20/1/26

518. Nombres propios

    Si has ido leyendo esta bitácora con asiduidad y desde el principio, sabrás que para mis personajes reales y ficticios, sean masculinos o femeninos, escojo nombres propios de registro civil antiguo. No son nombres atractivos, pero sí bellos por su pronunciación intrincada y a veces musical.

    Desde hace un tiempo, padres y madres optan para sus bebés por nombres agéneros como Iu, Ua, Bo, Jo, Su, Li, Al, Cy, Lu, Mo, Oz, Ed, Ot, Ad, En, Yo, Io, Ia, Es, An, etc., con el fin de diferenciarlos del resto y dotarlos de exclusividad y originalidad, aunque tales elecciones sean más feas que un puñado de pelos mojados obstruyendo el desagüe de una pica mugrienta.

    Dentro de algunos años, cuando esos nombres sean comunes, madres y padres volverán a superarse con nuevas denominaciones diferenciadoras de exquisita sonoridad, tales como Pq, Mñ, Fg, Lt, Jk, Zb… Y dado lo vil de nuestra raza, sus retoños vivirán una infancia traumática de burla y señalamiento que acabará en la edad adulta cuando puedan cambiarse el nombre.

    Para entonces, el daño causado será irreparable.

    Con todo, la mujer siempre se ha llevado la peor parte a ese respecto, por nombres luminosos, oscuros y deprimentes como Caridad, Auxiliadora, Piedad, Milagros, Esperanza, Presentación, Fe, Remedios, Soledad, Concepción, Dolores, Gracia, Consuelo, Angustias, Martirio, Auxilio, Inmaculada, Amparo, Socorro, Asunción, Encarnación… Demos las gracias por algunos de estos desafortunados nombres a la misoginia católica y a las advocaciones marianas.

    ¡Qué manera impía de desgraciar la identidad única de la vida femenina recién alumbrada!

 


 

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