Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que nos señalabas, nos mirabas de reojo e incluso te burlabas. Pero siempre desde lejos y acompañado, no fuera a ser que nos diéramos cuenta y te pidiéramos explicaciones.
Lo sé, lo sé... Quizá nosotros también fuimos algo culpables de que los de tu cuerda nos asociarais con el satanismo, la drogadicción y el alcoholismo como modo de vida. Puedo admitir eso hasta cierto punto. Pero nunca hemos sido culpables de vuestra ignorancia a ese respecto.
También nos tachabas de piojosos porque el que tenía el pelo más corto le llegaba a media espalda. Ah, y salvajes, sí. Recuerdo que también nos considerabas salvajes y antisociales, porque vestíamos como si fuéramos extras de algún rodaje de Mad Max.
Menudo desengaño te llevaste cuando la primera hostia que te dieron llegó de mano y puño de gente que vestía tan bien como tú y frecuentaba los mismos garitos nocturnos. Nosotros, en cambio, nunca te tocamos un pelo por muchas razones que tuviéramos para ello.
El tiempo nos ha llevado al hoy y resulta que los piojosos salvajes no éramos tan malos. Hasta seguimos vivos. ¡Con lo que nos drogábamos! Por si fuera poco, en lugar de acabar encarcelados como creías, hemos terminado integrándonos en la pútrida sociedad tanto como tú. Algunos incluso han tenido hijos. Y no solo eso: ¡en lugar de irse al bar, cuando eran pequeños se los llevaban al parque como los padres normales!
También asegurabas que ese ruido insoportable que tanto defendí era una moda pasajera. Pero aquí estoy, en un concierto al aire libre, frente a un grupo que inició su andadura musical cuando tú y yo éramos unos niñatos. ¡Cómo ha pasado el tiempo!
No sé qué seguirás pensando en este momento, ahora que somos dos cincuentenarios. Pero a juzgar por el júbilo de los quinientos mil desconocidos íntimos que me rodean, sigues sin hacernos ninguna falta.
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