16/6/26

560. El Libro Máximo

    Cuando era niño, gracias a la barroca literatura de Lovecraft, me interesé por una macabra técnica llamada bibliopegia antropodérmica. Menuda decepción me llevé, años más tarde, al enterarme de que el Necronomicón no es uno de los libros encuadernados en piel humana que aún se conservan; no era más que pura ficción.

    Sin embargo, creo que debería existir un libro que infundiera miedo al leerlo. O que, tras su lectura, provocara la muerte o una locura irreversible. Ulises, de Joyce, es un claro ejemplo. No está escrito ni encuadernado con sangre y piel humanas, pero cualquiera que logre leerlo acabará en los cipreses o como yo. Os lo aseguro. 

    En aquel entonces, durante varios días, soñaba con cadáveres humanos cuyos abdómenes y espaldas eran desollados de forma artesanal por manos expertas y aplicadas. También, en especial, con un libro de título impronunciable y contenido prohibido, encuadernado con el escroto del autor, debido a su elasticidad. Mi mente infantil estaba completamente sugestionada. 

    Según las leyendas de mis ensoñaciones, ese singular ejemplar era fácilmente identificable, pues de él crecía un vello púbico rizado e insolente. Tan pronto era subastado, robado, ocultado en una biblioteca, como extraviado en la profundidad del océano o desaparecido en remotos confines terrenales. El mágico libro escrotal viajaba de mano en mano a través de los siglos, merced a los impredecibles caprichos del destino. 

    Al final de aquellas extrañas elucubraciones, no sé cómo, siempre encontraba el libro mucho antes que los gobiernos y organizaciones secretas que lo codiciaban. Cuando lo tenía ante mí, me enfundaba unos guantes de látex color carne sin perderlo de vista, y acercaba las manos con lentitud. Y justo cuando estaba a punto de sentir su contacto epidérmico y velloso, me despertaba de súbito con una de mis manos agarrada a mi escroto y exclamando: 

    «¡Es mío, es mío!».



    

12/6/26

559. Cucaracha blanca 2

    Te recordamos, oh, Ali Agca, en estos tiempos de presencia papal en tierra falsamente aconfesional. Las masas aclaman al pontífice y los Lobos Grises olisquean el aire. Algún día sucederá, Ali.

    Algún día sucederá.



9/6/26

558. En buena compañía

    Ficho a las 23,20. La jornada de esclavitud vespertina ha finalizado. Abro la puerta de mi nicho vivienda a las 23,42. Está silencioso y parcialmente oscuro. Nunca bajo las persianas hasta que me voy a dormir.

    Nadie me da la bienvenida ni me pregunta cómo me ha ido el día. Nadie me espera. Ni siquiera tengo peces cautivos. Prefiero que naden en el río aunque huela a podrido. Tampoco tengo pájaros enjaulados. Son más bellos aleteando en el cielo aunque esté contaminado. 

    No preparo nada de cenar porque no tengo hambre. No tengo hambre porque comí en el trabajo demasiado tarde. Enciendo una vela, una varilla de incienso, el libro electrónico y me tumbo en el sofá. Siempre en ese orden inconsciente, disfrutando de la libertad absoluta de movimientos; de momentos no compartidos. 

    La paz que respiro en ese momento es irrenunciable. La misma de tantos momentos incontables ya vividos, que ahora vuelve a colmarme de dicha, calma espiritual y sosiego mental. 

    No me dejes nunca, querida soledad, y acompáñame hasta el final del camino.



5/6/26

557. Anímico

    ¿Se puede morir de tristeza? ¿Se puede morir por el llamado síndrome del corazón roto?

    Tal denominación no es ciencia ficción, ni literatura trasnochada, ni obra de un poetastro. La comunidad médica y científica no acaba de discernir la causa exacta de esta clase de miocardiopatía, pero parece que sí: se puede morir de pena.

    Llevo horas leyendo sobre ello, y estoy convencido de que nunca acabaremos de desentrañar del todo el alma humana.



 

                                                           Marjane Satrapi (1969-2026)

2/6/26

556. El ruido moderno

    Indistintamente de la música que armoniza nuestras vidas, estaréis de acuerdo en que hay canciones que son proféticas y que no solo se adelantan a su tiempo, sino que perviven en la actualidad. 

    Seguro que al respecto podríamos reunir un buen puñado de ellas.

    Creo que uno de los ejemplos más definitorios y precisos es una canción compuesta tras el atentado de cierto presidente estadounidense, por cierto componente de un dúo de la misma nacionalidad. La canción trascendió su propio contexto y se convirtió en un reflejo fiel de la era actual.

    ¿Quién iba a decir en el año 1964 que una canción de por aquel entonces nos contaría que en la cima de la hiperconectividad el sonido imperante sería el del silencio?



29/5/26

555. Los presumidos también lloran

    Muy atrás quedó el tiempo en que J. J. llevaba el pelo largo hasta media espalda y el flequillo rozándole las pestañas. Pero aún hoy se niega a raparse, pese a que su cráneo muestra una pronunciada desforestación parietal y un despeje frontal digno del capó de un Seiscientos.

    Aunque J.J. lo sabe, sus amigos de toda la vida le recordamos que tipos como Phil Anselmo de Pantera, Scott Ian de Anthrax o John Gallagher de Dying Fetus van rapados por su alopecia areata extrema y son igual de auténticos que cuando eran greñudos. También le decimos que, dada nuestra edad, hay ciertas gilipolleces adolescentes que ya debería tener superadas. Pero J. J. sigue siendo muy presumido y para él la calvicie es sinónimo de fealdad y carencia de atractivo masculino. 

   Tampoco sirve de nada el hecho de que J. J. lleve veintinueve años de relación con su mujer. Lo que quiere decir que hace ya veintinueve años que no tiene que enamorar a nadie, y que podría raparse sin temor a quedarse soltero. No es que esté obligado a ello, claro. De hecho, sus amigos entendemos tan bien como él mismo que la transición de melenudo a calvo es dura. Pero más duro es verlo con un corte de pelo idéntico al de Bishop, el valeroso androide de la segunda entrega de la saga Alien.



26/5/26

554. Sirena

    Hubo que inventarte traidora, porque eras demasiado bella. Hubo que fabular contra ti para no reconocer que eras irresistible y que tu canto era capaz de doblegar la voluntad de cualquier hombre. Quizás por ese mismo embrujo me sumerjo cada día en las olas con la esperanza de encontrarte.

    Pero nunca apareces. No hay atisbo alguno de lo que creí ver hace años, cuando me sacaste del abismo de agua en el que pensé que iba a morir. Ahora, por más tiempo que pase contemplando la inmensidad del mar un día tras otro, sé que siempre me quedará la duda de si fuiste realidad o espejismo.

    Te inventaron ninfa mortífera del océano, pero a mí me dejaste en la orilla con una nueva vida, una obsesión y un gélido beso de salitre.



 

22/5/26

553. Contrapunto

    El otro día transité por el extrarradio hasta llegar al tanatorio del polígono industrial situado en la zona oeste de la ciudad. Conozco bastante bien ese sitio, pero no tenía ni idea de que una de las naves más gigantescas que hay frente al tanatorio fuera un gimnasio. 

    Enseguida, y sin venir a cuento, establecí un contrapunto chorra. 

    A un lado estaba el templo expositor de los muertos, maquillados y bien trajeados, a la espera de ser un puñado de cenizas en una urna o pasto de larva bajo las raíces de los cipreses. Rostros impasibles y ambiguos, velados por rostros con ojos llorosos y nariz moqueante.

    Al otro lado, anatomías jóvenes y de mediana edad autosometidas a la tortura de las pesas y al cardio obsesivo. Rostros sudorosos y esforzados en lucha constante por retrasar los efectos devastadores de la inevitable decrepitud.

    Sea como sea, la muerte y la vida siempre van juntas. Siempre están cerca la una de la otra. Hasta que la primera —siempre la primera— decide romper la relación.

     



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