Llovía a mares en la ciudad podrida. Ya había atardecido y la luz de las farolas iluminaba las calles y hacía brillar el asfalto.
Eché un vistazo por la ventana. La gente se encogía bajo los paraguas y apresuraba el paso. Quienes no tenían nada con que resguardarse corrían como si el agua quemara en vez de mojar. Semejante cuadro, tan mundano y cosmopolita, me disuadió de salir. Y eso que aún conservo el chubasquero rosa que utilicé en el concierto que Rammstein ofreció en 2024 en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Montjuïc.
¿Por qué rosa? ¿Acaso tiene alguna importancia?
Aquel día llovió mucho. En realidad, estuvo lloviendo durante toda la semana y los chubasqueros de los bazares chinos se habían agotado, salvo los de color rosa. ¡Cuánto prejuicio masculino!
Yo solo temía que, al ser un producto de manufactura oriental a muy bajo precio, el chubasquero no se desintegrara sobre mi silueta en cuanto entrara en contacto con el agua.
Pero no fue así.
El chubasquero rosa del Lejano Oriente cumplió con creces el cometido para el que había sido concebido. No he vuelto a necesitarlo desde entonces. Pero fuera sigue lloviendo y yo quiero salir; necesito despejarme.
Turno de noche en el curro. Soy el «sapero» de mi equipo. Para ser más exactos, del equipo A.
El jefe del equipo A no se llama Aníbal ni fuma puros —de hecho, está prohibido fumar—, pero sí tenemos a un chiflado. De hecho, hay seis equipos y, en cada uno de ellos, como mínimo, uno o dos locos. Incluso, ahora que me acuerdo, el chiflado del equipo F tenía licencia de piloto privado de helicóptero. Recuerdo que la empresa lo despidió, y no por estar más loco que Murdock —que lo estaba—.
Puede parecer exagerado, pero es normal. En algunas personas, trabajar en la mina provoca la locura o la acentúa si, como yo, la llevas de serie. Lo primero creo que se debe a la presión atmosférica a tanta profundidad, al miedo primigenio a la oscuridad y a cierta claustrofobia soterrada. Y eso que hay galerías por las que circulan máquinas gigantescas.
Como lo tengo por mano, a las dos y media de la mañana ya lo tengo todo actualizado. Luego solo me queda esperar a que vaya saliendo lo que tenga que salir hasta el final de la jornada, que será el inicio de la del equipo B. Cómo quede la lista de averías para el relevo entrante depende de las secciones de explotación y brigada, que, en aras de la producción, destruyen y destruyen.
Mi vieja y pesada caja de herramientas debe de estar oxidada. Desde hace tres años, mis instrumentos de trabajo son un teclado, una radio móvil bidireccional Motorola y un par de teléfonos. El negro suena si solo quieren hablar conmigo y el blanco, cuando quieren hablar con el jefe. Solo que el jefe casi nunca está, puesto que está gestionando en persona el trabajo que debo gestionar yo en el ordenador.
Y aquí sigo: turno de noche en el curro. Ahora son las tres y pico de la mañana. He tardado cerca de una hora en escribir en mi libreta esta entrada. Lo haría desde el ordenador, pero, joder, los puertos USB están bloqueados. No vaya a ser que me descargue información sensible y proyectos empresariales secretos. Además, estaría violando el acuerdo de confidencialidad.
Otras veces me da por entrar en Google y lo primero que aparece en pantalla es un mensaje en inglés que me advierte de que no vaya más allá, porque el puto Gran Hermano me está observando y me joderá, ja, ja, ja. También podría llevarme el móvil, como hace el resto de la plantilla que tiene que sentarse en una silla giratoria de oficina, y ser víctima del scroll.
Pero no, joder, no. Prefiero gastar el tiempo en entradas manuscritas en mi libreta. Ahí, justo debajo de las OT (órdenes de trabajo), que luego quedarán reflejadas en SAP.
Los numerosos y huracanados estornudos de ayer fueron un claro indicador de cómo me iba a encontrar al día siguiente.
Hoy me he levantado con la mente embotada, los ojos llorosos, la garganta irritada, la nariz tapada y un dolor muscular generalizado.
Me he imaginado de cuerpo presente en concurridas cafeterías y bares, respirando hondo y exhalando el aliento en un giro de trescientos sesenta grados. Pero solo estoy en el sofá, sumido en extraños delirios y profiriendo lastimeras y desafinadas inflexiones de voz, como las que hacía Sloth en Los Goonies (1985), cuando se recreaba con el eco de sus alaridos.
Los vecinos deben de estar alucinando, aunque no tanto como yo.
P.S.: Por cierto, Substack es un ecosistema demasiado hermético para mi gusto.
Demenciano se despertó resacoso, que era lo acostumbrado, pero sin las manos ensangrentadas. Eso no significaba que ayer no se hubiera entrometido algún ciudadano ejemplar en sus asuntos, o que no hubiera tenido que aleccionar a alguna mujer que lo hubiera seducido para luego no llegar hasta el final.
Como mucho, es posible que tan solo apalizara a alguien. De modo que debió de ser una buena noche, regada con alcohol de alta graduación, en compañía de una mujer complaciente que comprendía el verdadero sentido del amor y de la vida.
Encendió el televisor, más por costumbre que por interés, y vio que, en uno de esos programas que infectan la parrilla televisiva, un quinteto unisex de analistas de la mente y la sociedad se recreaba en los crímenes y actos vandálicos acaecidos en la ciudad durante los últimos cuatro años.
Demenciano se sintió complacido al comprobar que hablaban de él. Estaban creando un perfil a partir de los truculentos escenarios que había ido dejando a su paso. Después de veinte minutos de anuncios estúpidos, el programa llegó a su recta final y uno de los invitados —una psiquiatra forense, según rezaba el enunciado a pie de pantalla— tomó la palabra para emitir su breve análisis sobre Demenciano. Era la parte preferida de los espectadores; el momento cumbre del programa:
—Con toda seguridad, podemos afirmar que es un hombre que vive al límite de sus frustraciones. Un ser que se cree mentalmente más evolucionado que el resto de sus congéneres y que, sin embargo, es incapaz de encontrar su sitio en el entorno marginal en el que ha nacido y probablemente se ha criado.
»Cree vivir rodeado de seres inferiores a los que considera que tiene que castigar con su odio y violencia, mientras proyecta una fachada de fuerza física y hombría y, al mismo tiempo, se desvaloriza de forma inconsciente, incapaz de asimilar el alcance de sus propios actos destructivos.
»Negado de amor, busca lujuria. Negado de vida, busca muerte. Negado de estímulos, busca venganza. Negado de sí mismo, busca destrucción. Ver sus propias miserias, día tras día, reflejadas en el resto de sus iguales le da fuerzas para seguir adelante. Por eso debe frecuentar lugares poco recomendables donde alimentar su patología.
»En realidad, toda esa aparente valentía es una pantalla para ocultar que es el mayor de los cobardes. Su cobardía es un lastre que le impide conseguir todo aquello que de verdad quiere y desea. Y él lo sabe.
El plató estalló en aplausos y el presentador se despidió de la audiencia y de sus colaboradores. Mientras tanto, Demenciano tuvo una erección y se llevó la mano a la entrepierna. De repente, tenía grandes planes para aquella mujer. Tenía que hacerle entender algunas cosas.
Abundio es de esa clase de enfermos que se creen sanos. Es decir: es un taurófilo. Su afición empezó a forjarse de niño, cuando su padre se lo llevaba a las corridas de toros. Tantas presenció durante su infancia que, ya de adolescente, se convirtió en un acérrimo defensor de las mismas. Su padre había hecho un gran trabajo con él y ahora Abundio es un adulto con la lección muy bien aprendida.
Por ejemplo, Abundio dice que su afición es un sentimiento que le viene de pequeño y que por eso no lo entendemos. Defiende que la tauromaquia da trabajo a muchas personas y que, por supuesto, no existen personas más respetuosas con los animales que los ganaderos. Esos mismos que, durante dos o tres siglos, seleccionaron al toro de toda la vida para obtener ejemplares cada vez más bravos e impetuosos, hasta llegar al actual toro de lidia, con el único fin lúdico de la tortura y la muerte en la arena.
Qué digno. Qué manera más noble de ganarse la vida.
Tampoco le vengas a Abundio con unas breves palabras apócrifas sobre la tauromaquia y el torero, falsamente atribuidas a Borges:
«La tauromaquia es una de las formas vigentes de la barbarie. En cuanto a la figura del torero, creo que es esencialmente un cobarde. Un hombre que, con todo un aparato racional de estrategias, entrenamientos, armas, estocadas practicadas, clases y mucho estudio premeditado, se mide frente a un animal pasmado por la sorpresa, por la ansiedad; un animal que no tiene otro recurso que los reflejos de su instinto primario.
Bajo esa disparidad podemos medir el valor de los toreros. La valentía verdadera no soporta desniveles tan abusivos.
Por eso, para mí, los toreros no son valientes, sino más bien bufones; los bufones de la valentía.»
No te las rebatirá. Tan solo se regodeará en que, como no está demostrada la atribución al genial escritor, no sientan cátedra. Porque para Abundio es más importante el mensajero que el mensaje. Y esas palabras las ha pronunciado un tipo al que solo conocen en su casa y, a Abundio, con eso le basta.
Aunque sí te dirá que ellos no van a la plaza a pasarlo bien porque sí. Ellos no van allí a disfrutar de la muerte del animal, sino del proceso. Ellos van a disfrutar del cómo y no del qué. Tanto es así que te enumerará todo un alucinante glosario de jerga taurófila, aplicada en el ruedo según la maestría del torero.
En fin, no se lo tengas en cuenta: se cree sano estando enfermo y se llama Abundio.
Era miércoles y la sobremesa que siguió al tapeo finalizó sobre las dos y media de la madrugada. Como es normal, nos reímos mucho del mundo y hablamos de todo en general sin solucionar nada en concreto. Algo parecido a lo que ocurre en las Cortes Generales, pero sin protocolo, bochorno ni faltas de respeto.
A esas horas apenas había tráfico. Puse la radio para amenizar el cuarto de hora de conducción que me separaba de mi modesta propiedad urbana, y una locutora, con buena dicción y tono impersonal, me volvió a recordar lo jodido que estaba todo. Luego pensé en los seísmos de magnitud 7 o superior que, en lo que iba de año, habían sacudido México, Venezuela, Colombia, Indonesia, Japón, Filipinas, Vanuatu, Malasia y Tonga. Después, en el reciente desprendimiento de hielo y roca que irrumpió en la frontera entre Nepal y el Tíbet y, por último, en esa canción de Tote King que dice: «Y si la naturaleza se está vengando como tos decís, no entiendo cómo es tan torpe y se equivoca siempre de país».
La naturaleza, como los Tres Reyes Vagos, parecía tener conciencia de clase, pero solo imponía su propio sistema de regulación sobre el censo mundial. En esas elucubraciones de brocha gorda sobre estadística y muerte, circulaba a unos ochenta kilómetros por hora cuando las luces largas iluminaron a un enorme jabalí que me bloqueaba el paso.
Con todo, pude frenar a tiempo y esquivar de un volantazo a aquella indiferente criatura. Por suerte, ningún vehículo circulaba por el carril contrario en ese momento. Estaba claro que las fuerzas superiores que nos gobiernan habían decidido que el jabalí tenía que seguir con vida y que yo llegara a mi nicho-vivienda, como mucho, con el corazón acelerado.
Y que mi coche siguiera sumando números en el cuentakilómetros.
Las temperaturas habían descendido y la sociedad seguía cayéndose a pedazos. Cada día teníamos nuevas muestras de ello. Además de la gilipollez global ciudadana, el asesinato y la violencia continuaban siendo compañeros fieles de nuestro día a día.
Era duro ser madre y descubrir que tu hija de doce años era una maltratadora. Que formaba parte de un quinteto de acosadoras que grababan con el móvil sus andanzas de violencia pubescente. Era jodido constatar que la educación impartida había fracasado. Era una vergüenza ver que tu niñita de doce años podía ser más hija de perra que cualquier galgo, porque a lo mejor le viene de casta.
Pero algo teníais que hacer, mamaítas; algo teníais que decir, pues el vídeo original se había viralizado. Ahora vuestras niñitas ya eran conocidas mucho más allá de Moguer y habíamos visto lo bien que se lo pasaban en la calle cuando salían a jugar. Fuenteovejuna había caído sobre vosotras y sobre las acosadoras que habíais parido. Los papeles se habían invertido perversamente: las acosadoras eran las acosadas. ¡Oh, justicia poética, manifiéstate más veces!
Así que, mientras algunas de las mamis señaladas optasteis por el silencio, porque siempre es más fácil la cobardía que su antónimo, una de vosotras pidió perdón y suplicó que cesara el acoso ciudadano a su hijita acosadora. Y otra, además de reescribir lo sucedido a conveniencia para justificar la actuación de su monstruita de doce años, grabó unos audios en los que amenazaba con emprender acciones legales contra las personas que habían difundido las imágenes de la verdad.
Con todo, agradezco a todas las personas que habéis cometido la imprudencia —o la ilegalidad— de viralizar el vídeo. No es la mejor manera de enfrentarse a un hecho tan lamentable y mezquino, pero a lo mejor habéis evitado que la verdadera víctima de aquella agresión acabara suicidándose.
No dejan de hacerme gracia las personas que se llenan la boca diciendo que la gente hostil y conflictiva es más numerosa que la gente que es todo lo contrario.
Sí, estoy de acuerdo en que toda clase de hijoputez es más visible que cualquier otra conducta porque hace más ruido. Pero no portarse como tal no significa hacer el bien. La bondad, tal y como yo la entiendo, exige una acción, y hace tiempo que no veo ninguna. Lo que sí veo es a unos cuantos jodiendo al prójimo a todos los niveles, de día y de noche, y a un grueso descomunal de personas mirando hacia otro lado y yendo a lo suyo.
No sé en qué momento confundisteis bondad con indiferencia. O será que yo vivo en un sitio poco recomendable y vosotros sois vecinos de Espinete.
El tipo tenía cincuenta años. A esa edad, quizá creía que ya lo sabía todo. Puede que fuera de los que piensan que ciertas advertencias son exageradas y que algunas prohibiciones coartan la libertad individual. Es posible que gozara de buena salud y esperara llegar a los ochenta años porque ciertas desgracias siempre les ocurren a otros.
El cincuentón tenía calor y se fue a la playa. Y, ya que estaba allí, decidió darse un baño. Lo normal: en la playa o vas a bañarte o a propiciarte un cáncer de piel. Probablemente no era la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que se bañaba en aquellas aguas con la bandera roja ondeando. ¿Desconocía lo que eso significaba? ¿Era daltónico o tan solo gilipollas?
Nunca lo sabremos, porque del agua salió con los pies por delante. Aunque la respuesta, creo, está bastante clara.
Solano no es viento ni está caliente. Lo cual no significa que pueda estarlo en alguna otra ocasión. Solano tan solo es un nombre desafortunado, impreso en su DNI y escrito a mano en su partida de nacimiento.
Un número más en la base de datos. Otro desconocido entre desconocidos.
Solano abre la puerta de su piso pequeño y viejo. Al otro lado solo hay silencio, oscuridad y vacío. A veces piensa que le gustaría oír una voz que no fuera la suya. Ni siquiera tendría que ser una voz que le dijera «vuelve pronto». Se conformaría con una voz de reproche o contradicción.
Una vez llamó a Momentos, pero fue un error porque no supo qué decir. Ni se le pasó por la cabeza llamar a Hablar por hablar.
Otra opción sería hacer como hizo Edu en las Navidades del 97. Pero no es Navidad. Solano permanecería en silencio, concentrando todos sus sentidos en la voz del otro lado de la línea hasta que le colgara. Después volvería a llamar, una y otra vez, hasta encontrar, quién sabe, una voz.
Al final, acaba acostándose con el fracaso y el cansancio.
La radio es un gran invento. La pongo siempre que almuerzo, como y ceno. Normalmente escucho Catalunya Ràdio y RAC1, aunque otras veces sintonizo la Cadena SER y RNE.
Pensaréis que exagero, pero escuchar según qué emisoras mientras se come entraña un serio peligro: la comida te puede sentar mal o puedes atragantarte con ella por un acceso de risa.
Esto último me sucedió ayer cuando, en un arrebato de pluralidad informativa, sintonicé la COPE. En ese momento, mientras yo me nutría, un locutor narraba, con rigurosa profesionalidad, la actualidad de lo que acontecía en Ceuta.
Su relato, delirante y apocalíptico —deudor de exitosas producciones cinematográficas como Guerra Mundial Z y Mad Max—, era capaz de sobrecoger al corazón más apático.
El avezado cronista radiofónico y sus colaboradores, afines a la causa, estuvieron a punto de convencerme de que el Gobierno actual debería ser condenado por crímenes de lesa humanidad.
Fueron muchas las personas que no se desplazaron para presenciar el eclipse. Por ejemplo, hubo varias parejas heterosexuales que, en pecado o en matrimonio, eligieron el día del evento astronómico para copular sin protección. Ya fuera por creencias o por estúpidas tradiciones ancestrales, la idea de concebir una vida en un día tan especial les resultaba especialmente atractiva y simbólica.
Algunas de esas parejas llevaron la concepción un poco más lejos. Los machos, siguiendo cálculos previos y atendiendo a las exigencias de las hembras, eyacularon dentro de ellas justo cuando la tarde se hizo noche. Mientras miles de personas aplaudían, con la mirada protegida y dirigida hacia el horizonte solar, millones de espermatozoides iniciaban su carrera hacia el óvulo. Durante la fase de totalidad, cientos de hembras fueron fecundadas y la suerte quedó echada.
Algunas de esas gestaciones contribuirán a la perpetuidad de la especie, sí. Y otras terminarán en abortos o en bebés estrella.
Es verano y la piscina está llena de niños que corren detrás de insectos y de otros niños. Sus madres retozan sobre las toallas extendidas, con el móvil entre las manos y un cigarro entre los dedos. Fuman como carreteros, hablan gilipolleces y sueltan tacos con una naturalidad que, dentro de unos años, se verá reflejada en la boca de sus hijos. Se llevarán las manos a la cabeza —no porque tengan algo dentro— y les parecerá intolerable. «¿Dónde habrá aprendido este niño a hablar así?».
Probablemente no recordarán aquellas tardes.
El agua está caliente como el asfalto y tiene un color sospechosamente parecido. Los chavales se revuelcan en el césped, que ya no es césped, sino hierba marchita, crema solar y restos de verano. Algunos se buscan, se encuentran y se ocultan bajo una toalla. Otros leen libros ensalzados por la crítica que parecen escritos para que nadie tenga que recordar una sola frase cuando llegue septiembre.
Hay también un socorrista que despierta las fantasías sexuales de las madres fumadoras y de los homosexuales —masculinos, conocidos y desconocidos— que hay en la piscina. Está sentado bajo una sombrilla publicitaria que incita al consumo de drogas blandas, dormitando con los ojos abiertos y una expresión ausente. Algunos lo miramos de reojo y hacemos cálculos. Si alguien se ahoga, ¿cuánto tardará en darse cuenta? ¿Llegará a levantarse? ¿Sabrá nadar?
Eso es el verano en los barrios de algunos pueblos: piscinas comunitarias siempre más llenas que cualquier biblioteca o librería; niños poco vigilados que, durante la pubescencia, serán acosadores escolares; otros no llegarán a la adolescencia porque se habrán suicidado por culpa de los primeros; adultos descontentos con sus trabajos, agotando el último día de vacaciones bajo las sombrillas. Y, más allá, rotondas con flores de plástico plantadas por el ayuntamiento para que parezca que hay algo vivo entre tanto cemento.
Te veo. Desvío los ojos hacia los tuyos y sé lo que estás pensando. No pronuncias palabra, pero tu cara habla con claridad. Deseas con todas tus fuerzas que este verano infernal se convierta en un recuerdo que olvidar con la llegada de noviembre.
Odias el calor estival, no hay duda.
Al cruzarnos, quizá me miras tú a mí y, en ese instante fugaz, lees en mis ojos que a mí sí me gustan los veranos que derriten asfaltos y cuecen neuronas.
No puedo evitar sonreír. He visto a gente con tu misma expresión facial arrancarse la piel a tiras para aumentar su desnudez y refrescarse. Es el precio que hay que pagar si no quieres quedarte recluido en casa, frente al split del aire acondicionado. Pero hay tantos funcionando a pleno rendimiento que terminan aumentando la temperatura de la calle. Casi no parece haber escapatoria, ja, ja, ja. Aunque siempre puedes ponerte a remojo en el caldo de fluidos y secreciones de piscinas y playas.
Lo que no puedo discernir, por mucho que me fije en tus gestos, es si eres un negacionista del cambio climático. Si todavía tal fenómeno te sigue sonando a ciencia ficción, pese a las evidencias científicas. Yo no recuerdo veranos de mi infancia tan calurosos y disfrutables como los de los últimos cinco años. Ni inviernos tan poco fríos.
¿Será esta sensación anormal de abrasión un indicador de la llegada del Apocalipsis?
Bueno, he leído que el cuarto ángel llegará con el poder de afligir a los hombres con fuego y un intenso calor.
Como es bien sabido, los incendios proliferan en verano. Lo que nadie ha advertido es que, durante esos mismos meses, también cesan los homicidios y las desapariciones en la ciudad.
El Loco considera que hace demasiado calor para salir a buscar a alguien con quien divertirse; ya socializará cuando desciendan las temperaturas. Mientras las llamas devoran el verdor del extrarradio y amenazan las urbanizaciones aisladas, él prefiere pasar las tardes jugando con sus muñecas.
La primera nació tras su primer triple homicidio, hace veinte años. Desde entonces ha reunido más de doscientas: rubias, morenas, pelirrojas... Cada una confeccionada con mimo y esmero a partir de fibras musculares, retazos de piel y fragmentos de ser.
Vestido con la misma lencería fina que las cubre a ellas, las sienta alrededor de la mesa para tomar el té. Les sonríe y les habla con suavidad. Si le conceden permiso, las acomoda en su regazo y las peina con la devoción de un padre. Aunque, a veces, las desnuda y hace con ellas lo que un padre jamás haría.
El Loco, al igual que nosotros, necesita sentirse amado.
Tengo diez dedos con los que poder acariciarte si estuvieras aquí. Pero, como siempre estás lejos, lo intento con veintisiete teclas. Ahora mismo son las dieciocho y cincuenta y tres. Pese a la ola de calor, tengo la ventana abierta. Ráfagas de aire caliente me visitan de vez en cuando y azuzan los árboles, mientras los sonidos habituales de la ciudad se mezclan con los ritmos musicales que he elegido para esta tarde.
No son los habituales, los que me zarandean y me vuelan la cabeza desde el minuto uno. Hoy, el tema escogido llega hasta mí flotando como el humo del polen y me envuelve con la cadencia de un mundo sin prisa. La base rítmica se entrelaza con pereza en mis dedos hasta armonizar con el sonido mecánico del tecleo lento, pero sin pausa.
Hoy quería llegar hasta ti y tocarte una vez más. Diez dedos o veintisiete teclas, pero Pure Negga se ha apoderado de mis manos y me ha desviado del camino.
Está escrito en un libro sagrado que Lázaro regresó de la muerte. Una voz le ordenó que saliera, y salió. Eric Draven también regresó de su tumba, con un cuervo sobre el hombro y el deseo de venganza ardiéndole en la mirada. Pues a mí me pasa algo parecido, pero a la inversa: regreso de las vacaciones al trabajo.
El chófer nunca tenía que buscar aparcamiento para que el rico veranease en cualquier rincón de la costa. Siempre había alguna plaza de su propiedad donde dejar el vehículo de alta gama.
Desde su embarcación de lujo, el rico se divertía tanto como se relajaba observando con unos prismáticos a la masa de pobres que abarrotaba la playa que él jamás pisaría por una simple cuestión de estatus. Incluso puede que muchos de aquellos proletarios trabajaran en alguna de sus empresas esclavistas.
Hasta la llegada a bordo de sus escasas amistades adineradas para la fiesta que había preparado, no había mejor entretenimiento que contemplar la vida ociosa de las clases sociales inferiores.
De vez en cuando, entre breves carcajadas y algún que otro pedo, dejaba los prismáticos a un lado y se estimulaba el gaznate con un destilado que ninguna de aquellas familias modestas podría pagar ni en siete vidas. Eran tan miserables que ni siquiera bebían en los chiringuitos: llevaban los refrescos y la cerveza en neveras portátiles incapaces de mantener las latas en su punto exacto de frío.
Sin embargo, no los despreciaba del todo. Admiraba la capacidad que tenían para soportar las altas temperaturas durante horas bajo aquellas sombrillas ridículas, apretados unos contra otros, sin apenas intimidad y apestando a crema solar de supermercado.
Eran bastante guarros, eso sí. Muchos fumaban y enterraban las colillas en la arena. Algunos incluso lo hacían delante de sus hijos pequeños. El día de mañana, la mayoría de aquellos críos insoportables acabaría siendo igual de fumadora, igual de cerda e igual de indeseable que sus padres.
El rico había visitado las siete maravillas del mundo moderno, las del antiguo y unas cuantas reservadas únicamente a quienes poseen un músculo económico descomunal. Pero había descubierto, no hacía mucho, que pocas cosas resultaban tan entretenidas como observar el fascinante lumpen playero. Hay espectáculos que el dinero no puede comprar, y aquel estaba al alcance de cualquiera.
Al cabo de un rato se le ocurrió que, para que la experiencia contemplativa fuera completamente inmersiva, pondría a todo volumen, en el carísimo equipo de sonido del yate, aquella puta canción del 83 de aquel risible dúo italiano.
Como era de esperar, las calles se vaciaron. Ocurre siempre que se disputa la final del Mundial de fútbol y uno de los dos equipos representa al país donde vives. Así que, tan pronto como empezó a rodar el balón por el césped reglamentario estadounidense, yo empecé a caminar por adoquines y aceras catalanes.
La urbe estaba quieta y respiraba tranquila. Calculé que mi paseo tenía que durar, como máximo, una hora y media. Pasado ese tiempo, debía estar cerca de mi nicho-vivienda. Fuera cual fuera el resultado de tan sentida contienda deportiva, no quería verme mezclado con la vociferante turba de patriotas de postín.
No fue esta, sin embargo, una desolación absoluta como la que propició el virus de estos últimos tiempos. Algún que otro vehículo circulaba a placer por la ciudad dormida y me crucé con un total de catorce o quince personas de rasgos árabes y orientales.
Puede que estuvieran cumpliendo con obligaciones ineludibles o que, sencillamente, tuvieran mejores cosas que hacer.
Todo se concentraba entre cuatro paredes, fueran públicas, alquiladas o en propiedad. Ya habían pasado más de cien minutos y no ocurría nada. Supuse que el partido había llegado a la prórroga, de modo que faltaba poco para el final, fuera cual fuese.
Cuando me encontraba a mitad de mi regreso, un par de fuegos artificiales estallaron en el cielo. De un lugar cercano que no logré determinar, oí el petardeo continuado de una traca; luego, otra. De inmediato apareció un coche haciendo sonar el claxon a rabiar. Tres de sus cinco ocupantes ondeaban la bandera rojigualda. El claxon de otro coche también empezó a bramar y entonces lo comprendí todo.
Desde donde estaba podía ver el balcón de mi hogar. Apresuré el paso y apagué el móvil.
La gente se pone de mal humor con los veranos espléndidos. A mí me pasa todo lo contrario: me lo paso muy bien con las olas de calor que me empujan de bar en bar a cumplir con mis rigurosas pausas de hidratación cervecera. De paso, observo y escucho a la clientela.
No recuerdo qué estaba haciendo el día previo a la final del Mundial de Fútbol de 2010. Sí recuerdo que, como ahora, era verano y estaba de vacaciones; además, tenía un blog alojado en ya.com del que quizá hable algún día.
Por aquel entonces llevaba unos cuatro o cinco años emancipado, ya vivía en mi nicho-vivienda actual y me gustaban y me desagradaban las mismas cosas que ahora. Solo que antes tenía mucha más paciencia y me pesaban menos los cojones.
Entiendo que mañana tú, seas quien seas y vivas donde vivas, te vistas con una camiseta de la selección española o argentina. Yo llevo tres días poniéndome una camiseta de Cradle of Filth. Mañana la dejaré en la cesta de la ropa sucia y me pondré una de Terrorizer o Aborted.
En el fondo, es más o menos lo mismo: el sentido de pertenencia a una tribu, a una entidad o a un colectivo en el cual tu identidad encaja a la perfección. En mi caso, es un estilo musical del que se derivan mi forma de ver y sentir la vida.
Desde luego, no soy mejor que tú si mañana, cuando el árbitro pite el final del partido, lloras de alegría o de desilusión mientras yo estoy en casa riéndome de ello o sumido en la más profunda indiferencia. No lo soy. Pero es que, en ese aspecto, me resulta imposible ser como tú.
«Pese a mi marcado independentismo, estoy muy contento de que la selección de fútbol del país vecino, con orientación sur, haya llegado a la final del Mundial de 2026».
Estaba yo tumbado sobre una hamaca, cobijado bajo una sombra bendita. Tan solo respiraba y reajustaba la postura cada vez que mis músculos se resentían de la inactividad. Aun así, era este un letargo placentero y sedante que me desconectaba de todo cuanto me rodeaba. El tiempo fluía como una canción lenta, al compás de mi inmovilidad, como si, por una vez en la vida, fuera mi aliado.
Estaba yo despierto, con los ojos cerrados, conectado en íntima comunión con las corrientes de aire que venían a visitarme. No me hizo falta abrirlos para sentir que me tornaba liviano y que el viento, viniera de donde viniera, me acunaba con delicadeza y me elevaba alto, muy alto, por encima de todas las cosas mundanas y prosaicas.
Un verano cualquiera, en algún punto turístico de las costas españolas.
La familia nuclear Parahoy, tal como tenía planeado, se ha despertado a las 5:30 a. m. de un sueño tranquilo. Las alarmas de los móviles de cada uno de sus integrantes estaban sincronizadas. Tienen una misión que cumplir. Con seriedad y concentración, se aplican la pintura de camuflaje facial y se lanzan a la tarea.
Tal como entrenaron en el césped de su casa en primavera, reptan con rapidez por la arena de la playa como un experto grupo de operaciones especiales. La noche respira tranquila, las estrellas resplandecen y las olas rompen suavemente. Tienen todo a favor. Cuando llegan a una zona privilegiada que consideran apta para los propósitos improductivos del día, la abuela alza la cabeza como una cobra y otea de izquierda a derecha como un radar. Hace un gesto con la mano que indica que no hay policía local a la vista, y el padre y la madre se incorporan y clavan una sombrilla con un gesto enérgico de victoria. El hijo y la hija, a su vez, colocan unas tumbonas y unas toallas con la rapidez de una escudería de F1 perfectamente coordinada. La abuela sigue vigilando. En la familia Parahoy todos tienen un cometido y no se tolera el fracaso.
Todavía quedan tres horas para que amanezca. Todo está quieto. La misión ha concluido con éxito y la familia Parahoy regresa a su hotel, ubicado a pie de playa, en la misma actitud reptilesca del inicio. A mitad de trayecto, la abuela vuelve a levantar la mano. El grupo se detiene en el acto: silencioso, profesional y compacto. A unos cuantos metros, parece que otra familia también está en una misión de ocupación ilícita. Uno de sus miembros susurra:
—Hijos de puta. Nos han quitado el sitio.
La familia Parahoy reconoce en esa sentida maldición al abuelo de la familia Hoyestarde.
—Ja, ja, ja. Que hubieran entrenado más —ríen para sí los Parahoy.
En verano, los madrugones tácticos para conquistar una porción de tierra playera eran constantes.
Detesto el desorden. Detesto que cualquier objeto inanimado que se precie esté fuera de su sitio después de su uso. Así que detesto a las personas que, por ejemplo, al finalizar la compra de productos, dejan el carro del supermercado en cualquier lugar menos donde corresponde.
A veces lo abandonan a tres o cuatro metros de donde deberían dejarlo. ¡Igual creen que se les hará de noche si deciden cubrir toda esa distancia! ¿¡Tanta prisa tenéis, desidiosos hijos de puta!?
En mi mente, mato ahí mismo a todas esas personas. Da igual si son mujeres u hombres, chicos o chicas. Solo los niños y las niñas se salvan de mi ira. Porque, si actúan así, es debido a que sus putos padres y sus putas madres no los educan.
De modo que me quedo agarrado a mi propio carro de la compra y empiezo a calcular. De repente, lo suelto y echo mano al primer carrito extraviado que veo. Lo levanto y lo estampo una y otra vez contra la cabeza y el cuerpo de esa gentuza, como se desempolva una alfombra contra el suelo. Al cabo del rato, termino jadeando, sudado y al límite de mis fuerzas. El carro de la compra está deformado y ellos, irreconocibles, como tiene que ser.
El silencio se ha apoderado de la escena. Las cajeras del supermercado me miran desde el otro lado del cristal. Un tanto indecisas, abandonan sus puestos de trabajo, salen del supermercado y sortean charcos de sangre y grumos de masa encefálica hasta llegar a mí. Hay unos pocos ancianos consumidores que empiezan a aplaudir. Quizá es la primera manifestación comprensible de violencia que presencian desde 1936.
Al principio, pienso que las cajeras van a reprenderme por haber reducido la clientela del supermercado. Pero me abrazan con lágrimas de dicha y me dan las gracias. Están hartas de tener que recolocar día tras día, antes de irse a casa, el centenar de carritos que esos hijos de puta dejaban en cualquier zona del aparcamiento del supermercado, como si fueran material desechable.
Ascienden las temperaturas y desciende la actividad en los blogs. Es casi una ley natural. Le dais la espalda al teclado y el espacio en blanco deja de importar. Para muchos de vosotros supone tal liberación que ya nunca regresáis. El verano llega y se va con vuestra constancia y creatividad —si es que alguna vez las tuvisteis— y os quita un peso de encima.
Eso está bien. No tenéis por qué ser constantes. No hay nada que demostrar. Un día sentís que lo habéis dicho todo y que nadie os ha escuchado. Poco o nada queda de las expectativas del principio. La realidad las desinfló hasta hacerlas desaparecer y ya no os compensa el gasto de tiempo y esfuerzo.
Lo mejor es que, cuando esas sensaciones llegan, aceptáis tanto como entendéis que escribir por amor al arte nunca fue para vosotros. Que hay toda una vida ahí fuera, donde conectar con los demás es mucho más sencillo que hacerlo escribiendo.
Idealizasteis demasiado un acto solitario del que nunca se ha de esperar nada.
Se dice que la Noche de San Juan es un escenario propicio para cerrar ciclos, desprenderse de las energías negativas y afrontar nuevos comienzos. Sin embargo, el loco no es santo ni se llama Juan. Incluso sus amigos más cercanos desconocen su nombre; solo saben que es un pecador, un alma libre cuya conciencia no vive entre rejas. No siente la necesidad de finalizar ni de comenzar nada y está muy cómodo con sus vibraciones espirituales. Así que se cuelga a la espalda su aparatoso dragón artificial, sale a la calurosa noche del veintitrés de junio e ilumina con lengüetazos de fuego las verbenas que encuentra a su paso.
En un momento especialmente gracioso, el loco deja atrás a una numerosa agrupación de figuras llameantes de diversas edades que corren desordenadas hasta caer consumidas. Aún siente la hipnótica fascinación que le producen al contemplarlas cuando la voz cascada de una anciana, que proviene de una ventana cercana, lo saca de su hipnosis:
—¡Eh, tú! ¿Qué tal si fríes a esos hijos de puta de allí? ¡Aquí no hay quien duerma, maldita sea!
De otra ventana del mismo edificio asoma un niño pecoso de unos diez años. Tiene en su regazo una temblorosa y gimoteante bola de pelo y, con su vocecita al borde del llanto, el infante implora:
—Señor, haga algo. Mi perrito no para de vomitar.
En efecto, una calle más abajo hay un escandaloso grupo de jóvenes y adultos participando en una orgía pirotécnica de considerables proporciones. El loco piensa que hay que aprovechar las oportunidades que se presentan para hacer el bien. Así que actúa como la madre naturaleza: decisivo y contundente, sin hacer distinciones. Su dragón de hierro ruge de cuatro a cinco veces, se hace el silencio y una treintena de ciudadanos incandescentes corren en todas direcciones como brasas azuzadas por el viento.
El loco oye unas sirenas a lo lejos, lo que significa que algún ciudadano ejemplar ha llamado a los perros amaestrados del amo. Aunque también podrían ser los paramédicos. Si ve aparecer a los mismos que cargan por la espalda contra profesoras jubiladas cuando estas se manifiestan para reclamar mejoras educacionales, el loco les presentará el infierno. A veces tiene ciertos estados de lucidez y elige bien.
La fiesta del fuego seguía su curso en varios puntos de la ciudad y la gente se congregaba alrededor de las piras como si fueran deidades. De vez en cuando, algunos lanzaban ofrendas a las llamas. La gente quemaba cosas y el loco quemaba personas. En su mente, todo era lógico y fluido.
El loco está eufórico. Ha estado moviéndose por el mercado negro y las zonas prohibidas de la ciudad y, por fin, ha conseguido un Flammenwerfer 41 en perfecto estado de conservación y funcionamiento.
Él, cumpliendo con lo acordado, ha pagado con un riñón de niño, una médula ósea de niña, un pulmón de adolescente y un cuero cabelludo de virgen.
Esta noche tiene pensado personarse en varias de las verbenas que se van a celebrar en las zonas adineradas de la ciudad. Se mezclará entre las familias y los grupos de amigos y explotará todas las capacidades de su reciente adquisición.
Cuando era niño, gracias a la barroca literatura de Lovecraft, me interesé por una macabra técnica llamada bibliopegia antropodérmica. Menuda decepción me llevé años más tarde, al enterarme de que el Necronomicón no es uno de los libros encuadernados en piel humana que aún se conservan; no era más que pura ficción.
Sin embargo, creo que debería existir un libro que infundiera miedo al leerlo. O que, tras su lectura, provocara la muerte o una locura irreversible. Ulises, de Joyce, es un claro ejemplo. No está escrito ni encuadernado con sangre y piel humanas, pero cualquiera que logre leerlo acabará en los cipreses o como yo. Os lo aseguro.
En aquel entonces, durante varios días, soñaba con cadáveres humanos cuyos abdómenes y espaldas eran desollados de forma artesanal por manos expertas y aplicadas. También, en especial, con un libro de título impronunciable y contenido prohibido, encuadernado con el escroto del autor debido a su elasticidad. Mi mente infantil estaba completamente sugestionada.
Según las leyendas de mis ensoñaciones, ese singular ejemplar era fácilmente identificable, pues de él crecía un vello púbico rizado e insolente. Tan pronto era subastado, robado u ocultado en una biblioteca como extraviado en la profundidad del océano o desaparecido en remotos confines terrenales. El mágico libro escrotal viajaba de mano en mano a través de los siglos, merced a los impredecibles caprichos del destino.
Al final de aquellas extrañas elucubraciones, no sé cómo, siempre encontraba el libro mucho antes que los gobiernos y las organizaciones secretas que lo codiciaban. Cuando lo tenía ante mí, me enfundaba unos guantes de látex color carne sin perderlo de vista. Acercaba las manos con lentitud y, justo cuando estaba a punto de sentir su contacto epidérmico y velloso, me despertaba de súbito, con una de mis manos agarrada a mi escroto y exclamando:
Te recordamos, oh, Ali Agca, en estos tiempos de presencia papal en tierra falsamente aconfesional. Las masas aclaman al pontífice y los Lobos Grises olisquean el aire. Algún día sucederá, Ali.
Ficho a las 23:20. La jornada de esclavitud vespertina ha finalizado. Abro la puerta de mi nicho-vivienda a las 23:42. Está silencioso y parcialmente oscuro. Nunca bajo las persianas hasta que me voy a dormir.
Nadie me da la bienvenida ni me pregunta cómo me ha ido el día. Nadie me espera. Ni siquiera tengo peces cautivos. Prefiero que naden en el río, aunque huela a podrido. Tampoco tengo pájaros enjaulados. Son más bellos aleteando en el cielo, aunque esté contaminado.
No preparo nada de cenar porque no tengo hambre. No tengo hambre porque comí en el trabajo demasiado tarde. Enciendo una vela, una varilla de incienso y el libro electrónico, y me tumbo en el sofá. Siempre en ese orden inconsciente, disfrutando de la libertad absoluta de movimientos, de momentos no compartidos.
La paz que respiro en ese momento es irrenunciable. La misma de tantos momentos incontables ya vividos, que ahora vuelve a colmarme de dicha, calma espiritual y sosiego mental.
No me dejes nunca, querida soledad, y acompáñame hasta el final del camino.
¿Se puede morir de tristeza? ¿Se puede morir por el llamado síndrome del corazón roto?
Tal denominación no es ciencia ficción, ni literatura trasnochada, ni obra de un poetastro. La comunidad médica y científica no acaba de discernir la causa exacta de esta clase de miocardiopatía, pero parece que sí: se puede morir de pena.
Llevo horas leyendo sobre ello y estoy convencido de que nunca acabaremos de desentrañar del todo el alma humana.
Independientemente de la música que armoniza nuestras vidas, estaréis de acuerdo en que hay canciones que son proféticas y que no solo se adelantan a su tiempo, sino que también perviven en la actualidad.
Seguro que, al respecto, podríamos reunir un buen puñado de ellas.
Creo que uno de los ejemplos más definitorios y precisos es una canción compuesta tras el asesinato de cierto presidente estadounidense por un conocido componente de un dúo de la misma nacionalidad. La canción trascendió su propio contexto y terminó convirtiéndose en un reflejo fiel de la era actual.
¿Quién iba a decir, en 1964, que una canción de aquella época nos contaría que, en la cima de la hiperconectividad, el sonido imperante sería el del silencio?
Muy atrás quedó el tiempo en que J. J. llevaba el pelo largo hasta media espalda y el flequillo rozándole las pestañas. Pero aún hoy se niega a raparse, pese a que su cráneo muestra una pronunciada deforestación parietal y un despeje frontal digno del capó de un Seiscientos.
Aunque J. J. lo sabe, sus amigos de toda la vida le recordamos que tipos como Phil Anselmo, de Pantera; Scott Ian, de Anthrax; o John Gallagher, de Dying Fetus, van rapados por su alopecia y siguen siendo igual de auténticos que cuando eran greñudos. También le decimos que, dada nuestra edad, hay ciertas gilipolleces adolescentes que ya debería tener superadas. Pero J. J. sigue siendo muy presumido y, para él, la calvicie es sinónimo de fealdad y de carencia de atractivo masculino.
Tampoco sirve de nada el hecho de que J. J. lleve veintinueve años de relación con su mujer. Lo que quiere decir que hace ya veintinueve años que no tiene que enamorar a nadie y que podría raparse sin temor a quedarse soltero. No es que esté obligado a ello, claro. De hecho, sus amigos entendemos tan bien como él mismo que la transición de melenudo a calvo es dura. Pero más duro es verlo con un corte de pelo idéntico al de Bishop, el valeroso androide de la segunda entrega de la saga Alien.
Hubo que inventarte traidora porque eras demasiado bella. Hubo que fabular contra ti para no reconocer que eras irresistible y que tu canto era capaz de doblegar la voluntad de cualquier hombre. Quizás por ese mismo embrujo me sumerjo cada día en las olas, con la esperanza de encontrarte.
Pero nunca apareces. No hay atisbo alguno de lo que creí ver hace años, cuando me sacaste del abismo de agua en el que pensé que iba a morir. Ahora, por más tiempo que pase contemplando la inmensidad del mar, un día tras otro, sé que siempre me quedará la duda de si fuiste realidad o espejismo.
Te inventaron como ninfa mortífera del océano, pero a mí me dejaste en la orilla con una nueva vida, una obsesión y un gélido beso de salitre.
El otro día transité por el extrarradio hasta llegar al tanatorio del polígono industrial situado en la zona oeste de la ciudad. Conozco bastante bien ese sitio, pero no tenía ni idea de que una de las naves más grandes que hay frente al tanatorio fuera un gimnasio.
Enseguida, y sin venir a cuento, establecí un contrapunto chorra.
A un lado estaba el templo expositor de los muertos, maquillados y bien trajeados, a la espera de convertirse en un puñado de cenizas dentro de una urna o en pasto de larvas bajo las raíces de los cipreses. Rostros impasibles y ambiguos, velados por rostros de ojos llorosos y narices moqueantes.
Al otro lado, anatomías jóvenes y de mediana edad autosometidas a la tortura de las pesas y al cardio obsesivo. Rostros sudorosos y esforzados, en lucha constante por retrasar los efectos devastadores de la inevitable decrepitud.
Sea como sea, la muerte y la vida siempre van juntas. Siempre están cerca la una de la otra. Hasta que la primera —siempre la primera— decide romper la relación.
Como todas las mañanas de los últimos diez años, Mr. Brown se coloca en un rincón de la sala y mira con los ojos muy abiertos. Nunca son las mismas imágenes las que ve, pero siempre se presentan ante él en el más absoluto silencio e inmovilidad.
Esta vez, al fondo, a la derecha, una niña sonriente de ojos luminosos está envuelta en una constelación jabonosa que ha surgido a soplidos de su pompero verde. A su lado, un niño mira la diminuta pelota de goma que se mantiene ingrávida sobre su cabeza, esperando con la mano abierta un descenso que nunca se produce. Delante del joven, una mujer obesa de largas trenzas que apuntan al techo juega a la comba en un salto suspendido en el aire. Más a la izquierda, una mujer se desagua en un arqueado chorro eyaculatorio que se interrumpe a pocos centímetros de la espalda de un anciano. A su vez, el anciano forma en el aire un abanico inalterable con la baraja que manipula de izquierda a derecha. Junto al anciano, un hombre de mediana edad permanece inclinado en un gesto imposible, con los brazos extendidos para evitar una caída que nunca llega a producirse. A la izquierda del hombre que se precipita, una bella adolescente ha escupido una flema del tamaño de una nuez que se mantiene a medio camino de la ventana abierta.
Entonces, en algún momento de esas manifestaciones humanas congeladas en el tiempo, Mr. Brown oye un pitido y, desde el extremo más alejado de su rincón, percibe un movimiento. De allí surge una niña de unos seis años que se acerca a él con la lentitud hipnótica de los sueños. Lo hace a la pata coja, alternando tanto la pierna izquierda como la derecha. A cada leve salto se altera la uniformidad de su largo cabello, que cae tras su espalda como una cascada de trigo y que mantiene sujeto con una diadema elástica. Lleva una blusa de algodón de manga corta por la que asoman unos bracitos que semiflexiona para mantener el equilibrio. Sobre la blusa luce un sencillo vestido, de un azul eléctrico y hasta media pierna, que ondea como una suave brisa a cada movimiento. Sus pies menudos, cubiertos con calcetines de seda, calzan unos lustrosos mocasines de charol que brillan como si una estrella estuviera atrapada en ellos.
La niña acaba por sortear a todos los figurantes estáticos que habitan la sala. Mr. Brown se encoge en su rincón hasta hacerse un ovillo y la mira. Desde abajo le parece un ser enorme e intimidante. La niña acerca su cara, posa una mano amigable sobre su hombro y, con inconfundible voz masculina, le comunica:
Hubo una tarde de un día inopinado en la que yo conducía en dirección a casa de mis padres. Desde mi punto de salida y con el tráfico habitual, los quince kilómetros a cubrir suponían un cuarto de hora de conducción, siempre y cuando no surgiera algún contratiempo.
La carretera por la que transitaba conocía bien la fragilidad del envoltorio humano y su interioridad. Casi siempre eran jabalíes, perros y gatos los cadáveres a recoger. Pero en algunos puntos de los dos arcenes todavía quedaban, aunque decrépitos, siniestros recordatorios florales de quienes hicieron su último viaje.
El cielo, como un siniestro presagio, era una gigantesca acuarela de tonalidades negras y azuladas. Pero no fue un aguacero lo que se desató a mitad de trayecto, sino una granizada de tal magnitud que imposibilitó la conducción y me obligó a parar en el arcén, justo delante de la entrada del matadero comarcal.
El sonido que producía el granizo al ametrallar el coche ahogaba mis pensamientos. Más allá del parabrisas y las ventanillas, el mundo parecía un lugar irreal y difuso. Semejante cuadro me produjo una sensación de indefensión psicodélica que me transportó a las diez plagas de Egipto y a la construcción del arca.
En esos delirios dimensionales estaba cuando decreció la intensidad de la granizada, y vislumbré con imprecisión acuosa que de la puerta metalizada del matadero salían dos chinos. Ambos iban cubiertos con una cofia blanca, vestidos con un delantal ensangrentado de poliuretano de color azul y calzados con unas botas de agua de seguridad blancas.
Por sus aspavientos, parecían estar enzarzados en una acalorada discusión sobre un montón de cajas de cartón que tenían apiñadas al descubierto, y que el granizo había destruido por completo. No podía apartar la vista de ellos, y mi mente pasó de las ensoñaciones bíblicas a las películas de artes marciales ambientadas en la China del siglo XVIII.
Presentía que de un momento a otro, aquellas dos figuras borrosas y empapadas se elevarían del suelo con un salto vertical imposible, y medirían su depurado kung-fu en un enfrentamiento ingrávido envuelto en lluvia. Pero la granizada acabó por remitir, un rayo de sol asomó por una grieta del cielo y los conductores pudimos reanudar la marcha.
Durante el resto del trayecto tampoco hubo muertes en aquel asfalto.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que nos señalabas, nos mirabas de reojo e incluso te burlabas. Pero siempre desde lejos y acompañado, no fuera a ser que nos diéramos cuenta y te pidiéramos explicaciones.
Lo sé, lo sé... Quizá nosotros también fuimos algo culpables de que los de tu cuerda nos asociarais con el satanismo, la drogadicción y el alcoholismo como modo de vida. Puedo admitir eso hasta cierto punto. Pero nunca hemos sido culpables de vuestra ignorancia al respecto.
También nos tachabas de piojosos porque el que tenía el pelo más corto lo llevaba por media espalda. Ah, y salvajes, sí. Recuerdo que también nos considerabas salvajes y antisociales porque vestíamos como si fuéramos extras de algún rodaje de Mad Max.
Menudo desengaño te llevaste cuando la primera hostia que te dieron llegó de mano y puño de gente que vestía tan bien como tú y frecuentaba los mismos garitos nocturnos. Nosotros, en cambio, nunca te tocamos un pelo por muchas razones que tuviéramos para ello.
El tiempo nos ha llevado al hoy y resulta que los piojosos salvajes no éramos tan malos. Hasta seguimos vivos. ¡Con lo que nos drogábamos! Por si fuera poco, en lugar de acabar encarcelados, como decías, hemos terminado integrándonos en la pútrida sociedad tanto como tú. Algunos incluso han tenido hijos. Y no solo eso: ¡en lugar de irse al bar, cuando eran pequeños se los llevaban al parque como los padres normales!
También asegurabas que ese ruido insoportable que tanto defendí era una moda pasajera. Pero aquí estoy, en un concierto al aire libre, frente a un grupo que inició su andadura musical cuando tú y yo éramos unos niñatos. ¡Cómo ha pasado el tiempo!
No sé qué seguirás pensando en este momento, ahora que somos dos cincuentenarios. Pero, a juzgar por el júbilo de los quinientos mil desconocidos íntimos que me rodean, sigues sin hacernos ninguna falta.
A mí siempre me ha gustado el cómic. Para ser más exactos, el de superhéroes, aunque siempre acabe sintiendo predilección congénita por los supervillanos. De hecho, si estos últimos no existieran, ¿para qué querríamos a los superhéroes? ¿Para rescatar del árbol al gato de la abuela? ¡Para eso ya tenemos a los bomberos y al ciudadano ejemplar!
El bien necesita el mal para existir, y este último existe porque existimos nosotros. Así que no hay problema: tendremos superhéroes hasta que se apague el sol. Aunque sean de pacotilla. Pero, dados los últimos acontecimientos relacionados con patógenos infecciosos y muertes por contagio, me he aficionado a un superhéroe que llevaba años en el olvido y que ahora vuelve a estar de actualidad.
Y no es otro que Super Ratón.
Mientras me asomo al balcón a ver si lo veo, escucharé una magnífica obra musical premonitoria titulada Spreading the Disease.
La melódica alarma del móvil me arrancó de mi sueño tranquilo a las cinco de la mañana de mi día de fiesta, lo que significó que olvidé desconectarla. Acto seguido estuve a punto de estrellarlo contra el suelo, pero no lo hice. Después intenté reconectar con el sueño, pero no lo conseguí. Así que no me quedó más opción que volver del todo al mundo de la consciencia.
Como estaba inapetente, decidí reanudar la lectura de un libro digital descargado ilegalmente. Pero no fue posible, porque el eReader necesitaba su energía tanto como un sediento necesita agua. Así que conecté el dispositivo a su ración de 220 V y me dispuse a leer en formato físico. Tampoco pudo ser, porque recordé que el día anterior me había dejado en casa de mis padres las gafas que palian con suma eficacia mi presbicia cincuentenaria.
Mi enfado conmigo mismo fue en aumento, de modo que decidí escuchar un repertorio de canciones revitalizantes que me transmitieran positividad. Pero resulta que los auriculares llevaban días fallando, hasta que hoy fallaron del todo, y algo virulento empezó a arderme en las entrañas. Probé con el ordenador y, menos mal, funcionaba. Podría escribir lo que fuera hasta que se me abriera el apetito. Hacerlo era mi salvavidas y no necesitaba gafas para ello. Pero de súbito se hizo la oscuridad absoluta y yo, enajenado, maldije con tanta pasión todo lo sagrado que, en ese momento, millones de crucifijos domésticos ardieron por combustión espontánea.
Cuando me calmé, comprobé que el magnetotérmico había interrumpido el paso de la corriente eléctrica y que lo interrumpía tantas veces como yo lo rearmaba. Tras unas sencillas comprobaciones, linterna en mano, averigüé que el causante del cortocircuito era el calentador del agua. Entonces blasfemé con tanta devoción que cientos de iglesias de todos los continentes se desmoronaron con estruendo ensordecedor.
¿Qué podía hacer hasta que abrieran los comercios? ¿Hacer ejercicio casero? ¿Escribir un post manuscrito con la linterna en la boca? ¿Practicar yoga en medio del comedor para conectar con el espíritu de Anton LaVey? ¿Asomarme al balcón y tomar el aire? ¡No puedo subir la persiana hasta que no cambie el puto calentador de agua!
Ya fuera por razón arcana o cósmica, el destino me estaba negando la realización de todas mis aficiones cuando más las necesitaba.
Hoy se había convertido en un enemigo desconocido.
De niño pasaba muchas tardes veraniegas en el desván de la casa de mis abuelos. Para mí era un sitio mágico detenido en el tiempo, atiborrado de trastos antiguos, algunos de veras extraños. Me encantaba cómo la luz del día entraba por la enorme ventana circular y se dibujaba en el suelo de madera. Era como si el sol estuviera dentro.
Una de aquellas tardes en las que mis abuelos descuidaron su vigilancia, descubrí en el desván un baúl antiguo oculto bajo una manta raída. Dentro había montones de fajos de papel amarillento anudados con un cordel y un libro encuadernado en cuero arrugado. Dado su considerable tamaño y grosor, tuve que emplear mis dos bracitos para sacarlo.
Cuando lo tuve entre mis deditos, me senté en medio del círculo solar con el libro sobre mis piernecitas, cruzadas a modo de atril. Una elegante cenefa en relieve bordeaba la cubierta del libro y, cuando lo abrí dispuesto a leer, se liberó un intenso olor a rancio que me hizo arrugar la nariz. Cuál fue mi sorpresa al comprobar que el libro no contenía letras, sino multitud de fotos en blanco y negro y tonos sepia de bebés, niños y niñas de mi edad, sentados o acostados, tanto en solitario como por parejas, sueltos o cogidos de la mano.
Cuando llegué a la última fotografía me pregunté por qué todos aquellos niños estaban tan serios. Muchos tenían la boca abierta y unos pocos, los ojos cerrados, pero ninguno sonreía. Cuando a mis amigos y a mí nos tenían que fotografiar, nuestros padres y profesores siempre nos obligaban a sonreír ante la cámara, por mucho que nos fastidiara. Y que yo supiera, nunca nos hacían fotos cuando dormíamos.
Años más tarde, aunque tampoco tantos, supe que aquel olor característico que me hizo torcer el gesto responde al curioso nombre de bibliosmia. Que existen términos sobre la muerte tan macabros y sugerentes como memento mori, rigor mortis y post mortem. Y que aquel ejemplar oculto en el antiquísimo baúl del desván de mis abuelos era el libro de los muertos.
Ayer me encontré a Crespín en la caja de cobro del supermercado. Observé que su compra consistía en un lote de cerveza cuya marca ese día estaba de oferta. Los hay que compran lo que pueden y los que pueden comprar cualquier nutriente indistintamente de su precio. Crespín es de los segundos, pero siempre compra desde la carencia.
Cuando le llegó el turno de pagar, de uno de los bolsillos de su pantalón sacó lo que parecía una bolsa de plástico comprimida hasta el tamaño de una pelota de golf. Tan pronto la desarrugó, todos los presentes en aquella cola constatamos que, en efecto, era una bolsa reutilizable de plástico. Un segundo después, también vimos cómo la bolsa se desintegraba en multitud de diminutos trozos.
Aunque lo pareció, no fue un truco de ilusionismo ni estaba yo bajo el engañoso efecto de algún alucinógeno. Como es bien sabido, todo perece un día u otro, ya sea por caducidad o por fatiga. Y las bolsas reutilizables de plástico también, sobre todo cuando han sido reutilizadas mucho más allá de su propia capacidad de reutilización.
Tampoco se me escapó el enorme fastidio que se le dibujó en la cara a Crespín: tendría que pagar por una bolsa nueva, cuando estas valen entre 0,10 y 0,60 €.
Ayer, Día Internacional del Libro, el cartero te trajo una carta certificada. Tenía que asegurarme de que la leyeras, porque a veces el correo ordinario no llega allí donde debe. Por suerte, el funcionario te encontró en casa, pues estabas conectando con tu audiencia de palmeros desde tu ordenador personal.
En esa carta certificada te explico que las personas que nos pasamos la vida leyendo libros hasta la tumba no nos vanagloriamos de ello ni nos creemos moralmente superiores a quienes optan por otro tipo de locura. Después de leerla, sonreíste con desdén y, justo como calculé, la carta estalló antes de que la arrugaras para tirarla a la basura.
Te diste un susto de muerte, pero no moriste. La carta bomba certificada contenía la carga explosiva justa para que solo se te abrasaran las pestañas, las cejas, las mejillas y la punta de la nariz. Bueno, quizá también se te hayan calcinado un poco el cuello, el tórax y las manos. Pero no pasa nada porque descanses un poco de tu cuenta de Instagram mientras te recuperas.