Abundio es de esa clase de enfermos que se creen sanos. Es decir: es un taurófilo. Su afición empezó a forjarse de niño, cuando su padre se lo llevaba a las corridas de toros. Tantas presenció durante su infancia que, ya de adolescente, se convirtió en un acérrimo defensor de las mismas. Su padre había hecho un gran trabajo con él y ahora Abundio es un adulto con la lección muy bien aprendida.
Por ejemplo, Abundio dice que su afición es un sentimiento que le viene de pequeño y que por eso no lo entendemos. Defiende que la tauromaquia da trabajo a muchas personas y que, por supuesto, no existen personas más respetuosas con los animales que los ganaderos. Esos mismos que, durante dos o tres siglos, seleccionaron al toro de toda la vida para obtener ejemplares cada vez más bravos e impetuosos, hasta llegar al actual toro de lidia, con el único fin lúdico de la tortura y la muerte en la arena.
Qué digno. Qué manera más noble de ganarse la vida.
Tampoco le vengas a Abundio con unas breves palabras apócrifas sobre la tauromaquia y el torero, falsamente atribuidas a Borges:
«La tauromaquia es una de las formas vigentes de la barbarie. En cuanto a la figura del torero, creo que es esencialmente un cobarde. Un hombre que, con todo un aparato racional de estrategias, entrenamientos, armas, estocadas practicadas, clases y mucho estudio premeditado, se mide frente a un animal pasmado por la sorpresa, por la ansiedad; un animal que no tiene otro recurso que los reflejos de su instinto primario.
Bajo esa disparidad podemos medir el valor de los toreros. La valentía verdadera no soporta desniveles tan abusivos.
Por eso, para mí, los toreros no son valientes, sino más bien bufones; los bufones de la valentía.»
No te las rebatirá. Tan solo se regodeará en que, como no está demostrada la atribución al genial escritor, no sientan cátedra. Porque para Abundio es más importante el mensajero que el mensaje. Y esas palabras las ha pronunciado un tipo al que solo conocen en su casa y, a Abundio, con eso le basta.
Aunque sí te dirá que ellos no van a la plaza a pasarlo bien porque sí. Ellos no van allí a disfrutar de la muerte del animal, sino del proceso. Ellos van a disfrutar del cómo y no del qué. Tanto es así que te enumerará todo un alucinante repertorio de jerga taurófila, aplicada en el ruedo según la maestría del torero.
En fin, no se lo tengas en cuenta: se cree sano estando enfermo y se llama Abundio.
