29/4/24

336. Solo puede quedar uno

    El hijoputa o la hijaputa es esa clase de persona que, algún día, casi todos conocemos. No tenemos dudas de ello porque una vez que se cruza en nuestra vida, sea desde la infancia, la adolescencia o la edad adulta, ya nunca se va del todo. Por eso, sin saber muy bien cómo, acabamos conociéndola muy bien. 

    Yo hace unos treinta y cinco años que conozco a esa clase de persona en particular. Creo que si hemos durado tanto sin llegar a las manos es porque yo soy tan hijoputa como ella, sin que por ello mis defectos sean los suyos. Tampoco tengo claro que yo sea su hijoputa particular, aunque quién sabe si no lo soy para otra persona.

    A lo largo de los años, he perdido la cuenta de las veces que nos hemos peleado verbalmente. Nos conocemos tan bien que cuando sucede es de veras repugnante. No por el enfrentamiento en sí, sino por lo que nos llegamos a decir. 

    Tengo claro que, como todas las relaciones duraderas, sanas e insanas, esta acabará en cuanto muera una de las dos partes, obvio. Lo que no tengo tan claro es si la muerte será por causas naturales o en plan Los Inmortales (1986).




25/4/24

335. Ella era ella

    Estuviera donde estuviera, ella era ella desde que se levantaba hasta que se acostaba. Indiferente a las miradas, a los comentarios y a las cámaras de los móviles. Es decir, ella era ella con su indisimulado bigote, su tupida uniceja y sus brazos, piernas y axilas sin depilar.

   Ella era ella y sin pretenderlo tenía el poder de influir en fenómenos naturales y en los animales. 

    Si salía a la calle en un día soleado, el Sol se ocultaba en segundos. Si lo hacía de noche, la Luna también desaparecía de igual modo. Si contemplaba con fijeza un cielo azul y despejado, se desataba la tormenta. Si era hielo lo que miraba, lo licuaba al instante, y si se iba a la playa las olas la rehuían. 

   Los animales venenosos se abstenían de picarla. También la abeja, el mosquito y la avispa. El resto de animales que le salían al paso se tapaban la cara, y gimientes se escondían o se alejaban. Y allí por donde pasaba el suelo se agrietaba y la vegetación se mustiaba.

   Con todo, ella siempre era ella pasara lo que pasase, sólida y real, en un mundo estereotipado que todavía no estaba preparado para su apariencia.



22/4/24

334. Recordando a Isidro

   El otro día recordé a un amigo del pasado llamado Isidro. Me dijeron que estaba internado en un psiquiátrico. Tratándose de él es algo de veras creíble.

    Isidro siempre me pareció un tipo desubicado, imposible de encajar en cualquier contexto imaginable. Siempre andaba solo y apresurado, sin apartarse un ápice de quien viniera en dirección contraria, y con la mirada sucia y alerta como si fuera a saltar sobre alguien o algo en cualquier momento.

    Ahora que pienso en él también recuerdo todo lo demás. Su disposición a pelearse con el número de personas que fuera por cualquier razón, justificada o no. Su carencia de miedo con todo; quizá su aparente falta de conciencia. Sus patadas a la puerta de cualquier antro que le denegara la entrada. La vez que tuve que llamar a la ambulancia cuando atravesó una cristalera con el puño derecho...

    Supongo que su historia es la de otros tantos, contada miles de veces en otros lugares. Ahora creo que me estuve engañando a mí mismo, al no considerarlo uno de esos renglones torcidos de Dios de los que habló Torcuato en su novela, cuando muy a menudo me daba sobradas pruebas de ello.     

    En fin, éramos jóvenes y siempre nos movíamos por planteamientos nada razonables. Pero aunque cueste de entender (y ni falta que hace), por enfermo que estuviera Isidro de la cabeza, tenía el corazón mucho más puro que otras personas muy bien integradas a las que creemos sanas.




18/4/24

333. Uróboros

    Somos seres perfectos porque no estamos diseñados para la inmortalidad. Como las plantas, las aves, los insectos, los cuadrúpedos y los reptiles, un día u otro nuestro tiempo finaliza y dejamos sitio a otras vidas aún por concebir. 

    Nuestro diseño es perfecto porque con nuestra muerte contribuimos a la vida. Tras nuestra completa descomposición pasamos a ser restos secos que son devorados por las especies necrófagas, las grandes limpiadoras del entorno.

    Sin ellas proliferan las bacterias, las infecciones y las alteraciones ambientales. Una vez metabolizados por estos insectos, pasamos a ser nutrientes para la vegetación. Se cierra así el ciclo de la vida y el ecosistema que dispuso la Naturaleza sigue en equilibrio. 

    Pero para que hagan su aparición, y se inicie tan prodigioso proceso desde que morimos hasta que somos polvo, se deben dar las condiciones óptimas y ambientales precisas. Es decir, siempre y cuando no nos entierren, incineren o momifiquen por alguna estúpida creencia o tradición.

    Y eso que llaman alma o espíritu... Bueno, eso lo dejamos para aquellos que necesitan animar su cotarro existencial.



12/4/24

332. Eclipse

    Minutos antes de que la Luna empezara a ocultar el Sol, todo el ancho del cielo se convirtió en un aleteo anárquico de pájaros que piaban enloquecidos. En la soledad de las selvas, bosques y llanuras, rugían los felinos y aullaban los lobos. Y la vida que habitaba en los glaciares y en la profundidad del océano también emitía su queja.

    Era algo de veras intranquilizador, pero no le dimos importancia. Estábamos demasiado ocupados en registrar el fenómeno astronómico. Demasiado expectantes con nuestros móviles en suspensión y los mentones alzados —con o sin la debida protección ocular— mientras que en casa nuestras mascotas temblaban y gemían.

   Cuando la ocultación del Sol fue parcial, tuvimos que despoblar las calles, puesto que empezaron a sobrecargarse de electricidad estática hasta ser impracticables. El aire se detuvo y una sensación de apremio se adueñó de las ciudades. Todo eso también nos pareció extraño, pero supusimos que duraría pocos segundos. 

    Justo cuando el día pasó a ser noche total, desde la penumbra de nuestros balcones, terrazas y ventanas grabamos, fotografiamos, vitoreamos y aplaudimos ante la visión privilegiada de aquella maravilla celestial. Entonces los segundos se hicieron minutos, los minutos devinieron en horas, y de forma gradual pasamos de la exaltación al silencio absoluto.

    Solo entonces, cuando la Humanidad enmudeció, el mundo entero se ahogó en el bramido colectivo del reino animal, intenso y desquiciado. No era queja sino lamento, o quién sabe si advertencia. El caso es que mucho más tarde que ellos, cuando el Sol empezó a ser recuerdo, comprendimos que por fin nuestro tiempo había acabado.



10/4/24

331. Bodacaspa

    Bodacaspa el 5 de septiembre de 2002. Y bodacaspa el 6 de abril de 2024. En ambas bodacaspas toda la cutre-afición vino a follar. Pero no seamos amargados y que sean felices. Y que engendren a muchos potenciales corruptos y parásitos.

    Que el Innombrable nos ayude.




8/4/24

330. Mientras duermes

    Mientras duermes hay ocasiones en las que tus ojos se mueven de un lado a otro. Cuando eso sucede me aprietas la mano y el oleaje bajo tus párpados se recrudece. Me pregunto entonces qué estarás viendo; qué clase de tempestad se estará librando en tu cabeza. Quizá es que te niegas a rendirte y solo estás luchando, buscando una salida que te saque del pozo. 

    Mientras duermes también veo pasar sombras blancas que monitorizan tu estado. Ya no te miran como te miro yo. Ya no te ven, siquiera. Llevas demasiado tiempo aletargado entre estas cuatro paredes, sumergido en algún lugar inalcanzable de aguas profundas. Pero yo sigo a tu lado, continuando donde tú lo dejaste, esperando el momento impreciso de tu regreso.

    Mientras duermes quizá esa canción que tanto te gusta te ayude a volver. Aquella que no parabas de escuchar en bucle cuando vivías en el mundo de la consciencia. Porque decías que te traía ecos de tu infancia, de tu gente y el calor del sol de tu tierra. Añoranza, querido amigo, añoranza.

    La misma que siento yo, esperando tu regreso a la vida aunque para ello tenga que agotar todo el tiempo que nos queda, mientras duermes y tu canción no para de sonar.



4/4/24

329. Otro altercado

    Otro altercado en tu barrio a media tarde, cuando el día aún tiene horas por delante para ofrecer desagradables sorpresas. Otro altercado en tu barrio cuando cae la noche y te vas a dormir, porque a la sinrazón ni le importan tus sueños ni descansa. Otro altercado en tu barrio pocas horas después del alba, cuando despiertas con más cansancio que ayer, sin ilusión de que algo vaya a cambiar.

    Otro altercado que agranda tu miedo y el de tus hijos, todavía demasiado pequeños pero muy conscientes, a los que acompañas de la mano, con paso apresurado y la mirada en todas partes, al autobús que los llevará al colegio. Porque el barrio es inseguro y peligroso, con demasiados puntos ciegos donde se ajustan cuentas y la muerte sonríe. 

    Otro altercado en tu barrio, día tras día y semana tras semana, pese a las innumerables llamadas telefónicas a comisaría. Pese a que el alcalde, por segunda vez electo, prometió aumentar la presencia policial. Quizá sí lo hizo, pero no en tu barrio, obediente y abnegado contribuyente. 

    No en tu barrio.

    

1/4/24

328. Otro año

     Tendría seis años cuando un día, después de ver los dibujos animados de Mazinger Z, me palpé el orbicular hasta tocar hueso. ¡Era mi calavera! ¡Mi propia calavera! Desde entonces me di cuenta de la realidad de la que nadie escapa y supe que, tarde o temprano, iba a morir y me convertiría en un esqueleto. Más que miedo, ¡sentí pánico! La posibilidad de "no ser" no me entraba en la cabeza, en mi calavera.

     Pero el tiempo ha pasado y ayer cumplí otro año. ¡Y qué vida tan feliz a pesar de todo! Como además de afortunado soy un tipo educado, no enumeraré, por insultante, lo maravilloso de mi existencia. Y como ahora mi calavera y futuro esqueleto ya no me dan miedo, puedo seguir sumando aniversarios.



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