548. Nimios contratiempos de un occidental acomodado

    La melódica alarma del móvil me arrancó de mi sueño tranquilo a las cinco de la mañana de mi día de fiesta, lo que significó que olvidé desconectarla. Acto seguido estuve a punto de estrellarlo contra el suelo, pero no lo hice. Después intenté reconectar con el sueño, pero no lo conseguí. Así que no me quedó más opción que volver del todo al mundo de la consciencia.

    Como estaba inapetente, decidí reanudar la lectura de un libro digital descargado ilegalmente. Pero no fue posible, porque el eReader necesitaba su nutriente tanto como un sediento terminal necesita agua. De modo que conecté el dispositivo a su ración de 220 V y, mientras tanto, leería en formato físico. Tampoco pudo ser, porque recordé que el día anterior me dejé en casa de mis padres las gafas que palian con suma eficacia mi presbicia cincuentenaria.

    Mi enfado conmigo mismo fue en aumento. Así que, hasta que se me abriera el apetito, escucharía un repertorio de canciones revitalizantes que me transmitieran positividad. Pero resulta que los auriculares llevaban días fallando hasta que hoy fallaron del todo. Algo virulento me empezó a arder en las entrañas. Con todo, el ordenador funcionaba, así que decidí arrancarlo y escribir lo que fuera. Hacerlo era mi salvavidas y no necesitaba gafas para ello. Pero de súbito se hizo la oscuridad absoluta, y yo, enajenado, maldije con tanta pasión a todo lo sagrado, que en ese momento millones de crucifijos domésticos ardieron por combustión espontánea. 

    Cuando me calmé, comprobé que el magnetotérmico había interrumpido el paso de la corriente eléctrica, y lo interrumpía tantas veces como yo lo rearmaba. Tras unas sencillas comprobaciones linterna en mano, averigué que el causante del cortocircuito era el calentador del agua. Entonces blasfemé con tanta devoción, que cientos de iglesias de todos los continentes se desmoronaron con estruendo ensordecedor.  

    ¿Qué podía hacer hasta que abrieran los comercios? ¿Hacer ejercicio casero? ¿Escribir un post manuscrito con la linterna en la boca? ¿Practicar yoga en medio del comedor para conectar con el espíritu de Anton LaVey? ¿Asomarme al balcón y tomar el aire? ¡No puedo subir la persiana hasta que no cambie el puto calentador de agua!

    Ya fuera por razón arcana o cósmica, el destino me estaba negando la realización de todas mis aficiones cuando más las necesitaba. 

    Hoy se había convertido en un enemigo desconocido.



                               

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