25/2/21

8. El virus

    Si tuviera que imaginar un futuro en el cual no nos exterminamos, sería aquel que atendiera a las leyes de la robótica que nos diera a conocer Isaac Asimov. Los androides —o como se quiera llamar— y cualquier vida artificial que fuéramos capaces de crear, estaría destinada a realizar todos los trabajos: los buenos, los malos, los de mierda y los que no son ni una cosa ni otra. Nosotros, al no tener que vender nuestro tiempo, dispondríamos de él en su totalidad y cualquier actividad, incluso las básicas como nacer, cagar, comer, beber, mear, dormir, follar y morir, adoptarían insospechados matices de creatividad nunca antes experimentados.

    Algunos humanos seguirían invirtiendo su tiempo en el progreso de la medicina, la ciencia y la tecnología. Pero está claro que la mayor parte de la humanidad continuaría cultivando sus rasgos más característicos e inherentes: usura, puteo, molicie, etc. Y todo esto orquestado a placer por la presencia secular del Gran Hermano. Naturalmente, tal planteamiento apunta a la ciencia ficción cutre, gestada desde mi realidad que no tiene porque ser la tuya.

    Con toda esta brasa, lo que quiero decir es que por mucho que el tiempo pasa nada cambia realmente. Estamos en una pandemia y nos repiten una y otra vez que nos quedemos en casa. No obstante, a partir del día 13 o 14 reincorpórate al curro que hay que reactivar la economía y cuando acabes tu jornada, regresa a casita que el confinamiento todavía no ha finalizado. Es más, puede que se alargue hasta mayo. Supongo que ante semejante contradicción ya nadie duda de que los que manejan el cotarro anteponen la pasta a la salud.

    Cada cual tendrá su cábala sobre el origen y el porqué del coronavirus, aunque yo ni siquiera me lo planteo. De hecho, hace años que soy un descreído de las versiones oficiales y de nuestra especie, además de proclive a creer que todo lo que ocurre —y lo que deja de ocurrir— obedece siempre a un oscuro mundo de intereses creados. Y no precisamente para mejorar los del proletariado en todas sus formas; antes y ahora. Esto no va a cambiar aplaudiendo desde los balcones —ni desde ningún sitio— por bienintencionado que sea el gesto. Y aparte de la resignación que hay que gastar para vivir con todo ello, no me hace ni puta gracia.





P.S.: entrada recuperada de 13/04/2020


22/2/21

7. Contagio escolar

    Ahora que vivimos en una pandemia —la primera de nuestra vida, ¡qué emoción!— los churumbeles no tienen que ir al colegio. Este hecho inusual me ha recordado cuando el colegial era yo. Ahora no sé, pero en mis tiempos de instituto, el alumnado de mi clase tenía un común diferenciador: los vagos y los aplicados. Obviamente y para no darme importancia, yo estaba en una respetable posición intermedia.

    El profesor, confiando en lo honroso de su profesión, colocaba al alumno vago al lado del alumno aplicado, con la noble intención de que el alumno vago se contagiara de la actitud del alumno aplicado. Pero ocurría el efecto contrario. El alumno aplicado terminaba contagiándose de la actitud indolente de su compañero de pupitre. Con lo cual, el profesor ya no tenía un alumno vago: tenía dos. Es más, como el profesor no estuviera al loro, en pocos días corría el riesgo de tener a toda la puta clase infectada de holgazanería extrema.

    Total, que aquella mierda se pegaba.

    Cuando eso ocurría, el profesor identificaba el foco de infección —solía ser un grupo de cuatro o cinco portadores—, y lo aislaba del resto de estudiantes asintomáticos colocándolo en la esquina más alejada del aula. De hecho, me consta que parte del profesorado hacía lo propio, a fin de evitar que la pereza se propagara y derivara en una jodida pandemia de los cojones y afectara a todo el centro.

    En fin, que cuando los churumbeles tengan que volver al colegio, pobrecillos, fliparán más que cuando yo veía a Mazinger Z emerger del agua. Más que nada, porque a lo mejor ya se han contagiado entre ellos sin saberlo, mucho antes de que empezara toda esta movida vírica. Aunque en mi caso, ni contagio, ni infección, ni pollas en vinagre: mis padres siempre me han asegurado que desde la primera vez a la última que entré en un recinto de enseñanza, la vagancia me venía de serie.




    P.S.: entrada recuperada de 01-04-2020

18/2/21

6. Los ocho mandamientos de VOX

      PÁGINA 8.236, BLOQUE 1.411, EXTRACTO 490, PÁRRAFO 98, ANEXO 4:

    De lo que debe hacer en un bar un votante cretino de VOX perteneciente al Opus Dei.

1. El cretino se dirigirá a cualquier bar comprendido en la zona de Cataluña, habiendo  comprado antes morcilla de Burgos.

2. El cretino pedirá al camarero que le sirva una taza de café con leche, puntualizando que la taza no debe llevar dibujado el escudo del Barça ni la Señera.

3. El cretino se bajará los pantalones hasta los tobillos quedando perfectamente visibles los calzoncillos slip

4. El cretino, con la mano derecha, mojará la morcilla tres veces en la taza de café con leche, para luego lanzarla detrás de él sin más gesto que el requerido para tal acción.

5. A continuación, también con la mano derecha y sin apartar la mirada del camarero, el cretino derramará ceremoniosamente y sin mover un solo músculo de la cara, el contenido de la taza de café con leche sobre su propia cabeza.

6. Seguidamente y de esta guisa: pantalones bajados hasta los tobillos, café con leche derramado en su calva y un semblante absolutamente impertérrito, entonará con la boca cerrada el himno nacional del estado español.

7. Después, el cretino disfrutará plenamente del desconcierto de la concurrencia catalana del bar que no se coscan de lo que está pasando.

8. Por último, y habiendo seguido estrictamente los siete pasos anteriores, el cretino votante de VOX perteneciente al Opus Dei, jamás volverá a requerir los servicios de cualquier camarero que trabaje en Cataluña, cuyo nombre no sea Jesús, María y José.





15/2/21

5. Historia de San Valentín

    El recuento electoral estaba llegando a su fin. De pronto ella preguntó: «¿Me dejas que te coma el culo?».

    Fue una pregunta formulada con total naturalidad. Como quien pregunta la hora o si prefieres de postre melón o sandía. Era la segunda vez que nos veíamos. Quiero decir, la segunda vez que nos veíamos vestidos para acabar desvestidos. Y después desnudos, sudorosos y cansados. Por eso aquella apetencia me descolocó un poco. No solo nos habíamos comido el uno al otro con fruición lujuriosa, sino que además nos habíamos cansado en el mármol de la cocina mientras se cocían los macarrones; en la alfombra que adornaba el parqué ante la indiferencia del perro; en la bicicleta estática que estaba delante de la cristalera del balcón para placer visual del vecino de enfrente; en la mecedora de su abuela difunta, y en lugares más cómodos y siempre hogareños como el sofá y la cama. 

    Así que no se me pasó por la cabeza que tuviera ganas de hacer algo más. De todas formas accedí; se lo debía. En nuestro primer encuentro, me expresó su deseo de introducir hasta la segunda falange el dedo medio de su diestra por la sacra oquedad de mi culo. Petición que denegué, obedeciendo a mis prejuicios heteromasculinos en los que no cabe una profanación de esa índole. Así que esta vez no podía decirle que no. Y ahí estaba ella, emocionada y anhelante, a escasos milímetros de ese orificio íntimo que nos hermana a todos y nos coloca en una posición de igualdad. Y ahí estaba yo, entre la expectación y la sorpresa, en grotesca y ridícula pose, mientras ella propiciaba toda suerte de inquietos lengüeteos con avidez exploradora por todos los recovecos prohibidos de mi retaguardia, descubriendo nuevas texturas y quién sabe si también sabores, y descubriendo yo curiosos estímulos nunca antes experimentados.

    Cuando ella se sació, expresamos nuestro mutuo agrado por lo sentido con un salivado y prolongado beso, sin preocuparnos en absoluto de que no se debe pasar de culo a boca. A continuación, elogió la pureza esférica de mi ojete —según ella desprovisto de hoyos, cráteres y forúnculos circundantes, así como de hemorroides floridas y cicatrizadas— comparándolo con el eclipse de un bello sol de poniente. Fue un Día de San Valentín un tanto extraño. Ya sabes, esa puta tradición en la que pusieron precio al amor y lo convertimos en negocio. Fue un día de los enamorados en el que aprendimos que si el sentimiento es puro, se traspasan las más insospechadas fronteras.

    En la próxima cita, yo sería el comensal de su puerta trasera. 



 


11/2/21

4. Sin callar

     Los hay quienes defienden su causa embutidos en un pasamontañas y detrás de unas siglas, y los hay quienes dan la cara en Las Cortes y no por ello dejan de ser menos hijoputas e indeseables. También los hay quienes protestan prendiéndose fuego o dejando de comer, y otros lo hacen saliendo a la calle pancarta en alto o bien empuñando un micrófono y cantando.

    Como por ejemplo, Pablo Hasél.

    Para él, el marrón empezó el 4 de octubre del 2011. Fecha en la que la Audiencia Nacional lo detuvo y acusó por delitos de enaltecimiento del terrorismo e injurias y calumnias a la Corona. En 2021, el Tribunal Supremo ha confirmado la pena y por lo pronto, se va a comer nueve meses en prisión. Si no más. 

    Para cualquiera que simpatiza con el actual continuismo corrupto de un franquismo que nunca debió existir, parcheado con una monarquía a todas luces tóxica y cancerígena, Pablo no es más que un bobo panfletario y un provocador bocachancla al que le tuvieron que dar un par de collejas a tiempo. Para los que estamos profundamente asqueados del actual régimen opresor, personas como Pablo Hasél son necesarias. 

    ¿No es apología del fascismo afirmar que el franquismo fue un periodo de gran placidez, como dijo en su día Mayor Oreja? ¿Es apología del fascismo jurar lealtad a las leyes fundamentales del movimiento nacional, cuya aplicación supuso el encarcelamiento, la tortura y ejecución de miles de españoles, tal y como hizo el sucesor del caudillo fascista, el jefe del Estado antes de ser emérito? ¿Sería apología de la corrupción defender a PP o PSOE, cuyo número de imputados por cohecho, tráfico de influencias, prevaricación, malversación... se cuentan por miles? ¿Cómo es que a Losantos todavía no le han cerrado la boca?

    Si no te gusta que te amordacen, no creas que toda esta mierda contra la libertad de expresión no va contigo. 

    El cerco se estrecha.





8/2/21

3. Confinamiento

    De todos es sabido que tontos del culo, indistintamente de su sexo, los hay durante todo el año y en todas las tesituras imaginables. Aunque parece que ahora, en medio de una pandemia y con un estado de alarma decretado, se agudizan sus taras cerebrales a la par que el ingenio, y se empeñan en ser conocidos.

    Como parte de la borregada que soy —somos— he visto algunos de los vídeos y fotos que circulan por las redes constatando lo que digo: un paseante gilipollas vestido de dinosaurio; una subnormal paseando al perro vestida de Blancanieves; un gilipollas vestido de Batman mostrando brazo en alto, cual salvador urbano, un paquete de papel higiénico; subnormales paseando perros —y lo que no son perros— de peluche, de plástico, de cerámica... En definitiva, gilipollas, tontos del culo y subnormales que simplemente salen o van en moto porque sí, creyéndose más chulos que nadie o que no va con ellos lo que está ocurriendo.

    A ver, tampoco es que quiera abundar en la negatividad y parecer un amargado. De hecho, aplaudo fervorosamente y a carcajadas al tipo ese que en un insuperable alarde de mimetismo, aparece en una foto ante dos policías fusionado en un árbol auténtico. Aunque yo prefiero otro tipo de notoriedad, como la de salir al balcón a cantar o tocar un instrumento. También es divertido presenciar una guerra de canciones a modo de declaración de intenciones. 

    En mi vecindario, la del quinto pone Sobreviviré de Mónica Naranjo y la del tercero, que nunca quiere ser menos, contraataca con Resistiré del Dúo Dinámico. Llega un momento en que la contienda está tan reñida en base al volumen, que yo que estoy en el cuarto se me inflan los huevos y pongo Mundo muerto de RIP. Bien pensado, la gilipollez y la subnormalidad no siempre van reñidas con el buen humor. Si montáis una rave en el balcón también me vale.

    Es decir: quedaos en vuestra puta casa.

   




    P.S.: entrada recuperada de 28-03-2020


4/2/21

2. Zombi

     Hoy es el Día del Orgullo Zombi. No sé qué hay de orgullo en vivir muerto y carente de voluntad, pero admito que sería agradable ver cómo un esclavo zombi eviscera a su jefe mientras este prepara las putadas laborales del día; le arranca el corazón al director del banco que no quiere prorrogar la hipoteca, o descabeza a un policía que se extralimita. Justicia de clase impartida desde la resurrección para equilibrar la balanza. En cualquier caso, la fecha más adecuada para el orgullo de los vivos en fase de descomposición sería en Nochevieja. Durante esa transición de viejo a nuevo, está socialmente aceptado que uno se emborrache y haga el gilipollas más que cualquier otro día. 

    En las primeras horas del nuevo año, solos o en grupos, los zombis proliferan por las calles en un lento deambular, desorientados y gruñendo una jerga ininteligible. Algunos, incapaces de tenerse en pie, se arrastran. O lo intentan. Los más débiles hacen del duro asfalto un colchón, se recuestan en las bolsas de basura mimetizándose con ellas, o se abrazan a farolas y papeleras arrodillados en su propia meada. Otros, igualmente afectados pero menos llamativos, se sientan en un banco con la boca desbabando abierta al cielo, y los brazos laxos con las palmas hacia arriba como esperando una señal divina. Incompresiblemente, el efecto zombi remite el día dos. El tres a lo sumo. Y sin antídoto. 

    Nada como unos cuantos litros de alcohol en la sangre para volverte un zombi, aunque inapetente, auténtico.