Demetario está jodido. Ya ha pasado un mes desde que Macaria saliera de su vida debido a una flatulencia. Apestosa, sí. Puede que la más apestosa de cuantas ha traído al mundo, tanto en compañía como en soledad. ¡Pero una mera y mundana flatulencia, por Dios! Qué culpa tiene él de padecer digestiones pesadas. Encima, la muy insensible no se digna ni a devolverle las llamadas.
Demetario nunca antes había experimentado semejante añoranza. Esta es más intensa que el dolor provocado por las enérgicas coceadas de Macaria a las tres de la mañana cuando él la desquiciaba con sus ronquidos. Ahora, la cama de matrimonio se ha quedado demasiado espaciosa y fría. Y los vecinos maldicen y temen en la misma medida la hora de irse a dormir.
Como es lógico, Demetario se siente solo y no tiene con quien cubrir cierta necesidad vital. Eso significa que corre el riesgo de acabar bebiendo más que Bukowski, o de convertirse en un putero más compulsivo que Demenciano. O las dos cosas. Pero no lo permitirá. Sabe que la carne puede ser débil o más poderosa que el acero, como le demostró el poderoso hechicero Thulsa Doom a Conan el bárbaro en 1982. La fe en sí mismo será su arma.
Tanto es así que ha reconectado con su yo pubescente y se masturba de siete a ocho veces diarias. Lo normal para una persona con la libido sana. Para enriquecer sus sesiones de alivio solitario, tiene intención de comprar alguno de los variados artilugios del género masculino que oferta el sex shop de la esquina al que nunca antes había entrado. Pero siempre sale con las manos vacías. Esas vaginas de plástico poseen una textura adictiva y parecen susurrar su nombre, pero no son el coño de Macaria, capaz de curar la impotencia masculina más severa y derrocar el más poderoso imperio. Esas muñecas artificiales desprenden un realismo sobrecogedor en forma y fondo, pero no son el cuerpo de Macaria, templo de llamas incombustibles en las que consumirse y renacer de deseo una y otra vez.
Así de mal está Demetario. Y de ninguna manera contempla la posibilidad de pasar página y conocer a otra mujer que borre el recuerdo de Macaria. Quizá su salvación radica en un intento por recuperarla.
Iba siendo hora de reaccionar en serio.
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