30/6/26

563. Por las bitácoras muertas 2

    Ascienden las temperaturas y desciende la actividad en los blogs. Es casi una ley natural. Le dais la espalda al teclado y el espacio en blanco deja de importar. Para muchos de vosotros supone tal liberación que ya nunca regresáis. El verano llega y se va con vuestra constancia y creatividad —si es que alguna vez la tuvisteis—, y os quita un peso de encima.

    Eso está bien. No tenéis por qué ser constantes. No hay nada que demostrar. Un día sentís que lo habéis dicho todo y que nadie os ha escuchado. Poco o nada queda de las expectativas del principio. La realidad las desinfló hasta la desaparición y ya no os compensa el gasto de tiempo y esfuerzo. 

    Lo mejor es que, cuando esas sensaciones llegan, aceptáis tanto como entendéis que escribir por amor al arte nunca fue para vosotros. Que hay toda una vida ahí fuera donde conectar con los demás es mucho más sencillo que hacerlo escribiendo.

    Idealizasteis demasiado un acto solitario del que nunca se ha de esperar nada.



26/6/26

562. Magia y fuego 3

    Se dice que la Noche de San Juan es un escenario propicio para cerrar ciclos, desprenderse de las energías negativas y afrontar nuevos comienzos. Sin embargo, el loco no es santo ni se llama Juan. De hecho, los amigos más cercanos desconocemos su nombre. Lo que sabemos es que es un pecador; un alma libre cuya conciencia no vive entre rejas. No siente la necesidad de finalizar ni de comenzar nada, y está muy cómodo con sus vibraciones espirituales. Así que se cuelga a la espalda su aparatoso dragón artificial, sale a la calurosa noche del veintitrés de junio e ilumina con lengüetazos de fuego las verbenas que encuentra a su paso. 

    En un momento especialmente gracioso, el loco deja atrás a una numerosa agrupación de figuras llameantes de diversas edades que corren desordenadas hasta caer consumidas. Aún siente la hipnótica fascinación que producen al contemplarlas, cuando la voz cascada de una anciana que proviene de una ventana cercana lo saca de su hipnosis: «¡Eh, tú, qué tal si fríes a esos hijos de puta de allí!», «¡Aquí no hay quien duerma, maldita sea!». De otra ventana del mismo edificio asoma un niño pecoso de unos diez años. Tiene en su regazo una temblorosa y gimoteante bola de pelo, y con su vocecita al borde del llanto, el infante implora: «Señor, haga algo. Mi perrito no para de vomitar». 

    En efecto, una calle más abajo, hay un escandaloso grupo de jóvenes y adultos participando en una orgía pirotécnica de considerables proporciones. El loco piensa que hay que aprovechar las oportunidades que se presentan para hacer el bien. Así que actúa como la madre naturaleza: decisivo y contundente, sin hacer distinciones. Su dragón de hierro ruge de cuatro a cinco veces, se hace el silencio, y una treintena de ciudadanos incandescentes corren en todas direcciones como brasas azuzadas por el viento. 

    El loco oye unas sirenas a lo lejos, lo que significa que algún ciudadano ejemplar ha llamado a los perros amaestrados del amo. Aunque también podrían ser los paramédicos. Si ve aparecer a los mismos que cargan por la espalda contra profesoras jubiladas cuando estas se manifiestan para reclamar mejoras educacionales, el loco les presentará el infierno. A veces tiene ciertos estados de lucidez y elige bien. 

    La fiesta del fuego seguía su curso en varios puntos de la ciudad, y la gente se congregaba alrededor de las piras como si fueran deidades. De vez en cuando algunos lanzaban ofrendas a las llamas. La gente quemaba cosas y el loco quemaba personas. En su mente, todo era lógico y fluido.


 

23/6/26

561. Magia y fuego 2

    El loco está eufórico. Ha estado moviéndose por el mercado negro y las zonas prohibidas de la ciudad, y por fin ha conseguido un Flammenwerfer 41 en perfecto estado de presencia y funcionamiento. 

    Él, cumpliendo con lo acordado, ha pagado con un riñón de niño, una médula ósea de niña, un pulmón de adolescente y un cuero cabelludo de virgen. 

    Esta noche tiene pensado personarse en varias de las verbenas que se van a celebrar en las zonas adineradas de la ciudad. Se mezclará entre las familias y los grupos de amigos, y explotará todas las capacidades de su reciente adquisición. 

    Será una noche de veras mágica. 




16/6/26

560. El Libro Máximo

    Cuando era niño, gracias a la barroca literatura de Lovecraft, me interesé por una macabra técnica llamada bibliopegia antropodérmica. Menuda decepción me llevé, años más tarde, al enterarme de que el Necronomicón no es uno de los libros encuadernados en piel humana que aún se conservan; no era más que pura ficción.

    Sin embargo, creo que debería existir un libro que infundiera miedo al leerlo. O que, tras su lectura, provocara la muerte o una locura irreversible. Ulises, de Joyce, es un claro ejemplo. No está escrito ni encuadernado con sangre y piel humanas, pero cualquiera que logre leerlo acabará en los cipreses o como yo. Os lo aseguro. 

    En aquel entonces, durante varios días, soñaba con cadáveres humanos cuyos abdómenes y espaldas eran desollados de forma artesanal por manos expertas y aplicadas. También, en especial, con un libro de título impronunciable y contenido prohibido, encuadernado con el escroto del autor, debido a su elasticidad. Mi mente infantil estaba completamente sugestionada. 

    Según las leyendas de mis ensoñaciones, ese singular ejemplar era fácilmente identificable, pues de él crecía un vello púbico rizado e insolente. Tan pronto era subastado, robado, ocultado en una biblioteca, como extraviado en la profundidad del océano o desaparecido en remotos confines terrenales. El mágico libro escrotal viajaba de mano en mano a través de los siglos, merced a los impredecibles caprichos del destino. 

    Al final de aquellas extrañas elucubraciones, no sé cómo, siempre encontraba el libro mucho antes que los gobiernos y organizaciones secretas que lo codiciaban. Cuando lo tenía ante mí, me enfundaba unos guantes de látex color carne sin perderlo de vista. Acercaba las manos con lentitud y, justo cuando estaba a punto de sentir su contacto epidérmico y velloso, me despertaba de súbito con una de mis manos agarrada a mi escroto y exclamando: 

    «¡Es mío, es mío!».



    

12/6/26

559. Cucaracha blanca 2

    Te recordamos, oh, Ali Agca, en estos tiempos de presencia papal en tierra falsamente aconfesional. Las masas aclaman al pontífice y los Lobos Grises olisquean el aire. Algún día sucederá, Ali.

    Algún día sucederá.



9/6/26

558. En buena compañía

    Ficho a las 23,20. La jornada de esclavitud vespertina ha finalizado. Abro la puerta de mi nicho vivienda a las 23,42. Está silencioso y parcialmente oscuro. Nunca bajo las persianas hasta que me voy a dormir.

    Nadie me da la bienvenida ni me pregunta cómo me ha ido el día. Nadie me espera. Ni siquiera tengo peces cautivos. Prefiero que naden en el río aunque huela a podrido. Tampoco tengo pájaros enjaulados. Son más bellos aleteando en el cielo aunque esté contaminado. 

    No preparo nada de cenar porque no tengo hambre. No tengo hambre porque comí en el trabajo demasiado tarde. Enciendo una vela, una varilla de incienso, el libro electrónico y me tumbo en el sofá. Siempre en ese orden inconsciente, disfrutando de la libertad absoluta de movimientos; de momentos no compartidos. 

    La paz que respiro en ese momento es irrenunciable. La misma de tantos momentos incontables ya vividos, que ahora vuelve a colmarme de dicha, calma espiritual y sosiego mental. 

    No me dejes nunca, querida soledad, y acompáñame hasta el final del camino.



5/6/26

557. Anímico

    ¿Se puede morir de tristeza? ¿Se puede morir por el llamado síndrome del corazón roto?

    Tal denominación no es ciencia ficción, ni literatura trasnochada, ni obra de un poetastro. La comunidad médica y científica no acaba de discernir la causa exacta de esta clase de miocardiopatía, pero parece que sí: se puede morir de pena.

    Llevo horas leyendo sobre ello, y estoy convencido de que nunca acabaremos de desentrañar del todo el alma humana.



 

                                                           Marjane Satrapi (1969-2026)

2/6/26

556. El ruido moderno

    Indistintamente de la música que armoniza nuestras vidas, estaréis de acuerdo en que hay canciones que son proféticas y que no solo se adelantan a su tiempo, sino que perviven en la actualidad. 

    Seguro que al respecto podríamos reunir un buen puñado de ellas.

    Creo que uno de los ejemplos más definitorios y precisos es una canción compuesta tras el atentado de cierto presidente estadounidense, por cierto componente de un dúo de la misma nacionalidad. La canción trascendió su propio contexto y se convirtió en un reflejo fiel de la era actual.

    ¿Quién iba a decir en el año 1964 que una canción de por aquel entonces nos contaría que en la cima de la hiperconectividad el sonido imperante sería el del silencio?



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