6/2/23

211. Días extraños en Rumanía

    Durante un frío invierno de un año lejano estuve viviendo en Rumanía. Un trío de torvos rumanos me visitaban a diario para saber cómo iba todo. A veces se quedaban durante dos o tres horas bebiendo chupitos de Tuica, mientras competían sobre cuál de ellos era el más rápido en desmontar y montar su arma semiautomática.

    Aquellos mafiosos trabajaban para Dragosi, un rumano multilingüe y acondroplásico más hostil que un hipopótamo hambriento, por lo que era mejor no enemistarse con él si aspirabas a una vida larga. También conocido como el Gran Jefe en las zonas más corruptas de la ciudad, controlaba el setenta por ciento de las ganancias que se obtenían de los atracos a cajeros automáticos y extorsiones a numerosos comercios. 

    Cada fin de semana organizaba fiestas multitudinarias en el Kristal Glam Club. Si le caías en gracia, te ofrecía barra libre y una noche gratis con la escort más deseada de la ciudad. Si le fallabas o bromeabas sobre su tamaño, te castraba con una cinta de cuero mediante una técnica milenaria, desarrollada por sus antepasados en la antigua Valaquia durante cientos de noches de pesadilla e insomnio.

    No era ningún secreto que yo le caía bien a Dragosi, dadas las circunstancias en las que nos conocimos. Tales fueron, que me alojó gratis en uno de sus pisos, y me ofreció protección las veinticuatro horas del día hasta que, sin pretenderlo, interferí en uno de sus negocios.

    Una fría madrugada de enero, yo conducía por los cuatro kilómetros de carretera que me separaban de mi alojamiento, cuando de pronto, el coche derrapó en una curva pronunciada y me estrellé contra un cajero automático y la persona que lo manipulaba. Con el corazón encogido, me bajé del vehículo y me acerqué al accidentado, con la intención de liberarlo del amasijo de destrucción que lo aprisionaba. Cuando le pude ver la cara se me heló la sangre más que la propia calzada: ¡era Fiorenzo, el enlace de la mafia rumana en Italia! ¡Pero qué coño hacía ahí ese puto espagueti!

    Al igual que el coche, aquel afortunado cabrón no parecía tener heridas mortales, así que lo metí en la parte trasera del mismo y salí de allí como una exhalación dirección a la mansión de Dragosi. Había hecho saltar por los aires uno de sus golpes y estaba claro que tenía que dar explicaciones. Durante el trayecto, Fiorenzo se palpaba las partes magulladas del cuerpo y exclamaba: «¡Mamma mia!, ¡bastardo di merda!, ¡figlio di una cagna! ¡Hai sprecata giusto!, ¡basta scopare un grosso problema! ¡Dragosi sta per tagliare le palle!, ¡darà buon asino!».

     Tras llegar a la mansión y farfullar que lo ocurrido fue un desgraciado accidente, supliqué algún tipo de enmienda en un intento desesperado de evitar en mis zonas nobles el abrazo castrador de la cinta de cuero de Dragosi. El susodicho me condujo a su lujoso despacho, se sirvió un generoso vaso de Tuica, se colocó ante mí levantando la mirada con lentitud, y desde abajo, me dijo que si quería conservar mi escroto, tendría que acompañar a su hija a la fiesta que se celebraría mañana por la noche en el Kristal Glam Club. Procurar que allí se lo pasara bien y mantenerla sana y virgen hasta el alba. Momento en el que un par de sus hombres nos irían a buscar para traernos de vuelta. 

    No parecía un trabajo muy complicado. Solo tenía que ir a una fiesta con una muchacha y cuidar de ella durante unas horas. Quizá hasta me lo pasara bien, y a fin de cuentas tampoco tenía elección. Así que tragué y asentí, a la par que Dragosi correspondió con una atemorizante muesca de satisfacción.

    ¿Qué podría salir mal?



2/2/23

210. Intermedio

     He ido recopilando unos hechos, conectados entre sí, que me ocurrieron hace unos años. El contenido, una vez estructurado, ha dado para cinco entradas que iré desgranando de forma consecutiva a partir de la semana que viene. Por supuesto, este nuevo material, como todo lo aquí narrado con anterioridad, corresponde a la realidad pura y dura. 

    Por otro lado, cuando la inspiración me trae una idea, sea la que sea, me la apunto antes de que se desvanezca. Aquí os dejo unas pocas —que en su momento seguro me parecieron buenas— para quien las quiera utilizar. Yo haré lo propio tan pronto recupere la conexión con ellas, porque aunque ahora la haya perdido, el día menos pensado vuelve por sí sola con la entrada desarrollada. 

    Estas son:

    -Profesora de biología con aletas naturales.
    -Ladrón de tractores con educación vial.
    -El cocinero que congeló a Chicote.
    -El funky lolailo vino del Espacio.
    -Pressing Catch con enanos.
    -La niña muerta haciendo putadas.
    -Defecación astral.



30/1/23

209. De olores y hedores

    Cuando tengo días libres en los que no tengo que vender mi tiempo en mi centro de esclavitud, realizo incursiones peatonales por las arterias de la ciudad. Ya sea para realizar ciertos experimentos, recargar mi espíritu, o dar con el estímulo adecuado para futuras entradas. En cualquier caso, sea el día y la hora que sea, la urbe es un hervidero de historias esperando ser contadas. 

    Infinidad de veces me he cruzado con personas —la mayoría mujeres de entre cuarenta y ochenta años— que, por rápido que caminen según su edad, y renegando de desodorantes, llevan consigo ese tipo de densa fragancia, que impacta en mi sentido del olfato como una hostia bien dada en plena cara.

    Entiendo que queramos dar buena impresión, no solo en el sentido visual, sino también en el olfativo, amén de que hay emanaciones corporales que conviene disimular o anular. Y nada sé de colonias y perfumes, salvo que la mayoría de veces, algunas más que algunos, utilizan esos productos de nombres ridículos con el fin de desprender un efluvio agradable, cuando hieden como si se hubieran rociado en exceso con equivalentes a Eau de Cloac y Eau de Sobac



26/1/23

208. Lecciones valiosas

    Yo tenía dieciocho años cuando fui seducido por una compañera de aula de idéntica edad, bella como su mismo nombre. No es que fuera meritorio que Estroncia me sedujera, pues por aquel tiempo remoto yo consideraba que todo agujero era trinchera, por lo cual me mostraba predispuesto y accesible a todo acercamiento e insinuación de cualquier persona que tuviera vagina. 

    Además, el clamor popular comentaba que Estroncia no era una chica que gustara de conquistas difíciles, y sabedora de que en su entorno estudiantil la circundaban más capullos que los que se abren y colorean el campo, se alejó del esfuerzo y me eligió a mí, fácil capullo entre los capullos más fáciles.

    Estroncia se exhibió ante mí en una danza revestida de erotismo intencionado, y en menos de diez minutos me tuvo a su merced. Cual fiel lazarillo impulsado con la única voluntad de una libido creciente, obedecí cuando me pidió que la llevara a una planicie alejada cuatro kilómetros del pueblo, donde, bajo el resguardo de verde floresta, se desataban todo tipo de apetencias carnales.

    Detuve mi viejo coche de segunda mano en una zona que confería la suficiente intimidad, como para que Estroncia y yo liberáramos nuestras energías y nos fundiéramos en un torbellino de arrobamiento. Pero entonces, pasados unos minutos, ella retiró su calurosa mano de mi bragueta reventada, vistió su pecho encendido, y dijo que no podíamos continuar; no podía ser; no podíamos hacerlo. No.  

    Aquellas palabras enfriaron mi corazón como el hierro candente sumergido en agua, y un pesado manto de silencio acalló los inquietantes sonidos del bosque. Entonces, Estroncia me pidió, con la seguridad y firmeza de quien ha ganado todas las lides, que la llevara de regreso a casa. 

    Pero el embrujo de Estroncia ya no empañaba mi mente, y se esfumó en favor de una decepción que me inundó por completo y que jamás había conocido. Y pasados unos momentos en los que incluso respirar dolía, pronuncié aquellas palabras que surgieron de mi incomprensión por su negación, que no fueron otras que se bajara del coche. 

    Bájate del coche, le dije, no como una amenaza o preludio de alguna acción de la cual más tarde pudiera arrepentirme. Sino como la resuelta convicción de una acción perentoria e irrevocable. Y el rostro de Estroncia, duro y frío como el metal, se alumbró con una incredulidad mayúscula como jamás se vio en la cara de nadie. Como si nunca en su joven vida la hubieran hecho diana del más mínimo desplante. 

    Me preguntó con una mirada si lo dicho iba en serio, y sin palabras contesté yo señalándole la puerta con el mentón, en un gesto preñado de despecho e indiferencia. Estroncia salió del coche apartando su mirada con desdén, en un aspaviento de nobleza teatral, y con el porte de una princesa indignada que acaba de perder su legitimidad al trono, cerró la puerta de un portazo que sonó como el estruendo de una bomba. 

    Arranqué el coche y me puse en movimiento. Al tiempo que me alejaba de aquel lugar que siempre me recordaría aquel encuentro desencantado, la silueta de Estroncia, reflejada en el retrovisor, fue empequeñeciendo hasta desaparecer de mi vista, dejándome a solas con mis pensamientos y una sensación de vacío en las tripas.

    Los días que siguieron a esa noche fueron surrealistas y de un absurdo atroz. Los rumores malintencionados y la tergiversación de los hechos, provocaron que una parte del joven vulgo del instituto, impetuoso e irreflexivo, se dividiera en dos bandos de hostilidad cómica, convirtiéndonos a ambos, sin quererlo ni necesitarlo, en puntos de referencia. 

    Las chicas, en una comprensible posición de simpatía respecto a Estroncia, me proclamaron sucio adalid de los cabrones y los hijos de puta. Mientras que los chicos, posicionándose a mi favor e igual de excesivos en su juicio, erigieron a Estroncia como reina bastarda de las furcias y las calientapollas.


23/1/23

207. Ectoparásito

    Yo tengo un amigo que es un tesoro. Y es mi amigo porque me acepta tal y como soy, con mis múltiples imperfecciones y carencias. Me conoce muy bien y sabe, entre otras cosas, que mi economía carece de músculo. Tanto, que nunca he tenido vehículo ni el documento legal que se exige para conducir uno. Por eso siempre era él quien ponía el coche cuando íbamos de garitos, y pagaba las consumiciones de ambos aun cuando las mías superaban a las suyas en número, que también era lo acostumbrado.

    Llegado el momento, no se privó de invitarme a su boda, ni tampoco, a los años siguientes, al bautizo de su hijo y posterior comunión. Por supuesto, acepté para no desilusionarle, y como mi aportación monetaria en esos tres banquetes repartidos en el tiempo, fueron recortes de hojas de libros de autoayuda en un sobre anónimo, decidí no decepcionarle en mi condición de buen comensal, vaciando por completo todos los platos que me pusieron por delante, y bebiendo sin descanso en la barra libre hasta que dejó de serlo. 

    Del mismo modo, sabe de mi trabajo esclavista y del poco tiempo que dispongo para mí, por lo que jamás me lo hizo perder, cuando necesitó ayuda anímica por la depresión en la que se sumió a causa del abandono de su mujer. Ni siquiera me pidió una tarrina de tamaño industrial de helado hipercalórico, de las que hago acopio, a cientos, en un congelador que me regaló para mi cumpleaños. 

    Porque esa es otra. Siempre tiene detalles conmigo, grandes y pequeños, para ese día especial, mientras que yo nunca logro acordarme del suyo. Qué le puedo regalar yo, si a duras penas llego a final de mes, pese a que tengo móvil, ordenador, red wifi y una pantalla panorámica donde ver varios canales contratados. Solo puedo regalarle mi amistad y, aunque nunca me pide nada, estar siempre a su lado para lo que necesite.

    Con semejante entrega por mi parte, tampoco es que se pueda quejar.



19/1/23

206. No vida

    Cambian los paradigmas, o eso quiero creer. Y ni siquiera debiéramos buscar razones, como que ahora prefieren dedicar la vida a realizarse en el ámbito profesional, o criar a un mamífero no humano. Es posible que sea más sencillo que todo eso: las mujeres ya no se quedan preñadas porque no quieren.

    Como es de esperar, para la mafia empresarial supone un suicidio a largo plazo. Para los gobiernos, un arma a utilizar —la del miedo, como siempre— contra la ciudadanía esclava-cotizante respecto al futuro de las pensiones.  

    Es obvio que los que manejan los hilos, se ocuparán de ello tan pronto sea un verdadero problema para sus intereses, ya que las mujeres siempre han tenido —y tienen— el verdadero poder. El poder de la continuidad; del futuro. De ellas depende la perpetuidad de la especie, y por consiguiente, el recambio generacional de esclavos y líderes que la economía mundial necesita para su sostenimiento.

    Resulta paradójico que esa misma economía, siempre necesitada de la procreación, cuando se refleja en la nómina irrisoria del esclavo, imposibilita, no la acción procreadora, pero sí el fin natural de la misma. 

    Por otra parte, que en varios países desfavorecidos a varios niveles, los índices de natalidad sean los más elevados, supone un acto de inconsciencia contra la propia población reproductora. O toda una venganza, ya que tarde o temprano, esa misma población tendrá que ser acogida en los países de sus expoliadores.

    Solidaricémonos pues, con aquellas mujeres que han decidido practicar la anticoncepción, utilizando todos los medios a nuestro alcance para tal fin, sin renunciar al orgasmo. 

    Se trata de, entre todos y todas, que la no vida acabe siendo una tendencia globalizada, y que con el paso de unos pocos siglos derive en la total desaparición de la raza humana. Así, la Tierra y el reino animal, al fin podrán convivir en esa armonía de la que siempre les hemos privado y tanto merecen.

    Quién sabe si es el mayor acto de egoísmo jamás concebido. Pero necesario para traer de una vez para siempre la verdadera paz absoluta a nuestro mundo, y privar al Universo de la amenaza de nuestra existencia.

    El proceso será lento, pero ya ha empezado.



16/1/23

205. Protesta impopular

    Cualquiera que me conozca, sabe que tendencias, modas y similares, me las paso por el escroto o por el esfínter. Por cierto —y no es nada personal—, los influencers me comen ambas zonas por detrás. Tampoco es que sea un tipo obtuso de ideas fijas y cerradas, así que he decidido hacer una excepción, y unirme a esa nueva forma de protesta impopular. 

    He estado entrenando; ya tengo el día marcado en el calendario y escogido el objetivo. También he comprado el pegamento con el cual adherirme a lo que sea, con más garantías que el simbionte negro a la piel de Peter Parker. Así como el tarro de sofrito precocinado de 500 gramos, que estrellaré contra la acuarela que pintó hace siglos algún desgraciado de supuesto talento, que seguro murió en soledad y a una edad temprana, de frío e inanición.


12/1/23

204. Recargando

    Como siempre, ha vuelto a amanecer y yo he vuelto a despertar. Y como siempre, con cierta resaca del alma y diversos dolores asignados a varios puntos de mi cuerpo. Ya en la ducha, el agua purificadora relaja mis músculos y se lleva consigo la basura residual de mis pesadillas, mientras le doy los buenos días al mundo, maldiciendo a todo el imaginario divino y santoral existente. 

    Debe haber todo un mar de malos sueños y tormento discurriendo por el alcantarillado. En fin, algunas personas también cantan bajo el agua sanitaria y otras no disponen de ella.

    Salgo al exterior porque tengo que recargar mi espíritu. Porque estas fiestas, cuando finalizan, se llevan gran parte de mi fuerza vital. Lo haría adentrándome en un bosque hasta perderme en sus susurros, y abrazarme a un gran árbol hasta sentir que me habla. Pero hoy me vale con transitar la ciudad a una hora temprana, cuando sigue medio dormida y el aire aún no está viciado, y respirarlo con toda mi capacidad pulmonar hasta sentirlo como una revitalizante inyección de hielo llenándome por completo.

    En ese momento me reconcilio con la ciudad y empiezo a resucitar. Nunca seremos buenos amigos, lo sé, y al final del día puede que volvamos a odiarnos. Pero ahora es ella tal cual, sin engaños. Desprovista de maquillaje y abalorios, mostrando su vejez en millares de intrincadas arrugas alquitranadas, grises y ajadas, bajo un cielo inmenso de blanco nuclear. 

    Si me detengo y me concentro lo suficiente, puedo oír cómo me habla. Lo hace con un zumbido monocorde de baja frecuencia, que parece provenir de todas partes por igual, envolviéndome. Me cuenta que está dolorida además de cansada. Y la creo, porque percibo más grietas y nuevos matices de óxido en sus incontables estructuras de hierro y hormigón. Pocas veces ella y yo nos entendemos tan bien. 

    Y aunque no me lo diga, sé que también le han quitado algo. 



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