19/10/26

592. El agua está viva

    Jarrea en España y han muerto personas. Entre ellas, una mujer que decidió bañarse en las aguas saladas de Sagunto en plena alerta naranja. Lo cual me lleva a pensar que la imprudente humana estaba tocada por la misma varita que el protagonista de la entrada número 579. Bueno, y su acompañante masculino también, solo que ha tenido más suerte: está vivo y podrá lamentarse.

    Sin duda, en tiempos de climatología hostil, los efectivos de emergencia y rescate siempre tendrán trabajo. Y sigue jarreando.


   

14/10/26

591. Un simple día de octubre

    Dicen que lo primero que hacemos al despertarnos es coger el móvil y consultar las redes sociales y las notificaciones. Lo primero que hago yo, aunque no tenga motivos para ello, es blasfemar o emitir un sonido animalesco, similar al del ciervo rojo durante la berrea. Luego me levanto y, a oscuras, me dirijo hacia la ventana con andares de zombi. Subo la persiana y miro al cielo.

    A primera hora de la mañana, el cielo está desprovisto de pájaros y vestido de un desapacible color blanquecino. Desde el cuarto piso donde vivo, poso la vista sobre la panorámica urbana que se despliega ante mí. Como sabrá el lector asiduo de esta bitácora, justo delante de mi bloque de viviendas hay un supermercado de proporciones considerables, de modo que no hay edificios deprimentes que me bloqueen las vistas.

    Pero algo raro sucede. Hasta donde alcanza mi vista, no hay rastro sobre el asfalto del trasiego humano y vehicular acostumbrado. Son las nueve de la mañana y la ciudad ya tendría que haber despertado de sus pesadillas y vomitárnoslas encima. Entonces caigo en la cuenta de que estamos a 12 de octubre. Es el Día de la Hispanidad, claro. El día del genocidio con el que el nacionalismo español se masturba de orgullo identitario y patriótico.

    Era un buen día para aislarse y no mezclarse con su gentuza.




9/10/26

590. Que es esto que hay ante mí

    Los chicos de Fuck Off entraban al local de ensayo por la tarde y ya no salían hasta bien entrada la noche. No siempre era porque el nivel de exigencia respecto a la música que tocaban fuera alto, que lo era. A veces también abusaban del fumeteo y de los tragos, y sus mentes, ya del todo maltratadas, emprendían viajes oníricos de los que tardaban mucho en regresar.

    El destartalado local donde retumbaban sus demenciales composiciones estaba ubicado en un pequeño polígono industrial de la ciudad podrida, frente a una gasolinera de autoservicio y un grasiento puesto de kebab regentado por dos pakistaníes barbudos de mirada inquietante.

    Cuando los chicos de Fuck Off salían del local sin tambalearse ni arrastrar las palabras, significaba que la sesión de ensayo había sido agotadora y productiva. Así que se iban directos al kebab a comer, beber y, en definitiva, disparar hasta límites prohibitivos sus niveles de colesterol.

    Sin embargo, todo aquello cambió la noche en que los músicos ensayaban a un volumen desproporcionado unas composiciones recientes, especialmente oscuras y blasfemas, con una percusión enloquecida y un rasgueo distorsionado y febril a los que los pakistaníes no estaban acostumbrados.

    A todo aquel caos sonoro había que añadir las hipnóticas explosiones de luz que se producían tras el ventanal del local y que nunca antes habían presenciado. Los pakistaníes decidieron que por aquel día ya habían hecho caja suficiente, así que apagaron las luces, bajaron la persiana y se fueron del polígono más rápido que de costumbre.

    Durante los días siguientes no vieron entrar ni salir del local a los chicos de Fuck Off. Aquello les pareció raro, aunque no tanto como lo que habían oído y presenciado aquella extraña noche de octubre. Pasaron varias semanas y, como las ganancias se habían resentido considerablemente, una noche se aventuraron a entrar en el local.

    La puerta no estaba cerrada con llave. En cuanto encendieron la luz, vieron montones de cascos de cerveza vacíos apilados en los rincones. En el suelo había un círculo trazado con tiza y, en su centro, los restos de una hoguera. Las guitarras y el bajo estaban tirados de cualquier manera. Los micrófonos estaban volcados, al igual que los platos de la batería. Los amplificadores seguían enchufados y emitían un sonido monocorde de baja frecuencia, como una siniestra advertencia. Y en el techo, a saber cómo, alguien había escrito: «Qué es esto que hay ante mí».

    Los pakistaníes se miraron sobrecogidos. Luego se encomendaron a Alá y decidieron trasladar su negocio a otro lugar de la ciudad.

    Desde luego, aquella música infernal nunca traía nada bueno.




6/10/26

589. La juventud de la nación

    Juventud.

    Qué época tragicómica aquella: espíritu gremial, profunda ignorancia, mucha hambre, traiciones, desengaños supinos, vomitonas, bromas crueles, macedonia de drogas y amaneceres deprimentes. No sé cómo no me tiré de cabeza por un acantilado, no sin antes llevarme por delante a tres o cuatro indeseables.

    Pero ahora que voy directo hacia la decrepitud, puedo decir que yo, como tú, también formé parte de la juventud de la nación. Porque, al final, nunca di un paso de más cada vez que me asomaba al abismo. Siempre encontré una razón para darle la espalda. Y, cuando no la encontraba, me bastaba con odiar, escupir al vacío, blasfemar y mear a favor del viento.

    Pero, mierda, nos hacemos mayores y todo deja de impactar con la fuerza de cuando todavía quedaba mucho camino por recorrer. Todo, salvo la canción de la entrada de hoy.

    Pasada la época dorada, esa canción golpea más fuerte y se clava más hondo. Quizá porque ahora escucho en ella a todos los que quedaron atrás. A los que fueron jóvenes como tú y como yo y se quedaron a medio camino por una mala decisión. A los que, en algún momento de su juventud, se hicieron daño a sí mismos y a quienes tenían a su alrededor.

    Tú y yo fuimos la juventud de la nación. Y esa canción era para mí y para ti, si ya empiezas a tener un pasado. Ahora ya no habla de nosotros ni nos pertenece. Ahora es para todas las almas jóvenes que llegan y están por venir. Y también, eternamente, para los que, demasiado pronto, dieron —y darán— un paso de más hacia el vacío.



3/10/26

588. Guerra en casa

    Hace cerca de un año que vivo en compañía. Pese a que no hace ruido ni genera gasto, he decidido echarla de mi nicho-vivienda de una vez por todas. Como tampoco tengo tiempo para estudiar su comportamiento y encontrar la forma más efectiva de hacerlo, he optado por preguntarle al Modo IA de Google.

    Por momentos, me he sentido como la teniente Ripley cuando interactuaba con MADRE, la inteligencia artificial de la nave Nostromo, para saber cómo enfrentarse a aquel octavo pasajero que nos estremeció a todos en 1979.

    Ahora que tengo toda la información que necesito, sé que no será fácil. Me enfrento a una forma de vida escurridiza, poseedora de un arraigado instinto de supervivencia. No en vano lleva siglos entre nosotros.

    Ayer, sin ir más lejos, me di cuenta de que esas diminutas criaturas traspasaron la frontera del baño, llegaron al comedor y empezaron a devorar Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Y no lo puedo consentir.

    Para bien o para mal, hoy empieza mi lucha contra el Lepisma saccharina.



    

30/9/26

587. La diatriba chorra

    Llovía a mares en la ciudad podrida. Ya había atardecido y la luz de las farolas iluminaba las calles y hacía brillar el asfalto.

    Eché un vistazo por la ventana. La gente se encogía bajo los paraguas y apresuraba el paso. Quienes no tenían nada con que resguardarse corrían como si el agua quemara en vez de mojar. Semejante cuadro, tan mundano y cosmopolita, me disuadió de salir. Y eso que aún conservo el chubasquero rosa que utilicé en el concierto que Rammstein ofreció en 2024 en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Montjuïc.

    ¿Por qué rosa? ¿Acaso tiene alguna importancia?

    Aquel día llovió mucho. En realidad, estuvo lloviendo durante toda la semana y los chubasqueros de los bazares chinos se habían agotado, salvo los de color rosa. ¡Cuánto prejuicio masculino!

    Yo solo temía que, al ser un producto de manufactura oriental a muy bajo precio, el chubasquero no se desintegrara sobre mi silueta en cuanto entrara en contacto con el agua.

    Pero no fue así.

    El chubasquero rosa del Lejano Oriente cumplió con creces el cometido para el que había sido concebido. No he vuelto a necesitarlo desde entonces. Pero fuera sigue lloviendo y yo quiero salir; necesito despejarme.

    Mmmm... ¿por qué no confiar de nuevo?




28/9/26

586. En el SAP

    Turno de noche en el curro. Soy el «sapero» de mi equipo. Para ser más exactos, del equipo A.

    El jefe del equipo A no se llama Aníbal ni fuma puros —de hecho, está prohibido fumar—, pero sí tenemos a un chiflado. De hecho, hay seis equipos y, en cada uno de ellos, como mínimo, uno o dos locos. Incluso, ahora que me acuerdo, el chiflado del equipo F tenía la licencia para pilotar un helicóptero. Recuerdo que la empresa lo despidió, y no por estar más loco que Murdock —que lo estaba—.

    Puede parecer exagerado, pero es normal. En algunas personas, trabajar en la mina provoca la locura o la acentúa si, como yo, la llevas de serie. Lo primero creo que se debe a la presión atmosférica a tanta profundidad, al miedo primigenio a la oscuridad y a cierta claustrofobia soterrada. Y eso que hay galerías por las que circulan máquinas gigantescas.

    Como lo tengo por mano, a las dos y media de la mañana ya lo tengo todo actualizado. Luego solo me queda esperar a que vaya saliendo lo que tenga que salir hasta el final de la jornada, que será el inicio de la del equipo B. Cómo quede la lista de averías para el relevo entrante depende de las secciones de explotación y brigada, que, en aras de la producción, destruyen y destruyen.

    Mi vieja y pesada caja de herramientas debe de estar oxidada. Desde hace tres años, mis instrumentos de trabajo son un teclado, una radio móvil bidireccional Motorola y un par de teléfonos. El negro suena si solo quieren hablar conmigo y el blanco, cuando quieren hablar con el jefe. Solo que el jefe casi nunca está, puesto que está gestionando en persona el trabajo que debo gestionar yo en el ordenador.

    Y aquí sigo: turno de noche en el curro. Ahora son las tres y pico de la mañana. He tardado cerca de una hora en escribir en mi libreta esta entrada. Lo haría desde el ordenador, pero, joder, los puertos USB están bloqueados. No vaya a ser que me descargue información sensible y proyectos empresariales secretos. Además, estaría violando el acuerdo de confidencialidad.

    Otras veces me da por entrar en Google y lo primero que aparece en pantalla es un mensaje en inglés que me advierte de que no vaya más allá, porque el puto Gran Hermano me está observando y me joderá, ja, ja, ja. También podría llevarme el móvil, como hace el resto de la plantilla que tiene que sentarse en una silla giratoria de oficina, y ser víctima del scroll.

    Pero no, joder, no. Prefiero gastar el tiempo en entradas manuscritas en mi libreta. Ahí, justo debajo de las OT (órdenes de trabajo), que luego quedarán reflejadas en SAP.




26/9/26

585. Infectado

    Los numerosos y huracanados estornudos de ayer fueron un claro indicador de cómo me iba a encontrar al día siguiente.

    Hoy me he levantado con la mente embotada, los ojos llorosos, la garganta irritada, la nariz tapada y un dolor muscular generalizado.

    Me he imaginado de cuerpo presente en concurridas cafeterías y bares, respirando hondo y exhalando el aliento en un giro de trescientos sesenta grados. Pero solo estoy en el sofá, sumido en extraños delirios y profiriendo lastimeras y desafinadas inflexiones de voz, como las que hacía Sloth en Los Goonies (1985), cuando se recreaba con el eco de sus alaridos.

    Los vecinos deben de estar alucinando, aunque no tanto como yo.




    P.S.: Por cierto, Substack es un ecosistema demasiado hermético para mi gusto. 

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