8/5/26

549. Regresa el superhéroe olvidado

    A mí siempre me ha gustado el cómic. Para ser más exactos, el de superhéroes, aunque siempre acabe sintiendo predilección congénita por los supervillanos. De hecho, si estos últimos no existieran, ¿para qué querríamos a los superhéroes? ¿Para rescatar del árbol al gato de la abuela? ¡Para eso ya tenemos a los bomberos y al ciudadano ejemplar! 

    El bien necesita el mal para existir, y este último existe porque existimos nosotros. Así que no hay problema: tendremos superhéroes hasta que se apague el sol. Aunque sean de pacotilla. Pero, dados los últimos acontecimientos sobre patógenos infecciosos y muertes por contagio, me he aficionado a un superhéroe que llevaba años en el olvido y que ahora vuelve a estar de actualidad.

    Y no es otro que Super Ratón.

    Mientras me asomo al balcón a ver si lo veo, escucharé una magnífica obra musical premonitoria, titulada Spreading The Disease.




5/5/26

548. Nimios contratiempos de un occidental acomodado

    La melódica alarma del móvil me arrancó de mi sueño tranquilo a las cinco de la mañana de mi día de fiesta, lo que significó que olvidé desconectarla. Acto seguido estuve a punto de estrellarlo contra el suelo, pero no lo hice. Después intenté reconectar con el sueño, pero no lo conseguí. Así que no me quedó más opción que volver del todo al mundo de la consciencia.

    Como estaba inapetente, decidí reanudar la lectura de un libro digital descargado ilegalmente. Pero no fue posible, porque el eReader necesitaba su energía tanto como un sediento necesita agua. Conecté el dispositivo a su ración de 220 V y, mientras tanto, leería en formato físico. Tampoco pudo ser, porque recordé que el día anterior me dejé en casa de mis padres las gafas que palian con suma eficacia mi presbicia cincuentenaria.

    Mi enfado conmigo mismo fue en aumento, de modo que decidí escuchar un repertorio de canciones revitalizantes que me transmitieran positividad. Pero resulta que los auriculares llevaban días fallando hasta que hoy fallaron del todo, y algo virulento empezó a arderme en las entrañas. Probé con el ordenador y, menos mal, funcionaba. Podría escribir lo que fuera hasta que se me abriera el apetito. Hacerlo era mi salvavidas y no necesitaba gafas para ello. Pero de súbito se hizo la oscuridad absoluta, y yo, enajenado, maldije con tanta pasión a todo lo sagrado, que en ese momento millones de crucifijos domésticos ardieron por combustión espontánea. 

    Cuando me calmé, comprobé que el magnetotérmico había interrumpido el paso de la corriente eléctrica, y lo interrumpía tantas veces como yo lo rearmaba. Tras unas sencillas comprobaciones linterna en mano, averigué que el causante del cortocircuito era el calentador del agua. Entonces blasfemé con tanta devoción, que cientos de iglesias de todos los continentes se desmoronaron con estruendo ensordecedor.  

    ¿Qué podía hacer hasta que abrieran los comercios? ¿Hacer ejercicio casero? ¿Escribir un post manuscrito con la linterna en la boca? ¿Practicar yoga en medio del comedor para conectar con el espíritu de Anton LaVey? ¿Asomarme al balcón y tomar el aire? ¡No puedo subir la persiana hasta que no cambie el puto calentador de agua!

    Ya fuera por razón arcana o cósmica, el destino me estaba negando la realización de todas mis aficiones cuando más las necesitaba. 

    Hoy se había convertido en un enemigo desconocido.



                               

1/5/26

547. Años más tarde

    De niño pasaba muchas tardes veraniegas en el desván de la casa de mis abuelos. Para mí era un sitio mágico detenido en el tiempo, atiborrado de trastos antiguos, algunos de veras extraños. Me encantaba cómo la luz del día entraba por la enorme ventana circular y se dibujaba en el suelo de madera. Era como si el sol estuviera dentro.

    Una de aquellas tardes en la que mis abuelos descuidaron su vigilancia, descubrí en el desván un baúl antiguo oculto bajo una manta raída. Dentro había montones de fajos de papel amarillento anudados con un cordel y un libro encuadernado en cuero arrugado. Dado su considerable tamaño y grosor, tuve que emplear mis dos bracitos para sacarlo.

    Cuando lo tuve entre mis deditos, me senté en medio del círculo solar con el libro sobre mis piernecitas, cruzadas a modo de atril. Una elegante cenefa en relieve bordeaba la cubierta del libro, y cuando lo abrí dispuesto a leer, se liberó un intenso olor a rancio que me hizo arrugar la nariz. Cuál fue mi sorpresa, que el libro no contenía letras, sino multitud de fotos en blanco y negro y tonos sepia, de bebés, niños y niñas de mi edad sentados o acostados, tanto en solitario como por parejas, sueltos o cogidos de la mano. 

    Cuando llegué a la última fotografía me pregunté por qué todos aquellos niños estaban tan serios. Muchos tenían la boca abierta y unos pocos los ojos cerrados, pero ninguno sonreía. Cuando a mis amigos y a mí nos tenían que fotografiar, nuestros padres y profesores siempre nos obligaban a sonreír ante la cámara por mucho que nos fastidiara. Y que yo supiera nunca nos hacían fotos cuando dormíamos.

     Años más tarde, aunque tampoco tantos, supe que aquel olor característico que me hizo torcer el gesto responde al curioso nombre de bibliosmia. Que existen términos sobre la muerte tan macabros y sugerentes como memento mori, rigor mortis y post mortem. Y que aquel ejemplar oculto en el antiquísimo baúl del desván de mis abuelos era el libro de los muertos.



28/4/26

546. Gasto imprevisto

    Ayer me encontré a Crespín en la caja de cobro del supermercado. Observé que su compra consistía en un lote de cerveza cuya marca ese día estaba de oferta. Los hay que compran lo que pueden, y los que pueden comprar cualquier nutriente indistintamente de su precio. Crespín es de los últimos, pero siempre compra desde la carencia. 

    Cuando le llegó el turno de pagar, de uno de los bolsillos de su pantalón sacó lo que parecía una bolsa de plástico comprimida al tamaño de una pelotita de golf. Tan pronto la desarrugó, todos los presentes en aquella cola constatamos que, en efecto, era una bolsa reutilizable de plástico. Un segundo después, también vimos cómo la bolsa se desintegraba en multitud de trozos diminutos.

    Aunque lo pareció, no fue un truco de ilusionismo, ni estaba yo bajo el engañoso efecto de algún alucinógeno. Como es bien sabido, todo perece un día u otro, ya sea por caducidad o fatiga. Y las bolsas reutilizables de plástico también, sobre todo cuando han sido reutilizadas mucho más allá de su propia capacidad de reutilización.

    Tampoco se me escapó el enorme fastidio que se le dibujó en la cara a Crespín: tendría que pagar por una bolsa nueva, cuando valen entre 0,10 y 0,60 €.

    Y ese gasto no estaba previsto.



24/4/26

545. Carta certificada

    Ayer, Día Internacional del Libro, el cartero te trajo una carta certificada. Tenía que asegurarme de que la leyeras, porque a veces el correo ordinario no llega allí donde debe. Por suerte, el funcionario te encontró en casa, pues estabas conectando con tu audiencia de palmeros desde tu ordenador personal.

    En esa carta certificada te explico que las personas que nos pasamos la vida leyendo libros hasta la tumba, no nos vanagloriamos de ello ni nos creemos moralmente superiores a los que optan por otro tipo de locura. Después de leerla, sonreíste con desdén y, justo como calculé, la carta estalló antes de que la arrugaras para tirarla a la basura.

    Te diste un susto de muerte, pero no moriste. La carta bomba certificada contenía la suficiente carga explosiva para que solo te abrasaras las pestañas, las cejas, las mejillas y la punta de la nariz. Bueno, quizás también te has calcinado un poco el cuello, el tórax y las manos. Pero no pasa nada porque descanses un poco de tu cuenta de Instagram mientras te recuperas.

    Lo importante es que hayas entendido el mensaje.




21/4/26

544. Habilidad y costumbre del abuelo Ursucino

    Dícese del abuelo Ursucino, que era el mejor podólogo de su generación. Tanto si utilizaba la mano diestra como la siniestra, trataba con éxito cualquier afección de los pies. Tal era su dedicación, que de no ser porque empezó a temblarle el pulso, solo la muerte lo hubiera jubilado. 

    No es menos cierto que una vez, con una técnica innovadora desarrollada por él mismo, empleó una radial industrial para eliminar unas callosidades de dureza diamantina. La operación de desbaste plantar duró una hora y media, en la que gastó dos discos de nitruro de boro de 230 mm.

    El cliente, perteneciente a la tribu Baduy de Indonesia, aseguró que tan solo sintió un agradable cosquilleo. 

    Los residuos biosanitarios que se derivaban de su trabajo no siempre eran gestionados según el protocolo pertinente. A veces, el abuelo Ursucino acostumbraba a moler algunos de esos restos, tales como piel descamada y trozos de uñas desencarnadas, para luego comprimirlos a conciencia en pequeñas ataduras de papel de estraza.

    Según lo complicada que fuera la jornada laboral, al final de la misma, para relajarse y elucubrar nuevos procedimientos, se fumaba en pipa uno de aquellos comprimidos orgánicos.



17/4/26

543. Secuestro nuestro

    Fueron muchas las noches en las que la mítica sala Bóveda (antigua Mephisto) se desbordaba en picos de exceso decibélico. Por otro lado, la paz auditiva empezaba a ser un bien escaso para quienes vivían en zonas concretas de las extensas y medianas ciudades. El descanso nocturno se había convertido en un privilegio y la legislación vigente era clara al respecto.

    Un día, cierta persona extranjera adquirió un piso turístico muy cercano a la sala. Como consideró que la actividad sonora de la misma atentaba contra las potenciales ganancias del futuro alquiler de su adquisición, en noviembre de 2024 esa persona denunció. Después hubo una sentencia y la sala, tras treinta años sin quejas formales ni similares, tuvo que apagar las luces y cerrar sus puertas.

    Uno de los bastiones barceloneses de la música extrema había caído, y ya no volverían a retumbar en las grietas de sus paredes las armonías de la destrucción. Pero en 2025 la sala del Innombrable (actual Bóveda) derrotó a su denunciante en los tribunales y empezaron las tareas de reforma e insonorización, acordes con la normativa actual.

   Dentro de poco —quizás este verano—, la sala reabrirá sus fauces salivantes y de nuevo acogerá a su irreductible legión de acólitos en sus renovadas y fétidas entrañas. La distorsión volverá a adueñarse del lugar y otra vez se desatará la inhumana locura del respetable. 

   En cuanto a ese delator interesado, ya le hemos seguido la pista para secuestrarlo y atarlo a uno de los altavoces de la sala tan pronto se dé el primer concierto.




14/4/26

542. Rumore

    Circulan ciertos rumores por la ciudad podrida

    Chismorreos pronunciados con la mano delante de la boca, no vaya a ser que algún par de ojos atentos sepa leer los labios. Murmuraciones en los puntos ciegos de la ciudad, aunque cada vez hay menos, si es que alguna vez los hubo. Habladurías en tugurios nada recomendables, cuando el día ha muerto y todo es sombra. Cotilleos por telefonía móvil, para quienes creen aún que existe esa cosa llamada privacidadY para acabar, es de recibo recordar que ni Rosalía, ni Shakira, ni Jennifer López, ni Rihanna, ni similares jamás se acercarán, ni por un segundo, a la mujer del vídeo de hoy.

    Y eso no es rumor, sino certeza.



Esparce el mensaje, comparte las entradas, contamina la red.