El chófer nunca tenía que buscar aparcamiento para que el rico veranease en la costa que fuera, pues tenía más de una plaza comprada donde dejar el vehículo de gama alta. Desde su embarcación de lujo, el rico se divertía tanto como se relajaba observando con unos prismáticos a la masa de pobres que atestaban la playa que él nunca pisaría por estatus. Incluso puede que muchos de aquellos proletarios trabajaran en alguna de sus empresas esclavistas.
Hasta que llegaran a bordo sus contadas amistades adineradas para la fiesta que tenía preparada, no había mejor cosa que hacer que contemplar la vida ociosa de las clases sociales inferiores.
De vez en cuando, entre breves carcajadas y algún que otro pedo, dejaba los prismáticos y se estimulaba el gaznate con un destilado que ninguna de aquellas familias modestas podría pagar ni en siete vidas. De hecho, eran tan miserables que ni siquiera bebían en los chiringuitos: se traían los refrescos y la cerveza en neveras portátiles que nunca conseguían mantener las latas en su punto idóneo de frío.
Sin embargo, el rico no los despreciaba del todo. Admiraba la capacidad que tenían para aguantar las altas temperaturas durante largos periodos de tiempo bajo aquellas sombrillas ridículas, apretados unos con otros, sin apenas intimidad y apestando a crema solar de supermercado.
Eran bastante guarros, eso sí. Muchos de ellos fumaban y enterraban las colillas en la arena. Algunos incluso lo hacían delante de sus hijos pequeños. El día de mañana, la mayoría de esos críos tan desafortunados probablemente también serían fumadores igual de cerdos e indeseables.
El rico había visitado las siete maravillas del mundo moderno, del antiguo y las que solo están al alcance de un poderoso músculo económico. Pero había descubierto, no hacía mucho, que pocas cosas eran tan entretenidas como observar el fascinante lumpen playero; hay cosas que no se consiguen con dinero y estaban ahí, al alcance de cualquiera.
Al rato, al rico se le ocurrió que para que aquella experiencia contemplativa fuera del todo inmersiva, reproduciría en el carísimo equipo de audio del yate aquella puta canción del 83 a todo volumen.
