28/4/26

546. Gasto imprevisto

    Ayer me encontré a Crespín en la caja de cobro del supermercado. Observé que su compra consistía en un lote de cerveza cuya marca ese día estaba de oferta. Los hay que compran lo que pueden, y los que pueden comprar cualquier nutriente indistintamente de su precio. Crespín es de los últimos, pero siempre compra desde la carencia. 

    Cuando le llegó el turno de pagar, de uno de los bolsillos de su pantalón sacó lo que parecía una bolsa de plástico comprimida al tamaño de una pelotita de golf. Tan pronto la desarrugó, todos los presentes en aquella cola constatamos que, en efecto, era una bolsa de plástico reutilizable. Un segundo después, también vimos cómo la bolsa se desintegraba en multitud de trozos diminutos.

    Aunque lo pareció, no fue un truco de ilusionismo, ni estaba yo bajo el engañoso efecto de algún alucinógeno. Como es bien sabido, todo perece un día u otro, ya sea por caducidad o fatiga. Y las bolsas reutilizables de plástico también, cuando han sido reutilizadas mucho más allá de su propia capacidad de reutilización.

    Tampoco se me escapó el enorme fastidio que se le dibujó en la cara a Crespín: tendría que pagar por una bolsa nueva, cuando valen entre 0,10 y 0,60 €.

    Y ese gasto no estaba previsto.



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