Antes de la pandemia éramos un reducido grupo de amigos que se veían casi a diario. Lo teníamos todo a favor para creer que aquello perduraría en el tiempo. Pero llegó el confinamiento domiciliario, fuera o no necesario, y nos obligó a seguir viviendo con las relaciones sociales bajo cero.
Tampoco tuvimos otra opción, quedadas clandestinas aparte.
Hace ya cinco años que podríamos haber reemprendido aquella modesta sociedad que aún hoy sigue congelada. Me consta que por aquel entonces todavía seguíamos teniéndolo todo a favor. Hubiera bastado, incluso ahora, algo tan sencillo como que uno de los integrantes enviara un mensaje de móvil o una llamada trivial, al menos para intentarlo. Pero no ha sido así; no lo hacemos. Y esto no es un reproche ni una lamentación. Tan solo es la serena constatación de una verdad, no sé si incómoda pero real como la muerte, de que la amistad, quizás, no es lo que nos han contado en los libros y en las películas.
El confinamiento nos acostumbró a no necesitarnos, y la vida nos demuestra que tales hechos, cuando suceden, simplemente no duelen. Quizás siempre ha sido así. Vivimos en una adaptación constante en la que, en realidad, nadie necesita a nadie, y solo hacía falta el escenario adecuado para que nos diéramos cuenta y quedara demostrado.
Priorizamos. En base a nuestra emociones, tan solo priorizamos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
RAJA LO QUE QUIERAS