4/4/26

539. Si no te has ido de puente, quédate en casa

    Un diminuto diablo me acompaña siempre allí donde voy. Va sentado en mi hombro izquierdo y con su mano derecha se agarra al lóbulo de mi oreja para no caerse. A veces acerca su boca sibilina a mi oído y me susurra que haga cosas que no se deben hacer. Yo me resisto a ello, pero él no desiste. Cuando observa que está fracasando, enrojece hasta la incandescencia y reaprieta con ferocidad su tridente. Entonces, con su cola me hace cosquillas en la nuca e intenta engatusarme con las voces de las mujeres que amé y que ahora, hace tiempo, están fuera de mi vida. 

    No penséis que me incita a cometer actos sangrientos y horribles, sino mundanos y accidentados. Cuando voy en coche, atropellar a algún ciudadano que se desplaza en silla de ruedas, o arrollar a un pelotón de ciclistas. Cuando camino, hacer la zancadilla a personas ancianas o patear el costillar de animales callejeros. Nada del otro mundo, aunque la intencionalidad provenga de un diablillo cabrón.

   Pero, como seguro estáis imaginando, en mi hombro derecho tengo a un bello ángel de luz pura e inmaculada que... Ah, no, que no está. Olvidaba que para Semana Santa siempre se ausenta de mi conciencia. Supongo que tiene cosas más importantes que hacer, o celebrar, que disuadirme de pecar y sembrar el mal. Y eso sí que no está bien.

    Lo siento mucho, pero creo que durante esta semana se van a multiplicar los accidentes en la ciudad. 



31/3/26

538. El gato

    Ayer, Demenciano colgó una foto en su cuenta de Instagram, en la que se veía a un gato encima de una silla. El mensaje que acompañaba la imagen decía:  

    «Gato hallado en el trastero polvoriento de mi casa. No sabía que estaba ahí. Pero también hacía lustros que no limpiaba el trastero. El gato, como veis, no lleva collar ni cascabel. Y además es muy bueno, no araña, no muerde y se queda muy quieto. Se ha dejado coger sin más. Una de dos: o es un gato tibetano capaz de pasarse así días enteros, o es un therian a mitad de su transformación. Bueno, si alguien reconoce al gato o lo que sea, que venga a buscarlo, que yo no estoy dispuesto a mantener a ningún animal».

    Yo no tengo Instagram, pero cuando hoy he ido a casa de Demenciano y me ha enseñado el gato, he tenido que explicarle lo que es el controvertido arte de la taxidermia.



27/3/26

537. Cuando ya no queda nada 3

    No le preguntes a un creyente dónde estaba su dios cuando a Noelia, como a tantos millones de personas desde que el mundo es mundo, le ocurrían cosas desagradables. No le preguntes a un creyente por qué su dios quiso que la mente de Noelia funcionara de una manera y no de otra. No le preguntes a un creyente por qué su dios permitió que la muerte, y no el sufrimiento, se alejara de Noelia cuando intentó suicidarse.

    Si Dios quiere, si Dios quiere…

    No le preguntes nada de eso por mucho que te asegure que su dios está en todas partes en todo momento y que todo lo sabe y todo lo puede. Al final acabará respondiéndote que los caminos de su dios son inescrutables y que nos otorga la capacidad del libre albedrío.  Aunque parece que, dependiendo del contexto, el libre albedrío no es tal, sino un error del sistema y de nuestra sociedad fallida. Y yo pensándome que vivía en una sociedad perfecta. 

    Gracias por tanta sabiduría, malnacidos.



24/3/26

536. Sufrimiento consentido

    Se acerca Semana Santa y los costaleros ensayan entregados a la causa. Estoicos bajo el peso del trono, se castigan el cuello, los hombros y la séptima vértebra cervical. Algunos de ellos se dan de baja laboral por mucho menos. Pero aquello es un sentimiento espiritual más significativo que el sustento económico, y mucho más profundo que la devoción que profesan los hinchas deportivos y musicales por seres y entidades reales, y por ende tangibles.

    Durante los días santos de procesión —hostia y amén—, la técnica a emplear y las fajas lumbares prolongarán la llegada de la fatiga muscular extrema. Pero serán la creencia y la fe los mejores sedantes para soportar el martirio del sobrepeso. ¿Será verdad que el único modo de entender ciertas cosas es sintiéndolas, y no todos tienen —tenemos— esa capacidad?

    Lo de veras cierto es que, después de la conmemoración de pasión, muerte y resurrección, los fisioterapeutas son más felices.



20/3/26

535. Bailoteo en la ciudad

    Hacía tiempo que no pateaba la ciudad por las mañanas. Ya casi no recordaba la congestión vehicular en las rotondas, ni la hostilidad que se desata tras el volante en miradas de reproche, aspavientos de odio y cacofonía de cláxones. La verdad es que no solo por la noche la locura y el peligro salen a pasear. En horas de luz también somos criaturas odiosas y peligrosas.

    Pero lo que nunca voy a olvidar es al tipo que he visto hoy hace pocas horas. Y no por su esquelética anatomía cubierta de ropajes ajustados y descuidados. Ni por su rostro extra barbudo, apenas visible bajo una gorra de los Rolling Stones y parapetado tras unas enormes gafas de sol de color rosa.

    El tipo, por la acera ancha del paseo, bajo el agradable sol matutino de marzo, bailaba con un estilo que fusionaba grotescamente los estilizados movimientos de John Travolta en Fiebre del sábado noche (1977), con las esperpénticas gesticulaciones de Nicolas Cage en Cara a cara (1997) cuando iba vestido de sacerdote, rosario en mano.

   No tenía frente a él recipiente alguno donde echar unas monedas. Aquella muestra de vitalidad bufonesca parecía darse porque sí y era contagiosa. Todo hacía pensar que mediante sus audífonos amarillos estaba escuchando algo de veras pegadizo. Por sus maneras, apuesto que por lo menos era Stayin' Alive de los Bee Gees. 

    Sin duda, un tipo con un aura resplandeciente.



17/3/26

534. Contrarrestando

    El frío cortante del invierno ha desaparecido. Ahora tenemos las ventanas abiertas mucho más tiempo y el aire trae a nuestros hogares la fragancia del albor primaveral. La mitad de la población de la piel de toro pronto estará lidiando con sus alergias estacionales, y la otra mitad, si no ya, estará orando al Señor para que no llueva en las procesiones de Semana Santa. 

    También empezarán a proliferar los ciclistas por las zonas más imprescindibles de la red de carreteras. Como siempre, ralentizarán la fluidez del tráfico y yo volveré a hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad —cada vez más escasa— para no arrollarlos con mi vehículo. Hay que mantener la armonía entre ciudadanos y la convivencia es algo que se debe practicar a diario.

    La mañana de ayer, los habitantes del quinto me torturaron con su afición por las rancheras. Que conste que no tengo nada en contra del folclore musical de México. Pero esas melodías, si son constantes, me desquician más que el jodido reguetón o el puto flamenco. Así que hoy me toca a mí contraatacar, por ejemplo, con Anal Hard. Que, por cierto, desgranan su arsenal decibélico este viernes en mi ciudad.

   ¿Me acompañas? Es una excelente forma de dar la bienvenida a la puta primavera.



13/3/26

533. Prioriades

    Antes de la pandemia, yo era parte de un reducido grupo de amigos que nos veíamos siempre que el trabajo lo permitía. Lo teníamos todo a favor para creer que aquello perduraría en el tiempo. Pero llegó el confinamiento domiciliario, fuera o no necesario, y nos obligó a vivir con las relaciones sociales bajo cero.

    Tampoco tuvimos otra opción, quedadas clandestinas aparte. 

    Hace ya cinco años que podríamos haber reemprendido aquella modesta sociedad que aún hoy sigue congelada. Por aquel entonces todavía seguíamos teniéndolo todo a favor. Hubiera bastado —incluso ahora— algo tan sencillo como que uno de los integrantes enviara un mensaje de móvil o una llamada trivial, al menos para intentarlo. Pero no ha sido así. Y esto no es un reproche ni una lamentación. Tan solo es la serena constatación de una verdad, no sé si incómoda pero real como la muerte, de que quizás la amistad no es lo que nos han contado en los libros y en las películas.

    El confinamiento nos acostumbró a prescindirnos, y la vida nos ha demostrado que tales hechos no duelen cuando suceden. Quizás siempre ha sido así. Vivimos en una constante adaptación en la que parece que nadie necesita a nadie, y solo hacía falta el escenario adecuado para que nos diéramos cuenta.

    Priorizamos. En base a nuestras emociones, tan solo priorizamos.




10/3/26

532. Bajo tierra sin ser enanos

    Era su primer día en la mina. A media mañana, minutos después del almuerzo, se acercó hasta mí y me preguntó con cierto reparo y mucha urgencia lo que siempre inquieren todos los nuevos un día u otro. 

    Le di las indicaciones pertinentes y, sin pensárselo, se colocó el resto de su EPI (equipo de protección individual), que comprende, además de lo que ya llevaba puesto, el autorescatador de oxígeno y la lámpara recargable de LED. Luego se proveyó de una generosa cantidad de papel azul secamanos de la gruesa bobina industrial. Se puso al volante de uno de los muchos coches que utilizamos para los desplazamientos y, como una bala, se dirigió a donde lo envié.

    Sonreí mientras se alejaba. Los que llevamos años trabajando en las profundidades terrenales hemos padecido esa misma urgencia más de una vez. «Espero que le dé tiempo», pensé. Y luego me pregunté qué cara traería a su regreso. Algunos novatos disimulaban su conmoción por puro orgullo. Pero los que más eran incapaces de ocultarla. Él fue de los últimos.

    Volvió al cabo de unos veinte minutos y se dirigió a mí con el semblante desprovisto de urgencia, pero del todo desencajado. Y me recriminó que yo era un cabrón por haberlo mandado a hacer sus necesidades excretoras a una galería enorme y oscura, toda sembrada de mierda en diferentes fases de descomposición y apestosa como mil letrinas.

    «Pues claro», contesté. «Estás en una mina a novecientos metros de profundidad». Y mi momento preferido: «¿Qué te pensabas encontrar? ¿Un jardín?».



Esparce el mensaje, comparte las entradas, contamina la red.