Está escrito en un libro sagrado que Lázaro regresó de la muerte. Una voz le ordenó que saliera, y salió. Eric Draven también regresó de su tumba con un cuervo sobre el hombro y el deseo de venganza ardiéndole en la mirada. Pues a mí me pasa algo parecido, pero a la inversa: regreso de las vacaciones al trabajo.
La Madre Que Parió Al Pato Negro
Blog de narrativa esquizofrénica
28/7/26
24/7/26
570. Días de playa
El chófer nunca tenía que buscar aparcamiento para que el rico veranease en la costa que fuera, pues el rico tenía más de una plaza comprada donde dejar el vehículo de gama alta. Desde su embarcación de lujo, el rico se divertía tanto como se relajaba observando con unos prismáticos a la masa de pobres que atestaban la playa que él nunca pisaría por estatus. Incluso puede que muchos de aquellos proletarios trabajaran en alguna de sus empresas esclavistas.
Hasta la llegada a bordo de sus contadas amistades adineradas para la fiesta que tenía preparada, no había mejor cosa que hacer que contemplar la vida ociosa de las clases sociales inferiores.
De vez en cuando, entre breves carcajadas y algún que otro pedo, dejaba los prismáticos y se estimulaba el gaznate con un destilado que ninguna de aquellas familias modestas podría pagar ni en siete vidas. De hecho, eran tan miserables que ni siquiera bebían en los chiringuitos: se traían los refrescos y la cerveza en neveras portátiles que nunca conseguían mantener las latas en su punto idóneo de frío.
Sin embargo, el rico no los despreciaba del todo. Admiraba la capacidad que tenían para aguantar las altas temperaturas durante largos periodos de tiempo bajo aquellas sombrillas ridículas, apretados unos con otros, sin apenas intimidad y apestando a crema solar de supermercado.
Eran bastante guarros, eso sí. Muchos de ellos fumaban y enterraban las colillas en la arena. Algunos incluso lo hacían delante de sus hijos pequeños. El día de mañana, la mayoría de esos críos tan desafortunados probablemente también serían fumadores igual de cerdos e indeseables.
El rico había visitado las siete maravillas del mundo moderno, del antiguo y las que solo están al alcance de un poderoso músculo económico. Pero había descubierto, no hacía mucho, que pocas cosas eran tan entretenidas como observar el fascinante lumpen playero; hay cosas que no se consiguen con dinero y estaban ahí, al alcance de cualquiera.
Al rato, al rico se le ocurrió que, para que aquella experiencia contemplativa fuera del todo inmersiva, reproduciría a todo volumen en el carísimo equipo de audio del yate aquella puta canción del 83 de aquel risible dúo italiano.
21/7/26
569. Durante el partido
18/7/26
568. Tribu
15/7/26
567. Catalibán
El catalibán dice: «Pese a mi marcado independentismo, estoy muy contento de que la selección de fútbol del país vecino, con orientación sur, haya llegado a la final del Mundial de 2026».
10/7/26
566. Viento
7/7/26
565. Misiones clandestinas
3/7/26
564. En el súper 2
Detesto el desorden. Detesto que cualquier objeto inanimado que se precie esté fuera de su sitio después de su uso. Así que detesto a las personas que, por ejemplo, al finalizar la compra de productos, dejan el carro del supermercado en cualquier lugar menos donde corresponde.
A veces, lo abandonan a tres o cuatro metros de donde deberían dejarlo. ¡Igual creen que se les hará de noche si deciden cubrir toda esa distancia! ¿¡Tanta prisa tenéis, desidiosos hijos de puta!?
En mi mente, mato ahí mismo a todas esas personas. Da igual si son mujeres u hombres, chicos o chicas. Solo los niños y las niñas se salvan de mi ira. Porque si actúan así, es debido a que sus putos padres y sus putas madres no los educan.
De modo que me quedo agarrado a mi propio carro de la compra y empiezo a calcular. De repente lo suelto y echo mano al primer carrito extraviado que veo. Lo levanto y lo estampo una y otra vez contra la cabeza y el cuerpo de esa gentuza, como se desempolva una alfombra contra el suelo. Al cabo del rato, termino jadeando, sudado y al límite de mis fuerzas. El carro de la compra está deformado y ellos irreconocibles, como tiene que ser.
El silencio se ha apoderado de la escena. Las cajeras del supermercado me miran desde el otro lado del cristal. Un tanto indecisas, abandonan sus puestos de trabajo, salen del supermercado y sortean charcos de sangre y grumos de masa encefálica hasta llegar a mí. Hay unos pocos ancianos consumidores que empiezan a aplaudir. Quizá es la primera manifestación comprensible de violencia que presencian desde 1936.
Al principio, pienso que las cajeras van a reprenderme por haber reducido la clientela del supermercado. Pero me abrazan con lágrimas de dicha y me dan las gracias. Están hartas de tener que recolocar día tras día, antes de irse a casa, el centenar de carritos que esos hijos de puta dejaban en cualquier zona del parking del supermercado como si fueran material desechable.
Por fin sienten que alguien respeta su trabajo.
En mi mente, claro.