Demenciano se despertó resacoso, que era lo acostumbrado, pero sin las manos ensangrentadas. Eso no significaba que ayer no se hubiera entrometido algún ciudadano ejemplar en sus asuntos, o que no hubiera tenido que aleccionar a alguna mujer que lo hubiera seducido para luego no llegar hasta el final.
Como mucho, es posible que tan solo apalizara a alguien. De modo que debió de ser una buena noche, regada con alcohol de alta graduación, en compañía de una mujer complaciente que comprendía el verdadero sentido del amor y de la vida.
Encendió el televisor, más por costumbre que por interés, y vio que, en uno de esos programas que infectan la parrilla televisiva, un quinteto unisex de analistas de la mente y la sociedad se recreaba en los crímenes y actos vandálicos acaecidos en la ciudad durante los últimos cuatro años.
Demenciano se sintió complacido al comprobar que hablaban de él. Estaban creando un perfil a partir de los truculentos escenarios que había ido dejando a su paso. Después de veinte minutos de anuncios estúpidos, el programa llegó a su recta final y uno de los invitados —una psiquiatra forense, según rezaba el enunciado a pie de pantalla— tomó la palabra para emitir su breve análisis sobre Demenciano:
—Con toda seguridad, podemos afirmar que es un hombre que vive al límite de sus frustraciones. Un ser que se cree mentalmente más evolucionado que el resto de sus congéneres y que, sin embargo, es incapaz de encontrar su sitio en el entorno marginal en el que ha nacido y probablemente se ha criado.
»Cree vivir rodeado de seres inferiores a los que considera que tiene que castigar con su odio y violencia, mientras proyecta una fachada de fuerza física y hombría y, al mismo tiempo, se desvaloriza de forma inconsciente, incapaz de asimilar el alcance de sus propios actos destructivos.
»Negado de amor, busca lujuria. Negado de vida, busca muerte. Negado de estímulos, busca venganza. Negado de sí mismo, busca destrucción. Ver sus propias miserias, día tras día, reflejadas en el resto de sus iguales le da fuerzas para seguir adelante. Por eso debe frecuentar lugares poco recomendables donde alimentar su patología.
»En realidad, toda esa aparente valentía es una pantalla para ocultar que es el mayor de los cobardes. Su cobardía es un lastre que le impide conseguir todo aquello que de verdad quiere y desea. Y él lo sabe.
El plató estalló en aplausos y el presentador se despidió de la audiencia y de sus colaboradores. Mientras tanto, Demenciano tuvo una erección y se llevó la mano a la entrepierna. De repente, tenía grandes planes para aquella mujer. Tenía que hacerle entender algunas cosas.
Y sonrió.
