Era su primer día en la mina. A media mañana, minutos después del almuerzo, se acercó hasta mí y me preguntó con cierto reparo y mucha urgencia lo que siempre inquieren todos los nuevos un día u otro.
Le di las indicaciones pertinentes y, sin pensárselo, se colocó el resto de su EPI (equipo de protección individual), que comprende, además de lo que ya llevaba puesto, el autorescatador de oxígeno y la lámpara recargable de LED. Luego se proveyó de una generosa cantidad de papel azul secamanos de la gruesa bobina industrial. Se montó en uno de los muchos coches que utilizamos para los desplazamientos y, como una bala, se dirigió a donde lo envié.
Sonreí mientras se alejaba. Los que llevamos años trabajando en las profundidades terrenales hemos padecido esa misma urgencia más de una vez. «Espero que le dé tiempo», pensé. Y luego me pregunté qué cara traería a su regreso. Algunos novatos disimulaban su conmoción por puro orgullo. Pero los que más eran incapaces de ocultarla. Él fue de los últimos.
Volvió a dirigirse a mí, con el semblante sin atisbo de urgencia, pero del todo desencajado. Y me recriminó que yo era un cabrón por haberlo mandado a hacer sus necesidades excretoras a una galería enorme y sin luz, que además rebosaba de mierda en diferentes fases de descomposición y apestaba como mil letrinas.
«Pues claro», contesté. «Estás en una mina a novecientos metros de profundidad». Y mi momento preferido: «¿Qué te pensabas encontrar? ¿Un jardín?».
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