31/7/26

572. Diez dedos o veintisiete teclas

    Tengo diez dedos con los que poder acariciarte si estuvieras aquí. Pero, como siempre estás lejos, lo intento con veintisiete teclas. Ahora mismo son las dieciocho y cincuenta y tres. Pese a la ola de calor, tengo la ventana abierta. Ráfagas de aire caliente me visitan de vez en cuando y azuzan los árboles, mientras que los sonidos habituales de la ciudad se mezclan con los ritmos musicales que he elegido para esta tarde.

    No son los habituales, los que me zarandean y me vuelan la cabeza desde el minuto uno. Hoy, el tema escogido llega hasta mí flotando como el humo del polen, y me envuelve con la cadencia de un mundo sin prisa. La base rítmica se entrelaza con lentitud en mis dedos hasta armonizar con el sonido mecánico del tecleo lento pero sin pausa.

    Hoy quería llegar hasta ti y tocarte una vez más. Diez dedos o veintisiete teclas, pero Pure Negga se ha apoderado de mis manos y me ha desviado del camino.




28/7/26

571. Síndrome postvacacional

    Está escrito en un libro sagrado que Lázaro regresó de la muerte. Una voz le ordenó que saliera, y salió. Eric Draven también regresó de su tumba con un cuervo sobre el hombro y el deseo de venganza ardiéndole en la mirada. Pues a mí me pasa algo parecido, pero a la inversa: regreso de las vacaciones al trabajo.



24/7/26

570. Días de playa

    El chófer nunca tenía que buscar aparcamiento para que el rico veranease en cualquier rincón de la costa. Siempre había alguna plaza de su propiedad donde dejar el vehículo de alta gama.

    Desde su embarcación de lujo, el rico se divertía tanto como se relajaba observando con unos prismáticos a la masa de pobres que abarrotaba la playa que él jamás pisaría por una simple cuestión de estatus. Incluso puede que muchos de aquellos proletarios trabajaran en alguna de sus empresas esclavistas.

    Hasta la llegada a bordo de sus escasas amistades adineradas para la fiesta que había preparado, no había mejor entretenimiento que contemplar la vida ociosa de las clases sociales inferiores.

    De vez en cuando, entre breves carcajadas y algún que otro pedo, dejaba los prismáticos a un lado y se estimulaba el gaznate con un destilado que ninguna de aquellas familias modestas podría pagar ni en siete vidas. Eran tan miserables que ni siquiera bebían en los chiringuitos: llevaban los refrescos y la cerveza en neveras portátiles incapaces de mantener las latas en su punto exacto de frío.

    Sin embargo, no los despreciaba del todo. Admiraba la capacidad que tenían para soportar las altas temperaturas durante horas bajo aquellas sombrillas ridículas, apretados unos contra otros, sin apenas intimidad y apestando a crema solar de supermercado.

    Eran bastante guarros, eso sí. Muchos fumaban y enterraban las colillas en la arena. Algunos incluso lo hacían delante de sus hijos pequeños. El día de mañana, la mayoría de aquellos críos tan desgraciados acabaría siendo igual de fumadora, igual de cerda e igual de indeseable que sus padres.

    El rico había visitado las siete maravillas del mundo moderno, las del antiguo y unas cuantas reservadas únicamente a quienes poseen un músculo económico descomunal. Pero había descubierto, no hacía mucho, que pocas cosas resultaban tan entretenidas como observar el fascinante lumpen playero. Hay espectáculos que el dinero no puede comprar, y aquel estaba al alcance de cualquiera.

    Al cabo de un rato se le ocurrió que, para que la experiencia contemplativa fuera completamente inmersiva, pondría a todo volumen, en el carísimo equipo de sonido del yate, aquella puta canción del 83 de aquel risible dúo italiano.



21/7/26

569. Durante el partido

    Como era de esperar, las calles se vaciaron. Ocurre siempre que se disputa la final del Mundial de fútbol y uno de los dos equipos representa al país donde vives. Así que, tan pronto como empezó a rodar el balón por el césped reglamentario estadounidense, yo empecé a caminar por adoquines y aceras catalanes.
    La urbe estaba quieta y respiraba tranquila. Calculé que mi paseo tenía que durar, como máximo, una hora y media. Pasado ese tiempo, debía estar cerca de mi nicho-vivienda. Fuera cual fuera el resultado de tan sentida contienda deportiva, no quería verme mezclado con la vociferante turba de patriotas de postín.
    No fue esta, sin embargo, una desolación absoluta como la que propició el virus de estos últimos tiempos. Algún que otro vehículo circulaba a placer por la ciudad dormida, y me crucé con un total de catorce o quince personas de rasgos árabes y orientales.
    Puede que estuvieran cumpliendo con obligaciones ineludibles o que, sencillamente, tuvieran mejores cosas que hacer.
    Todo se concentraba entre cuatro paredes, fueran públicas, alquiladas o en propiedad. Ya habían pasado más de cien minutos y no ocurría nada. Supuse que el partido había llegado a la prórroga, de modo que faltaba poco para el final, fuera cual fuese.
    Cuando me encontraba a mitad de mi regreso, un par de fuegos artificiales estallaron en el cielo. De un lugar cercano que no logré determinar, oí el petardeo continuado de una traca; luego, otra. De inmediato apareció un coche haciendo sonar el claxon a rabiar. Tres de sus cinco ocupantes ondeaban la bandera rojigualda. El claxon de otro coche también empezó a bramar y entonces lo comprendí todo.
    Desde donde estaba podía ver el balcón de mi hogar. Apresuré el paso y apagué el móvil.
    Se avecinaba la gran paja nacional deportiva.



18/7/26

568. Tribu

    La gente se pone de mal humor con los veranos espléndidos. A mí me pasa todo lo contrario: me lo paso muy bien con las olas de calor que me empujan de bar en bar a cumplir con mis rigurosas pausas de hidratación cervecera. De paso, observo y escucho a la clientela.
    No recuerdo qué estaba haciendo el día previo a la final del Mundial de Fútbol de 2010. Sí recuerdo que, como ahora, era verano y estaba de vacaciones; además, tenía un blog alojado en ya.com del que quizá hable algún día.
    Por aquel entonces llevaba unos cuatro o cinco años emancipado, ya vivía en mi nicho-vivienda actual, y me gustaban y me desagradaban las mismas cosas que ahora. Solo que antes tenía mucha más paciencia y me pesaban menos los cojones.
   Entiendo que mañana tú, seas quien seas y vivas donde vivas, te vistas con una camiseta de la selección española o argentina. Yo llevo tres días poniéndome una camiseta de Cradle of Filth. Mañana la dejaré en la cesta de la ropa sucia y me pondré una de Terrorizer o Aborted.
    En el fondo, es más o menos lo mismo: el sentido de pertenencia a una tribu, a una entidad o a un colectivo en el cual tu identidad encaja a la perfección. En mi caso, es un estilo musical del que se derivan mi forma de ver y sentir la vida.
    Desde luego, no soy mejor que tú si mañana, cuando el árbitro pite el final del partido, lloras de alegría o de desilusión mientras yo estoy en casa riéndome de ello o sumido en la más profunda indiferencia. No lo soy. Pero es que, en ese aspecto, me resulta imposible ser como tú.


15/7/26

567. Catalibán

    El catalibán dice: «Pese a mi marcado independentismo, estoy muy contento de que la selección de fútbol del país vecino, con orientación sur, haya llegado a la final del Mundial de 2026».




10/7/26

566. Viento

    Estaba yo tumbado sobre una hamaca, cobijado bajo una sombra bendita. Tan solo respiraba y reajustaba la postura cada vez que mis músculos se resentían de la inactividad. Aun así, era este un letargo placentero y sedante, que me desconectaba de todo cuanto me rodeaba. El tiempo fluía como una canción lenta al compás de mi inmovilidad, como si por una vez en la vida fuera mi aliado. 

    Estaba yo despierto con los ojos cerrados, conectado en íntima comunión con las corrientes de aire que venían a visitarme. No me hizo falta abrirlos para sentir que me tornaba liviano y el viento, viniera de donde viniera, me acunaba con delicadeza y me elevaba alto, muy alto, por encima de todas las cosas mundanas y prosaicas.




7/7/26

565. Misiones clandestinas

    Un verano cualquiera en algún punto turístico de las costas españolas.
    La familia nuclear Parahoy, tal como tenía planeado, se ha despertado a las 5:30 a. m. de un sueño tranquilo. Las alarmas de los móviles de cada uno de sus integrantes estaban sincronizadas. Tienen una misión que cumplir. Con seriedad y concentración, se aplican la pintura de camuflaje facial y se lanzan a la tarea.
    Tal como entrenaron en el césped de su casa en primavera, reptan con rapidez por la arena de la playa como un experto grupo de operaciones especiales. La noche respira tranquila, las estrellas resplandecen y las olas rompen suavemente. Tienen todo a favor. Cuando llegan a una zona privilegiada que consideran apta para los propósitos improductivos del día, la abuela alza la cabeza como una cobra y otea de izquierda a derecha como un radar. Hace un gesto con la mano que indica que no hay policía local a la vista, y el padre y la madre se incorporan y clavan una sombrilla con un gesto enérgico de victoria. El hijo y la hija, a su vez, colocan unas tumbonas y unas toallas con la rapidez de una escudería de F1 perfectamente coordinada. La abuela sigue vigilando. En la familia Parahoy todos tienen un cometido y no se tolera el fracaso.
    Todavía quedan tres horas para que amanezca. Todo está quieto. La misión ha concluido con éxito y la familia Parahoy regresa a su hotel, ubicado a pie de playa, en la misma actitud reptilesca del inicio. A mitad de trayecto, la abuela de nuevo levanta la mano. El grupo se detiene en el acto: silencioso, profesional y compacto. A unos cuantos metros, parece que otra familia también está en una misión de ocupación ilícita. Uno de sus miembros susurra: «Hijos de puta. Nos han quitado el sitio». La familia Parahoy reconoce en esa sentida maldición al abuelo de la familia Hoyestarde. «Ja, ja, ja. Que hubieran entrenado más», ríen para sí los Parahoy.

    En verano, los madrugones tácticos por conquistar una porción de tierra playera son constantes.


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