20/3/26

535. Bailoteo en la ciudad

    Hacía tiempo que no pateaba la ciudad por las mañanas. Ya casi no recordaba la congestión vehicular en las rotondas, ni la hostilidad que se desata tras el volante en miradas de reproche, aspavientos de odio y cacofonía de cláxones. La verdad es que no solo por la noche la locura y el peligro salen a pasear. En horas de luz también somos criaturas odiosas y peligrosas.

    Pero lo que nunca voy a olvidar es al tipo que he visto hoy hace pocas horas. Y no por su esquelética anatomía cubierta de ropajes ajustados y descuidados. Ni por su rostro extra barbudo, apenas visible bajo una gorra de los Rolling Stones y parapetado tras unas enormes gafas de sol de color rosa.

    El tipo, por la acera ancha del paseo, bajo el agradable sol matutino de marzo, bailaba con un estilo que fusionaba grotescamente los estilizados movimientos de John Travolta en Fiebre del sábado noche (1977), con las esperpénticas gesticulaciones de Nicolas Cage en Cara a cara (1997) cuando iba vestido de sacerdote, rosario en mano.

   No tenía frente a él recipiente alguno donde echar unas monedas. Aquella muestra de vitalidad bufonesca parecía darse porque sí y era contagiosa. Todo hacía pensar que mediante sus audífonos amarillos estaba escuchando algo de veras pegadizo. Por sus maneras, apuesto que por lo menos era Stayin' Alive de los Bee Gees. 

    Sin duda, un tipo con un aura resplandeciente.



17/3/26

534. Contrarrestando

    El frío cortante del invierno ha desaparecido. Ahora tenemos las ventanas abiertas mucho más tiempo y el aire trae a nuestros hogares la fragancia del albor primaveral. La mitad de la población de la piel de toro pronto estará lidiando con sus alergias estacionales, y la otra mitad, si no ya, estará orando al Señor para que no llueva en las procesiones de Semana Santa. 

    También empezarán a proliferar los ciclistas por las zonas más imprescindibles de la red de carreteras. Como siempre, ralentizarán la fluidez del tráfico y yo volveré a hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad —cada vez más escasa— para no arrollarlos con mi vehículo. Hay que mantener la armonía entre ciudadanos y la convivencia es algo que se debe practicar a diario.

    La mañana de ayer, los habitantes del quinto me torturaron con su afición por las rancheras. Que conste que no tengo nada en contra del folclore musical de México. Pero esas melodías, si son constantes, me desquician más que el jodido reguetón o el puto flamenco. Así que hoy me toca a mí contraatacar, por ejemplo, con Anal Hard. Que, por cierto, desgranan su arsenal decibélico este viernes en mi ciudad.

   ¿Me acompañas? Es una excelente forma de dar la bienvenida a la puta primavera.



13/3/26

533. Prioriades

    Antes de la pandemia, yo era parte de un reducido grupo de amigos que nos veíamos siempre que el trabajo lo permitía. Lo teníamos todo a favor para creer que aquello perduraría en el tiempo. Pero llegó el confinamiento domiciliario, fuera o no necesario, y nos obligó a vivir con las relaciones sociales bajo cero.

    Tampoco tuvimos otra opción, quedadas clandestinas aparte. 

    Hace ya cinco años que podríamos haber reemprendido aquella modesta sociedad que aún hoy sigue congelada. Por aquel entonces todavía seguíamos teniéndolo todo a favor. Hubiera bastado —incluso ahora— algo tan sencillo como que uno de los integrantes enviara un mensaje de móvil o una llamada trivial, al menos para intentarlo. Pero no ha sido así. Y esto no es un reproche ni una lamentación. Tan solo es la serena constatación de una verdad, no sé si incómoda pero real como la muerte, de que quizás la amistad no es lo que nos han contado en los libros y en las películas.

    El confinamiento nos acostumbró a prescindirnos, y la vida nos ha demostrado que tales hechos no duelen cuando suceden. Quizás siempre ha sido así. Vivimos en una constante adaptación en la que parece que nadie necesita a nadie, y solo hacía falta el escenario adecuado para que nos diéramos cuenta.

    Priorizamos. En base a nuestras emociones, tan solo priorizamos.




10/3/26

532. Bajo tierra sin ser enanos

    Era su primer día en la mina. A media mañana, minutos después del almuerzo, se acercó hasta mí y me preguntó con cierto reparo y mucha urgencia lo que siempre inquieren todos los nuevos un día u otro. 

    Le di las indicaciones pertinentes y, sin pensárselo, se colocó el resto de su EPI (equipo de protección individual), que comprende, además de lo que ya llevaba puesto, el autorescatador de oxígeno y la lámpara recargable de LED. Luego se proveyó de una generosa cantidad de papel azul secamanos de la gruesa bobina industrial. Se puso al volante de uno de los muchos coches que utilizamos para los desplazamientos y, como una bala, se dirigió a donde lo envié.

    Sonreí mientras se alejaba. Los que llevamos años trabajando en las profundidades terrenales hemos padecido esa misma urgencia más de una vez. «Espero que le dé tiempo», pensé. Y luego me pregunté qué cara traería a su regreso. Algunos novatos disimulaban su conmoción por puro orgullo. Pero los que más eran incapaces de ocultarla. Él fue de los últimos.

    Volvió al cabo de unos veinte minutos y se dirigió a mí con el semblante desprovisto de urgencia, pero del todo desencajado. Y me recriminó que yo era un cabrón por haberlo mandado a hacer sus necesidades excretoras a una galería enorme y oscura, toda sembrada de mierda en diferentes fases de descomposición y apestosa como mil letrinas.

    «Pues claro», contesté. «Estás en una mina a novecientos metros de profundidad». Y mi momento preferido: «¿Qué te pensabas encontrar? ¿Un jardín?».



6/3/26

531. Cuestión

    Son las 2:34 a.m. del viernes mientras escribo esto. Con suerte, el sueño llegará dentro de cuatro o cinco horas. Sin suerte, me acostaré a las ocho de la mañana como los últimos siete días que llevo currados en el turno de noche. ¿Hay alguien tan despierto como yo al otro lado de la pantalla, y que encima tenga sus ritmos circadianos deshechos como los míos? 

    Supongo que no. 

    Son las 2:34 a.m. del viernes, cuando descubro con total estupor que el blog de mi querido y admirado Tarkion ya no existe. En su lugar aparece una página que responde al nombre de Botica Maestra. 

    Se me ocurren varias razones para abandonar un blog y dejar de escribir en un medio público. Y otras tantas por las que desaparecer de las redes sociales. Pero solo hay dos maneras de hacerlo: despidiéndose de los seguidores o hacerlo en silencio.

    Tratándose de alguien tan comunicativo como Tarkion, con mucha presencia en sus cuentas y un talento prodigioso para la escritura, no me cabe duda de que hubiera elegido lo primero. Pero como no ha sido así, las razones que me asaltan son oscuras. No pretendo ser tremendista, pero los que lo conocieron por este medio e interactuaron con él, sabrán a qué me refiero. 

    ¿Sigues ahí, maestro? 



3/3/26

530. Bípedos siendo cuadrúpedos

    Llevo unos días leyendo sobre algo de reciente viralización llamado teriantropía. No es que me interese, pero me he obligado a ello antes de escribir esta entrada. Y me ha dado la sensación de que todo lo que he leído sobre el tema intenta convencerme de que es una práctica similar al teriomorfismo de culturas antiguas muy ligadas al chamanismo.

    Y no cuela. 

    Si bien es cierto que es indoloro tanto practicarlo como presenciarlo, el terianismo moderno (así lo llaman los supuestos entendidos) no deja de ser una conducta ridícula, anormal y poco simpática. A mi modo de ver, apenas guarda relación con la profunda espiritualidad que sentían algunas culturas ancestrales, del todo respetables, respecto a los animales.

    Sin ir más lejos, desde que cumplí diez años, no dejo de sentir una profunda conexión con los chivos que retozan libres por las accidentadas montañas del planeta. Pero en mi condición de bípedo, aparte de que no tengo nada que expiar, nadie me verá transitar la ciudad a cuatro patas con la cara cubierta con una careta astada de cabrón, a no ser que esté en un concierto de Marduk (por ejemplo), seriamente inducido por sus ritmos blasfemos.

    No existe ya salvación alguna para nuestra raza, y en un momento dado nadie escapa de ser un idiota. Pero en mi caso no será por algo tan visible, triste y burdo como la teriantropía actual.




27/2/26

529. Invocaciones y plegarias

    ¡Salve a Namtaru, portador de la peste, que camina al lado de la Reina del Inframundo!

    ¡Salve a Lamashu, devoradora de infantes, diosa de la pesadilla y la enfermedad!

    ¡Salve a Asakku, espíritu de la fiebre y la muerte, que abate a los sanadores!

    ¡Salve a Pazuzu, rey de los vientos, señor del hambre, el caos y la tormenta!

    ¡Salve al espíritu exaltado del mal mismo, su poder manifestado como la esencia sagrada de un arma forjada por la pestilencia!

    ¡Salve a Alal, portador de la muerte, y a su hueste malvada que se arrastra en las profundidades! 

    ¡Salve a Ningirsu, dios de la guerra y la caza; tu nombre rasga el velo y tus vientos llevan a los muertos!

    ¡Salve, Umdugud, la bestia de la tormenta con cabeza de león y alas de trueno!

    Y de nuevo clamamos: ¡Salve! ¡Salve! ¡Muerte a nuestros enemigos! ¡Atadlos! ¡Sometedlos! ¡Drenadles la fuerza vital!

    Con humildad os invocamos, espíritus del inframundo, ¡y que vuestra ira sea nuestra victoria y camine entre nosotros!

    


24/2/26

528. 6G

    ¿Era el viento las orejas de 6G en movimiento? En efecto, 6G era un orejón como nunca nadie ha conocido. Pero ya nunca tendremos la respuesta. La última vez que lo vimos con vida, 6G tenía quince años de edad, y se agarraba de cara al marco de la ventana de un octavo piso con los brazos estirados y los pies apoyados en el alféizar, asomando el culo al vacío.

    Los que lo conocíamos, aunque alarmados, sabíamos que no era un intento de suicidio. A 6G le gustaba el riesgo y atraer miradas. Y también era bastante subnormal. Tardó un parpadeo en estrellarse contra el suelo. Con todo, nos dio tiempo de pensar que quizá movería sus orejas como Dumbo y ascendería en el aire para posarse, cual superhéroe marveliano, en alguna cornisa.

    Por lo demás, no es que fuera un chaval ejemplar. Sin que fuera un elefante, tenía mucha trompa para su edad. O más cara que el monte Rushmore, según se prefiera. También tenía inclinaciones sádicas. Le gustaba el maltrato animal, ya fuera como espectador o realizador. Probablemente, si 6G hubiera vivido más tiempo, habría acabado siendo uno de esos cazadores que ahorcan a sus galgos de un árbol cuando ya no les sirven, o un despreciable taurófilo.

    Creedme que, salvo señal, no se perdió mucho.



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