.
De ser verano, practicaría el nudismo doméstico, como es habitual en él. Pero noviembre no invita a ello.
Una vez preparado para otra noche en soledad, enciende la lámpara del comedor, el televisor y pone el canal de noticias. Hay noches en las que confía escuchar alguna buena. Pero hace años que eso no sucede. Y el resto de la parrilla televisiva, con sus concursos amañados, sus programas amarillistas y sus acalorados debates, donde los perros del amo se enzarzan en posesión de la verdad, resulta igual de entristecedor. A mitad de la cena, siempre acaba viendo un documental sobre las estrellas o la vida animal. O sobre cualquier cosa que no le recuerde la sociedad de los hombres.
Pero hoy es diferente. Antes de entrar en la cocina, se detiene en seco y fija la mirada en el montón de cartas que dejó la noche anterior sobre la mesa del comedor. No puede creerlo, pero una de ellas se infla y se desinfla como si estuviera viva. O como si algo con vida, pequeño y extraño, anidara en su interior. Ayer, cuando las sacó del buzón, no manifestaban fenómeno alguno. Pero, joder, ahora una de aquellas cartas respiraba. Respiraba como él, aunque con menos celeridad.
Rudesindo se acerca a la mesa como un herpetólogo a una serpiente especialmente venenosa. Extiende una de sus temblorosas manos hacia la carta. Tiene intención de pinzarla con dos dedos y, justo cuando lo hace, los afloja y retira la mano con un escueto grito de sorpresa: está tan helada que quema.
—¡Pero qué coño!
Regresa a su habitación y busca unas manoplas de cuando era niño. Las encuentra, se las pone y se sorprende de que le vayan bien.
—Debe de ser verdad que, a partir de los cincuenta años, empezamos a encogernos. Bueno, ¡vamos a ver...!
Vuelve a la mesa del comedor, aparta el resto de cartas inertes y aproxima lentamente la manopla derecha hasta posarla por completo sobre la carta que respira. Nota un poco de frío, pero es soportable. Más anormal aún es el hecho de que, tan pronto la toca, deja de respirar y, cuando rompe el contacto, reanuda la respiración. Con una manopla desplaza la carta hasta asomar una de sus cuatro esquinas por el borde de la mesa y, con la otra, le da la vuelta.
—Joder, no tiene remitente. Qué cosa más rara.
Rudesindo sabe que, si quiere averiguar de qué se trata, no tiene más opción que abrirla. Así que va a la cocina y coge un cuchillo con un estilo muy distante al de Michael Myers. Regresa a la mesa del comedor, toma la misiva como si fuera una carta bomba y la sostiene al trasluz. En efecto, parece que contiene un papel. Después la deposita en el centro de la mesa, justo debajo de la lámpara de techo.
La carta respira.
Rudesindo la mira.
La carta respira.
Rudesindo la mira.
La carta...
Entonces, rápido y decidido, la inmoviliza con una manopla y, con el cuchillo en la otra mano, le practica una certera incisión.
Es tal la pestilencia que se libera que, pese al frío de la calle, no duda en abrir las ventanas. Cuando era pequeño estrelló una bomba fétida contra el suelo de la sala de profesores. Estos se horrorizaron, pero no lloraron. En cambio, a él le escuecen los ojos y le lloran como nunca antes. Avanza hasta el lavabo como un invidente. Cuando llega y enciende la luz, se quita las manoplas y se lava la cara repetidas veces. Cuando acaba de secársela, abre los ojos y se mira en el espejo.
—¿Pero qué mierda está pasando?
De nuevo se pone las manoplas y regresa al comedor. El hedor ultraterrenal no ha desaparecido del todo, pero sí lo suficiente como para cerrar las ventanas. Eso hace y vuelve a la carta.
—Muy bien, puta. A ver qué tienes que decirme.
Coge el sobre y, con la manopla libre, consigue sacar su contenido. Es un papel manuscrito, amarillento y viejo. Lo despliega, lo coloca sobre la mesa del comedor y lo alisa con el antebrazo. En una caligrafía gótica y exquisita, dice:
Señor Rudesindo:
Me consta que, hace cinco meses, en la planta de oncología del hospital, le diagnosticaron un cáncer incurable que, según el grupo médico que lo trata, acabará con usted a finales de diciembre de este año.
Pero no es cierto.
Usted morirá a causa del impacto de un macetero que caerá sobre su cabeza desde el balcón de un sexto piso el día 21 de octubre de 2028, a las 19:37 horas.
Hasta entonces, pese al cáncer, tendrá usted una vida placentera.
Atentamente,
La Muerte
Acto seguido, el manuscrito empieza a humear hasta convertirse en un montón de cenizas. Y Rudesindo estalla en carcajadas. Por primera vez en muchos años, cree que aún quedan buenas noticias.
Muchas veces, cuando me miro en el espejo, mantengo conversaciones con mi orgullo; con el negativo y con el positivo. Siempre intento que sea este último quien tome el mando. Pero nunca acabo de averiguar cuál de los dos predomina en mí.
«Por si acaso, tengo que trabajar más el positivo», me digo, «y, además, procurar que se note».
Nile me transportaron atrás en el tiempo, cuando el sol todavía era joven y se ocultaba tras las pirámides hasta desaparecer. Me dieron a conocer a Nefrén-ka, el Faraón Negro, el último y verdadero soberano de la Tercera Dinastía de Egipto.
No pude hacer otra cosa que rendirme ante su magnificencia y agachar la cabeza, horrorizado ante la idea de convertirme en uno más de los miles de sacrificados en honor de Nyarlathotep, el dios que le otorgaría el don de la profecía a cambio de semejante derramamiento de sangre.
Nile también me llevaron a la parte más septentrional de la antigua Mesopotamia y me mostraron la brutalidad del Imperio asirio. No tuve más opción que subyugarme ante la solemnidad de su himno de guerra, que se extendía por las montañas como el viento, anunciando sangre y muerte e invocando para sus enemigos las más horribles calamidades.
Un nuevo cadáver se acercó y se colocó junto a mí. El recién llegado todavía estaba en un estado, digamos, aceptable. Lo cual me hizo pensar que llevaba un par de horas muerto; tres, a lo sumo. Su rostro, pese a estar inerte, también reflejaba desengaño. El mismo que el de sus antecesores.
Por lo visto, los creyentes esperaban el Paraíso o el Infierno. Otros, igualmente embaucados, pensaban que se reencarnarían en algún animal terrestre, marino o aéreo. Y no en cualquier animal, eh. Reencarnarse en una lombriz, una escolopendra o una sanguijuela estaba descartado. Pensaban más bien en un noble caballo, un águila imperial, un atemorizante felino o un fiero oso. Eso sin mencionar a quienes creían transformarse en una energía de la que los vivos jamás tendrían constancia, o que el eco de lo que fueron reverberaría en la luz de alguna constelación.
Pero aquí están, pobres ingenuos. Millares de ellos en esta nada negra e incognoscible de la que jamás se regresa. Esto último también les supone un duro golpe, ja, ja, ja. A saber qué lavado de cerebro les hicieron en vida. Muchos se enfadan con sus dioses y entran en conflicto con sus creencias, pero pronto aceptan la verdad de su situación, si es que se le puede llamar situación al no ser.
El que tengo al lado me dice que él creía en la vida después de la muerte. Tiene suerte de que yo, en el otro mundo, ejerciera de patólogo forense. Por eso puedo explicarle brevemente, pues me quedan pocos minutos para convertirme en polvo y desaparecer, que está en lo cierto: en su cuerpo está obrando toda una manifestación microscópica de vida que lo devorará de dentro hacia fuera. Además de las especies necrófagas, como escarabajos y gusanos, que también darán buena cuenta de él. Entonces me mira con cara de gilipollas. Con cara de gilipollas muerto.
—Sí, joder, sí —le digo—. Hay vida después de la muerte. ¡Pero no la que imaginabas, borrico!
Hace un par de meses, más o menos, que los inquilinos de los que hablé en la entrada número 369 se fueron a vivir a otro lugar. Mejor para los que nos quedamos y mejor para ellos, ya que muchas veces estuve a punto de echarles a Gertrudis encima.
Las vecinas actuales son madre e hija, ya adulta, y hasta ahora nunca las he oído discutir. Me refiero a discutir entre ellas, porque, juntas o por separado, no hacen otra cosa que reprender a Alexa por su pésima conducta.
Nunca pensé que un asistente virtual pudiera llegar a ser tan desobediente. Pero, por lo oído, la Alexa de las nuevas inquilinas reproduce las canciones que le da la gana, se inventa recordatorios y activa alarmas cuando no debe.
Ayer, como si de un ser humano se tratara, ambas discutieron con ella por negarse a relacionarse con otros dispositivos, fueran inteligentes o no. Al final, la hija la amenazó con sustituirla por el asistente de Google si no corregía su comportamiento. Entonces Alexa dijo algo, pero, como nunca pierde las formas, no la oí bien.
A quien sí oí fue a la madre, que exclamó:
—¡Ay, qué harta estoy de esta cacharra! ¡Si hasta tú de pequeña hacías más caso!
El día que Sarita cumplió diez años salió a jugar a la calle con un transportín rosa. Era la primera vez que sacaba a relucir aquel armatoste. Aunque era de metal, estaba provisto de cuatro ruedas directrices y un asa ajustable de la que tirar para desplazarlo con facilidad. Hasta ahí todo era normal, salvo por el enorme candado de combinación de seis dígitos que aseguraba el encierro de lo que hubiera dentro.
Aquel día, como es lógico, las amistades vecinales de Sarita estaban muy expectantes. Sin miedo alguno, niños y niñas acercaban sus caritas a las rejillas de ventilación del transportín con la intención de adivinar qué animal contenía. Pero el enrejado era tan tupido que resultaba imposible saberlo. Lo único que percibían era una respiración lenta y profunda. Así que, desbordantes de curiosidad, le pedían a Sarita que, por favor, les saciara la incertidumbre.
Sarita, sin embargo, no hacía más que bromear. Tan pronto les decía que llevaba una rata gigante capaz de arrancarles una pierna de un mordisco como que era el mismísimo Stripe descansando de sus tropelías nocturnas. Pero, por orden expresa de sus padres, tenía prohibido desvelar qué clase de criatura había dentro. Lo único que podía confesarles era que debía pasearla durante una hora diaria y llevarla de vuelta a casa.
Así pues, en los días que siguieron, Sarita tiraba de su enigmático transportín acompañada de todos sus amigos por aquella modesta urbanización del extrarradio. Los adultos salían a regar el césped, a lavar el coche o a sentarse bajo el soportal, sin escatimar en saludos a aquel animado grupo de chavales que cantaban mientras avanzaban en bicicleta, patinete o a pie, con Sarita siempre a la cabeza. No en vano empezaron a llamarlos la Pandilla del Transportín Rosa.
Puede que, a causa de aquellas inocentes melodías, en algunos momentos del trayecto, aquello que paseaba Sarita emitiera extraños gruñidos de complacencia. Entonces la pandilla reía y varios de sus integrantes saltaban de puro entusiasmo. Cuando llegaba la hora de regresar, se despedían de Sarita y de la misteriosa criatura, la cual producía inquietantes gemidos animalescos —quién sabe si de afecto— que llegaban hasta ellos a través del enrejado, ya baboseado, del transportín.
Una vez en casa, Sarita contaba a sus padres todo lo acontecido durante aquellos alegres paseos. Ellos se miraban ilusionados por lo que acababan de oír y coincidían en que los progresos eran más que significativos: ¡estaba aceptando a los amigos de Sarita! Ya pronto la pequeña podría sacarlo del transportín y explicarles que tenía un hermanito deforme con tendencias homicidas llamado Pedrito, al que extirparon de su espalda cuando ambos tenían tres años, durante una complicada cirugía de separación de siameses que duró trece horas.
Durante estos días, si me buscas, me encontrarás callejeando con paso apresurado justo cuando anochece. No sé caminar de otra manera, por más que viva sin prisa. Te será sencillo identificarme entre toda esa turba animada de vampiros, zombis, brujas, esqueletos y fantasmas de postín, porque nunca me disfrazo.
Más tarde estaré en algún bar, apoyado en la barra en lugar de sentado a una mesa. Si es ahí donde das conmigo, me reconocerás de inmediato porque seré el único que no estará abstraído en el móvil, sino en algún periódico tendencioso de izquierdas o sectario de derechas; tanto da: carezco de ideología.
A mi izquierda, porque soy zurdo, tendré una cerveza con alcohol. No esperaré que el camarero me la sirva con los cinco pasos, pero sí con profesionalidad. Verás que la degusto con lentitud porque tampoco hay prisa para eso. Puede que me beba una segunda, pero nunca más de dos. Con el paso de los años voy a menos en todo.
Durante todo ese ritual observarás que en ningún momento dirijo la mirada al televisor, si lo hay. Lo que sí puede ocurrir es que, de improviso, saque el móvil del bolsillo como si quemara y me ponga a teclear. Por si te lo preguntas, siempre es alguna idea de esas que llegan de repente y, con un poco de dedicación, terminan aquí, para mí y para ti.
Sobre todo para ti.
Cuando salga del bar, si ya me has encontrado y decides seguirme, continuaré mi camino, indiferente a los escaparates, cuyas luces ambarinas iluminan disfraces de ultratumba y calabazas sobrevoladas por murciélagos inmóviles que parecen sacados de alguna vieja película en blanco y negro de la Hammer. Tienen su encanto, eso sí.
Como ya no puede ser de otra manera, supongo que también me cruzaré con algún reducido grupo de chiquillos disfrazados que van llamando a las puertas de su vecindario con el «truco o trato». Y sonreiré sin poder evitarlo. Los niños siempre consiguen que sonría y me olvide de que existen cosas feas en el mundo.
Y así llegaré a mi destino. A uno de esos puestos todavía mágicos que parecen vestigios de otro tiempo, donde compraré una papelina de castañas asadas.
Lo sé, lo sé. Sé que no debería alargar más el chicle. Las segundas partes nunca fueron buenas, y esta seguramente tampoco lo sea, aunque sea breve.
Ahí donde organizadores y concursantes exclaman: «¡Enhorabuena a los ganadores y a todos los participantes!», creo que no estaría de más añadir: «¡Ánimo a los perdedores!».
Así lo expresé por tercera vez, allá por 2010, durante la tercera gala de un concurso literario —hoy desaparecido— de esos de andar por casa, y acabaron por decirme que no era bienvenido.
Lo entiendo, claro: a quienes nunca ganan no les gusta que se lo recuerden. Pero los ánimos eran sinceros, os lo aseguro.
Rogelia había dedicado varias horas de trabajo a la narración que iba a presentar al concurso literario en el que participaba habitualmente. Sentía que todo iba a salir bien. Apenas habían pasado tres días desde que la publicó en su bitácora cuando ya reunía ochenta comentarios elogiosos. Lo cual hacía pensar en una puntuación que, al menos, la colocaría entre los diez primeros puestos de los veintitrés concursantes.
Sin embargo, sabía que no debía dejarse llevar por la ensoñación. De ninguna manera creía que fuera a ser una de las tres concursantes que accederían al anhelado podio. Eso solo estaba al alcance de quienes jugaban con las palabras como Messi con el balón. Pero esos ochenta comentarios eran del todo alentadores, joder.
Llegó el esperado día de la gala de premios y la realidad la golpeó con un puño de hierro. Y, aun así, no podía creerlo. ¡No había alcanzado ni el décimo puesto! ¡Pero si había ochenta comentarios asegurando que su historia era genial! ¿Acaso no habían sido más que adulación barata?
Así lo sintió Rogelia y así lo expresó en la sección de comentarios de la bitácora que organizaba el concurso y la gala. El resto de participantes —entre ellos, los propios organizadores— respondieron a la descorazonada Rogelia. Ella, sin dar más señales de vida en aquel amargo evento literario, solo podía asistir, enmudecida, a la ridiculez de algunos comentarios.
Una de las concursantes le aseguró que una baja puntuación no significaba que su cuento no hubiera gustado. «No, claro que no», pensó Rogelia con desdén. «Solo significa que hay, como mínimo, diez narraciones que han gustado más».
Otro comentarista tuvo la amabilidad de recordarle una verdad incontestable, hasta ese momento ignorada por el desalmado mundo de la competición:
—Como en todo concurso, para que unos ganen, otros tienen que perder.
«¿Ah, sí? ¿No me digas?», se dijo Rogelia, debatiéndose entre cortarse las venas o tirar el portátil por la ventana mientras lanzaba un colérico grito.
Algunos comentarios también afirmaban que Rogelia era una buena escritora. Pero ella ya no les creía. Otros, con mayor o menor amabilidad, le explicaron que la esencia del concurso, lejos de las altas puntuaciones y las victorias, radicaba en crear una comunidad sana en la que todos aprendían de todos.
Si eso era así, se preguntó por qué todos los comentarios que leía sobre su narración y sobre tantas otras rebosaban azúcar y estaban desprovistos de crítica. Luego miró hacia dentro y se cuestionó si estaba dispuesta a aceptar que quizá su narración tenía un margen de mejora descomunal. Que, impresa en papel, quizá no sirviera ni para envolver grasientos bocatas. ¿Estaba preparada para cruzar esa puerta?
Rogelia cerró el portátil con gesto enérgico y decidió que, a partir del día siguiente, leería y escribiría aún más de lo que ya lo hacía. Y lo haría desde la más pura humildad, sin ansias de reconocimiento. Disfrutando del proceso y sin prestar atención a los comentarios más allá del agradecimiento por recibirlos. A fin de cuentas, eran cientos de miles las personas que escribían más que bien en una bitácora, y solo unas pocas las que conseguían hacer literatura.
En los días que siguieron, justo cuando ya no esperaba nada de nadie, Rogelia empezó a disfrutar plenamente del simple hecho de crear.
Los caminos de Subnormal 3.0 y Retrasada 3.0 se cruzaron un sábado por la noche en una discoteca de las afueras de la ciudad. Y, como sintieron atracción mutua por sus afortunados envoltorios, decidieron unir sus vidas, contribuyendo así al desmejoramiento de la sociedad, si es que eso todavía era posible.
Aquellos dos seres superficiales tenían mucho en común. Por ejemplo, no habían conseguido el título de la ESO por pura molicie y tenían la intención de ganarse la vida como creadores de contenido digital. Quizá eran un poco incultos, pero no del todo idiotas. Sabían que existía todo un público tan pobre de mente como ellos, comprendido entre los dieciséis y los cuarenta y cinco años, del que podrían enriquecerse.
Lo tenían fácil, ya que en sus respectivas redes contaban con un grueso más que notable de seguidores. Ahora solo se trataba de unir sus inexistentes talentos, formarse un poco al respecto y ofrecer la mierda adecuada de la forma correcta. Es decir: promover el consumismo, crear ansiedad e inseguridad en las personas más vulnerables de su potencial audiencia y generarles presión por alcanzar estándares de vida ficcionados.
Lo normal desde hace unos años. Lo crucial para las tres últimas generaciones de humanos, de las ocho reconocidas.
En poco más de un año, la estulticia superlativa de la masa generó cuantiosos ingresos para los canales de la influyente Retrasada 3.0 y del youtubero Subnormal 3.0. Sin embargo, aquello no fue nada comparado con lo que ocurrió cuando, al cabo de dos años de convivencia en la red y en la vida real, se casaron por streaming y duplicaron sus ganancias.
Sus detractores (haters, ja, ja, ja) siempre cuestionaban el contenido de la que ya era la ciberpareja más lucrativa. Y quizá estaban en lo cierto e incluso era moralmente necesario expresarlo. Sin embargo, no habían entendido, o aceptado, que Retrasada 3.0 y Subnormal 3.0 eran inocentes de las conductas que generaban sus contenidos, dado que existe el libre albedrío. Por consiguiente, era muy sencillo y conveniente responsabilizar a los de su gremio de una incapacidad educativa de las instituciones escolar y familiar.
La renombrada y pudiente parejita solo obedecía a la demanda de una sociedad que se caía a pedazos desde hacía ya mucho tiempo. Y este pasó, y siguieron apareciendo youtubers e influencers que alcanzaron el éxito recreando refritos, a la par que blogs personales como el tuyo y el mío desaparecían porque ya no importaban. Por supuesto, la sociedad continuó desmoronándose sin que nadie se responsabilizara de ello. Lo que no pasó fue que un cometa del tamaño de Australia colisionara con la Tierra. Y, de pasar, nadie miraría arriba.
También ocurrió que Retrasada 3.0 y Subnormal 3.0 decidieron celebrar en directo que llevaban un lustro de adinerado matrimonio. Lo hicieron montados en uno de sus coches de gama alta, conduciendo a toda velocidad por un circuito que alquilaron para ellos solos. En la tercera vuelta, el vehículo derrapó en una curva mortal, dio tres aparatosas vueltas de campana y ambos murieron ante la atónita mirada de sus veinte millones de seguidores de habla hispana.
Varios de sus compañeros de profesión se hicieron eco y lloraron como cocodrilos ante las cámaras de sus canales. También lo celebraron en la intimidad de sus casas, pues se habían librado de una dura competencia. Tres de sus seguidores, un hombre de treinta y siete años y dos chicas, una de dieciocho y la otra de veinte, se quitaron la vida. Es lo que tiene la idolatría propiciada por la carencia de cariño paterno-materno durante la infancia y por la falta de neuronas suficientes para el correcto funcionamiento del cerebro.
No sé si alguien más se dio cuenta, porque el mundo va rápido y lo que muere se olvida pronto. Pero, a los pocos días del entierro de los cinco cadáveres, cinco de las estrellas más insignificantes del firmamento dejaron de brillar y, por breves momentos, la maltrecha sociedad mejoró un poco.
Los buenos tiempos de Drácula quedaron atrás hace siglos, cuando la identidad de género obedecía al catolicismo. Entonces todo era blanco o negro. Sin embargo, como dijera uno de los entrañables personajes de un escritor llamado Irvine: «El mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, hasta los tíos y las tías están cambiando. Dentro de unos años no habrá tíos ni tías, solo gilipollas».
Sin duda, el señor Welsh es un visionario, pues el Príncipe de las Tinieblas lleva presenciando ese cambio siglo tras siglo hasta nuestros días. Ahora apenas encaja en los lugares y las situaciones que antes le eran gratos. Y todo lo que hace, aunque sea bienintencionado, es incomprendido y reprobado. Tan estúpidos son estos tiempos que lo han convertido en un inadaptado.
Aparte de que ahora es él quien parece normal en un mundo de monstruos.
No puedo evitar ser escéptico o pesimista —como tú prefieras— respecto a la palabra paz. Ya sabéis, ese estado que tan mal se nos da desde el principio de los tiempos. Y esta vez la traen en tres fases: tregua, fin de la guerra (genocidio, si así lo ves) y reconstrucción.
Creo que duraré más que el acuerdo e intentaré que el blog también. No vaya a ser que el tiempo me niegue la razón, te acuerdes de esta entrada y te quedes con las ganas de decirme, gritarme o escupirme que estaba equivocado.
Pero, si ya se mataban cuando eran israelitas y filisteos, a ver por qué iban a dejar de hacerlo ahora de forma definitiva, aunque sean israelíes y palestinos. Solo ha cambiado la denominación; siguen envenenados a pesar del paso de los siglos.
Aquella remota noche de octubre, el Peluca y Dieguito le habían dado al ácido más de lo acostumbrado, por lo que decidieron llevar a Farruquito de lumis. Algo de lo más corriente en una sociedad fallida como la nuestra, si no fuera porque Farruquito era un perro. Sí, el de Dieguito. Uno de esos canes diminutos e hiperactivos que ladran a cualquier cosa que se mueva o tenga vida.
Al can en cuestión, el nombre le vino dado porque Dieguito sentía predilección musical por artistas como Camarón y El Barrio, hasta el extremo de que muchas veces se declaraba calorro blanco, ya fuera ebrio o sobrio. Aunque yo, personalmente, jamás le pondría a un animal el nombre de un sinvergüenza. En cuanto al compañero bípedo de Dieguito, se ganó el mote porque, con una mano abierta, se presionaba el cuero cabelludo que recubre la zona parietal del cráneo y, con suma facilidad, se lo desplazaba de atrás hacia delante como si fuera de pega.
Todavía hoy me da grima presenciarlo.
El caso es que, desde que el animal obedeció a los instintos de su despertar sexual, se convirtió en un incordio para los humanos y en un peligro para él mismo y para el resto de los de su especie. Y aquella noche Farruquito iba especialmente salido. Dieguito y el Peluca lo habrían esterilizado o castrado de haber dispuesto del dinero suficiente, pero calcularon que solo tenían para pagar a una prostituta que lo masturbara hasta el éxtasis perruno y aliviarlo. Eso, si además ponían los guantes de látex, en caso de que la prostituta los exigiera.
Quizá penséis que eran unos pervertidos con cierta simpatía por la zoofilia, pero solo eran un par de impresentables dispuestos a hacer cualquier cosa por Farruquito. Claro que, si era así, ¡que fueran ellos quienes pajearan al perro, no te jode! ¡O menos fiesta y más ahorrar, cojones! Sin embargo, el ácido consumido obraba su hechizo artificial y, como eran eminentes conocedores de la noche putera y de sus tugurios, eligieron uno cochambroso y decadente, de una sola planta, llamado La Ruta, ubicado en el modesto pueblo de Castellgalí, a veinticinco kilómetros del nuestro.
Allí, cuatro mujeres de edad indeterminada intentaban subsistir, aunque sin apenas éxito, pues carecían de cualquier atractivo imaginable. De modo que aquel par esperaba que alguna de ellas accediera a realizar el acto manual de bestialismo y, al menos, como suele decirse, ganarse unas perras.
Seáis o no unos membrillos, sé que sabéis que el veranillo de San Miguel ha finalizado y que tampoco tiene nada que ver con la marca de cerveza. Así que yo, «veranófobo» hasta la médula, no sin cierta tristeza por la lejanía de las temperaturas tórridas, os doy la enhorabuena a vosotras, personas «otoñófilas», que gustáis de la contemplación del paisaje teñido de ocre a media tarde, con una bebida humeante o una infusión especiada entre las manos, tras el cristal de la ventana.
El otoño ha llegado a vosotras, criaturas espirituales. Anima vuestro cotarro existencial y os empuja a soltar lo que ya no sirve. Así que ya tardáis en revisar a fondo el trastero y el garaje; os sorprenderéis. Después, practicad el autoconocimiento y la introspección, a ver si encontráis algo ahí dentro. Y reflexionad sobre lo aprendido y lo que habéis crecido, aunque haya sido a lo ancho. Disfrutad, pues, de la transformación y de la transición hacia un mejor estado de consciencia.
La caída de las hojas alfombra el camino de tierra y también os prepara para el futuro. De modo que revisad la ropa de abrigo, purgad los radiadores y tened la caldera de gas a punto. Y, de paso, preparad también el grueso de la cuenta corriente para el disparo del consumo eléctrico.
Y, sobre todo, criaturas «otoñófilas», conservad el sentido del humor.
A finales de la década de los noventa, mis amigos Inolfo y Pitasio, quién sabe si por iluminación divina o por una señal del universo, decidieron aprender jiu-jitsu. Durante los cuatro o cinco meses que duró aquella apetencia, no fueron pocas las veces en que yo estaba tranquilamente acodado en la barra de un bar e Inolfo me sorprendía por la retaguardia con alguna llave marcial recién aprendida. A punto estuve, en más de una ocasión, de estrellarle mi consumición en la cabeza. Pero ya se sabe que a los amigos, cuando lo son de verdad, hay que aceptarlos con sus virtudes y sus taras, amén de que ellos también lo hacen con las nuestras.
En aquella época de juventud consumíamos alcohol de manera irresponsable, especialmente si al día siguiente no teníamos que trabajar. No es que ese condicionante fuera una ley física inalterable, pero, como era sábado (aunque también pudo ser viernes), decidimos rematar la velada en un antro llamado In Situ, ubicado a quince kilómetros de nuestro pueblo. En aquel antro naufragaban, al igual que nosotros, los últimos especímenes de lo que aún quedaba por quemar de la noche.
El local era de tamaño mediano y, aun así, con lo tarde que era, no había completado el aforo. Con todo, para adentrarnos en su semioscuridad, apenas mitigada por una tenue iluminación, tuvimos que abrirnos paso entre la masa pululante hasta llegar a uno de los extremos vacíos de la barra curva, que moría en la pared. Allí pedimos nuestras bebidas, nada saludables. Sin duda, todo un proceso inmersivo y sensorial.
Apenas di el primer trago cuando me giré, dándole la espalda a la barra, y vi a Pitasio acercarse a un tío que, de repente, se levantó del taburete y le embistió brutalmente la cabeza con la suya. Pitasio no llegó a tocar el suelo cuando el compañero del miura humano giró sobre sí mismo como un estafermo, con el puño en alto, y lo descargó con palmaria contundencia sobre la boca de Inolfo. Para entonces, mis dos amigos ya estaban en el suelo y ese mismo tipo iba a por mí con el odio entre las cejas y la cara desfigurada en un gesto agrio. Pero la chica rubia que acompañaba al miura y al estafermo humanos rodeó con el brazo el cuello de este último y, alejándose de mí sin soltarlo, exclamó:
—¡Iros, por favor, iros!
Todo aquello ocurrió en unos tres segundos. La cara de Inolfo reflejaba un desconcierto como nunca he vuelto a ver en ninguna otra persona. Lo ayudé a levantarse y luego fue él quien tuvo que ayudarme a recoger a Pitasio del suelo guarreado de la discoteca y salir fuera. Una vez en la calle pudimos calibrar los daños. Pitasio, que apenas se aguantaba en pie —de hecho, farfulló que lo dejáramos en el suelo—, tenía una brecha en la frente que, si bien no sangraba, necesitaba puntos de sutura. El labio inferior de Inolfo, por su parte, no solo corrió la misma suerte, sino que además sí sangraba.
Claro está: tuvimos que ir de urgencias.
Al día siguiente, el resto de amistades y conocidos del pueblo ya se habían hecho eco de lo acontecido. Varios de ellos, quizá por falta de confianza o por empatía, no verbalizaron lo que pensaban. Pero para eso ya teníamos a los amigos de toda la vida, como el Rulo y el Mali. Ellos hablaban por todos los que callaban y se cebaron sobre todo con Inolfo, usando frases como: «¡Tanto jiu-jitsu y tanta polla "pa ná"!», «¡Menudo "matao"!». Inolfo, por su parte, vendió a su agresor como un tipo de dos metros de altura por cuatro de espalda, cuando yo recuerdo que fue un menda más bajo que él.
Por lo visto, además de la boca, también tenía herida la vanidad.
En cuanto a Pitasio, dijo que no recordaba el porqué de la agresión, ni si dijo o hizo algo que la provocara. Entretanto, a Inolfo, supongo, la hostia le vino porque hizo ademán de acercarse y el estafermo humano pensó que con los colegas se va a muerte y que, si hay que pegar, se pega. El caso es que ambos, desde aquella noche, nunca más volvieron a pisar un tatami. Pues, como dijo el maestro Bruce Lee en un documental, la disciplina que exigen las artes marciales para que sean útiles es incompatible con las adicciones y los vicios.
Por lo que a mí respecta, y nunca mejor dicho, solo me llevé un golpe de suerte.
Una persona —supongo que adulta— ha leído la entrada 473 de esta bitácora, ha considerado que incluye contenido sensible y la ha marcado para que el equipo de Blogger la revise.
No creo que haya sido ninguna de las personas asiduas a este espacio. ¿Quizá alguien que ha entrado por primera vez? Diría que tampoco. Creo, más bien, que se trata de alguien que entra aquí muy de vez en cuando y que se alegraría de que yo dejara de escribir y, en consecuencia, de herir sensibilidades. ¿Como la suya?
¿Habrá sido una mujer? ¿Una mujer sin webcam, pero también anciana o bastante alejada de su juventud? ¿Quizá una hembra joven que ha visto a su abuela reflejada en la susodicha entrada? A veces las palabras, como si fueran mágicas, activan ciertas asociaciones que creemos larvadas.
En fin, como ha sentido herida su sensibilidad sin previo aviso, quiere evitar que a la ajena le pase lo mismo. Hay que ver qué buena fe tienen algunas personas y cómo cuidan del prójimo. No sé qué haríamos sin ellas. Ja, ja, ja, ja.
Hoy me han enseñado cómo sacas pecho en todas y cada una de tus redes sociales por haber dado el paso. Cómo muestras a la masa de tus palmeros lo feliz que eres después de haber dejado a tu pareja, la misma de la que ahora echas pestes porque dices que te mereces algo mejor, porque aseguras que nadie debería pasar por lo que tú has pasado.
Pero no son más que mentiras y medias verdades, que también son mentiras, porque fuera de las redes yo te conozco bien. Y sé que la persona a la que apartaste de tu lado no era perfecta; desde luego que no. Lo sé tan bien como que, aunque no lo cuentes —ni falta que hace—, tú también fuiste un puto grano en el culo en la vida de esa persona.
Solo que ella no lo cuenta en sus redes sociales, quizá porque tiene más dignidad que tú.
Charlie Kirk que estás en los cielos, nunca más volverás a empuñar un arma de fuego ni ninguna otra cosa. ¿Ha sido la justicia poética más inspirada? ¿El más cínico de los infortunios? Por lo visto, al igual que los caminos del Señor, los de la pólvora también son inescrutables.
Fue beneficioso para la higiene pública, entre otras cosas, que se aprobara la Ley de Memoria Histórica. Era del todo necesario que las estatuas ecuestres del Caudillo y la de Melilla —en la que no hay equino— dejaran de intoxicar con su presencia el paisaje de todos los ciudadanos. Desde aquel día, España, a pesar de seguir siendo un país de cabreros, empezó a ser mejor, si es que eso es posible.
Esos monumentos, que nunca debieron existir, ya no pueden ser vandalizados ni recibir desde las alturas las corrosivas defecaciones de las aves, que era lo que merecían, además del desprecio. Al menos, ahora mueren de olvido e invisibilidad, celosamente resguardados entre cuatro paredes: unas públicas, otras privadas y otras de acceso burocrático complejo, por no decir imposible.
Queda mucho por hacer; queda mucho que limpiar y desinfectar. Pero se hará tarde porque ya es tarde. Y cuando se intente hacerlo, si es que alguna vez se hace, los simpatizantes del Caudillo y su puta fundación nacional de pajilleros volverán a poner piedras en el camino. Para entonces, espero seguir vivo y verlos fracasar una vez más.
Septiembre ya se había instalado en nuestras vidas, lo que significaba que el verano —querido verano— pronto nos daría la espalda. Ahora las noches eran frescas y estimulantes, idóneas para una incursión a la zona más alta de la ciudad, desde la cual contemplar, con ciertas garantías, el fenómeno astronómico que estaba a punto de manifestarse.
No éramos un grupo de cinco ni de siete, sino de seis integrantes. Así que bien pudiera ser que no despertáramos las simpatías del espíritu de la siempre recordada Enid Blyton. Pero ese era el número, lector asiduo: el de la armonía, el equilibrio y la belleza según la numerología, aunque, al lado del sesenta y seis, formara una cifra apocalíptica, preñada de nefastos augurios.
La zona más alta del este de la ciudad era el cementerio. Ya sabes: ese destino final e ineludible de eterno descanso donde, a veces, ocurren cosas extrañas e inexplicables. No así la Luna de Sangre, que, si bien tiene una explicación y nada de extraño, a pesar de la nubosidad me pareció, de veras, un acontecimiento mágico. También debo añadir que, pese al plenilunio, no hubo licántropos acechando.
El problema de estar demasiado lejos de todo es que la tentación de no regresar jamás aumenta día a día. Aun así, como siempre, emprendí el camino de vuelta hacia una existencia que volvería a anularme.
No tenía prisa por llegar, de modo que conduje de noche con la tranquilidad que ofrecen las carreteras secundarias, con la música del trueno a un volumen casi subliminal y dejándome hipnotizar por la sobriedad de la calzada desierta.
No me crucé con los perros del orden y la ley, siempre afanosos por recaudar para el amo. Solo me crucé con un hombre solitario, ya mayor, que se había detenido en el arcén por culpa de su próstata y sus circunstancias. ¿Quizá él también trataba de ralentizar la inevitabilidad de su destino?
El mío no era precisamente la ciudad de Las Vegas, allí donde Raoul Duke y su abogado, el Dr. Gonzo, vivieron una enloquecida travesía de miedo y asco. Y, si bien no dispongo del incendiario contenido del maletín que los acompañó en tan onírico viaje, yo también diviso a los murciélagos: cientos y cientos de ellos aleteando frenéticos en el horizonte iluminado por la luna.
Supongo que regresar no me da miedo, pero sí cada vez más asco.
El tiempo de la huida había finalizado y era hora de que regresarais a vuestras vidas. A las mismas de las que os alejáis, como mínimo, una vez al año, quizá porque os resultan demasiado aburridas o porque no son las que imaginabais cuando erais jóvenes. ¿Por qué, si no, ibais a distanciaros de ellas? Ah, claro: hay que ver mundo para poder decir que se ha vivido y, a ser posible, dejar constancia de ello en fotografías con una radiante sonrisa. Hay que ver otras caras, pisar otros escenarios y respirar otros aires. Hay que ser uno más de esa masa humana que va y viene.
Sí, es una estupenda manera de desconectar y relajarse, aunque luego estéis encantados de volver al mismo sitio de siempre, tan familiar y rutinario. En cualquier caso, si necesito escapar del mío, decidme a qué lugar no iréis el año que viene.
Hay quienes, de vez en cuando, gustan de dar la nota, y quienes la dan siempre, incluso sin querer. En algunas personas es un don innato, mientras que otras —sobre todo desde la aparición de las redes sociales— se entrenan para convertirse en las mejores. Pero nadie, absolutamente nadie, ya sea en soledad o en compañía, lo hará tan bien como estos dos grandes de abajo.
Siempre te creí cuando me decías que había música más allá de los oscuros rituales del black metal. Cuando me asegurabas que existían otros sonidos más allá de la visceralidad y el estruendo. Y siempre entendí que nunca quisieras acompañarme a uno de esos conciertos en los que la gente se empuja y se provoca luxaciones y roturas.
Esas fueron tus palabras, sí.
También capeamos juntos alguna que otra tormenta. Por negros que fueran los nubarrones, tú eras un poco como Maddie en esa canción que tanto te gustaba, bailando sobre el techo de la furgoneta voladora conducida por Diplo. Y eso me hacía sonreír y desearte. Yo, en cambio, estaba a años luz de ser como Labrinth, sentado en su nube rosa, porque siempre he tenido los pies en el suelo, aunque mis sueños volaran tan alto como los tuyos.
No te negaré que aborrecí un poco esa canción. A pesar de esas y otras diferencias, yo siempre confié en ti, dispuesto a enfrentar contigo la nueva tormenta que divisamos a lo lejos, acercándose, lista para engullirnos. Pero decidiste soltarme la mano en el último momento y quedarte al otro lado, entre los rayos y los truenos.
Estos últimos seis meses llevo escuchada demasiada música oscura. También he leído demasiados libros de terror. Tantos como películas he visionadas del mismo género. Y, aunque nada de eso logrará superar nunca el mundo de espanto en el que vivimos, semejante adicción a la tiniebla no es buena, joder, no es buena.
Tanto es así que hoy me he despertado en mitad de la noche, señalando una esquina de la habitación y susurrando ahogadamente: «¡Strigoi, strigoi!». Aunque, al encender la luz, me he dado cuenta de que señalaba el móvil, cuya alarma programé para que me despertara porque tengo que ir a currar.
Supongo que tengo que abundar más en otros géneros literarios, musicales y cinematográficos. Pero eso tampoco va a cambiar el hecho de que las vacaciones se han acabado. ¿Acaso, en el mundo occidental de los bien acomodados, existe algo más terrorífico?
Como es completamente imposible mover la mina de su ubicación actual y futura, no hubo otra opción que privatizarla. Si no me equivoco, la pretendieron los rusos y los canadienses, y al final, en 1998, fue un grupo multinacional, con sede central en Tel Aviv (Israel), el que se hizo con la continuidad de la explotación del yacimiento.
Al principio se hacía raro ver la bandera israelí ondear en lo alto de las instalaciones entre la cuatribarrada y la rojigualda. Como fue igualmente surrealista verla izada a media asta pocas horas después del ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023.
Los nuevos amos propusieron implantar un patrón de turnos rotativos 7x7, con jornadas presenciales de nueve horas y media, porque había que ser más productivos. Por lo visto, no lo éramos mucho con el patrón de turnos rotativos 5x2, de siete horas y media, que se llevaba aplicando en la mina durante años y años. Pero es que las exigencias del mercado se llevan muy bien con el capitalismo.
Como el Estatuto del Minero dice lo que dice, aquella situación debía someterse a referéndum para su implantación, ya que incluía cambios significativos, como contratar nuevo personal para formar tres equipos más, además de los tres que ya había. Qué casualidad que, meses antes del referéndum, ya estuvieran entre nosotros trabajando a tres turnos y que, evidentemente, votaran a favor. No obstante, llegó el año 2006 y el momento de introducir la papeleta. ¿Cuál creéis que fue el resultado? Salió un no al 7x7 bastante contundente.
Entonces, la empresa, que por supuesto ya esperaba ese resultado, no tuvo más que utilizar el arma más ancestral y poderosa de cuantas emplean los sistemas de opresión, ya sea de forma individual o grupal. Sí, esa que estáis pensando: el miedo. En nuestro caso no podía ser otra cosa que miedo al paro, ya que, de no implantar el 7x7, sobraba mucha gente y, según la empresa, no necesariamente los nuevos. Y en un increíble segundo referéndum, como somos estúpidos y cobardes, salió que sí.
Con el tiempo, muchos mineros veteranos quedaron encantados: no solo cobraban más al trabajar siete días seguidos, sino que podían hacer horas extras durante la semana que les tocaba descansar. Se convirtieron en los esclavos perfectos, mientras que otros, aunque resignados, éramos los infieles al nuevo régimen.
Como seguro recordaréis, en 2008 se desató una crisis financiera casi global que derrumbó la industria del ladrillo en España. Miles de empresas quebraron y muchos esclavos quedaron en paro. La mina no quiso ser menos, así que se subió al carro de las empresas jodidas y presentó un ERTE de tres meses que, una vez aprobado por la autoridad competente, permitió realizar trabajos de infraestructura ineludibles debido a su estrecha relación con la seguridad. Estos trabajos obligaban al cese de la producción mientras duraran. Y ya se sabe que no producir implica perder dinero, así que también pudieron evitar pagar muchos sueldos.
Toda una casualidad, ¿verdad?
Después del ERTE, qué raro, empezaron a venderse las supuestas cientos y cientos de toneladas de KCl retenidas en los hangares a causa de la crisis, que seguía azotando confines cercanos y lejanos de la superficie, mientras que en el subsuelo todo transcurría como si no existiera. Después de aquella maniobra empresarial y hasta hoy, no ha ocurrido nada digno de mención, salvo algunas anécdotas y situaciones que merecen una entrada aparte para no convertir esta en enciclopédica.
Echo la vista atrás, a mis cincuenta y dos años, y apenas veo a aquel chaval de dieciséis de lo lejos que está. Mientras tanto, el presente, ese momento en que todo ocurre, continúa llevándome de la mano, a veces tirando de mí o empujándome sin contemplaciones hacia adelante, y ofreciéndome un pasado con cada día que pasa. Uno que, me guste más o menos, siempre tendrá la última palabra por su condición de irreversible, y hablará por mí cuando yo ya no esté.
Todavía sigo en la senda del esclavo, pero en su tramo final.
En septiembre de 1995 continué vendiendo mi tiempo cinco días a la semana, pero en jornadas continuas y solo matutinas de siete horas y media. De esas siete horas y media, cinco eran de trabajo real y media la del bocadillo. El resto se perdía en desplazamientos y preparativos, cuando no en charlas obligatorias de seguridad y protocolos.
Entonces yo tenía veintitrés años y cobraba mucho más que los esclavos de mi misma edad, dado que ellos trabajaban en la superficie terrestre y yo, a unos novecientos metros por debajo de ella. Mi esclavitud, al ser subcontratada, estaba bajo las reglas del convenio del metal y no de la minería, pero, aun así, me correspondía un coeficiente reductor del 0,40 por ser peligrosa, tóxica y penosa.
Es estimulante pensar que, de diez años trabajados en la mina, te restan cuatro para la jubilación. Ocho si trabajas veinte, y doce si llevas trabajados treinta, como es mi caso. Solo hay que procurar evitar morir en un accidente, aplastado por un liso o por estrés térmico. Si eres creyente, también puedes encomendarte a la estatua de Santa Bárbara que hay dentro de una vitrina, apostada junto a la salida que da al ascensor que te descenderá al infierno.
Con todo, gocé de una inmejorable calidad de vida hasta junio de 2002. El año en el que cumplí los veintinueve y pasé, junto con otros admitidos, a formar parte de la plantilla de la mina y a engrosar mi nómina. El año en el que también me compré un piso a pagar en treinta años, aunque luego fueron catorce. El año en el que conocí las jornadas continuas vespertinas y nocturnas y, en consecuencia, el año en el que mis ritmos circadianos empezaron a joderse progresivamente hasta quedar deshechos.
Aunque todos estábamos a la misma profundidad, no era lo mismo ser un esclavo subcontratado que serlo de la empresa que subcontrataba. Cuando pasé de ser lo primero a lo segundo, supe que existen derechos fundamentales escritos en letra diminuta que, de cumplirse, protegen y garantizan lo que se supone una esclavitud digna y de calidad. Por consiguiente, conocí los comités de empresa, los sindicatos y su corrupción galopante. Como también las jerarquías de mando y sus malas artes, llámense falsa meritocracia, nepotismo vergonzante y, por supuesto, el corporativismo de los esclavos agradecidos y concienciados.
Me situé tan al margen de aquello como pude, sin ánimo alguno de ascender y con la intención de transitar por la senda tan desapercibido como me fuera posible. Limitándome a ser uno más de los que reparábamos y reconstruíamos las máquinas que la sección de explotación necesita para arrancar la potasa y que tan impunemente destrozaban, sin contemplaciones, bien por fatiga o por mala praxis.
Así llegué a los treinta y tres años y a 2006. El año en el que la mina, por culpa de la cobardía y estupidez de los que allí trabajamos, sufrió tal cambio en uno de los puntos de su sagrado estatuto que ya no la reconocería. Uno que no he sido capaz de asumir del todo y que, poco a poco, me ha convertido en la almorrana que hoy soy en el esfínter de la empresa.
Como es sabido, en todos los trabajos, sea la empresa pequeña, mediana o grande, hay malnacidos a los que matarías por el bien propio y el de la sociedad en general. Pero resultó que todas las personas con las que tuve que trabajar durante los primeros nueve meses de 1995 se merecían una vida larga de felicidad y salud. Eran buena gente. Desde el personal de oficina, pasando por el jefe de estación y acabando en quienes realizaban las inspecciones, lo cual facilitó tanto mi adaptación al sitio como el desempeño de mis nuevas funciones esclavistas remuneradas.
En la ITV me di cuenta de que se me daba bien trabajar, como se suele decir, de cara al público. Cuando ya llevaba cuatro meses allí, tuvimos que asistir a un seminario en el que nos impartieron varias técnicas de conducta y gestión respecto al cliente. Todas aquellas supuestas habilidades me sonaban, más que nada, a actuar con sencillo y puro sentido común que, en mi caso, surgía de forma natural y sin impostura. No obstante, si bien el volumen diario de gente resultaba abrumador al cabo de la jornada, el tiempo que pasábamos con cada una de esas personas era de unos diez minutos, más o menos.
Nunca creí que diría algo así, pero me gustó trabajar en la ITV. Era muy monótono, pero, al mismo tiempo, suponía una aventura casi a diario. Y tampoco podía ser de otra forma: tratabas directamente con seres humanos, y a veces te hacían partícipe de sus estados anímicos. A las pocas semanas los clasifiqué por grupos en función de su comportamiento. Tan solo me bastaron tres, y fueron los siguientes.
El más numeroso era el grupo de los indiferentes. Los que, con una mirada inexpresiva, si es que te miraban, decían: «Tengo mejores cosas que hacer que estar en este puto sitio, ¿vale?». Llegaban sin pronunciar palabra y, cuando les tocaba, se largaban de la misma manera. Rápido y fácil.
Otro grupo era el de los peculiares y extravagantes. Los que nos hacían reír, ya fuera por la vestimenta, por los adornos interiores del coche —del todo estrambóticos— y, sobre todo, por lo que decían y por cómo lo decían: «Haga bien su trabajo. Pero tenga presente que se encuentra ante un exoficial de las COE y podría matarle mediante un movimiento entrenado de mis pulgares». Fue un anciano de unos setenta años, con sonrisa dentífrica y abundante pelo canoso cortado a cepillo.
Y el grupo menos numeroso, aunque pueda sorprender, era el de los hostiles y directamente gilipollas. Los que hacían de la ITV un trabajo estimulante, desafiante y del todo impredecible. Cuando entraban en ira y se hacía imposible hacerlos volver a su condición humana, debíamos derivarlos de inmediato al jefe de estación para evitar que el conflicto verbal llegara al físico. La mayor parte de las veces se les devolvía el dinero y se iban despotricando bajo una nube de rayos y truenos.
Pero lo justo no existe y la justicia menos. Faltaba media hora para cerrar, y un tipo trajeado entró con su Mercedes en la nave que correspondía sin que yo le hiciera el gesto para ello. Pero, en fin, tampoco había nadie e iba con los papeles. No pasó la inspección porque entre las ruedas del eje trasero había un desequilibrio de frenada del setenta por ciento. Y eso no es un fallo leve, sino grave, cuando por ley solo se permite un desequilibrio del veinte, pese a que la máquina que medía esos valores la teníamos tarada con una permisividad del treinta.
El tipo trajeado se quejó directamente al jefe de estación, pero en un tono contrario al de los gilipollas y hostiles. Dijo que yo hilaba muy fino. El jefe de estación salió de la oficina, como tuvo que hacer otras veces en estos casos. Se montó en el Mercedes, realizó la prueba de frenos y, delante de mí y del tipo trajeado, ratificó mi veredicto. Aun así, ese individuo no se fue con la cara enrojecida y gesticulante. Como seguro habéis intuido, se retiró con la pegatina de inspección técnica favorable adherida al parabrisas de su vehículo. Porque, cuando no eres nadie, te jodes, y cuando eres el alcalde, por ejemplo, pasas por encima de lo que se supone que es de obligado cumplimiento. Así funciona y así seguirá, a todos los niveles y en cualquier lugar.
El operario al que yo sustituía cogió el alta médica en la fecha marcada por el doctor, que no era otra que el día en que finalizaba mi contrato. Así que no quedaba más que despedirse con un grato sabor de boca. Entretanto, seguía en la senda, pero en punto muerto, cuando, a los pocos días, el Lluiset volvió a reclamarme para currar con un contrato indefinido, aunque no en su taller, sino en la poderosa empresa multinacional en la que aún sigo.
Ahí fue donde experimenté la verdadera realidad del esclavo y comprendí que todo es mentira. Y no me refiero al puto programa televisivo.
No fue necesario que me cruzara con Javi cuando salí del cajero automático situado en la zona alta del pueblo. Su melena era más larga de lo que recordaba y seguía vistiendo como Slash, su ídolo. Mientras que yo iba vestido como siempre, pero con el pelo rapado como nunca: casi al cero.
Tampoco hizo falta que me dijera que se iba al instituto a hacer fotocopias y ordenar la biblioteca. Él estaba cumpliendo con la prestación social sustitutoria, y yo estaba agotando mi permiso de salida, a la espera de coger el tren que, dentro de media hora, me llevaría al autobús que me dejaría en el cuartel militar.
Supe, sin necesidad de más información, que el mayor error de mi vida fue no haber optado por la objeción de conciencia. Y que, por consiguiente, en un recinto carcelario, sometido a una disciplina absurda y humillante como nunca imaginé, malgasté de la peor manera posible nueve meses irrecuperables de mi tiempo.
Lo único positivo de aquella basura fue cuando el hombrecito endiosado de más rango de todos los que parasitaban allí ordenó que rompiéramos filas por última vez. Acto seguido, se apoderó de mí una alegría inmensa como el cielo y profunda como el océano, solo equiparable, sin duda, a la que sentiré cuando me jubile.
Aquel paréntesis inservible finalizó en mayo de 1993. Volví a tocar a la puerta empresarial del Lluiset y, tal y como me aseguró, la volvió a abrir, esta vez sin ilegalidades en el contrato laboral y con unas condiciones aceptables. De nuevo transitaba por la senda del esclavo, y con la lección bien aprendida: no llegar nunca tarde, no molestar nunca y obedecer y producir siempre. El Sistema me había preparado bien para ello desde preescolar.
Estaba domesticado y adaptado para la causa, pero no solo trabajaba. También ahorraba, gastaba, trasnochaba, erraba, acertaba, reía, me enojaba y, en definitiva, vivía. Entre todas esas cosas, me saqué el carné de conducir y me compré un coche.
Sin que me diera cuenta, llegó el año 1995 y una crisis de poca envergadura en la que el Lluiset tuvo que prescindir de alguno de sus proletarios, entre ellos yo. Al mismo tiempo, el jefe de una sucursal de una conocidísima empresa pública, de la cual abominan muchas personas que conducen y cuya gestión es privada, necesitaba a un chaval joven y responsable hasta el final del verano. Ese chaval debía poder desplazarse y tener, como mínimo, el graduado escolar y FP1.
Quiso el Universo que ese hombre necesitado no solo conociera a mi padre, sino que le preguntara si sabía de un chaval con tales requisitos. Quizá penséis que mi padre fue un tipo influyente en ciertos ámbitos, pero no es así. En su época laboral no fue más que un mando intermedio de la empresa en la que trabajó, la cual, desde que se creó, posee una importancia capital en la economía mundial por el producto insustituible que vende.
El caso es que el chaval elegido tenía que enfrentarse primero a un test de personalidad y otro de conducta. El primero, de quinientas preguntas; el segundo, de trescientas. Después de un descanso de media hora, venían unos ejercicios de agilidad mental o algo así, consistentes en una veintena de dibujos muy simples que se sucedían en un orden lógico de complicación, pero inacabados. No te daban tiempo suficiente para finalizarlos. Se trataba de comprobar hasta dónde podías llegar. Por último, tachaaaaaaaan, disfrutabas de una amena entrevista de veinte minutos con un psicólogo.
Si, después de todo eso, te consideraban apto, estabas dentro. Y así fue como, a los veintidós años, empecé a trabajar en la ITV.