15/5/26

551. Atrapado en la tormenta

    Hubo una tarde de un día inopinado en la que yo conducía en dirección a casa de mis padres. Desde mi punto de salida y con el tráfico habitual, los quince kilómetros a cubrir suponían un cuarto de hora de conducción, siempre y cuando no surgiera algún contratiempo. 

    La carretera por la que transitaba conocía bien la fragilidad del envoltorio humano y su interioridad. Casi siempre eran jabalíes, perros y gatos los cadáveres a recoger. Pero en algunos puntos de los dos arcenes todavía quedaban, aunque decrépitos, siniestros recordatorios florales de quienes hicieron sobre ruedas su último viaje. 

    El cielo, como un siniestro presagio, era una gigantesca acuarela de tonalidades negras y azuladas. Pero no fue un aguacero lo que se desató a mitad de trayecto, sino una granizada de tal magnitud que imposibilitó la conducción y me obligó, en consecuencia, a parar en el arcén, justo delante de la entrada del matadero comarcal.

    El sonido que producía el granizo al ametrallar el coche ahogaba mis pensamientos. Más allá del parabrisas y las ventanillas, el mundo era un lugar irreal y difuso. Semejante cuadro me produjo una sensación de indefensión psicodélica que me transportó a las diez plagas de Egipto y a la construcción del arca.

    En esos delirios dimensionales estaba cuando decreció la intensidad de la granizada, y vislumbré con imprecisión acuosa que de la puerta metalizada del matadero salían dos chinos uniformados con cofia blanca, delantal ensangrentado de poliuretano de color azul y unas botas de agua de seguridad blancas. 

    Por sus aspavientos, parecían estar enzarzados en una acalorada discusión sobre un montón de cajas de cartón que tenían apiñadas al descubierto, y que el granizo había destruido por completo. No podía apartar la vista de ellos, y mi mente pasó de las ensoñaciones bíblicas a las películas de artes marciales ambientadas en la China del siglo XVIII. 

    Presentía que de un momento a otro se elevarían del suelo con un salto vertical imposible, y medirían su depurado kung-fu en un enfrentamiento ingrávido. Pero la granizada remitió, un rayo de sol asomó por una grieta del cielo y los conductores pudimos reanudar la marcha.

    Durante el resto del trayecto tampoco hubo muertes.



1 comentario:

  1. a veces, en días de tormenta, de granizo, de perros en definitiva, el universo se rasga por un instante y nos deja contemplar otras dimensiones.. por lo que veo, da igual la dimensión, los animales seguirán siendo sacrificados.

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