28/10/26

595. Observaciones mañaneras en el supermercado

    Todas las mañanas, de lunes a viernes, durante el recreo escolar, la Generación Z estudiantil se dirige en pelotones unisex de entre cinco y ocho integrantes al supermercado que hay enfrente de donde vivo, prestos a comprarse algo para almorzar. Los observo y pienso: «Joder, ¿dónde han quedado los bocadillos?». Optan por la bollería azucarada y la mierda con muy buena cara. Además, comerse un bocadillo con comodidad requiere el uso de las dos manos y, por tanto, desatender el móvil.

    Sigo observándolos, aunque resulta imposible saber de qué estarán hablando. ¿De qué coño hablan los veinteañeros hoy en día cuando sus mentes descansan de la alienación académica? Mi sobrino y sus amigos, todos veinteañeros, son unos apasionados de Tesla y Horrorland. ¿Y las chicas? Está claro que, al margen de lo que hablen, tanto ellos como ellas deben de masturbarse casi a diario y desear follar a todas horas, sin intención de perpetuar la especie.

    También veo en ellos el mismo entusiasmo que tenía yo a esa edad. Pero ese entusiasmo desaparecerá en cuanto muchos de ellos tengan que vender su tiempo en trabajos esclavizantes y mal pagados hasta los setenta o setenta y cinco años. Cuando comprueben que emanciparse y formar una familia resulta imposible. Cuando, por más que miren hacia el horizonte en busca de luz y un nuevo renacer, no vean más que oscuridad.

    Soy un tremendista, lo sé.



26/10/26

594. Cuestión de carácter.

    Naturalmente, mis instintos homicidas de la entrada pasada se quedaron en pura ilusión. El trabajo no merece mayor implicación cuando el problema que hay que resolver escapa a las propias competencias. Seguro que Demenciano y el Loco, solo por la amistad que nos une, habrían convertido la ilusión en acción.

    Cuestión de carácter. Menos mal que no se enteraron.

    Ahora que se acerca la víspera del Día de Todos los Santos, la gente come castañas y empieza a desempolvar los disfraces de ultratumba. Mis amigos deben de estar invocando al espíritu de Michael Myers en la fría penumbra de sus hogares, mientras afilan con calma y dedicación el numeroso y variado arsenal de armas blancas del que disponen.

    Aunque, cuando salgan a la calle a mutilar la carne, quizá sus actos pasen inadvertidos. Ahora toda la atención está centrada en los revoltosos grupúsculos de encapuchados, tanto mayores como menores de edad, que se dedican al destrozo urbano y al pillaje durante las manifestaciones ciudadanas.



22/10/26

593. El séptimo día

    Ya no jarrea en España y sé que lo sabéis. Lo que no sabéis es que mi semana de trabajo —de jueves a miércoles— ha sido un tanto estresante. Algo inusual, porque en mi esclavitud laboral siempre me he implicado un poco más allá de lo estrictamente necesario para que no me llamen la atención.

    Solo os diré que el primer día de curro tuve que contener las ganas mordientes de estampar contra la ventana que tengo enfrente la silla giratoria en la que me siento.

    El tercer día estaba dispuesto a atravesar la pantalla del monitor con la primera cabeza que viera asomar por la puerta de la oficina.

    El quinto, para no hacer tanto ruido, iba a estrangular con el cable del auricular del teléfono a la primera persona que osara dirigirme la palabra en vivo y en directo.

    Sin embargo, el séptimo día —es decir, ayer—, el cuarto informático que me atendió, en lugar de fracasar como los anteriores, obró el milagro y por fin resolvió en cuatro minutos el problema que tenía con las credenciales que me permitían acceder a mi cuenta de SAP.



19/10/26

592. El agua está viva

    Jarrea en España y han muerto personas. Entre ellas, una mujer que decidió bañarse en las aguas saladas de Sagunto en plena alerta naranja. Lo cual me lleva a pensar que la imprudente humana estaba tocada por la misma varita que el protagonista de la entrada número 579. Bueno, y su acompañante masculino también, solo que ha tenido más suerte: está vivo y podrá lamentarse.

    Sin duda, en tiempos de climatología hostil, los efectivos de emergencia y rescate siempre tendrán trabajo. Y sigue jarreando.


   

14/10/26

591. Un simple día de octubre

    Dicen que lo primero que hacemos al despertarnos es coger el móvil y consultar las redes sociales y las notificaciones. Lo primero que hago yo, aunque no tenga motivos para ello, es blasfemar o emitir un sonido animalesco, similar al del ciervo rojo durante la berrea. Luego me levanto y, a oscuras, me dirijo hacia la ventana con andares de zombi. Subo la persiana y miro al cielo.

    A primera hora de la mañana, el cielo está desprovisto de pájaros y vestido de un desapacible color blanquecino. Desde el cuarto piso donde vivo, poso la vista sobre la panorámica urbana que se despliega ante mí. Como sabrá el lector asiduo de esta bitácora, justo delante de mi bloque de viviendas hay un supermercado de proporciones considerables, de modo que no hay edificios deprimentes que me bloqueen las vistas.

    Pero algo raro sucede. Hasta donde alcanza mi vista, no hay rastro sobre el asfalto del trasiego humano y vehicular acostumbrado. Son las nueve de la mañana y la ciudad ya tendría que haber despertado de sus pesadillas y vomitárnoslas encima. Entonces caigo en la cuenta de que estamos a 12 de octubre. Es el Día de la Hispanidad, claro. El día del genocidio con el que el nacionalismo español se masturba de orgullo identitario y patriótico.

    Era un buen día para aislarse y no mezclarse con según qué gentuza.




9/10/26

590. Que es esto que hay ante mí

    Los chicos de Fuck Off entraban al local de ensayo por la tarde y ya no salían hasta bien entrada la noche. No siempre era porque el nivel de exigencia respecto a la música que tocaban fuera alto, que lo era. A veces también abusaban del fumeteo y de los tragos, y sus mentes, ya del todo maltratadas, emprendían viajes oníricos de los que tardaban mucho en regresar.

    El destartalado local donde retumbaban sus demenciales composiciones estaba ubicado en un pequeño polígono industrial de la ciudad podrida, frente a una gasolinera de autoservicio y un grasiento puesto de kebab regentado por dos pakistaníes barbudos de mirada inquietante.

    Cuando los chicos de Fuck Off salían del local sin tambalearse ni arrastrar las palabras, significaba que la sesión de ensayo había sido agotadora y productiva. Así que se iban directos al kebab a comer, beber y, en definitiva, disparar hasta límites prohibitivos sus niveles de colesterol.

    Sin embargo, todo aquello cambió la noche en que los músicos ensayaban a un volumen desproporcionado unas composiciones recientes, especialmente oscuras y blasfemas, con una percusión enloquecida y un rasgueo distorsionado y febril a los que los pakistaníes no estaban acostumbrados.

    A todo aquel caos sonoro había que añadir las hipnóticas explosiones de luz que se producían tras el ventanal del local y que nunca antes habían presenciado. Los pakistaníes decidieron que por aquel día ya habían hecho caja suficiente, así que apagaron las luces, bajaron la persiana y se fueron del polígono más rápido que de costumbre.

    Durante los días siguientes no vieron entrar ni salir del local a los chicos de Fuck Off. Aquello les pareció raro, aunque no tanto como lo que habían oído y presenciado aquella extraña noche de octubre. Pasaron varias semanas y, como las ganancias se habían resentido considerablemente, una noche se aventuraron a entrar en el local.

    La puerta no estaba cerrada con llave. En cuanto encendieron la luz, vieron montones de cascos de cerveza vacíos apilados en los rincones. En el suelo había un círculo trazado con tiza y, en su centro, los restos de una hoguera. Las guitarras y el bajo estaban tirados de cualquier manera. Los micrófonos estaban volcados, al igual que los platos de la batería. Los amplificadores seguían enchufados y emitían un sonido monocorde de baja frecuencia, como una siniestra advertencia. Y en el techo, a saber cómo, alguien había escrito: «Qué es esto que hay ante mí».

    Los pakistaníes se miraron sobrecogidos. Luego se encomendaron a Alá y decidieron trasladar su negocio a otro lugar de la ciudad.

    Desde luego, aquella música infernal nunca traía nada bueno.




6/10/26

589. La juventud de la nación

    Juventud.

    Qué época tragicómica aquella: espíritu gremial, profunda ignorancia, mucha hambre, traiciones, desengaños supinos, vomitonas, bromas crueles, macedonia de drogas y amaneceres deprimentes. No sé cómo no me tiré de cabeza por un acantilado, no sin antes llevarme por delante a tres o cuatro indeseables.

    Pero ahora que voy directo hacia la decrepitud, puedo decir que yo, como tú, también formé parte de la juventud de la nación. Porque, al final, nunca di un paso de más cada vez que me asomaba al abismo. Siempre encontré una razón para darle la espalda. Y, cuando no la encontraba, me bastaba con odiar, escupir al vacío, blasfemar y mear a favor del viento.

    Pero, mierda, nos hacemos mayores y todo deja de impactar con la fuerza de cuando todavía quedaba mucho camino por recorrer. Todo, salvo la canción de la entrada de hoy.

    Pasada la época dorada, esa canción golpea más fuerte y se clava más hondo. Quizá porque ahora escucho en ella a todos los que quedaron atrás. A los que fueron jóvenes como tú y como yo y se quedaron a medio camino por una mala decisión. A los que, en algún momento de su juventud, se hicieron daño a sí mismos y a quienes tenían a su alrededor.

    Tú y yo fuimos la juventud de la nación. Y esa canción era para mí y para ti, si ya empiezas a tener un pasado. Ahora ya no habla de nosotros ni nos pertenece. Ahora es para todas las almas jóvenes que llegan y están por venir. Y también, eternamente, para los que, demasiado pronto, dieron —y darán— un paso de más hacia el vacío.



3/10/26

588. Guerra en casa

    Hace cerca de un año que vivo en compañía. Pese a que no hace ruido ni genera gasto, he decidido echarla de mi nicho-vivienda de una vez por todas. Como tampoco tengo tiempo para estudiar su comportamiento y encontrar la forma más efectiva de hacerlo, he optado por preguntarle al Modo IA de Google.

    Por momentos, me he sentido como la teniente Ripley cuando interactuaba con MADRE, la inteligencia artificial de la nave Nostromo, para saber cómo enfrentarse a aquel octavo pasajero que nos estremeció a todos en 1979.

    Ahora que tengo toda la información que necesito, sé que no será fácil. Me enfrento a una forma de vida escurridiza, poseedora de un arraigado instinto de supervivencia. No en vano lleva siglos entre nosotros.

    Ayer, sin ir más lejos, me di cuenta de que esas diminutas criaturas traspasaron la frontera del baño, llegaron al comedor y empezaron a devorar Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Y no lo puedo consentir.

    Para bien o para mal, hoy empieza mi lucha contra el Lepisma saccharina.



    

Esparce el mensaje, comparte las entradas, contamina la red.