9/9/26

583. Se llama Abundio

    Abundio es de esa clase de enfermos que se creen sanos. Es decir: es un taurófilo. Su afición empezó a forjarse de niño, cuando su padre se lo llevaba a las corridas de toros. Tantas presenció durante su infancia que, ya de adolescente, se convirtió en un acérrimo defensor de las mismas. Su padre había hecho un gran trabajo con él y ahora Abundio es un adulto con la lección muy bien aprendida.

    Por ejemplo, Abundio dice que su afición es un sentimiento que le viene de pequeño y que por eso no lo entendemos. Defiende que la tauromaquia da trabajo a muchas personas y que, por supuesto, no existen personas más respetuosas con los animales que los ganaderos. Esos mismos que, durante dos o tres siglos, seleccionaron al toro de toda la vida para obtener ejemplares cada vez más bravos e impetuosos, hasta llegar al actual toro de lidia, con el único fin lúdico de la tortura y la muerte en la arena.

    Qué digno. Qué manera más noble de ganarse la vida.

    Tampoco le vengas a Abundio con unas breves palabras apócrifas sobre la tauromaquia y el torero, falsamente atribuidas a Borges:

    «La tauromaquia es una de las formas vigentes de la barbarie. En cuanto a la figura del torero, creo que es esencialmente un cobarde. Un hombre que, con todo un aparato racional de estrategias, entrenamientos, armas, estocadas practicadas, clases y mucho estudio premeditado, se mide frente a un animal pasmado por la sorpresa, por la ansiedad; un animal que no tiene otro recurso que los reflejos de su instinto primario.

    Bajo esa disparidad podemos medir el valor de los toreros. La valentía verdadera no soporta desniveles tan abusivos.

    Por eso, para mí, los toreros no son valientes, sino más bien bufones; los bufones de la valentía.»

    No te las rebatirá. Tan solo se regodeará en que, como no está demostrada la atribución al genial escritor, no sientan cátedra. Porque para Abundio es más importante el mensajero que el mensaje. Y esas palabras las ha pronunciado un tipo al que solo conocen en su casa y, a Abundio, con eso le basta.

    Aunque sí te dirá que ellos no van a la plaza a pasarlo bien porque sí. Ellos no van allí a disfrutar de la muerte del animal, sino del proceso. Ellos van a disfrutar del cómo y no del qué. Tanto es así que te enumerará todo un alucinante repertorio de jerga taurófila, aplicada en el ruedo según la maestría del torero.

    En fin, no se lo tengas en cuenta: se cree sano estando enfermo y se llama Abundio.



4/9/26

582. Las fuerzas superiores

    Era miércoles y la sobremesa que siguió al tapeo finalizó sobre las dos y media de la madrugada. Como es normal, nos reímos mucho del mundo y hablamos de todo en general sin solucionar nada en concreto. Algo parecido a lo que ocurre en las Cortes Generales, pero sin protocolo, bochorno ni faltas de respeto.

    A esas horas apenas había tráfico. Puse la radio para amenizar el cuarto de hora de conducción que me separaba de mi modesta propiedad urbana, y una locutora, con buena dicción y tono impersonal, me volvió a recordar lo jodido que estaba todo. Luego pensé en los seísmos de magnitud 7 o superior que, en lo que iba de año, habían sacudido México, Venezuela, Colombia, Indonesia, Japón, Filipinas, Vanuatu, Malasia y Tonga. Después, en el reciente desprendimiento de hielo y roca que irrumpió en la frontera entre Nepal y el Tíbet y, por último, en esa canción de Tote King que dice: «Y si la naturaleza se está vengando como tos decís, no entiendo cómo es tan torpe y se equivoca siempre de país».

    La naturaleza, como los Tres Reyes Vagos, parecía tener conciencia de clase, pero solo imponía su propio sistema de regulación sobre el censo mundial. En esas elucubraciones de brocha gorda sobre estadística y muerte, circulaba a unos ochenta kilómetros por hora cuando las luces largas iluminaron a un enorme jabalí que me bloqueaba el paso.

    Con todo, pude frenar a tiempo y esquivar de un volantazo a aquella indiferente criatura. Por suerte, ningún vehículo circulaba por el carril contrario en ese momento. Estaba claro que las fuerzas superiores que nos gobiernan habían decidido que el jabalí tenía que seguir con vida y que yo llegara a mi nicho-vivienda, como mucho, con el corazón acelerado.

    Y que mi coche siguiera sumando números en el cuentakilómetros.

    


1/9/26

581. Las niñas buenas salen a jugar

    Las temperaturas habían descendido y la sociedad seguía cayéndose a pedazos. Cada día teníamos nuevas muestras de ello. Además de la gilipollez global ciudadana, el asesinato y la violencia continuaban siendo compañeros fieles de nuestro día a día.

    Era duro ser madre y descubrir que tu hija de doce años era una maltratadora. Que formaba parte de un quinteto de acosadoras que grababan con el móvil sus andanzas de violencia pubescente. Era jodido constatar que la educación impartida había fracasado. Era una vergüenza ver que tu niñita de doce años podía ser más hija de perra que cualquier galgo, porque a lo mejor le viene de casta.

    Pero algo teníais que hacer, mamaítas; algo teníais que decir, pues el vídeo original se había viralizado. Ahora vuestras niñitas ya eran conocidas mucho más allá de Moguer y habíamos visto lo bien que se lo pasaban en la calle cuando salían a jugar. Fuenteovejuna había caído sobre vosotras y sobre las acosadoras que habíais parido. Los papeles se habían invertido perversamente: las acosadoras eran las acosadas. ¡Oh, justicia poética, manifiéstate más veces!

    Así que, mientras algunas de las mamis señaladas optasteis por el silencio, porque siempre es más fácil la cobardía que su antónimo, una de vosotras pidió perdón y suplicó que cesara el acoso ciudadano a su hijita acosadora. Y otra, además de reescribir lo sucedido a conveniencia para justificar la actuación de su monstruita de doce años, grabó unos audios en los que amenazaba con emprender acciones legales contra las personas que habían difundido las imágenes de la verdad.

    Con todo, agradezco a todas las personas que habéis cometido la imprudencia —o la ilegalidad— de viralizar el vídeo. No es la mejor manera de enfrentarse a un hecho tan lamentable y mezquino, pero a lo mejor habéis evitado que la verdadera víctima de aquella agresión acabara suicidándose.




28/8/26

580. Los vecinos de Espinete

    No dejan de hacerme gracia las personas que se llenan la boca diciendo que la gente hostil y conflictiva es más numerosa que la gente que es todo lo contrario.

    Sí, estoy de acuerdo en que toda clase de hijoputez es más visible que cualquier otra conducta porque hace más ruido. Pero no portarse como tal no significa hacer el bien. La bondad, tal y como yo la entiendo, exige una acción, y hace tiempo que no veo ninguna. Lo que sí veo es a unos cuantos jodiendo al prójimo a todos los niveles, de día y de noche, y a un grueso descomunal de personas mirando hacia otro lado y yendo a lo suyo.

    No sé en qué momento confundisteis bondad con indiferencia. O será que yo vivo en un sitio poco recomendable y vosotros sois vecinos de Espinete.




25/8/26

579. Siempre les pasa a otros

    El tipo tenía cincuenta años. A esa edad, quizá creía que ya lo sabía todo. Puede que fuera de los que piensan que ciertas advertencias son exageradas y que algunas prohibiciones coartan la libertad individual. Es posible que gozara de buena salud y esperara llegar a los ochenta años porque ciertas desgracias siempre les ocurren a otros.

    El cincuentón tenía calor y se fue a la playa. Y, ya que estaba allí, decidió darse un baño. Lo normal: en la playa o vas a bañarte o a propiciarte un cáncer de piel. Probablemente no era la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que se bañaba en aquellas aguas con la bandera roja ondeando. ¿Desconocía lo que eso significaba? ¿Era daltónico o tan solo gilipollas?

    Nunca lo sabremos, porque del agua salió con los pies por delante. Aunque la respuesta, creo, está bastante clara.




21/8/26

578. Un número más

    Solano no es viento ni está caliente. Lo cual no significa que pueda estarlo en alguna otra ocasión. Solano tan solo es un nombre desafortunado, impreso en su DNI y escrito a mano en su partida de nacimiento.

    Un número más en la base de datos. Otro desconocido entre desconocidos.

    Solano abre la puerta de su piso pequeño y viejo. Al otro lado solo hay silencio, oscuridad y vacío. A veces piensa que le gustaría oír una voz que no fuera la suya. Ni siquiera tendría que ser una voz que le dijera «vuelve pronto». Se conformaría con una voz de reproche o contradicción.

    Una vez llamó a Momentos, pero fue un error porque no supo qué decir. Ni se le pasó por la cabeza llamar a Hablar por hablar.

    Otra opción sería hacer como hizo Edu en las Navidades del 97. Pero no es Navidad. Solano permanecería en silencio, concentrando todos sus sentidos en la voz del otro lado de la línea hasta que le colgara. Después volvería a llamar, una y otra vez, hasta encontrar, quién sabe, una voz.

    Al final, acaba acostándose con el fracaso y el cansancio.



18/8/26

577. La radio

    La radio es un gran invento. La pongo siempre que almuerzo, como y ceno. Normalmente escucho Catalunya Ràdio y RAC1, aunque otras veces sintonizo la Cadena SER y RNE.

    Pensaréis que exagero, pero escuchar según qué emisoras mientras se come entraña un serio peligro: la comida te puede sentar mal o puedes atragantarte con ella por un acceso de risa.

    Esto último me sucedió ayer cuando, en un arrebato de pluralidad informativa, sintonicé la COPE. En ese momento, mientras yo me nutría, un locutor narraba, con rigurosa profesionalidad, la actualidad de lo que acontecía en Ceuta.

    Su relato, delirante y apocalíptico —deudor de exitosas producciones cinematográficas como Guerra Mundial Z y Mad Max—, era capaz de sobrecoger al corazón más apático.

    El avezado cronista radiofónico y sus colaboradores, afines a la causa, estuvieron a punto de convencerme de que el Gobierno actual debería ser condenado por crímenes de lesa humanidad.

    Menos mal que me dio la risa.




14/8/26

576. Fecundación total

    Fueron muchas las personas que no se desplazaron para presenciar el eclipse. Por ejemplo, hubo varias parejas heterosexuales que, en pecado o en matrimonio, eligieron el día del evento astronómico para copular sin protección. Ya fuera por creencias o por estúpidas tradiciones ancestrales, la idea de concebir una vida en un día tan especial les resultaba especialmente atractiva y simbólica.

    Algunas de esas parejas llevaron la concepción un poco más lejos. Los machos, siguiendo cálculos previos y atendiendo a las exigencias de las hembras, eyacularon dentro de ellas justo cuando la tarde se hizo noche. Mientras miles de personas aplaudían, con la mirada protegida y dirigida hacia el horizonte solar, millones de espermatozoides iniciaban su carrera hacia el óvulo. Durante la fase de totalidad, cientos de hembras fueron fecundadas y la suerte quedó echada.

    Algunas de esas gestaciones contribuirán a la perpetuidad de la especie, sí. Y otras terminarán en abortos o en bebés estrella.




11/8/26

575. Piscina y zonas verdes

    Es verano y la piscina está llena de niños que corren detrás de insectos y de otros niños. Sus madres retozan sobre las toallas extendidas, con el móvil entre las manos y un cigarro entre los dedos. Fuman como carreteros, hablan gilipolleces y sueltan tacos con una naturalidad que, dentro de unos años, se verá reflejada en la boca de sus hijos. Se llevarán las manos a la cabeza —no porque tengan algo dentro— y les parecerá intolerable. «¿Dónde habrá aprendido este niño a hablar así?». 

    Probablemente no recordarán aquellas tardes.

    El agua está caliente como el asfalto y tiene un color sospechosamente parecido. Los chavales se revuelcan en el césped, que ya no es césped, sino hierba marchita, crema solar y restos de verano. Algunos se buscan, se encuentran y se ocultan bajo una toalla. Otros leen libros ensalzados por la crítica que parecen escritos para que nadie tenga que recordar una sola frase cuando llegue septiembre.

    Hay también un socorrista que despierta las fantasías sexuales de las madres fumadoras y de los homosexuales —masculinos, conocidos y desconocidos— que hay en la piscina. Está sentado bajo una sombrilla publicitaria que incita al consumo de drogas blandas, dormitando con los ojos abiertos y una expresión ausente. Algunos lo miramos de reojo y hacemos cálculos. Si alguien se ahoga, ¿cuánto tardará en darse cuenta? ¿Llegará a levantarse? ¿Sabrá nadar?

    Eso es el verano en los barrios de algunos pueblos: piscinas comunitarias siempre más llenas que cualquier biblioteca o librería; niños poco vigilados que, durante la pubescencia, serán acosadores escolares; otros no llegarán a la adolescencia porque se habrán suicidado por culpa de los primeros; adultos descontentos con sus trabajos, agotando el último día de vacaciones bajo las sombrillas. Y, más allá, rotondas con flores de plástico plantadas por el ayuntamiento para que parezca que hay algo vivo entre tanto cemento.

    Pero contarán como zonas verdes.

    Supongo.




9/8/26

574. El cuarto ángel

    Te veo. Desvío los ojos hacia los tuyos y sé lo que estás pensando. No pronuncias palabra, pero tu cara habla con claridad. Deseas con todas tus fuerzas que este verano infernal se convierta en un recuerdo que olvidar con la llegada de noviembre. 

    Odias el calor estival, no hay duda.

    Al cruzarnos, quizá me miras tú a mí y, en ese instante fugaz, lees en mis ojos que a mí sí me gustan los veranos que derriten asfaltos y cuecen neuronas.

    No puedo evitar sonreír. He visto a gente con tu misma expresión facial arrancarse la piel a tiras para aumentar su desnudez y refrescarse. Es el precio que hay que pagar si no quieres quedarte recluido en casa, frente al split del aire acondicionado. Pero hay tantos funcionando a pleno rendimiento que terminan aumentando la temperatura de la calle. Casi no parece haber escapatoria, ja, ja, ja. Aunque siempre puedes ponerte a remojo en el caldo de fluidos y secreciones de piscinas y playas.

    Lo que no puedo discernir, por mucho que me fije en tus gestos, es si eres un negacionista del cambio climático. Si todavía tal fenómeno te sigue sonando a ciencia ficción, pese a las evidencias científicas. Yo no recuerdo veranos de mi infancia tan calurosos y disfrutables como los de los últimos cinco años. Ni inviernos tan poco fríos.

    ¿Será esta sensación anormal de abrasión un indicador de la llegada del Apocalipsis?

    Bueno, he leído que el cuarto ángel llegará con el poder de afligir a los hombres con fuego y un intenso calor.



4/8/26

573. El Loco pasa el verano

    Como es bien sabido, los incendios proliferan en verano. Lo que nadie ha advertido es que, durante esos mismos meses, también cesan los homicidios y las desapariciones en la ciudad.

    El Loco considera que hace demasiado calor para salir a buscar a alguien con quien divertirse; ya socializará cuando desciendan las temperaturas. Mientras las llamas devoran el verdor del extrarradio y amenazan las urbanizaciones aisladas, él prefiere pasar las tardes jugando con sus muñecas.

    La primera nació tras su primer triple homicidio, hace veinte años. Desde entonces ha reunido más de doscientas: rubias, morenas, pelirrojas... Cada una confeccionada con mimo y esmero a partir de fibras musculares, retazos de piel y fragmentos de ser.

    Vestido con la misma lencería fina que las cubre a ellas, las sienta alrededor de la mesa para tomar el té. Les sonríe y les habla con suavidad. Si le conceden permiso, las acomoda en su regazo y las peina con la devoción de un padre. Aunque, a veces, las desnuda y hace con ellas lo que un padre jamás haría.

    El Loco, al igual que nosotros, necesita sentirse amado.


    

31/7/26

572. Diez dedos o veintisiete teclas

    Tengo diez dedos con los que poder acariciarte si estuvieras aquí. Pero, como siempre estás lejos, lo intento con veintisiete teclas. Ahora mismo son las dieciocho y cincuenta y tres. Pese a la ola de calor, tengo la ventana abierta. Ráfagas de aire caliente me visitan de vez en cuando y azuzan los árboles, mientras los sonidos habituales de la ciudad se mezclan con los ritmos musicales que he elegido para esta tarde.

    No son los habituales, los que me zarandean y me vuelan la cabeza desde el minuto uno. Hoy, el tema escogido llega hasta mí flotando como el humo del polen y me envuelve con la cadencia de un mundo sin prisa. La base rítmica se entrelaza con pereza en mis dedos hasta armonizar con el sonido mecánico del tecleo lento, pero sin pausa.

    Hoy quería llegar hasta ti y tocarte una vez más. Diez dedos o veintisiete teclas, pero Pure Negga se ha apoderado de mis manos y me ha desviado del camino.




28/7/26

571. Síndrome postvacacional

    Está escrito en un libro sagrado que Lázaro regresó de la muerte. Una voz le ordenó que saliera, y salió. Eric Draven también regresó de su tumba, con un cuervo sobre el hombro y el deseo de venganza ardiéndole en la mirada. Pues a mí me pasa algo parecido, pero a la inversa: regreso de las vacaciones al trabajo.



24/7/26

570. Días de playa

    El chófer nunca tenía que buscar aparcamiento para que el rico veranease en cualquier rincón de la costa. Siempre había alguna plaza de su propiedad donde dejar el vehículo de alta gama.

    Desde su embarcación de lujo, el rico se divertía tanto como se relajaba observando con unos prismáticos a la masa de pobres que abarrotaba la playa que él jamás pisaría por una simple cuestión de estatus. Incluso puede que muchos de aquellos proletarios trabajaran en alguna de sus empresas esclavistas.

    Hasta la llegada a bordo de sus escasas amistades adineradas para la fiesta que había preparado, no había mejor entretenimiento que contemplar la vida ociosa de las clases sociales inferiores.

    De vez en cuando, entre breves carcajadas y algún que otro pedo, dejaba los prismáticos a un lado y se estimulaba el gaznate con un destilado que ninguna de aquellas familias modestas podría pagar ni en siete vidas. Eran tan miserables que ni siquiera bebían en los chiringuitos: llevaban los refrescos y la cerveza en neveras portátiles incapaces de mantener las latas en su punto exacto de frío.

    Sin embargo, no los despreciaba del todo. Admiraba la capacidad que tenían para soportar las altas temperaturas durante horas bajo aquellas sombrillas ridículas, apretados unos contra otros, sin apenas intimidad y apestando a crema solar de supermercado.

    Eran bastante guarros, eso sí. Muchos fumaban y enterraban las colillas en la arena. Algunos incluso lo hacían delante de sus hijos pequeños. El día de mañana, la mayoría de aquellos críos insoportables acabaría siendo igual de fumadora, igual de cerda e igual de indeseable que sus padres.

    El rico había visitado las siete maravillas del mundo moderno, las del antiguo y unas cuantas reservadas únicamente a quienes poseen un músculo económico descomunal. Pero había descubierto, no hacía mucho, que pocas cosas resultaban tan entretenidas como observar el fascinante lumpen playero. Hay espectáculos que el dinero no puede comprar, y aquel estaba al alcance de cualquiera.

    Al cabo de un rato se le ocurrió que, para que la experiencia contemplativa fuera completamente inmersiva, pondría a todo volumen, en el carísimo equipo de sonido del yate, aquella puta canción del 83 de aquel risible dúo italiano.



21/7/26

569. Durante el partido

    Como era de esperar, las calles se vaciaron. Ocurre siempre que se disputa la final del Mundial de fútbol y uno de los dos equipos representa al país donde vives. Así que, tan pronto como empezó a rodar el balón por el césped reglamentario estadounidense, yo empecé a caminar por adoquines y aceras catalanes.

    La urbe estaba quieta y respiraba tranquila. Calculé que mi paseo tenía que durar, como máximo, una hora y media. Pasado ese tiempo, debía estar cerca de mi nicho-vivienda. Fuera cual fuera el resultado de tan sentida contienda deportiva, no quería verme mezclado con la vociferante turba de patriotas de postín.

    No fue esta, sin embargo, una desolación absoluta como la que propició el virus de estos últimos tiempos. Algún que otro vehículo circulaba a placer por la ciudad dormida y me crucé con un total de catorce o quince personas de rasgos árabes y orientales.

    Puede que estuvieran cumpliendo con obligaciones ineludibles o que, sencillamente, tuvieran mejores cosas que hacer.

    Todo se concentraba entre cuatro paredes, fueran públicas, alquiladas o en propiedad. Ya habían pasado más de cien minutos y no ocurría nada. Supuse que el partido había llegado a la prórroga, de modo que faltaba poco para el final, fuera cual fuese.

    Cuando me encontraba a mitad de mi regreso, un par de fuegos artificiales estallaron en el cielo. De un lugar cercano que no logré determinar, oí el petardeo continuado de una traca; luego, otra. De inmediato apareció un coche haciendo sonar el claxon a rabiar. Tres de sus cinco ocupantes ondeaban la bandera rojigualda. El claxon de otro coche también empezó a bramar y entonces lo comprendí todo.

    Desde donde estaba podía ver el balcón de mi hogar. Apresuré el paso y apagué el móvil.

    Se avecinaba la gran paja nacional deportiva.



18/7/26

568. Tribu

    La gente se pone de mal humor con los veranos espléndidos. A mí me pasa todo lo contrario: me lo paso muy bien con las olas de calor que me empujan de bar en bar a cumplir con mis rigurosas pausas de hidratación cervecera. De paso, observo y escucho a la clientela.

    No recuerdo qué estaba haciendo el día previo a la final del Mundial de Fútbol de 2010. Sí recuerdo que, como ahora, era verano y estaba de vacaciones; además, tenía un blog alojado en ya.com del que quizá hable algún día.

    Por aquel entonces llevaba unos cuatro o cinco años emancipado, ya vivía en mi nicho-vivienda actual y me gustaban y me desagradaban las mismas cosas que ahora. Solo que antes tenía mucha más paciencia y me pesaban menos los cojones.

    Entiendo que mañana tú, seas quien seas y vivas donde vivas, te vistas con una camiseta de la selección española o argentina. Yo llevo tres días poniéndome una camiseta de Cradle of Filth. Mañana la dejaré en la cesta de la ropa sucia y me pondré una de Terrorizer o Aborted.

    En el fondo, es más o menos lo mismo: el sentido de pertenencia a una tribu, a una entidad o a un colectivo en el cual tu identidad encaja a la perfección. En mi caso, es un estilo musical del que se derivan mi forma de ver y sentir la vida.

    Desde luego, no soy mejor que tú si mañana, cuando el árbitro pite el final del partido, lloras de alegría o de desilusión mientras yo estoy en casa riéndome de ello o sumido en la más profunda indiferencia. No lo soy. Pero es que, en ese aspecto, me resulta imposible ser como tú.



15/7/26

567. Catalibán

    El catalibán dice:

    «Pese a mi marcado independentismo, estoy muy contento de que la selección de fútbol del país vecino, con orientación sur, haya llegado a la final del Mundial de 2026».




10/7/26

566. Viento

    Estaba yo tumbado sobre una hamaca, cobijado bajo una sombra bendita. Tan solo respiraba y reajustaba la postura cada vez que mis músculos se resentían de la inactividad. Aun así, era este un letargo placentero y sedante que me desconectaba de todo cuanto me rodeaba. El tiempo fluía como una canción lenta, al compás de mi inmovilidad, como si, por una vez en la vida, fuera mi aliado.

    Estaba yo despierto, con los ojos cerrados, conectado en íntima comunión con las corrientes de aire que venían a visitarme. No me hizo falta abrirlos para sentir que me tornaba liviano y que el viento, viniera de donde viniera, me acunaba con delicadeza y me elevaba alto, muy alto, por encima de todas las cosas mundanas y prosaicas.




7/7/26

565. Misiones clandestinas

    Un verano cualquiera, en algún punto turístico de las costas españolas.

    La familia nuclear Parahoy, tal como tenía planeado, se ha despertado a las 5:30 a. m. de un sueño tranquilo. Las alarmas de los móviles de cada uno de sus integrantes estaban sincronizadas. Tienen una misión que cumplir. Con seriedad y concentración, se aplican la pintura de camuflaje facial y se lanzan a la tarea.

    Tal como entrenaron en el césped de su casa en primavera, reptan con rapidez por la arena de la playa como un experto grupo de operaciones especiales. La noche respira tranquila, las estrellas resplandecen y las olas rompen suavemente. Tienen todo a favor. Cuando llegan a una zona privilegiada que consideran apta para los propósitos improductivos del día, la abuela alza la cabeza como una cobra y otea de izquierda a derecha como un radar. Hace un gesto con la mano que indica que no hay policía local a la vista, y el padre y la madre se incorporan y clavan una sombrilla con un gesto enérgico de victoria. El hijo y la hija, a su vez, colocan unas tumbonas y unas toallas con la rapidez de una escudería de F1 perfectamente coordinada. La abuela sigue vigilando. En la familia Parahoy todos tienen un cometido y no se tolera el fracaso.

    Todavía quedan tres horas para que amanezca. Todo está quieto. La misión ha concluido con éxito y la familia Parahoy regresa a su hotel, ubicado a pie de playa, en la misma actitud reptilesca del inicio. A mitad de trayecto, la abuela vuelve a levantar la mano. El grupo se detiene en el acto: silencioso, profesional y compacto. A unos cuantos metros, parece que otra familia también está en una misión de ocupación ilícita. Uno de sus miembros susurra:

    —Hijos de puta. Nos han quitado el sitio.

    La familia Parahoy reconoce en esa sentida maldición al abuelo de la familia Hoyestarde.

    —Ja, ja, ja. Que hubieran entrenado más —ríen para sí los Parahoy.

    En verano, los madrugones tácticos para conquistar una porción de tierra playera eran constantes.



3/7/26

564. En el súper 2

    Detesto el desorden. Detesto que cualquier objeto inanimado que se precie esté fuera de su sitio después de su uso. Así que detesto a las personas que, por ejemplo, al finalizar la compra de productos, dejan el carro del supermercado en cualquier lugar menos donde corresponde.

    A veces lo abandonan a tres o cuatro metros de donde deberían dejarlo. ¡Igual creen que se les hará de noche si deciden cubrir toda esa distancia! ¿¡Tanta prisa tenéis, desidiosos hijos de puta!?

    En mi mente, mato ahí mismo a todas esas personas. Da igual si son mujeres u hombres, chicos o chicas. Solo los niños y las niñas se salvan de mi ira. Porque, si actúan así, es debido a que sus putos padres y sus putas madres no los educan.

    De modo que me quedo agarrado a mi propio carro de la compra y empiezo a calcular. De repente, lo suelto y echo mano al primer carrito extraviado que veo. Lo levanto y lo estampo una y otra vez contra la cabeza y el cuerpo de esa gentuza, como se desempolva una alfombra contra el suelo. Al cabo del rato, termino jadeando, sudado y al límite de mis fuerzas. El carro de la compra está deformado y ellos, irreconocibles, como tiene que ser.

    El silencio se ha apoderado de la escena. Las cajeras del supermercado me miran desde el otro lado del cristal. Un tanto indecisas, abandonan sus puestos de trabajo, salen del supermercado y sortean charcos de sangre y grumos de masa encefálica hasta llegar a mí. Hay unos pocos ancianos consumidores que empiezan a aplaudir. Quizá es la primera manifestación comprensible de violencia que presencian desde 1936.

    Al principio, pienso que las cajeras van a reprenderme por haber reducido la clientela del supermercado. Pero me abrazan con lágrimas de dicha y me dan las gracias. Están hartas de tener que recolocar día tras día, antes de irse a casa, el centenar de carritos que esos hijos de puta dejaban en cualquier zona del aparcamiento del supermercado, como si fueran material desechable.

    Por fin sienten que alguien respeta su trabajo.

    En mi mente, claro.




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