30/8/21

61. Último día de compra en el bazar

    A dos minutos a pie desde mi casa, hubo una gran ferretería de dos plantas del grupo Cofac. Llegó el 2008 y la industria del tocho estalló, y sobrevino una crisis mundial que se estuvo follando a la mal llamada sociedad del bienestar hasta el 2014. En ese intervalo de tiempo, la ferretería, como otros tantos negocios, se fue a tomar por culo para no volver. Con el paso del tiempo, la ferretería se convirtió en un bazar chino llamado Merca Europa. Mientras la masa mundial de esclavos seguía resentida por el dolor de tanta sodomización, la poderosa mano amarilla reflotó bares y negocios. Y en poco tiempo, bazares grandes y pequeños proliferaron como un germen infeccioso en pueblos, urbes, y superficies industriales.

    El día de la inauguración regalaban una botella de vino blanco sin nombre, de sabor indeterminable. Recuerdo que el bazar funcionó durante tres años y pico en los que siempre vi clientes entrando y saliendo. Una vez de tantas, fui allí a comprar, cuando a mitad de camino me interceptaron los espías de mi barrio —jubilados y octogenarias que pasan el tiempo controlando el volumen de paseantes en varios kilómetros a la redonda—, y me dijeron que el bazar cerraría sus puertas en poco menos de una semana por pobreza de ventas.

    Reanudé mi camino con la información rebotándome en el cerebro. Tuve muy buena relación, sustentada en la broma sana, con una de las dependientas. Una china adolescente tan bajita que parecía estar reducida a MP3. Nunca pronuncié bien su nombre, que era algo así como Liu Fang no sé qué o Fay Kung lo otro. Con la debida confianza establecida, cada vez que entraba, la saludaba con un nombre diferente: «Hola, María», u «hola, Sara». Y ella se reía y contestaba con jovialidad según le pareciera: «Hola, feo», u «hola, homble viejo». Mientras que sus tres hermanos —intuí que mayores que ella—, desde la distancia y colocados en diferentes puntos estratégicos del bazar, me miraban muy serios, como si fueran a dispararme con armas con silenciador.

    Al rato me dirigí con mi compra al mostrador de cobro. Había muy poca gente y le pregunté a Mónica —mi amiga china— cuál era el verdadero motivo de que cerraran puertas. Marta miró de izquierda a derecha, se aupó apoyando los antebrazos en el mostrador, y yo me basculé un poco hasta casi tocar nariz con nariz. Su rostro vestía un gesto sombrío como jamás había visto en la cara de nadie, y pensé que podía perderme en los enormes cristales de sus gafas redondas al estilo John Lennon. Entonces contestó: «Viene pandemia. Todos pol culo. Todo mielda. Todo mal».

    De pronto, los tres hermanos se echaron las manos a la cabeza mirándose horrorizados. Apareció su madre, de su misma estatura y coronada con un moño eclipsante. Y su padre, también comprimido en MP3 y de una fibrosidad asombrosa. La asieron cada uno de un brazo alejándola de mí y comenzaron a reprenderla, airados, como si al compartir aquella información conmigo, hubiera puesto a toda la familia en un grave peligro. «Joder» pensé, «con lo discreta que es siempre Mercedes», «¿cómo lo han sabido? A ver si resulta que hay micrófonos…».

    Salí con mi compra y a la semana siguiente Merca Europa fue historia. Aquello ocurrió a mediados del 2018 y como es natural, no eché cuentas del trascendental secreto de Estado del que fui conocedor. Tenía otras cosas en la cabeza, y ni por asomo lo que se nos vendría encima en el futuro. El bazar chino ahora es un gimnasio del grupo Basic Factory al que no pienso ir por cerca que lo tenga, y aquí estamos: año 2021; una pandemia nos está jodiendo; hemos sufrido un confinamiento; sufrimos restricciones y los contagios siguen produciéndose.

    ¡Qué razón tenía Sofía, mi amiga china del lejano oriente!




26/8/21

60. Contribución a la poesía blog

    Que no engañen mis palabras. 
    Que no engañen mis palabras a todo aquel que lea.
    Que no engañen mis palabras a todo aquel que escuche.
    En el fondo soy un hombre tierno,
    por eso antes de follarme a tu mujer,
    me he follado a mi osito de peluche.



23/8/21

59. Sumisas y devotas

    Restituta tenía un nombre más feo que el incesto entre dos hermanos subnormales. No así como su atractivo, que sin ella saberlo, la convertía en musa de las masturbaciones secretas de la mayoría de hombres y mujeres que la conocían. Vivía en un pueblo primitivo de la puta España rural. Corría el año 1940 y la vida era jodida. Si eras mujer, más. Un día inopinado, Restituta se convirtió en la admiración muda de muchas mujeres del pueblo, y en el objetivo a eliminar del patriarcado imperante, cuando le propinó una patada escrotal a su marido, Bardomiano — feo como una cópula zoofílica—, por no comerle el coño con la frecuencia e intensidad debidas.

    Bastante tenía ella con ser, día tras día, ese mero envoltorio donde poder meterla Bardomiano cuando se le antojara, para encima tener que renunciar a tan merecido placer. Qué menos que una demostración sincera de amor de, al menos, cinco veces por semana ante tanto sacrificio ninguneado y servil. Pero Bardomiano descuidó el siempre necesario sexo oral para con su mujer y recibió su merecido. Ante aquel hecho osado e insólito, se desataron un sinfín de habladurías enconadas que se propagaron de puerta en puerta hasta sobrepasar el extrarradio.

    La situación era ya irreversible y el mecanismo de la opresión patriarcal-fascista se puso en funcionamiento. Los tres poderes intocables del pueblo: maestro de escuela, médico y cura, junto con la puta de los tres, el alcalde, resolvieron apresar a Restituta y presentarla, con el fin de un escarmiento ejemplarizante, al máximo poder, ya no del pueblo, sino de la época: los verdes tricorniados. Mientras Restituta permanecía tras unos barrotes, los poderes se reunieron en el ayuntamiento para exponer sus argumentos y llegar a un consenso.

    El maestro de escuela arguyó que Restituta fue una mala estudiante, siempre reacia a las enseñanzas que se impartían por orden del alto mando. El médico sostuvo que la mujer padecía una dolencia mental, probablemente incurable. Y el cura dijo que, salvo rezar por el arrepentimiento y perdón de aquella oveja descarriada, nada más podía hacer, pues solo al Señor le corresponde juzgar y aplicar justo castigo. El alcalde expresó su deseo de que aquel asunto se zanjara lo antes posible de la manera que fuera, que tenía que hacer la siesta. Y el picoleto sentenció que el asunto se arreglaba como se arregla todo.

    Así pues, aquella oligarquía de hijos de puta, mejor alimentados y con mayores bienes que el resto de habitantes del pueblo, concluyeron que la solución era el tiro en la frente y el olvido en la cuneta.

    El franquismo también se trataba de reprimir y anular, fuera con la muerte o mediante vejaciones y tortura, cualquier atisbo de empoderamiento femenino.



19/8/21

58. Ciclos

    Cada cual con sus circunstancias, si tuviera que pronunciarme sobre uno de los mejores momentos de mi vida, uno de ellos sería aquel en el que un discapacitado mental, trajeado de bimeta y con galones por hombreras, dijo: «Reemplazo del 92, por última vez, ¡rompan filas!». Y me largué de allí sin mirar atrás lleno de dicha de la cabeza a los pies. El otro momento, aún por llegar, pero seguro que mágico e intenso como el antedicho, será cuando una voz imaginaria me diga algo así como: «Por última vez, fiche antes de salir, ¡y bienvenido a su jubilación!». Tan anheladas palabras darán inicio al que supongo será el último ciclo de mi vida, y solo quedará lo que le contestó John Rambo al Coronel Samuel Trautman, cuando este le preguntó: «¿Cómo vas a vivir, Johnny?». A lo que el interpelado, con voz cavernosa y lapidaria, mientras se alejaba con paso lento, pero firme, contestó sin mirar atrás: «Día a día».



16/8/21

57. Actitud positiva

    Está siendo un verano rusiente. La Cataluña central hierve. A Cabrónidas se le achicharran las pelotas y el cerebro, pero le gusta esa sensación de cocción. Es feliz en verano más que en ninguna otra estación. Es feliz a pesar de la pandemia, a pesar del recorte de libertades, a pesar de las ausencias que echa de menos.

    Desde que empezó esta distopía cuyo fin presiente lejano, Cabrónidas ha recibido la devolución del importe de varias de las entradas que tenía compradas para futuros conciertos, ahora cancelados. Experiencias potenciales no vividas y la cultura musical muriendo de inanición. Ante el hecho, Cabrónidas esputa, resignado y con cierta jocosidad, el suficiente número de maldiciones para extinguir a la humanidad medio millón de veces, que al fin y al cabo es lo que merece.

    De un tiempo a esta parte, necesita cagarse a diario en todas las deidades creadas por la humanidad; incluso en las futuras. También se enfurece ante la proliferación de hijos de puta que llevan la mascarilla debajo de la nariz. Cuando se cruza con uno de ellos —que suele ser cada cinco segundos—, clava la mirada con odio y desprecio palpable, con la intención de joder. Y funciona: cuando llevas la mascarilla como corresponde, la mirada adopta una gran relevancia. Pero como digo, Cabrónidas es feliz en esta suciedad —perdón: sociedad— ya asumida como de mierda perenne.

    Feliz incluso en estos tiempos de enfermedad y muerte.



12/8/21

56. La revelación. Parte II

    Una llamada telefónica se produjo el día 6 de junio a las 6:06 pm del 2013 (2+0+1+3=6). Clodomiro descolgó, y una voz femenina perfectamente modulada, de una poderosa carga erótica, le habló.

    —Buenas tardes, señor Fajardo. Le habla Gertrudis. 

    —¿No me pregunta primero si soy yo de verdad?

    —Créame, señor Fajardo, sé que es usted. Hemos recibido los resultados de los dos filtros. Los ha superado con creces. Sin embargo, debo comunicarle que no es apto para formar parte de nuestra impía organización.

    Aquellas palabras dejaron perplejo a Clodomiro.

    —¿Por qué?, ¿qué ha sucedido? Me acaba de decir que he superado los filtros.

    —Señor Fajardo, pese a que ha superado los filtros, hemos comprobado que lleva usted la marca en la frente.

    —¿Marca en la frente? ¿Pero qué marca ni que pollas en vinagre?

    —Señor Fajardo, dicho de otra manera, sus padres tuvieron a bien el bautizarlo de acuerdo con los sacramentos de la Iglesia católica apostólica romana. Está marcado.

    —Pero, pero... ¡Si mis padres nunca fueron creyentes! ¿Por qué mierda iban a bautizarme?

    —Señor Fajardo, la religión, en todas sus formas y variantes, lleva haciendo un gran trabajo a través de los siglos. Para que lo entienda: sus padres fueron dos personas más, creyentes o no, que por el solo hecho de concebirlo, creyeron que tenían derecho a decidir por usted en algo tan personal y profundo como son las creencias sobre algo que sabemos o sentimos que nos trasciende. Su mente lleva años formada así como sus convicciones, sean estas ateas, agnósticas o religiosas, pero no valen de nada más allá de sí mismo. Está usted marcado de por vida como socio de la Santa Iglesia crea en lo que crea.

    —¡Me cago en la reputa hostia consagrada! ¡Me cago en dios y en la santísima comunión! ¡Mierda, joder!

    —Lamento que, dada su más que demostrada aptitud para el satanismo, haya tenido que enterarse de esta manera.

    —¿Y no podría hacer una excepción? —rogó Clodomiro al borde del llanto—. Puedo ir al asilo y decapitar a mis padres. ¡Puedo quemar iglesias, destripar a una mujer encinta, incinerar a un bebé después de su bautizo, sacrificar a un carnero! ¡Haré lo que sea, joder!

    Gertrudis rio con calidez, sin estridencia. Aquella risa parecía albergar una profunda sabiduría.

    —Señor Fajardo, nuestras oscuras organizaciones no funcionan de ese modo. Semejantes abominaciones las realizan aquellos pobres de mente que no entienden el verdadero propósito de nuestra misión. La innombrable fuerza a la que servimos ha logrado convencer al mundo de que no existe. Nosotros funcionamos desde las sombras, desapercibidos, reptando desde abajo. Mermando los cimientos de todo lo establecido por la religión y el poder, con el fin de derrumbar el sistema y que el ser humano sea consciente de su existencialismo e individualismo. No se nos ve ni se nos oye. Pero siempre estamos, siempre somos. Por otro lado, nada más puedo hacer por usted, señor Fajardo, salvo decirle que llegado el momento, sabrá cómo aplicar los conocimientos obtenidos con la superación de los dos filtros.

    La llamada finalizó y Clodomiro sintió como si despertara de un sueño. Durante unos segundos miró el auricular con extrañeza y de pronto, con el rostro desfigurado de ira, empezó a estrellarlo una y otra vez contra la mesita que tenía al lado. De nuevo se cagó en dios, en la iglesia, en la Santa Sede, en el Papa y en la religión, hasta que detuvo golpes y acalló blasfemias por falta de aire. A medida que recuperaba el resuello, un oscuro plan se formaba en su mente. Supo lo que tenía que hacer: se dedicaría a contactar con todas las personas que, como él, habían experimentado la Revelación y que debido a su bautismo no podían incorporarse a las sociedades satánicas.

    Empezaría por tratar de localizar a Willy Toledo. Había que ir en serio. Imaginó que al principio serían pocos. Pero a las semanas los pocos serían cientos, y con los meses los cientos serían miles, y con no muchos años los miles serían legión. Urgía una gran agrupación para acabar de una vez para siempre con la ceguera mundial, en estos tiempos de conocimiento vedado, de dominio de hipocresía eclesiástica, de falso laicismo.

    Pronto recibirás tu llamada.




9/8/21

55. La revelación. Parte I

    Tras el visionado ininterrumpido, amenizado con absenta prohibida en catorce estados, de Asesinos natos (1994), Un día de furia (1993), La naranja mecánica (1971), Taxi driver (1976), y El club de la lucha (1999), Clodomiro Fajardo descubrió cuál era el sentido de su anodina existencia. Clavó sus ojos enrojecidos en el ruido blanco de la pantalla, y empezó a asimilar las imágenes que ante él se revelaban.  

    Clodomiro empezó a entender.

    Comprendió que los antiguos idearon la religión como el primer sistema de alienación, con la intención de que esta supeditara la ciencia y dirigir, disimuladamente, la evolución social de la especie. Para ello, la hermanaron de forma indisoluble con las primeras muestras de control y tiranía. Nacieron la fe, los dogmas, y la ética para los no sometidos, arraigando en el colectivo mundial por siempre hasta la actualidad. 

    Convirtieron la religión en imperecedera. 

    Entendió que nuestra verdadera educación desapareció en la obligación de ir a la escuela, ese gran centro de programación. Aunque partíamos de caminos diferentes, todos confluíamos en el mismo destino. A todos nos habían escrito con diferentes letras el mismo guion. Todos estábamos acomodados en nuestras jaulas de oro, hechas a medida según nuestras necesidades.

    Clodomiro ahondó más y más en toda aquella verdad ancestral. Miró más allá de los Estados, de las sociedades, de las civilizaciones, de los países, y de los continentes. Vio corrupción, miseria, desigualdad, enfermedad, guerra y muerte. Y detrás de todas esas toneladas de mierda concentradas en siglos de humanidad, ahí estaba la religión orquestando desde el principio. Aliada con los estamentos de poder y sobrealimentada por la ignorancia de devotos y creyentes. 

    En ese punto de la Revelación, descubrió Clodomiro, a sus jodidos sesenta y tres años de edad, que debía ingresar en una secta satánica.

    Para ello, Clodomiro tuvo que superar dos filtros. El primero, consistía en desentrañar los mensajes subliminales que había ocultos en las discografías de Belphegor, Venom, Beherit, Marduk, Dimmu Borgir y Deicide. Lo consiguió al cabo de catorce meses. Para superar el segundo filtro, tenía que comprar un ejemplar de la Biblia Negra, escrita por el satanista Anton Szandor LaVey, publicada en 1969, y realizar un estudio profundo de sus textos. Tardó dos semanas en leerla y dos años más en comprender con exactitud qué coño estuvo leyendo. Para cuando hubo entregado los resultados a varias organizaciones blasfemas a través de la Deep web, Clodomiro ya tenía sesenta y seis años de edad. Pero el brillo cegador de la Revelación seguía inmaculado. 

    Ahora, tal y como le dijeron, tenía que esperar la llamada telefónica.

   



5/8/21

54. Los acemileros tomando unos litros

    Seguíamos en el verano del 92. Seguíamos en aquel arresto legal de nueve meses de duración por parte del Estado. Seguían los putos Juegos Olímpicos de Barcelona. Seguía la puta Expo de Sevilla. Seguíamos en Huesca soportando, estoicos, la vejatoria disciplina militar y a sus vociferantes rameras con galones. Seguíamos conviviendo con los mulos y su mierda. Seguíamos pateando más bosque que el jodido Frodo Bolsón. Seguíamos soportando tal cantidad ingente de basura que necesitábamos ir a algún antro a deglutir alcohol. Teníamos que beber, hostia. Teníamos que olvidar.

    No recuerdo el nombre de aquel tugurio, pero recuerdo que la situación de la barra y la colocación de mesas y sillas era anárquica; como si las hubieran lanzado al aire para luego dejarlas caer allí donde fuera. Aquel agujero estaba mal iluminado y sus luces desvaídas producían una incómoda intermitencia, dando la sensación de que allí dentro la vida transcurría a fotogramas. Los altavoces vomitaban ritmos luciferinos que anestesiaban el pensamiento. Sonidos paganos de locura, agonía y caos. Puñales de voz implorando el infierno en la Tierra.

    Guridi trasegaba con un cubata de litro. Era eso o medio litro, a lo grande. Decía que la cerveza era para el rock y que al punk había que honrarlo con calimocho. Pero cuando se bebía con ese tipo de música extrema había que hacerlo con algo más duro. Chinchilla arremetía con calimocho, aunque a él le molaba más llamarlo cubata gitano. En cuanto al Jivia y a mí, le dábamos a la birra de toda la vida: dorada, rebosante, en su grado óptimo de frío. Puto elixir de dioses, joder.

    Todo transcurría con la cadencia adecuada. Todo era perfecto hasta que una mujer parecida a Eduardo Manostijeras, con un imperdible en la oreja y con un collar de perro atenazándole la yugular, exclamó: «¡Jo-der! ¡Pero qué coño...!». Aquellas palabras no eran porque Guridi estuviera haciendo el guarro. Justo después de oírlas, una pestilencia hasta ese día desconocida e inhumana obturó mis fosas nasales. Y proclive como soy a la fantasía, pensé: «¡Hostia puta mandarina, así es como tiene que oler el sobaco de un troll!». El Jivia, que se definía a sí mismo como un tipo rural y campestre, más tarde nos diría que ni los pliegues del escroto de un carnero podían llegar a ser tan malolientes.

    Mientras la concurrencia se sobrecogía, aquella emanación sobrenatural se propagaba, densa y endemoniada, por toda la estancia devorando el sedante olor a porro que imperaba segundos antes.

    Chinchilla era el único que reía. Lo hacía con demencia y autocomplacencia, como un villano Hollywoodense, descubriéndose así como el origen de aquella pesadilla apestosa. Costaba creer que de aquel cuerpo en extremo esquelético, largo y quebradizo, pudiera emanar semejante fetidez. Pero allí estaba, de pie como si fuera el anfitrión, litro de calimocho en ristre, fantasmagórico a la luz mortecina de aquel antro que parecía la sala de estar de los Cenobitas.

    El cuesco antinatural de Chinchilla hizo historia, de tal modo que para la clientela del bareto de la que nos hicimos amigos, Chinchilla ya no era Chinchilla.

    Aquella noche nació Post mortem.



2/8/21

53. En el tren de cercanías

    El verano es un ente indócil repleto de goces efímeros pero intensos.

    Corría el verano del 92. Para bien o para mal, Barcelona estaba en boca de todo el mundo; incluso en la de los tartamudos y gangosos. Ya sabes: los cacareados Juegos Olímpicos. Un viernes de aquel verano, yo estaba sentado en los asientos gastados de un vagón prehistórico de la RENFE, de permiso dirección a Manresa. Guridi, el cual tenía su parada unos kilómetros antes —si no recuerdo mal en Montcada i Reixac—, estaba a mi lado. Sin venir a cuento, dejó de planchar el culo, echó el petate a un lado y me dijo: «Cabrónidas, mira que burro me pone Eva», y liberó su polla vigorosamente erecta con desconcertante naturalidad, como quien saca un pitillo en una sala de fumadores.

    El cimbrel de aquel cabrón desvergonzado oscilaba, tensionado, como la barra de un equilibrista. Me lo quedé mirando durante un par de segundos —a él y a su polla, por ese orden— y contesté con voz atonal, deshumanizada, sin vibra: «Guridi, eres un hijo de puta». Con una sonrisa de autocomplacencia, volvió a enfundar su polla —no sin cierta dificultad— en su prisión de licra. En unos asientos más alejados, un par de monjas nos miraron con asco a la vez que se santiguaron. En un intento de disimulo, yo giré la vista hacia la ventanilla, aquel trozo de cristal plastificado cuya suciedad añeja distorsionaba el paisaje. Por un pequeño resquicio de transparencia logré fijar la mirada en el tendido eléctrico; largo, kilométrico, infinito. Guridi hizo como un puto avestruz, carcajeándose con la cabeza dentro de su petate.

    Lo dicho: goces efímeros pero intensos.