30/6/26

563. Por las bitácoras muertas 2

    Ascienden las temperaturas y desciende la actividad en los blogs. Es casi una ley natural. Le dais la espalda al teclado y el espacio en blanco deja de importar. Para muchos de vosotros supone tal liberación que ya nunca regresáis. El verano llega y se va con vuestra constancia y creatividad —si es que alguna vez la tuvisteis—, y os quita un peso de encima.

    Eso está bien. No tenéis por qué ser constantes. No hay nada que demostrar. Un día sentís que lo habéis dicho todo y que nadie os ha escuchado. Poco o nada queda de las expectativas del principio. La realidad las desinfló hasta la desaparición y ya no os compensa el gasto de tiempo y esfuerzo. 

    Lo mejor es que, cuando esas sensaciones llegan, aceptáis tanto como entendéis que escribir por amor al arte nunca fue para vosotros. Que hay toda una vida ahí fuera donde conectar con los demás es mucho más sencillo que hacerlo escribiendo.

    Idealizasteis demasiado un acto solitario del que nunca se ha de esperar nada.



26/6/26

562. Magia y fuego 3

    Se dice que la Noche de San Juan es un escenario propicio para cerrar ciclos, desprenderse de las energías negativas y afrontar nuevos comienzos. Sin embargo, el loco no es santo ni se llama Juan. Incluso sus amigos más cercanos desconocen su nombre. Solo saben que es un pecador; un alma libre cuya conciencia no vive entre rejas. No siente la necesidad de finalizar ni de comenzar nada, y está muy cómodo con sus vibraciones espirituales. Así que se cuelga a la espalda su aparatoso dragón artificial, sale a la calurosa noche del veintitrés de junio e ilumina con lengüetazos de fuego las verbenas que encuentra a su paso. 

    En un momento especialmente gracioso, el loco deja atrás a una numerosa agrupación de figuras llameantes de diversas edades que corren desordenadas hasta caer consumidas. Aún siente la hipnótica fascinación que producen al contemplarlas, cuando la voz cascada de una anciana que proviene de una ventana cercana lo saca de su hipnosis: «¡Eh, tú, qué tal si fríes a esos hijos de puta de allí!», «¡Aquí no hay quien duerma, maldita sea!». De otra ventana del mismo edificio asoma un niño pecoso de unos diez años. Tiene en su regazo una temblorosa y gimoteante bola de pelo, y con su vocecita al borde del llanto, el infante implora: «Señor, haga algo. Mi perrito no para de vomitar». 

    En efecto, una calle más abajo, hay un escandaloso grupo de jóvenes y adultos participando en una orgía pirotécnica de considerables proporciones. El loco piensa que hay que aprovechar las oportunidades que se presentan para hacer el bien. Así que actúa como la madre naturaleza: decisivo y contundente, sin hacer distinciones. Su dragón de hierro ruge de cuatro a cinco veces, se hace el silencio, y una treintena de ciudadanos incandescentes corren en todas direcciones como brasas azuzadas por el viento. 

    El loco oye unas sirenas a lo lejos, lo que significa que algún ciudadano ejemplar ha llamado a los perros amaestrados del amo. Aunque también podrían ser los paramédicos. Si ve aparecer a los mismos que cargan por la espalda contra profesoras jubiladas cuando estas se manifiestan para reclamar mejoras educacionales, el loco les presentará el infierno. A veces tiene ciertos estados de lucidez y elige bien. 

    La fiesta del fuego seguía su curso en varios puntos de la ciudad, y la gente se congregaba alrededor de las piras como si fueran deidades. De vez en cuando, algunos lanzaban ofrendas a las llamas. La gente quemaba cosas y el loco quemaba personas. En su mente, todo era lógico y fluido.


 

23/6/26

561. Magia y fuego 2

    El loco está eufórico. Ha estado moviéndose por el mercado negro y las zonas prohibidas de la ciudad, y por fin ha conseguido un Flammenwerfer 41 en perfecto estado de presencia y funcionamiento. 

    Él, cumpliendo con lo acordado, ha pagado con un riñón de niño, una médula ósea de niña, un pulmón de adolescente y un cuero cabelludo de virgen. 

    Esta noche tiene pensado personarse en varias de las verbenas que se van a celebrar en las zonas adineradas de la ciudad. Se mezclará entre las familias y los grupos de amigos, y explotará todas las capacidades de su reciente adquisición. 

    Será una noche de veras mágica. 




16/6/26

560. El Libro Máximo

    Cuando era niño, gracias a la barroca literatura de Lovecraft, me interesé por una macabra técnica llamada bibliopegia antropodérmica. Menuda decepción me llevé, años más tarde, al enterarme de que el Necronomicón no es uno de los libros encuadernados en piel humana que aún se conservan; no era más que pura ficción.

    Sin embargo, creo que debería existir un libro que infundiera miedo al leerlo. O que, tras su lectura, provocara la muerte o una locura irreversible. Ulises, de Joyce, es un claro ejemplo. No está escrito ni encuadernado con sangre y piel humanas, pero cualquiera que logre leerlo acabará en los cipreses o como yo. Os lo aseguro. 

    En aquel entonces, durante varios días, soñaba con cadáveres humanos cuyos abdómenes y espaldas eran desollados de forma artesanal por manos expertas y aplicadas. También, en especial, con un libro de título impronunciable y contenido prohibido, encuadernado con el escroto del autor, debido a su elasticidad. Mi mente infantil estaba completamente sugestionada. 

    Según las leyendas de mis ensoñaciones, ese singular ejemplar era fácilmente identificable, pues de él crecía un vello púbico rizado e insolente. Tan pronto era subastado, robado, ocultado en una biblioteca, como extraviado en la profundidad del océano o desaparecido en remotos confines terrenales. El mágico libro escrotal viajaba de mano en mano a través de los siglos, merced a los impredecibles caprichos del destino. 

    Al final de aquellas extrañas elucubraciones, no sé cómo, siempre encontraba el libro mucho antes que los gobiernos y organizaciones secretas que lo codiciaban. Cuando lo tenía ante mí, me enfundaba unos guantes de látex color carne sin perderlo de vista. Acercaba las manos con lentitud y, justo cuando estaba a punto de sentir su contacto epidérmico y velloso, me despertaba de súbito con una de mis manos agarrada a mi escroto y exclamando: 

    «¡Es mío, es mío!».



    

12/6/26

559. Cucaracha blanca 2

    Te recordamos, oh, Ali Agca, en estos tiempos de presencia papal en tierra falsamente aconfesional. Las masas aclaman al pontífice y los Lobos Grises olisquean el aire. Algún día sucederá, Ali.

    Algún día sucederá.



9/6/26

558. En buena compañía

    Ficho a las 23,20. La jornada de esclavitud vespertina ha finalizado. Abro la puerta de mi nicho vivienda a las 23,42. Está silencioso y parcialmente oscuro. Nunca bajo las persianas hasta que me voy a dormir.

    Nadie me da la bienvenida ni me pregunta cómo me ha ido el día. Nadie me espera. Ni siquiera tengo peces cautivos. Prefiero que naden en el río aunque huela a podrido. Tampoco tengo pájaros enjaulados. Son más bellos aleteando en el cielo aunque esté contaminado. 

    No preparo nada de cenar porque no tengo hambre. No tengo hambre porque comí en el trabajo demasiado tarde. Enciendo una vela, una varilla de incienso, el libro electrónico y me tumbo en el sofá. Siempre en ese orden inconsciente, disfrutando de la libertad absoluta de movimientos; de momentos no compartidos. 

    La paz que respiro en ese momento es irrenunciable. La misma de tantos momentos incontables ya vividos, que ahora vuelve a colmarme de dicha, calma espiritual y sosiego mental. 

    No me dejes nunca, querida soledad, y acompáñame hasta el final del camino.



5/6/26

557. Anímico

    ¿Se puede morir de tristeza? ¿Se puede morir por el llamado síndrome del corazón roto?

    Tal denominación no es ciencia ficción, ni literatura trasnochada, ni obra de un poetastro. La comunidad médica y científica no acaba de discernir la causa exacta de esta clase de miocardiopatía, pero parece que sí: se puede morir de pena.

    Llevo horas leyendo sobre ello, y estoy convencido de que nunca acabaremos de desentrañar del todo el alma humana.



 

                                                           Marjane Satrapi (1969-2026)

2/6/26

556. El ruido moderno

    Indistintamente de la música que armoniza nuestras vidas, estaréis de acuerdo en que hay canciones que son proféticas y que no solo se adelantan a su tiempo, sino que perviven en la actualidad. 

    Seguro que al respecto podríamos reunir un buen puñado de ellas.

    Creo que uno de los ejemplos más definitorios y precisos es una canción compuesta tras el atentado de cierto presidente estadounidense, por cierto componente de un dúo de la misma nacionalidad. La canción trascendió su propio contexto y se convirtió en un reflejo fiel de la era actual.

    ¿Quién iba a decir en el año 1964 que una canción de por aquel entonces nos contaría que en la cima de la hiperconectividad el sonido imperante sería el del silencio?



29/5/26

555. Los presumidos también lloran

    Muy atrás quedó el tiempo en que J. J. llevaba el pelo largo hasta media espalda y el flequillo rozándole las pestañas. Pero aún hoy se niega a raparse, pese a que su cráneo muestra una pronunciada desforestación parietal y un despeje frontal digno del capó de un Seiscientos.

    Aunque J.J. lo sabe, sus amigos de toda la vida le recordamos que tipos como Phil Anselmo de Pantera, Scott Ian de Anthrax o John Gallagher de Dying Fetus van rapados por su alopecia areata extrema y son igual de auténticos que cuando eran greñudos. También le decimos que, dada nuestra edad, hay ciertas gilipolleces adolescentes que ya debería tener superadas. Pero J. J. sigue siendo muy presumido y para él la calvicie es sinónimo de fealdad y carencia de atractivo masculino. 

   Tampoco sirve de nada el hecho de que J. J. lleve veintinueve años de relación con su mujer. Lo que quiere decir que hace ya veintinueve años que no tiene que enamorar a nadie, y que podría raparse sin temor a quedarse soltero. No es que esté obligado a ello, claro. De hecho, sus amigos entendemos tan bien como él mismo que la transición de melenudo a calvo es dura. Pero más duro es verlo con un corte de pelo idéntico al de Bishop, el valeroso androide de la segunda entrega de la saga Alien.



26/5/26

554. Sirena

    Hubo que inventarte traidora, porque eras demasiado bella. Hubo que fabular contra ti para no reconocer que eras irresistible y que tu canto era capaz de doblegar la voluntad de cualquier hombre. Quizás por ese mismo embrujo me sumerjo cada día en las olas con la esperanza de encontrarte.

    Pero nunca apareces. No hay atisbo alguno de lo que creí ver hace años, cuando me sacaste del abismo de agua en el que pensé que iba a morir. Ahora, por más tiempo que pase contemplando la inmensidad del mar un día tras otro, sé que siempre me quedará la duda de si fuiste realidad o espejismo.

    Te inventaron ninfa mortífera del océano, pero a mí me dejaste en la orilla con una nueva vida, una obsesión y un gélido beso de salitre.



 

22/5/26

553. Contrapunto

    El otro día transité por el extrarradio hasta llegar al tanatorio del polígono industrial situado en la zona oeste de la ciudad. Conozco bastante bien ese sitio, pero no tenía ni idea de que una de las naves más gigantescas que hay frente al tanatorio fuera un gimnasio. 

    Enseguida, y sin venir a cuento, establecí un contrapunto chorra. 

    A un lado estaba el templo expositor de los muertos, maquillados y bien trajeados, a la espera de ser un puñado de cenizas en una urna o pasto de larva bajo las raíces de los cipreses. Rostros impasibles y ambiguos, velados por rostros con ojos llorosos y nariz moqueante.

    Al otro lado, anatomías jóvenes y de mediana edad autosometidas a la tortura de las pesas y al cardio obsesivo. Rostros sudorosos y esforzados en lucha constante por retrasar los efectos devastadores de la inevitable decrepitud.

    Sea como sea, la muerte y la vida siempre van juntas. Siempre están cerca la una de la otra. Hasta que la primera —siempre la primera— decide romper la relación.

     



19/5/26

552. Mr. Brown

    Como todas las mañanas de los últimos diez años, Mr. Brown se coloca en un rincón de la sala y mira con los ojos muy abiertos. Nunca son las mismas imágenes las que ve, pero siempre se presentan ante él en el más absoluto silencio e inmovilidad.

    Esta vez, al fondo a la derecha, una niña sonriente de ojos luminosos está envuelta en una constelación jabonosa que ha surgido a soplidos de su pompero verde. A su lado, un niño mira la diminuta pelota de goma que se mantiene ingrávida sobre su cabeza, esperando con la mano abierta un descenso que nunca se produce. Delante del joven, una obesa de largas trenzas que apuntan al techo juega a la comba en un salto suspendido en el aire. Más a la izquierda, una mujer se desagua en un arqueado chorro eyaculatorio que se interrumpe a pocos centímetros de la espalda de un anciano. A su vez, el anciano forma en el aire un abanico inalterable con la baraja que manipula de izquierda a derecha. Junto al anciano, un hombre de mediana edad permanece en una inclinación imposible hacia el suelo, con los brazos extendidos en un gesto instintivo de evitar una caída que nunca ocurre. A la izquierda del tipo que se precipita, una bella adolescente ha escupido una flema del tamaño de una nuez que se mantiene a medio camino de la ventana abierta.

    Entonces, en algún momento de esas manifestaciones humanas congeladas en el tiempo, Mr. Brown oye un pitido y, del extremo más alejado de su rincón, percibe un movimiento. De allí surge una niña de unos seis años que se acerca a él con la lentitud hipnótica de los sueños. Lo hace a la pata coja, alternando tanto con la pierna izquierda como con la derecha. A cada leve salto, se altera la uniformidad de su largo cabello que cae tras su espalda como una cascada de trigo, y mantiene sujeta con una diadema elástica. Lleva una blusa de algodón de manga corta por la que asoman unos bracitos que semiflexiona para aguantar el equilibrio. Sobre la blusa, luce un sencillo vestido a media pierna de un azul eléctrico, que ondea como una suave brisa a cada movimiento. Sus pies menudos, vestidos con calcetines de seda, calzan unos lustrosos mocasines de charol que brillan como si una estrella estuviera atrapada en ellos.

    La niña acaba por sortear a todos los figurantes estáticos que habitan la sala. Mr. Brown se encoge en su rincón hasta hacerse un ovillo y mira a la niña. Desde abajo le parece un ser enorme e intimidante. La niña acerca su cara desde arriba, posa una mano amigable sobre su hombro y con inconfundible voz masculina, le comunica: «Es la hora de su medicación, Mr. Brown».



15/5/26

551. Atrapado en la tormenta

    Hubo una tarde de un día inopinado en la que yo conducía en dirección a casa de mis padres. Desde mi punto de salida y con el tráfico habitual, los quince kilómetros a cubrir suponían un cuarto de hora de conducción, siempre y cuando no surgiera algún contratiempo. 

    La carretera por la que transitaba conocía bien la fragilidad del envoltorio humano y su interioridad. Casi siempre eran jabalíes, perros y gatos los cadáveres a recoger. Pero en algunos puntos de los dos arcenes todavía quedaban, aunque decrépitos, siniestros recordatorios florales de quienes hicieron su último viaje. 

    El cielo, como un siniestro presagio, era una gigantesca acuarela de tonalidades negras y azuladas. Pero no fue un aguacero lo que se desató a mitad de trayecto, sino una granizada de tal magnitud que imposibilitó la conducción y me obligó a parar en el arcén, justo delante de la entrada del matadero comarcal.

    El sonido que producía el granizo al ametrallar el coche ahogaba mis pensamientos. Más allá del parabrisas y las ventanillas, el mundo parecía un lugar irreal y difuso. Semejante cuadro me produjo una sensación de indefensión psicodélica que me transportó a las diez plagas de Egipto y a la construcción del arca.

    En esos delirios dimensionales estaba cuando decreció la intensidad de la granizada, y vislumbré con imprecisión acuosa que de la puerta metalizada del matadero salían dos chinos. Ambos iban cubiertos con una cofia blanca, vestidos con un delantal ensangrentado de poliuretano de color azul y calzados con unas botas de agua de seguridad blancas. 

    Por sus aspavientos, parecían estar enzarzados en una acalorada discusión sobre un montón de cajas de cartón que tenían apiñadas al descubierto, y que el granizo había destruido por completo. No podía apartar la vista de ellos, y mi mente pasó de las ensoñaciones bíblicas a las películas de artes marciales ambientadas en la China del siglo XVIII. 

    Presentía que de un momento a otro, aquellas dos figuras borrosas y empapadas se elevarían del suelo con un salto vertical imposible, y medirían su depurado kung-fu en un enfrentamiento ingrávido envuelto en lluvia. Pero la granizada acabó por remitir, un rayo de sol asomó por una grieta del cielo y los conductores pudimos reanudar la marcha.

    Durante el resto del trayecto tampoco hubo muertes en aquel asfalto.

   


12/5/26

550. Pese a quien pese, seguimos vivos.

    Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que nos señalabas, nos mirabas de reojo e incluso te burlabas. Pero siempre desde lejos y acompañado, no fuera a ser que nos diéramos cuenta y te pidiéramos explicaciones.

    Lo sé, lo sé... Quizá nosotros también fuimos algo culpables de que los de tu cuerda nos asociarais con el satanismo, la drogadicción y el alcoholismo como modo de vida. Puedo admitir eso hasta cierto punto. Pero nunca hemos sido culpables de vuestra ignorancia a ese respecto.

    También nos tachabas de piojosos porque el que tenía el pelo más corto le llegaba a media espalda. Ah, y salvajes, sí. Recuerdo que también nos considerabas salvajes y antisociales, porque vestíamos como si fuéramos extras de algún rodaje de Mad Max. 

    Menudo desengaño te llevaste cuando la primera hostia que te dieron llegó de mano y puño de gente que vestía tan bien como tú y frecuentaba los mismos garitos nocturnos. Nosotros, en cambio, nunca te tocamos un pelo por muchas razones que tuviéramos para ello.

    El tiempo nos ha llevado al hoy y resulta que los piojosos salvajes no éramos tan malos. Hasta seguimos vivos. ¡Con lo que nos drogábamos! Por si fuera poco, en lugar de acabar encarcelados como decías, hemos terminado integrándonos en la pútrida sociedad tanto como tú. Algunos incluso han tenido hijos. Y no solo eso: ¡en lugar de irse al bar, cuando eran pequeños se los llevaban al parque como los padres normales! 

   También asegurabas que ese ruido insoportable que tanto defendí era una moda pasajera. Pero aquí estoy, en un concierto al aire libre, frente a un grupo que inició su andadura musical cuando tú y yo éramos unos niñatos. ¡Cómo ha pasado el tiempo!

    No sé qué seguirás pensando en este momento, ahora que somos dos cincuentenarios. Pero a juzgar por el júbilo de los quinientos mil desconocidos íntimos que me rodean, sigues sin hacernos ninguna falta.




8/5/26

549. Regresa el superhéroe olvidado

    A mí siempre me ha gustado el cómic. Para ser más exactos, el de superhéroes, aunque siempre acabe sintiendo predilección congénita por los supervillanos. De hecho, si estos últimos no existieran, ¿para qué querríamos a los superhéroes? ¿Para rescatar del árbol al gato de la abuela? ¡Para eso ya tenemos a los bomberos y al ciudadano ejemplar! 

    El bien necesita el mal para existir, y este último existe porque existimos nosotros. Así que no hay problema: tendremos superhéroes hasta que se apague el sol. Aunque sean de pacotilla. Pero, dados los últimos acontecimientos sobre patógenos infecciosos y muertes por contagio, me he aficionado a un superhéroe que llevaba años en el olvido y que ahora vuelve a estar de actualidad.

    Y no es otro que Super Ratón.

    Mientras me asomo al balcón a ver si lo veo, escucharé una magnífica obra musical premonitoria, titulada Spreading The Disease.




5/5/26

548. Nimios contratiempos de un occidental acomodado

    La melódica alarma del móvil me arrancó de mi sueño tranquilo a las cinco de la mañana de mi día de fiesta, lo que significó que olvidé desconectarla. Acto seguido estuve a punto de estrellarlo contra el suelo, pero no lo hice. Después intenté reconectar con el sueño, pero no lo conseguí. Así que no me quedó más opción que volver del todo al mundo de la consciencia.

    Como estaba inapetente, decidí reanudar la lectura de un libro digital descargado ilegalmente. Pero no fue posible, porque el eReader necesitaba su energía tanto como un sediento necesita agua. Así que conecté el dispositivo a su ración de 220 V y me dispuse a leer en formato físico. Tampoco pudo ser, porque recordé que el día anterior me dejé en casa de mis padres las gafas que palian con suma eficacia mi presbicia cincuentenaria.

    Mi enfado conmigo mismo fue en aumento, de modo que decidí escuchar un repertorio de canciones revitalizantes que me transmitieran positividad. Pero resulta que los auriculares llevaban días fallando hasta que hoy fallaron del todo, y algo virulento empezó a arderme en las entrañas. Probé con el ordenador y, menos mal, funcionaba. Podría escribir lo que fuera hasta que se me abriera el apetito. Hacerlo era mi salvavidas y no necesitaba gafas para ello. Pero de súbito se hizo la oscuridad absoluta, y yo, enajenado, maldije con tanta pasión a todo lo sagrado, que en ese momento millones de crucifijos domésticos ardieron por combustión espontánea. 

    Cuando me calmé, comprobé que el magnetotérmico había interrumpido el paso de la corriente eléctrica, y lo interrumpía tantas veces como yo lo rearmaba. Tras unas sencillas comprobaciones linterna en mano, averigué que el causante del cortocircuito era el calentador del agua. Entonces blasfemé con tanta devoción, que cientos de iglesias de todos los continentes se desmoronaron con estruendo ensordecedor.  

    ¿Qué podía hacer hasta que abrieran los comercios? ¿Hacer ejercicio casero? ¿Escribir un post manuscrito con la linterna en la boca? ¿Practicar yoga en medio del comedor para conectar con el espíritu de Anton LaVey? ¿Asomarme al balcón y tomar el aire? ¡No puedo subir la persiana hasta que no cambie el puto calentador de agua!

    Ya fuera por razón arcana o cósmica, el destino me estaba negando la realización de todas mis aficiones cuando más las necesitaba. 

    Hoy se había convertido en un enemigo desconocido.



                               

1/5/26

547. Años más tarde

    De niño pasaba muchas tardes veraniegas en el desván de la casa de mis abuelos. Para mí era un sitio mágico detenido en el tiempo, atiborrado de trastos antiguos, algunos de veras extraños. Me encantaba cómo la luz del día entraba por la enorme ventana circular y se dibujaba en el suelo de madera. Era como si el sol estuviera dentro.

    Una de aquellas tardes en la que mis abuelos descuidaron su vigilancia, descubrí en el desván un baúl antiguo oculto bajo una manta raída. Dentro había montones de fajos de papel amarillento anudados con un cordel y un libro encuadernado en cuero arrugado. Dado su considerable tamaño y grosor, tuve que emplear mis dos bracitos para sacarlo.

    Cuando lo tuve entre mis deditos, me senté en medio del círculo solar con el libro sobre mis piernecitas, cruzadas a modo de atril. Una elegante cenefa en relieve bordeaba la cubierta del libro, y cuando lo abrí dispuesto a leer, se liberó un intenso olor a rancio que me hizo arrugar la nariz. Cuál fue mi sorpresa, que el libro no contenía letras, sino multitud de fotos en blanco y negro y tonos sepia, de bebés, niños y niñas de mi edad sentados o acostados, tanto en solitario como por parejas, sueltos o cogidos de la mano. 

    Cuando llegué a la última fotografía me pregunté por qué todos aquellos niños estaban tan serios. Muchos tenían la boca abierta y unos pocos los ojos cerrados, pero ninguno sonreía. Cuando a mis amigos y a mí nos tenían que fotografiar, nuestros padres y profesores siempre nos obligaban a sonreír ante la cámara por mucho que nos fastidiara. Y que yo supiera nunca nos hacían fotos cuando dormíamos.

     Años más tarde, aunque tampoco tantos, supe que aquel olor característico que me hizo torcer el gesto responde al curioso nombre de bibliosmia. Que existen términos sobre la muerte tan macabros y sugerentes como memento mori, rigor mortis y post mortem. Y que aquel ejemplar oculto en el antiquísimo baúl del desván de mis abuelos era el libro de los muertos.



28/4/26

546. Gasto imprevisto

    Ayer me encontré a Crespín en la caja de cobro del supermercado. Observé que su compra consistía en un lote de cerveza cuya marca ese día estaba de oferta. Los hay que compran lo que pueden, y los que pueden comprar cualquier nutriente indistintamente de su precio. Crespín es de los últimos, pero siempre compra desde la carencia. 

    Cuando le llegó el turno de pagar, de uno de los bolsillos de su pantalón sacó lo que parecía una bolsa de plástico comprimida al tamaño de una pelotita de golf. Tan pronto la desarrugó, todos los presentes en aquella cola constatamos que, en efecto, era una bolsa reutilizable de plástico. Un segundo después, también vimos cómo la bolsa se desintegraba en multitud de trozos diminutos.

    Aunque lo pareció, no fue un truco de ilusionismo, ni estaba yo bajo el engañoso efecto de algún alucinógeno. Como es bien sabido, todo perece un día u otro, ya sea por caducidad o fatiga. Y las bolsas reutilizables de plástico también, sobre todo cuando han sido reutilizadas mucho más allá de su propia capacidad de reutilización.

    Tampoco se me escapó el enorme fastidio que se le dibujó en la cara a Crespín: tendría que pagar por una bolsa nueva, cuando valen entre 0,10 y 0,60 €.

    Y ese gasto no estaba previsto.



24/4/26

545. Carta certificada

    Ayer, Día Internacional del Libro, el cartero te trajo una carta certificada. Tenía que asegurarme de que la leyeras, porque a veces el correo ordinario no llega allí donde debe. Por suerte, el funcionario te encontró en casa, pues estabas conectando con tu audiencia de palmeros desde tu ordenador personal.

    En esa carta certificada te explico que las personas que nos pasamos la vida leyendo libros hasta la tumba, no nos vanagloriamos de ello ni nos creemos moralmente superiores a los que optan por otro tipo de locura. Después de leerla, sonreíste con desdén y, justo como calculé, la carta estalló antes de que la arrugaras para tirarla a la basura.

    Te diste un susto de muerte, pero no moriste. La carta bomba certificada contenía la suficiente carga explosiva para que solo te abrasaras las pestañas, las cejas, las mejillas y la punta de la nariz. Bueno, quizás también te has calcinado un poco el cuello, el tórax y las manos. Pero no pasa nada porque descanses un poco de tu cuenta de Instagram mientras te recuperas.

    Lo importante es que hayas entendido el mensaje.




21/4/26

544. Habilidad y costumbre del abuelo Ursucino

    Dícese del abuelo Ursucino, que era el mejor podólogo de su generación. Tanto si utilizaba la mano diestra como la siniestra, trataba con éxito cualquier afección de los pies. Tal era su dedicación, que de no ser porque empezó a temblarle el pulso, solo la muerte lo hubiera jubilado. 

    No es menos cierto que una vez, con una técnica innovadora desarrollada por él mismo, empleó una radial industrial para eliminar unas callosidades de dureza diamantina. La operación de desbaste plantar duró una hora y media, en la que gastó dos discos de nitruro de boro de 230 mm.

    El cliente, perteneciente a la tribu Baduy de Indonesia, aseguró que tan solo sintió un agradable cosquilleo. 

    Los residuos biosanitarios que se derivaban de su trabajo no siempre eran gestionados según el protocolo pertinente. A veces, el abuelo Ursucino acostumbraba a moler algunos de esos restos, tales como piel descamada y trozos de uñas desencarnadas, para luego comprimirlos a conciencia en pequeñas ataduras de papel de estraza.

    Según lo complicada que fuera la jornada laboral, al final de la misma, para relajarse y elucubrar nuevos procedimientos, se fumaba en pipa uno de aquellos comprimidos orgánicos.



17/4/26

543. Secuestro nuestro

    Fueron muchas las noches en las que la mítica sala Bóveda (antigua Mephisto) se desbordaba en picos de exceso decibélico. Por otro lado, la paz auditiva empezaba a ser un bien escaso para quienes vivían en zonas concretas de las extensas y medianas ciudades. El descanso nocturno se había convertido en un privilegio y la legislación vigente era clara al respecto.

    Un día, cierta persona extranjera adquirió un piso turístico muy cercano a la sala. Como consideró que la actividad sonora de la misma atentaba contra las potenciales ganancias del futuro alquiler de su adquisición, en noviembre de 2024 esa persona denunció. Después hubo una sentencia y la sala, tras treinta años sin quejas formales ni similares, tuvo que apagar las luces y cerrar sus puertas.

    Uno de los bastiones barceloneses de la música extrema había caído, y ya no volverían a retumbar en las grietas de sus paredes las armonías de la destrucción. Pero en 2025 la sala del Innombrable (actual Bóveda) derrotó a su denunciante en los tribunales y empezaron las tareas de reforma e insonorización, acordes con la normativa actual.

   Dentro de poco —quizás este verano—, la sala reabrirá sus fauces salivantes y de nuevo acogerá a su irreductible legión de acólitos en sus renovadas y fétidas entrañas. La distorsión volverá a adueñarse del lugar y otra vez se desatará la inhumana locura del respetable. 

   En cuanto a ese delator interesado, ya le hemos seguido la pista para secuestrarlo y atarlo a uno de los altavoces de la sala tan pronto se dé el primer concierto.




14/4/26

542. Rumore

    Circulan ciertos rumores por la ciudad podrida

    Chismorreos pronunciados con la mano delante de la boca, no vaya a ser que algún par de ojos atentos sepa leer los labios. Murmuraciones en los puntos ciegos de la ciudad, aunque cada vez hay menos, si es que alguna vez los hubo. Habladurías en tugurios nada recomendables, cuando el día ha muerto y todo es sombra. Cotilleos por telefonía móvil, para quienes creen aún que existe esa cosa llamada privacidadY para acabar, es de recibo recordar que ni Rosalía, ni Shakira, ni Jennifer López, ni Rihanna, ni similares jamás se acercarán, ni por un segundo, a la mujer del vídeo de hoy.

    Y eso no es rumor, sino certeza.



11/4/26

541. Accidente doméstico

    La mujer que se cayó por las escaleras no es católica ni reina, pero se llama Isabel. Como leéis, no escribo en pasado respecto a ella. Es decir: no se mató. Aunque es más exacto decir que se resbaló desde el primer peldaño y las bajó de culo. En ese momento accidentado, ella sostenía en su mano derecha un radiocasete de vastas dimensiones, en el que se reproducía a pilas una canción cuya estrofa decía: «La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida».

    Para mi asombro, el radiocasete llegó antes que ella al piso de abajo. Dicho sea de paso, sin dejar de reproducir la canción. Desde luego, ya no hacen trastos con esa fortaleza. Pero, por encima de aquella canción premonitoria, se impuso el sonido que produjo el impacto continuado de los glúteos de Isabel contra los duros peldaños, similar al de una caótica percusión tribal.

    Lo que más le dolió es que yo lo presenciara y me riera. Supongo que por eso me mandó a tomar por culo, aunque luego acabó riendo conmigo. Pero menos.



7/4/26

540. Magníficos días festivos

    Como es lógico, durante la Semana Santa se ralentizaron los latidos de la ciudad. Muchos de sus habitantes, por poco que pudieron, no se resignaron a quedarse en sus nichos-vivienda habituales. Prefirieron desplazarse y pagar por habitar en otros nichos de otros parajes. Quién sabe si en busca de la paz que no encuentran en su propia casa, o puede que para llenar un vacío existencial que se agranda año tras año. 

    Quizá debieran parar un momento y tomarse el tiempo necesario para mirar más en su interior. ¿Cuánto tiempo hará que no lo hacen? ¿Lo han hecho alguna vez? 

    Pero a mí eso me está más que bien y espero que no dejen de hacerlo. Ya fuera andando o sobre ruedas, en Semana Santa circulé con fluidez por la ciudad. Casi parecía otra. Sentí el aire más limpio, el cielo menos contaminado y las calles menos inmundas. Ni siquiera había en las aceras tantas cagadas de perro como de costumbre. Claro que esos cerdos hijos de puta presupongo que allí donde fueron tampoco recogieron la mierda de sus chuchos. 

    Pero no todo ha sido perfecto. He vivido unos días apacibles a causa de la leve despoblación ciudadana ocasionada por la festividad, y he podido dedicarme a acallar al diminuto diablillo sibilino de mi lado oscuro. Pero con ello he provocado el colapso de las consultas médicas, las farmacias, las salas de urgencias y los quirófanos. Incluso hoy se celebra algún funeral que otro por eso mismo. 

    La verdad es que han sido unos días de fiesta magníficos.



4/4/26

539. Si no te has ido de puente, quédate en casa

    Un diminuto diablo me acompaña siempre allí donde voy. Va sentado en mi hombro izquierdo y con su mano derecha se agarra al lóbulo de mi oreja para no caerse. A veces acerca su boca sibilina a mi oído y me susurra que haga cosas que no se deben hacer. Yo me resisto a ello, pero él no desiste. Cuando observa que está fracasando, enrojece hasta la incandescencia y reaprieta con ferocidad su tridente. Entonces, con su cola me hace cosquillas en la nuca e intenta engatusarme con las voces de las mujeres que amé y que ahora, hace tiempo, están fuera de mi vida. 

    No penséis que me incita a cometer actos sangrientos y horribles, sino mundanos y accidentados. Cuando voy en coche, atropellar a algún ciudadano que se desplaza en silla de ruedas o arrollar a un pelotón de ciclistas. Cuando camino, hacer la zancadilla a personas ancianas o patear el costillar de animales callejeros. Nada del otro mundo, aunque la intencionalidad provenga de un diablillo cabrón.

   Pero, como seguro estáis imaginando, en mi hombro derecho tengo a un bello ángel de luz pura e inmaculada que... Ah, no, que no está. Olvidaba que para Semana Santa siempre se ausenta de mi conciencia. Supongo que tiene cosas más importantes que hacer, o celebrar, que disuadirme de pecar y sembrar el mal. Y eso sí que no está bien.

    Lo siento mucho, pero creo que durante esta semana se van a multiplicar los accidentes en la ciudad. 



31/3/26

538. El gato

    Ayer, Demenciano colgó una foto en su cuenta de Instagram, en la que se veía a un gato encima de una silla. El mensaje que acompañaba la imagen decía:  

    «Gato hallado en el trastero polvoriento de mi casa. No sabía que estaba ahí, pero también hacía lustros que no limpiaba el trastero. El gato, como veis, no lleva collar ni cascabel. Y además es muy bueno: no araña, no muerde y está muy quieto. Se ha dejado coger sin más. Una de dos: o es un gato tibetano capaz de pasarse así días enteros, o es un therian a mitad de su transformación. Bueno, si alguien reconoce al gato o lo que sea, que venga a buscarlo, que yo no estoy dispuesto a mantener a ningún animal».

    Yo no tengo Instagram, pero cuando hoy he ido a casa de Demenciano y me ha enseñado el gato, he tenido que explicarle lo que es el controvertido arte de la taxidermia.



27/3/26

537. Cuando ya no queda nada 3

    No le preguntes a un creyente dónde estaba su dios cuando a Noelia, como a tantos millones de personas desde que el mundo es mundo, le ocurrían cosas desagradables. No le preguntes a un creyente por qué su dios quiso que la mente de Noelia funcionara de una manera y no de otra. No le preguntes a un creyente por qué su dios permitió que la muerte, y no el sufrimiento, se alejara de Noelia cuando intentó suicidarse.

    Si Dios quiere, si Dios quiere…

    No le preguntes nada de eso por mucho que te asegure que su dios está en todas partes en todo momento y que todo lo sabe y todo lo puede. Al final acabará respondiéndote que los caminos de su dios son inescrutables y que nos otorga la capacidad del libre albedrío.  Aunque parece que, dependiendo del contexto, el libre albedrío no es tal, sino un error del sistema y de nuestra sociedad fallida. Y yo pensándome que vivía en una sociedad perfecta. 

    Gracias por tanta sabiduría, malnacidos.



24/3/26

536. Sufrimiento consentido

    Se acerca Semana Santa y los costaleros ensayan entregados a la causa. Estoicos bajo el peso del trono, se castigan el cuello, los hombros y la séptima vértebra cervical. Algunos de ellos se dan de baja laboral por mucho menos. Pero aquello es un sentimiento espiritual más significativo que el sustento económico, y mucho más profundo que la devoción que profesan los hinchas deportivos y musicales por seres y entidades reales, y por ende tangibles.

    Durante los días santos de procesión —hostia y amén—, la técnica a emplear y las fajas lumbares prolongarán la llegada de la fatiga muscular extrema. Pero serán la creencia y la fe los mejores sedantes para soportar el martirio del sobrepeso. ¿Será verdad que el único modo de entender ciertas cosas es sintiéndolas, y no todos tienen —tenemos— esa capacidad?

    Lo de veras cierto es que, después de la conmemoración de pasión, muerte y resurrección, los fisioterapeutas son más felices.



20/3/26

535. Bailoteo en la ciudad

    Hacía tiempo que no pateaba la ciudad por las mañanas. Ya casi no recordaba la congestión vehicular en las rotondas, ni la hostilidad que se desata tras el volante en miradas de reproche, aspavientos de odio y cacofonía de cláxones. La verdad es que no solo por la noche la locura y el peligro salen a pasear. En horas de luz también somos criaturas odiosas y peligrosas.

    Pero lo que nunca voy a olvidar es al tipo que he visto hoy hace pocas horas. Y no por su esquelética anatomía cubierta de ropajes ajustados y descuidados. Ni por su rostro extra barbudo, apenas visible bajo una gorra de los Rolling Stones y parapetado tras unas enormes gafas de sol de color rosa.

    El tipo, por la acera ancha del paseo, bajo el agradable sol matutino de marzo, bailaba con un estilo que fusionaba grotescamente los estilizados movimientos de John Travolta en Fiebre del sábado noche (1977), con las esperpénticas gesticulaciones de Nicolas Cage en Cara a cara (1997) cuando iba vestido de sacerdote, rosario en mano.

   No tenía frente a él recipiente alguno donde echar unas monedas. Aquella muestra de vitalidad bufonesca parecía darse porque sí y era contagiosa. Todo hacía pensar que mediante sus audífonos amarillos estaba escuchando algo de veras pegadizo. Por sus maneras, apuesto que por lo menos era Stayin' Alive de los Bee Gees. 

    Sin duda, un tipo con un aura resplandeciente.



17/3/26

534. Contrarrestando

    El frío cortante del invierno ha desaparecido. Ahora tenemos las ventanas abiertas mucho más tiempo y el aire trae a nuestros hogares la fragancia del albor primaveral. La mitad de la población de la piel de toro pronto estará lidiando con sus alergias estacionales, y la otra mitad, si no ya, estará orando al Señor para que no llueva en las procesiones de Semana Santa. 

    También empezarán a proliferar los ciclistas por las zonas más imprescindibles de la red de carreteras. Como siempre, ralentizarán la fluidez del tráfico y yo volveré a hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad —cada vez más escasa— para no arrollarlos con mi vehículo. Hay que mantener la armonía entre ciudadanos y la convivencia es algo que se debe practicar a diario.

    La mañana de ayer, los habitantes del quinto me torturaron con su afición por las rancheras. Que conste que no tengo nada en contra del folclore musical de México. Pero esas melodías, si son constantes, me desquician más que el jodido reguetón o el puto flamenco. Así que hoy me toca a mí contraatacar, por ejemplo, con Anal Hard. Que, por cierto, desgranan su arsenal decibélico este viernes en mi ciudad.

   ¿Me acompañas? Es una excelente forma de dar la bienvenida a la puta primavera.



13/3/26

533. Prioriades

    Antes de la pandemia, yo era parte de un reducido grupo de amigos que nos veíamos siempre que el trabajo lo permitía. Lo teníamos todo a favor para creer que aquello perduraría en el tiempo. Pero llegó el confinamiento domiciliario, fuera o no necesario, y nos obligó a vivir con las relaciones sociales bajo cero.

    Tampoco tuvimos otra opción, quedadas clandestinas aparte. 

    Hace ya cinco años que podríamos haber reemprendido aquella modesta sociedad que aún hoy sigue congelada. Por aquel entonces todavía seguíamos teniéndolo todo a favor. Hubiera bastado —incluso ahora— algo tan sencillo como que uno de los integrantes enviara un mensaje de móvil o una llamada trivial, al menos para intentarlo. Pero no ha sido así. Y esto no es un reproche ni una lamentación. Tan solo es la serena constatación de una verdad, no sé si incómoda pero real como la muerte, de que quizás la amistad no es lo que nos han contado en los libros y en las películas.

    El confinamiento nos acostumbró a prescindirnos, y la vida nos ha demostrado que tales hechos no duelen cuando suceden. Quizás siempre ha sido así. Vivimos en una constante adaptación en la que parece que nadie necesita a nadie, y solo hacía falta el escenario adecuado para que nos diéramos cuenta.

    Priorizamos. En base a nuestras emociones, tan solo priorizamos.




10/3/26

532. Bajo tierra sin ser enanos

    Era su primer día en la mina. A media mañana, minutos después del almuerzo, se acercó hasta mí y me preguntó con cierto reparo y mucha urgencia lo que siempre inquieren todos los nuevos un día u otro. 

    Le di las indicaciones pertinentes y, sin pensárselo, se colocó el resto de su EPI (equipo de protección individual), que comprende, además de lo que ya llevaba puesto, el autorescatador de oxígeno y la lámpara recargable de LED. Luego se proveyó de una generosa cantidad de papel azul secamanos de la gruesa bobina industrial. Se puso al volante de uno de los muchos coches que utilizamos para los desplazamientos y, como una bala, se dirigió a donde lo envié.

    Sonreí mientras se alejaba. Los que llevamos años trabajando en las profundidades terrenales hemos padecido esa misma urgencia más de una vez. «Espero que le dé tiempo», pensé. Y luego me pregunté qué cara traería a su regreso. Algunos novatos disimulaban su conmoción por puro orgullo. Pero los que más eran incapaces de ocultarla. Él fue de los últimos.

    Volvió al cabo de unos veinte minutos y se dirigió a mí con el semblante desprovisto de urgencia, pero del todo desencajado. Y me recriminó que yo era un cabrón por haberlo mandado a hacer sus necesidades excretoras a una galería enorme y oscura, toda sembrada de mierda en diferentes fases de descomposición y apestosa como mil letrinas.

    «Pues claro», contesté. «Estás en una mina a novecientos metros de profundidad». Y mi momento preferido: «¿Qué te pensabas encontrar? ¿Un jardín?».



6/3/26

531. Cuestión

    Son las 2:34 a.m. del viernes mientras escribo esto. Con suerte, el sueño llegará dentro de cuatro o cinco horas. Sin suerte, me acostaré a las ocho de la mañana como los últimos siete días que llevo currados en el turno de noche. ¿Hay alguien tan despierto como yo al otro lado de la pantalla, y que encima tenga sus ritmos circadianos deshechos como los míos? 

    Supongo que no. 

    Son las 2:34 a.m. del viernes, cuando descubro con total estupor que el blog de mi querido y admirado Tarkion ya no existe. En su lugar aparece una página que responde al nombre de Botica Maestra. 

    Se me ocurren varias razones para abandonar un blog y dejar de escribir en un medio público. Y otras tantas por las que desaparecer de las redes sociales. Pero solo hay dos maneras de hacerlo: despidiéndose de los seguidores o hacerlo en silencio.

    Tratándose de alguien tan comunicativo como Tarkion, con mucha presencia en sus cuentas y un talento prodigioso para la escritura, no me cabe duda de que hubiera elegido lo primero. Pero como no ha sido así, las razones que me asaltan son oscuras. No pretendo ser tremendista, pero los que lo conocieron por este medio e interactuaron con él, sabrán a qué me refiero. 

    ¿Sigues ahí, maestro? 



3/3/26

530. Bípedos siendo cuadrúpedos

    Llevo unos días leyendo sobre algo de reciente viralización llamado teriantropía. No es que me interese, pero me he obligado a ello antes de escribir esta entrada. Y me ha dado la sensación de que todo lo que he leído sobre el tema intenta convencerme de que es una práctica similar al teriomorfismo de culturas antiguas muy ligadas al chamanismo.

    Y no cuela. 

    Si bien es cierto que es indoloro tanto practicarlo como presenciarlo, el terianismo moderno (así lo llaman los supuestos entendidos) no deja de ser una conducta ridícula, anormal y poco simpática. A mi modo de ver, apenas guarda relación con la profunda espiritualidad que sentían algunas culturas ancestrales, del todo respetables, respecto a los animales.

    Sin ir más lejos, desde que cumplí diez años, no dejo de sentir una profunda conexión con los chivos que retozan libres por las accidentadas montañas del planeta. Pero en mi condición de bípedo, aparte de que no tengo nada que expiar, nadie me verá transitar la ciudad a cuatro patas con la cara cubierta con una careta astada de cabrón, a no ser que esté en un concierto de Marduk (por ejemplo), seriamente inducido por sus ritmos blasfemos.

    No existe ya salvación alguna para nuestra raza, y en un momento dado nadie escapa de ser un idiota. Pero en mi caso no será por algo tan visible, triste y burdo como la teriantropía actual.




27/2/26

529. Invocaciones y plegarias

    ¡Salve a Namtaru, portador de la peste, que camina al lado de la Reina del Inframundo!

    ¡Salve a Lamashu, devoradora de infantes, diosa de la pesadilla y la enfermedad!

    ¡Salve a Asakku, espíritu de la fiebre y la muerte, que abate a los sanadores!

    ¡Salve a Pazuzu, rey de los vientos, señor del hambre, el caos y la tormenta!

    ¡Salve al espíritu exaltado del mal mismo, su poder manifestado como la esencia sagrada de un arma forjada por la pestilencia!

    ¡Salve a Alal, portador de la muerte, y a su hueste malvada que se arrastra en las profundidades! 

    ¡Salve a Ningirsu, dios de la guerra y la caza; tu nombre rasga el velo y tus vientos llevan a los muertos!

    ¡Salve, Umdugud, la bestia de la tormenta con cabeza de león y alas de trueno!

    Y de nuevo clamamos: ¡Salve! ¡Salve! ¡Muerte a nuestros enemigos! ¡Atadlos! ¡Sometedlos! ¡Drenadles la fuerza vital!

    Con humildad os invocamos, espíritus del inframundo, ¡y que vuestra ira sea nuestra victoria y camine entre nosotros!

    


24/2/26

528. 6G

    ¿Era el viento las orejas de 6G en movimiento? En efecto, 6G era un orejón como nunca nadie ha conocido. Pero ya nunca tendremos la respuesta. La última vez que lo vimos con vida, 6G tenía quince años de edad, y se agarraba de cara al marco de la ventana de un octavo piso con los brazos estirados y los pies apoyados en el alféizar, asomando el culo al vacío.

    Los que lo conocíamos, aunque alarmados, sabíamos que no era un intento de suicidio. A 6G le gustaba el riesgo y atraer miradas. Y también era bastante subnormal. Tardó un parpadeo en estrellarse contra el suelo. Con todo, nos dio tiempo de pensar que quizá movería sus orejas como Dumbo y ascendería en el aire para posarse, cual superhéroe marveliano, en alguna cornisa.

    Por lo demás, no es que fuera un chaval ejemplar. Sin que fuera un elefante, tenía mucha trompa para su edad. O más cara que el monte Rushmore, según se prefiera. También tenía inclinaciones sádicas. Le gustaba el maltrato animal, ya fuera como espectador o realizador. Probablemente, si 6G hubiera vivido más tiempo, habría acabado siendo uno de esos cazadores que ahorcan a sus galgos de un árbol cuando ya no les sirven, o un despreciable taurófilo.

    Creedme que, salvo señal, no se perdió mucho.



21/2/26

527. Míster Mierdas

    De vez en cuando, Mierdecillas deja caquita maloliente en mi correo con una risible retórica de reverso de bolsa de pipas. Lo que lleva a preguntarme por qué una persona es de una manera y no de otra. Puede que Mierdecillas, en una época delicada de su infancia, sus progenitores le obligaran a fumar en papel de plata por la mañana, cuando en edad de crecimiento lo que se debe almorzar son vasitos de leche con Cola Cao. 

    O quizás, de adolescente, Mierdecillas tenía la cara sembrada de un horrible acné purulento, y su sola presencia aterrorizaba a las chicas del instituto e inspiraba entre los chicos las burlas más hirientes, hasta el punto de que hacía novillos en soledad para hundir el hocico en pañuelos empapados en gasolina y aturdirse.

    El caso es que en sus pataletas de bufón rural vía email, Mierdecillas parece... no sé cómo decirlo: ofendido, provocado, malhumorado... Aquellos que lo conocen afirman que, detrás de toda esa pose de King Kong de cartón piedra, Mierdecillas es un animalito afable y comprensivo. Por lo tanto, como está equivocado y sin ánimo de que se sienta especial, entenderá que deba yo ofrecer al mundo bloguero esta entrada. 

    Verás, Mierdecillas, nunca he mal comentado en tu blog, aunque hay alguien más oligofrénico que tú que sí lo hace con mi nombre. Lo ha hecho en los blogs de tus amiguitos y con toda seguridad también en el tuyo. Que tú hayas sido el único que ha caído de cuatro patas en las provocaciones del mencionado suplantador hijoputa, dice mucho. Eso me lleva a pensar que serías un concursante ideal para Gran Hermano si no fuera porque te pasas de tonto. 

    Obviamente, que te lo creas o no, para mí es tan importante como el número de veces que entras al lavabo al cabo del año para sentarte en la taza y hacer honor a tu apodo. Creo que tienes que cambiar de camello o esnifarla de más calidad; y ni se te ocurra dejar de escribir. Si algo me gusta de la blogosfera es que haya diversidad, y eso implica que tenga que haber de todo. Incluso divertidos personajillos escatológicos como tú, que van de duritos con una prosa ramplona y volátil y que, de vez en cuando, hacen reír a tipos risueños como yo. 

    En realidad, Mierdecillas, creo que eres un buen chavalín, por lo que a buen seguro tú también sabrás perdonarme.

    Como te prometí, he aquí tu momento de gloria. 

    Mierda, cagao, culo. 




18/2/26

526. Hacker

    La entrada que programé para que se publicara ayer no ha aparecido. Y es algo normal porque no la encuentro por ningún sitio. Quiero pensar que se debe a la obsolescencia de esta plataforma olvidada, y no a los ajustes pertinentes que hice un poco pasado de octanaje etílico. 

    Sin embargo, también me ha pasado una cosa igualmente inesperada, pero buena. Se trata de una cuenta de Twitter que abrí hace unos tres años para promocionar el blog. Nunca he interactuado en ella, e incluso la tenía configurada para que no me llegaran mensajes y avisos. Lo cual hace que me pregunte para qué la abrí en realidad. En fin, ayer iba a darle matarile y resulta que la tengo hackeada.

    Así que, seas quien seas, gracias.

    Con la de Gmail no vas a poder.

   


 

13/2/26

525. En la consulta

    Estimado lector y querida lectora, esto que a continuación relato ocurrió tal cual. 

    Antonio, alias Carabú dado su rostro difícil, al final accede a someterse a una sesión de hipnosis para curar su migraña. No por desesperación, ni tampoco porque la ciencia, por el momento, sea incapaz de ofrecer una cura definitiva. Sino porque fue tal el empeño de su mujer, que llegó a ser peor que la propia dolencia. Es decir: Carabú no tuvo más remedio, ni para lo uno, ni para lo otro.

    Así pues, llega el día concertado y Carabú, en compañía de su mujer, entra en la lujosa consulta del hipnotista. Hacen las presentaciones de rigor y hablan de sus episodios de migraña, que suelen ser recurrentes e intensos. De seguido, por petición expresa del hipnotista, Carabú se tumba en un diván y cierra los ojos. Su mujer está sentada en un sillón, a cierta distancia, para no perturbar la conexión preternatural entre sanador y paciente.

    El hipnotista, desde la penumbra y con voz entrenada, insta a Carabú a que se relaje y visualice un entorno paradisíaco bañado de un sol que no quema. Al cabo de un minuto eterno de reloj, el hipnotista le pregunta a Carabú si ya está inmerso en su visualización. «Sí, estoy», contesta Carabú sin convencimiento alguno. Su mujer se intranquiliza, pues conoce a su marido y sabe que no visualiza un carajo. «¿Ves el sol, Antonio?», continúa el hipnotista. «¿Ves tu sol en todo su esplendor?», «eh... sí, lo veo», responde Carabú en pleno trance con un carraspeo. Su mujer no cree una palabra. Va a pasar algo de un momento a otro, está segura. «Bien, Antonio, pues si lo ves, viaja hasta él y traspásalo».

    En ese momento, Carabú se levanta del diván con agilidad inusitada y un reniego, coge a su mujer de la mano, y le contesta al hipnotista que lo único que va a traspasar es el umbral de la consulta para salir y no regresar jamás.



10/2/26

524. Todo queda en familia

    Hoy, después de muchos años de amistad, Demenciano me ha hablado de algunos miembros de su familia. 

    Así he sabido que Egilona, su madre, nunca se gastó un céntimo en desodorante axilar, ya que exprimía la fruta con el sobaco, fuera el izquierdo o el derecho. Los zumos, según Demenciano, salían riquísimos, por lo que aún sigue sin entender por qué a edad temprana su madre murió de cáncer de alerón y él sigue vivo.

    Su padre, Amalarico, también tenía singularidades. Siempre decía que una de las zonas del cuerpo que más había que cuidar era la boca, y como era alérgico al flúor, a diario se rociaba la dentadura con spray de éter después de cada comida. Asevera Demenciano que su padre nunca tuvo caries, pero siempre que sonreía aterrorizaba a toda la familia.

    El abuelo Gundemaro era igualmente peculiar. Como el venerable anciano padecía insomnio, se pasaba las noches a la intemperie fumando cigarrillos de hojas secas de geranio envueltas en papel de periódico. Una madrugada veraniega, Demenciano lo encontró recostado en un olivo y calcinado de pies a cabeza. ¡Pero si el abuelo Gundemaro apagaba las colillas a martillazos! Al menos, Demenciano se consuela con el recuerdo de que la calavera carbonizada de su abuelo exhibía, aunque postiza, una sonrisa exultante.

    Por último, me habló de su abuela Teodosia, la cual obtuvo fama de mujer hercúlea que no le temía a nada cuando, con sus manos arrugadas y callosas, partió el cuello del imponente jabalí que destrozaba sus cultivos. Tanto se lo creyó, que una tarde, ya muy avanzada de edad, le dio por bailar en la fiesta de la cosecha sobre las vías del ferrocarril recién inauguradas, mientras que el tren destinado a estrenarlas se acercaba a toda velocidad pitando con insistencia. «¡Que se aparte él!», exclamó la abuela Teodosia segundos antes de desaparecer en un estallido. 

    En fin, las familias no se eligen, y Demenciano se crió en una complicada.



6/2/26

523. Felicidad y soma

    Sandalio se acercó hasta mí y me preguntó para qué querría yo ser libre si ya soy feliz. Y con intención puramente socrática, le pregunté que si él era feliz y tenía todas sus necesidades cubiertas, por qué siempre se enfadaba tanto con Pedro Sánchez. 

    Que si Pedro con la investidura; que si Pedro con la amnistía; que si Pedro con el nuevo modelo de financiación para Cataluña. Y cuando no era con Sánchez, era con Pelomocho y su loca cruzada independentista en particular, o con los delirantes nacionalistas catalanes en general. 

    Joder, una persona feliz y con sus necesidades cubiertas no se enfada por estas cosas. Al menos, hasta donde yo he visto, la persona feliz de verdad lo es porque desconoce el mundo en el que vive, o porque al conocerlo se abstrae de él. Y Sandalio —que nos conocemos bien— ni ignora ni se abstrae. Es más: como tiene una ideología política e identitaria, no ha encontrado el soma que le dé la felicidad. O que evite su enfado y decepción, si queréis.

    En cuanto a la libertad, supongo que la suya empieza donde acaba la mía, la tuya y la de los demás (era así, ¿verdad?). Al fin y al cabo, somos muchos los que vivimos en una espaciosa prisión con barrotes de oro.



3/2/26

522. Macaria

    Macaria no es que idealizara la monogamia, pero hubo un tiempo en que estaba dispuesta a envejecer junto a Demetario, de no ser porque este, en los últimos tiempos, se había convertido en un pedorro incontinente. Un día inesperado y lluvioso, la consistencia mefítica de uno de los cuescos fue tan inhumana que Macaria rompió la relación tras una explosiva reacción.

    A falta de un piso de alquiler asequible, y por ende inexistente, Macaria se alojó en el de su amiga Petronila, que la acogió con los brazos abiertos. Petronila nunca le contó a Macaria que Demetario le cayó mal desde el día que lo conoció, así que en su fuero interno se alegró de la ruptura de la relación. Demetario tenía algo que la disgustaba y que no lograba identificar, y cuando Macaria le explicó el porqué de su situación, no pudo contenerse en exclamar: «¡Así que era eso!», «¡puto mamonazo!», «¡no se los pegará estando yo!».  

    Pese a todo, Macaria echaba de menos a Demetario más de lo que se atrevía a admitir. Como tampoco estaba para aguantar sermones, se abstuvo de contárselo a Petronila. Quizá incluso le diera otra oportunidad. A la postre, nadie es perfecto y Demetario poseía más virtudes que vilezas. Pero de momento no le cogería las llamadas del móvil. Ahora le tocaba sufrir a él.

    Naturalmente, Macaria también era presa de intensas apetencias carnales, y aunque ya sabía la respuesta, se preguntó cómo lo estaría llevando Demetario. Ella tampoco recurriría al turbio mundo puteril. No por principios, sino porque no lo necesitaba. Sus armas de mujer, además de las innatas, seguían en perfecto estado de operatividad, con lo cual aún podía aspirar a acostarse con cualquier hombre que se le antojara. 

    Por el momento, tenía que ordenar sus pensamientos y ver cómo se resolvía todo. Como todavía albergaba sentimientos por Demetario, para su desfogue carnal solo utilizaría el arsenal onanístico de Petronila, que era numeroso y variado. Siempre estaría a tiempo de hacerse sodomizar por el simpático y musculado senegalés del tercero B.



30/1/26

521. Demetario

    Demetario está jodido. Ya ha pasado un mes desde que Macaria saliera de su vida debido a una flatulencia. Apestosa, sí. Puede que la más apestosa de cuantas ha traído al mundo, tanto en compañía como en soledad. ¡Pero una mera y mundana flatulencia, por Dios! Qué culpa tiene él de padecer digestiones pesadas. Encima, la muy insensible no se digna ni a devolverle las llamadas.

    Demetario nunca antes había experimentado semejante añoranza. Esta es más intensa que el dolor provocado por las enérgicas coceadas de Macaria a las tres de la mañana cuando él la desquiciaba con sus ronquidos. Ahora, la cama de matrimonio se ha quedado demasiado espaciosa y fría. Y los vecinos maldicen y temen la hora de irse a dormir.

    Como es lógico, Demetario se siente solo y no tiene con quién cubrir cierta necesidad vital. Eso significa que corre el riesgo de acabar bebiendo más que Bukowski, o de convertirse en un putero más compulsivo que Demenciano. O las dos cosas. Pero no lo permitirá. Sabe que la carne puede ser débil o más poderosa que el acero, como demostró el poderoso hechicero Thulsa Doom a Conan el bárbaro en 1982. La fe en sí mismo será su arma.

    Tanto es así que ha reconectado con su yo pubescente y se masturba de siete a ocho veces diarias. Lo normal para una persona con la libido sana. Para enriquecer sus sesiones de alivio solitario, acude al sex shop de la esquina al que nunca antes había entrado, con la intención de comprar alguno de los variados artilugios que oferta para los de su sexo. Pero siempre sale con las manos vacías. Esas vaginas de plástico poseen una textura adictiva y parecen susurrar su nombre, pero no son el coño de Macaria, capaz de curar la impotencia masculina más severa y derrocar el más poderoso imperio. Lo mismo que las muñecas artificiales, cuyos cuerpos desprenden un realismo sobrecogedor en forma y fondo, pero no son el de Macaria, templo de llamas incombustibles en las que consumirse y renacer de deseo una y otra vez.

    Así de mal está Demetario. Y de ninguna manera contempla la posibilidad de pasar página y conocer a otra mujer que borre el recuerdo de Macaria. Quizá su salvación radica en un intento por recuperarla.

    Iba siendo hora de reaccionar en serio.

 


27/1/26

520. En una lluviosa noche invernal

    Demetario y Macaria vivían juntos en uno de los pisos claustrofóbicos del casco viejo de la ciudad. Clara muestra de que a los especuladores y a los fondos buitre les iba bien. Ya había anochecido y no paraba de llover, de modo que por el barrio empezaron a propagarse olores pestilentes y a emerger algún que otro reflujo de aguas residuales por los desagües domésticos.

    «Mierda», pensó Demetario, «ningún ayuntamiento reparará el alcantarillado de esta zona tercermundista». Las alcaldías pasadas nunca hicieron nada al respecto, y la actual no parecía diferente. Nada cambiaba en realidad.

    Demetario, hastiado, se dejó caer en su incómodo sofá de segunda mano y encendió la tele. Iba cambiando de canal sin detenerse en ninguno, cuando de pronto sintió en sus entrañas una presión conocida y característica. De ser otro lugar, hubiera sido un inconveniente, pero estaba en su cuchitril alquilado a precio de oro, así que no se contuvo. 

    Las sucias paredes, necesitadas de una urgente mano de pintura, retumbaron merced a una sonoridad llena de dicha, y la atmósfera de la estancia, ya de por sí enrarecida, se impregnó de una presencia maloliente y ecuánime con la realidad de muchas de las vidas de aquella zona olvidada.

    Macaria estaba duchándose y no pudo oír nada. Pero su olfato funcionaba a la perfección, pese a que había contraído hasta nueve veces el virus del covid. El sonido del agua cesó abruptamente y Macaria, envuelta en una toalla con su pelo húmedo, su cara cansada y todo un par de centímetros más abajo que hacía dos años, se colocó enfrente de Demetario. 

    Como él y como todos, la vida era un continuo decaer.  Aun así, en aquel momento la quiso más que nunca.

    —¡Joder, tío! ¡Pero qué pestazo! ¡Parece como si te hubieras cagado encima de la mesa! 
    —Bueno, je, je, no he podido evitarlo. Ya sabes, demasiada comida basura en la obra. Nos dan tan poco tiempo para almorzar que tengo que engullir casi sin masticar...    
    —¡No me vengas con tonterías, puto cerdo! ¡Es como si hubiera un muerto pudriéndose debajo del sofá!
    —Tampoco sería tan extraño. Hace una eternidad que no limpiamos esta pocilga. Aunque con la que está cayendo, no creo que huela tan mal como la calle. 
    —¡No cambies de tema, cabronazo! —Y continuó más calmada—. No me respetas. No me escuchas. No te importo nada. 
    —Venga, Macaria, sabes que eso no es verdad. Joder, solo ha sido un cuesco. Ya casi no huele. 
    —Que te jodan, tío. No voy a aguantar esto ni un segundo más. Me voy. Me largo de esta mierda de piso. Tú y yo no tenemos ningún futuro. ¡Ninguno!

    Así que se fue a la parte más alejada de la estancia (el piso era de cuarenta metros cuadrados habitables) y se puso a hacer las maletas a toda prisa. Demetario siguió cambiando de canal como si no estuviera ocurriendo nada, y en menos tiempo del que habría deseado, Macaria se esfumó. «Puta hostia, cariño», «cómo te has puesto», pensó Demetario. Se levantó, abrió la nevera y cogió una litrona de cerveza. Ya no tenía ganas de tirarse otro pedo; ya no había gas que expulsar.

    La lluvia, en cambio, parecía no tener fin.



23/1/26

519. Mórbida y Obeso

    Los cadáveres treintañeros de Mórbida y Obeso fueron encontrados una noche de invierno sin luna. Ambos yacían desnudos sobre una cama de matrimonio reforzada. Eso explicaba que no se viniera abajo, aunque dadas las marcas en el suelo parecía desplazada de su sitio habitual.

    A simple vista, resultaba complicado discernir en qué punto del sobrecogedor apareamiento empezaba el cuerpo de Mórbida y terminaba el de Obeso. La grasa que los conformaba se entrelazaba y superponía en una masa informe.

    El cuadro despertaba asociaciones perturbadoras con el género rosado y envasado en plástico que se expone en las carnicerías.

    Los cuerpos todavía estaban tibios y el sudor que los impregnaba aún no se había secado, lo cual indicaba que habían muerto hacía poco. Quién sabe si de infarto, provocado por una frenética y desacostumbrada actividad física supuestamente amatoria.

    La vida podía irse en momentos intensos, o en la calma sedante de un hospital. A ellos la muerte vino a buscarlos pronto, pero quizá se portó bien y no sufrieron. Al menos, no tanto como cuando en vida soportaban en silencio una sociedad cuyos actos hacia ellos pesaban más que la cifra que ofrecía la báscula.

 


 

20/1/26

518. Nombres propios

    Si has ido leyendo esta bitácora con asiduidad y desde el principio, sabrás que para mis personajes reales y ficticios, sean masculinos o femeninos, escojo nombres propios de registro civil antiguo. No son nombres atractivos, pero sí bellos por su pronunciación intrincada y a veces musical.

    Desde hace un tiempo, padres y madres optan para sus bebés por nombres agéneros como Iu, Ua, Bo, Jo, Su, Li, Al, Cy, Lu, Mo, Oz, Ed, Ot, Ad, En, Yo, Io, Ia, Es, An, etc., con el fin de diferenciarlos del resto y dotarlos de exclusividad y originalidad, aunque tales elecciones sean más feas que un puñado de pelos mojados obstruyendo el desagüe de una pica mugrienta.

    Dentro de algunos años, cuando esos nombres sean comunes, madres y padres volverán a superarse con nuevas denominaciones diferenciadoras de exquisita sonoridad, tales como Pq, Mñ, Fg, Lt, Jk, Zb… Y dado lo vil de nuestra raza, sus retoños vivirán una infancia traumática de burla y señalamiento que acabará en la edad adulta cuando puedan cambiarse el nombre.

    Para entonces, el daño causado será irreparable.

    Con todo, la mujer siempre se ha llevado la peor parte a ese respecto, por nombres luminosos, oscuros y deprimentes como Caridad, Auxiliadora, Piedad, Milagros, Esperanza, Presentación, Fe, Remedios, Soledad, Concepción, Dolores, Gracia, Consuelo, Angustias, Martirio, Auxilio, Inmaculada, Amparo, Socorro, Asunción, Encarnación… Demos las gracias por algunos de estos desafortunados nombres a la misoginia católica y a las advocaciones marianas.

    ¡Qué manera impía de desgraciar la identidad única de la vida femenina recién alumbrada!

 


 

16/1/26

517. Polinización

    Una de las leyes fundamentales de la Naturaleza para con los seres vivos, como plantas e insectos, es que la avispa y la abeja polinizan la flor. Por eso es lógico que en una numerosa fiesta de disfraces, la chica que va disfrazada de avispa o de abeja conecte con el chico que lo hace de flor, hasta el punto de que el encuentro deviene en una simbiótica relación humana en ciernes. La gente trata de conocerse en las fiestas, sean o no de disfraces, aunque se beba mucho, se hable de nada y se coma poco si hay comida.



 

13/1/26

516. Contenedores

    Hace casi un año que en mi ciudad han cambiado los contenedores de basura tradicionales por otros que se abren mediante una tarjeta. Estos nuevos recipientes urbanos, al tener más capacidad que los antiguos, también ocupan más sitio.

    En lo que se refiere al contenedor amarillo, pese a que lo vacían con frecuencia, siguen apiñándose bolsas de basura a su alrededor porque suele estar tan rebosante de ellas que ni siquiera se puede cerrar. Y claro está, la basura que una vez sale de casa, ya no vuelve a entrar.

    Sin duda, generamos una enorme cantidad de mierda y deshechos.  

    Al margen de si uno cree o no en el reciclaje, la gestión de residuos sólidos urbanos es la que es. Muchos ciudadanos exigen una infraestructura adecuada al respecto. Que haya el número de contenedores necesarios y, sobre todo, que estén ubicados en la fachada de la casa del vecino y no en la propia. 

    ¿Cómo hostias hará el ayuntamiento para contentar a todos esos ciudadanos tan comprensivos y cómodos? Yo los arrojaría al contenedor de color marrón, que es el que les corresponde, ya no solo por ser materia orgánica, sino también por ser del todo desechables.

    El problema es que se necesitaría un número desorbitante de contenedores marrones, o uno solo de proporciones descomunales, y la tasa a pagar por semejante servicio sería inasumible.

 


 

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