Una vez más, el Padre Esperancejo salió en mi búsqueda habiéndose bebido antes todo el vino de la sacristía. Me encontró en el bar de siempre, a solas con mis demonios. Desde el umbral, con ira embriagada, reclamaba a viva voz mi atención, pues sabía que solo yo me atrevía a debatir profundos temas existenciales con él cuando se encontraba en ese estado. Creo que, en el fondo, aquel era otro intento más de convertirme en uno de sus adeptos. Pero por más que intercambiáramos argumentos de intenso calado teológico entre trago y trago hasta agotar la noche, la mañana siempre nos encontraba con nuestra inamovible verdad y con una borrachera de padre y señor mío.
28/4/22
130. Crisis de fe
25/4/22
129. Parecidos
Un día, un cerdo perteneciente al cuerpo de la policía NAZIonal llamó «osito» a Oriol Junqueras. Siguiendo con los parecidos razonables, Antonio García Ferreras me parece un grizzly y Alicia Sánchez-Camacho tiene cara caballuna. Huelga decir que no me inspiran simpatía los humanos mencionados en esta entrada, pero sí los caballos, los cerdos y los ositos. Sobre todo estos últimos, si son de peluche.
21/4/22
128. De leer
18/4/22
127. Oscurecimiento
14/4/22
126. El lugar imposible
11/4/22
125. Conductores
7/4/22
124. Carta extrema
Excelentísimo y reverendísimo señor obispo prelado de la Prelatura Personal de la Santa Cruz y del Opus Dei:
La presente tiene como objeto hacerle conocedor de lo que sus palabras han provocado en mí al decir que las personas discapacitadas y subnormales son seres inferiores como castigo de Dios a sus padres pecadores. Me han dado ganas de asaltarlo en la calle y hundirle el tórax a martillazos. También he sentido deseos de que sus hijos e hijas, si los tiene, sufran alguna discapacidad mental o física y que, en su defecto, los atropelle un autobús. Pero que no mueran: que padezcan toda la vida.
Lo buscaría y, de encontrarlo, le cercenaría todas las extremidades. Luego me las comería para más tarde cagarlas y rebozarlas en jirones arrancados de su piel, que haría que usted se tragara. Después lo dejaría en cuidados intensivos e iría a por su hermana y, si no tiene hermana, iría a por la madre que lo parió. Las secuestraría para cobijarlas en un maloliente zulo y allí las violaría a diario durante un tiempo prolongado. Esperaría los nueve meses de rigor a que nacieran sus retoños y los educaría en una vida de felicidad hasta los trece años. Llegados a esa edad, a los varones los abandonaría en una pocilga de cerdos hambrientos y a las hembras las dejaría encintas.
Después de follarme a todas las mujeres de su familia y a las hijas de sus hijas hasta la hartura, las encadenaría al parachoques trasero de una ranchera y correría con ella quinientos kilómetros con el fin de que sufrieran una muerte agónica.
De sobrevivir alguna de ellas, rociaría sus heridas con sal y alcohol hasta que suplicaran la muerte, para luego dejarlas en la puerta de algún hospital con el fin de que se recuperaran. Esperaría los años que hicieran falta para ello y entonces volvería a por usted para encerrarlo con los ojos vendados en el zulo donde me follé a todas las mujeres con las que tuvo lazos de sangre. Lo único que vería en su encierro, cada vez que le descubriera los ojos, serían las grabaciones digitales en alta definición de todas las vejaciones a las que fueron sometidas.
Cuando dichas grabaciones ya no tuvieran ningún efecto sobre usted, utilizaría todas las disciplinas de tortura en las que he sido formado —islámica, rumana, china, inquisitorial y antiterrorista— sobre zonas inexploradas de su cuerpo que lo llevarían a un oscuro mundo de tormento extremo. Cada día, cuando usted deseara que fuera el último, volvería para enseñarle una tortura creativa y diferente, administrada mediante instrumentos de mi propia creación, con el deseo de que cada vez que oyera mis pasos se meara encima de espanto. Y luego, otra vez, volvería a dejarlo en cuidados intensivos.
Llegados a ese punto y después de su recuperación, dos o tres veces por mes lo llamaría por teléfono o le enviaría notas con recortes de periódico para que no olvidara lo bien que lo pasé con usted. Amenazaría con volver a repetir todo aquel calvario para convertir sus días de sol en pesadillas y para que cada sombra en la noche le recordara a mí. Lo haría hasta el punto de enloquecerlo y sumirlo en un estado vegetativo irreversible, hasta que hallara por fin la muerte, tanto tiempo deseada: viejo, solo y con heridas imborrables en cuerpo y mente.
Atentamente, el psicópata de Dios le guarde (Salamanca).