Los chicos de Fuck Off entraban al local de ensayo por la tarde y ya no salían hasta bien entrada la noche. No siempre era porque el nivel de exigencia respecto a la música que tocaban fuera alto, que lo era. A veces también abusaban del fumeteo y de los tragos, y sus mentes, ya del todo maltratadas, emprendían viajes oníricos de los que tardaban mucho en regresar.
El destartalado local donde retumbaban sus demenciales composiciones estaba ubicado en un pequeño polígono industrial de la ciudad podrida, frente a una gasolinera de autoservicio y un grasiento puesto de kebab regentado por dos pakistaníes barbudos de mirada inquietante.
Cuando los chicos de Fuck Off salían del local sin tambalearse ni arrastrar las palabras, significaba que la sesión de ensayo había sido agotadora y productiva. Así que se iban directos al kebab a comer, beber y, en definitiva, disparar hasta límites prohibitivos sus niveles de colesterol.
Sin embargo, todo aquello cambió la noche en que los músicos ensayaban a un volumen desproporcionado unas composiciones recientes, especialmente oscuras y blasfemas, con una percusión enloquecida y un rasgueo distorsionado y febril a los que los pakistaníes no estaban acostumbrados.
A todo aquel caos sonoro había que añadir las hipnóticas explosiones de luz que se producían tras el ventanal del local y que nunca antes habían presenciado. Los pakistaníes decidieron que por aquel día ya habían hecho caja suficiente, así que apagaron las luces, bajaron la persiana y se fueron del polígono más rápido que de costumbre.
Durante los días siguientes no vieron entrar ni salir del local a los chicos de Fuck Off. Aquello les pareció raro, aunque no tanto como lo que habían oído y presenciado aquella extraña noche de octubre. Pasaron varias semanas y, como las ganancias se habían resentido considerablemente, una noche se aventuraron a entrar en el local.
La puerta no estaba cerrada con llave. En cuanto encendieron la luz, vieron montones de cascos de cerveza vacíos apilados en los rincones. En el suelo había un círculo trazado con tiza y, en su centro, los restos de una hoguera. Las guitarras y el bajo estaban tirados de cualquier manera. Los micrófonos estaban volcados, al igual que los platos de la batería. Los amplificadores seguían enchufados y emitían un sonido monocorde de baja frecuencia, como una siniestra advertencia. Y en el techo, a saber cómo, alguien había escrito: «Qué es esto que hay ante mí».
Los pakistaníes se miraron sobrecogidos. Luego se encomendaron a Alá y decidieron trasladar su negocio a otro lugar de la ciudad.
Desde luego, aquella música infernal nunca traía nada bueno.
