28/10/26

595. Observaciones mañaneras en el supermercado

    Todas las mañanas, de lunes a viernes, durante el recreo escolar, la Generación Z estudiantil se dirige en pelotones unisex de entre cinco y ocho integrantes al supermercado que hay enfrente de donde vivo, prestos a comprarse algo para almorzar. Los observo y pienso: «Joder, ¿dónde han quedado los bocadillos?». Optan por la bollería azucarada y la mierda con muy buena cara. Además, comerse un bocadillo con comodidad requiere el uso de las dos manos y, por tanto, desatender el móvil.

    Sigo observándolos, aunque resulta imposible saber de qué estarán hablando. ¿De qué coño hablan los veinteañeros hoy en día cuando sus mentes descansan de la alienación académica? Mi sobrino y sus amigos, todos veinteañeros, son unos apasionados de Tesla y Horrorland. ¿Y las chicas? Está claro que, al margen de lo que hablen, tanto ellos como ellas deben de masturbarse casi a diario y desear follar a todas horas, sin intención de perpetuar la especie.

    También veo en ellos el mismo entusiasmo que tenía yo a esa edad. Pero ese entusiasmo desaparecerá en cuanto muchos de ellos tengan que vender su tiempo en trabajos esclavizantes y mal pagados hasta los setenta o setenta y cinco años. Cuando comprueben que emanciparse y formar una familia resulta imposible. Cuando, por más que miren hacia el horizonte en busca de luz y un nuevo renacer, no vean más que oscuridad.

    Soy un tremendista, lo sé.



26/10/26

594. Cuestión de carácter.

    Naturalmente, mis instintos homicidas de la entrada pasada se quedaron en pura ilusión. El trabajo no merece mayor implicación cuando el problema que hay que resolver escapa a las propias competencias. Seguro que Demenciano y el Loco, solo por la amistad que nos une, habrían convertido la ilusión en acción.

    Cuestión de carácter. Menos mal que no se enteraron.

    Ahora que se acerca la víspera del Día de Todos los Santos, la gente come castañas y empieza a desempolvar los disfraces de ultratumba. Mis amigos deben de estar invocando al espíritu de Michael Myers en la fría penumbra de sus hogares, mientras afilan con calma y dedicación el numeroso y variado arsenal de armas blancas del que disponen.

    Aunque, cuando salgan a la calle a mutilar la carne, quizá sus actos pasen inadvertidos. Ahora toda la atención está centrada en los revoltosos grupúsculos de encapuchados, tanto mayores como menores de edad, que se dedican al destrozo urbano y al pillaje durante las manifestaciones ciudadanas.



22/10/26

593. El séptimo día

    Ya no jarrea en España y sé que lo sabéis. Lo que no sabéis es que mi semana de trabajo —de jueves a miércoles— ha sido un tanto estresante. Algo inusual, porque en mi esclavitud laboral siempre me he implicado un poco más allá de lo estrictamente necesario para que no me llamen la atención.

    Solo os diré que el primer día de curro tuve que contener las ganas mordientes de estampar contra la ventana que tengo enfrente la silla giratoria en la que me siento.

    El tercer día estaba dispuesto a atravesar la pantalla del monitor con la primera cabeza que viera asomar por la puerta de la oficina.

    El quinto, para no hacer tanto ruido, iba a estrangular con el cable del auricular del teléfono a la primera persona que osara dirigirme la palabra en vivo y en directo.

    Sin embargo, el séptimo día —es decir, ayer—, el cuarto informático que me atendió, en lugar de fracasar como los anteriores, obró el milagro y por fin resolvió en cuatro minutos el problema que tenía con las credenciales que me permitían acceder a mi cuenta de SAP.



19/10/26

592. El agua está viva

    Jarrea en España y han muerto personas. Entre ellas, una mujer que decidió bañarse en las aguas saladas de Sagunto en plena alerta naranja. Lo cual me lleva a pensar que la imprudente humana estaba tocada por la misma varita que el protagonista de la entrada número 579. Bueno, y su acompañante masculino también, solo que ha tenido más suerte: está vivo y podrá lamentarse.

    Sin duda, en tiempos de climatología hostil, los efectivos de emergencia y rescate siempre tendrán trabajo. Y sigue jarreando.


   

14/10/26

591. Un simple día de octubre

    Dicen que lo primero que hacemos al despertarnos es coger el móvil y consultar las redes sociales y las notificaciones. Lo primero que hago yo, aunque no tenga motivos para ello, es blasfemar o emitir un sonido animalesco, similar al del ciervo rojo durante la berrea. Luego me levanto y, a oscuras, me dirijo hacia la ventana con andares de zombi. Subo la persiana y miro al cielo.

    A primera hora de la mañana, el cielo está desprovisto de pájaros y vestido de un desapacible color blanquecino. Desde el cuarto piso donde vivo, poso la vista sobre la panorámica urbana que se despliega ante mí. Como sabrá el lector asiduo de esta bitácora, justo delante de mi bloque de viviendas hay un supermercado de proporciones considerables, de modo que no hay edificios deprimentes que me bloqueen las vistas.

    Pero algo raro sucede. Hasta donde alcanza mi vista, no hay rastro sobre el asfalto del trasiego humano y vehicular acostumbrado. Son las nueve de la mañana y la ciudad ya tendría que haber despertado de sus pesadillas y vomitárnoslas encima. Entonces caigo en la cuenta de que estamos a 12 de octubre. Es el Día de la Hispanidad, claro. El día del genocidio con el que el nacionalismo español se masturba de orgullo identitario y patriótico.

    Era un buen día para aislarse y no mezclarse con según qué gentuza.




9/10/26

590. Que es esto que hay ante mí

    Los chicos de Fuck Off entraban al local de ensayo por la tarde y ya no salían hasta bien entrada la noche. No siempre era porque el nivel de exigencia respecto a la música que tocaban fuera alto, que lo era. A veces también abusaban del fumeteo y de los tragos, y sus mentes, ya del todo maltratadas, emprendían viajes oníricos de los que tardaban mucho en regresar.

    El destartalado local donde retumbaban sus demenciales composiciones estaba ubicado en un pequeño polígono industrial de la ciudad podrida, frente a una gasolinera de autoservicio y un grasiento puesto de kebab regentado por dos pakistaníes barbudos de mirada inquietante.

    Cuando los chicos de Fuck Off salían del local sin tambalearse ni arrastrar las palabras, significaba que la sesión de ensayo había sido agotadora y productiva. Así que se iban directos al kebab a comer, beber y, en definitiva, disparar hasta límites prohibitivos sus niveles de colesterol.

    Sin embargo, todo aquello cambió la noche en que los músicos ensayaban a un volumen desproporcionado unas composiciones recientes, especialmente oscuras y blasfemas, con una percusión enloquecida y un rasgueo distorsionado y febril a los que los pakistaníes no estaban acostumbrados.

    A todo aquel caos sonoro había que añadir las hipnóticas explosiones de luz que se producían tras el ventanal del local y que nunca antes habían presenciado. Los pakistaníes decidieron que por aquel día ya habían hecho caja suficiente, así que apagaron las luces, bajaron la persiana y se fueron del polígono más rápido que de costumbre.

    Durante los días siguientes no vieron entrar ni salir del local a los chicos de Fuck Off. Aquello les pareció raro, aunque no tanto como lo que habían oído y presenciado aquella extraña noche de octubre. Pasaron varias semanas y, como las ganancias se habían resentido considerablemente, una noche se aventuraron a entrar en el local.

    La puerta no estaba cerrada con llave. En cuanto encendieron la luz, vieron montones de cascos de cerveza vacíos apilados en los rincones. En el suelo había un círculo trazado con tiza y, en su centro, los restos de una hoguera. Las guitarras y el bajo estaban tirados de cualquier manera. Los micrófonos estaban volcados, al igual que los platos de la batería. Los amplificadores seguían enchufados y emitían un sonido monocorde de baja frecuencia, como una siniestra advertencia. Y en el techo, a saber cómo, alguien había escrito: «Qué es esto que hay ante mí».

    Los pakistaníes se miraron sobrecogidos. Luego se encomendaron a Alá y decidieron trasladar su negocio a otro lugar de la ciudad.

    Desde luego, aquella música infernal nunca traía nada bueno.




6/10/26

589. La juventud de la nación

    Juventud.

    Qué época tragicómica aquella: espíritu gremial, profunda ignorancia, mucha hambre, traiciones, desengaños supinos, vomitonas, bromas crueles, macedonia de drogas y amaneceres deprimentes. No sé cómo no me tiré de cabeza por un acantilado, no sin antes llevarme por delante a tres o cuatro indeseables.

    Pero ahora que voy directo hacia la decrepitud, puedo decir que yo, como tú, también formé parte de la juventud de la nación. Porque, al final, nunca di un paso de más cada vez que me asomaba al abismo. Siempre encontré una razón para darle la espalda. Y, cuando no la encontraba, me bastaba con odiar, escupir al vacío, blasfemar y mear a favor del viento.

    Pero, mierda, nos hacemos mayores y todo deja de impactar con la fuerza de cuando todavía quedaba mucho camino por recorrer. Todo, salvo la canción de la entrada de hoy.

    Pasada la época dorada, esa canción golpea más fuerte y se clava más hondo. Quizá porque ahora escucho en ella a todos los que quedaron atrás. A los que fueron jóvenes como tú y como yo y se quedaron a medio camino por una mala decisión. A los que, en algún momento de su juventud, se hicieron daño a sí mismos y a quienes tenían a su alrededor.

    Tú y yo fuimos la juventud de la nación. Y esa canción era para mí y para ti, si ya empiezas a tener un pasado. Ahora ya no habla de nosotros ni nos pertenece. Ahora es para todas las almas jóvenes que llegan y están por venir. Y también, eternamente, para los que, demasiado pronto, dieron —y darán— un paso de más hacia el vacío.



3/10/26

588. Guerra en casa

    Hace cerca de un año que vivo en compañía. Pese a que no hace ruido ni genera gasto, he decidido echarla de mi nicho-vivienda de una vez por todas. Como tampoco tengo tiempo para estudiar su comportamiento y encontrar la forma más efectiva de hacerlo, he optado por preguntarle al Modo IA de Google.

    Por momentos, me he sentido como la teniente Ripley cuando interactuaba con MADRE, la inteligencia artificial de la nave Nostromo, para saber cómo enfrentarse a aquel octavo pasajero que nos estremeció a todos en 1979.

    Ahora que tengo toda la información que necesito, sé que no será fácil. Me enfrento a una forma de vida escurridiza, poseedora de un arraigado instinto de supervivencia. No en vano lleva siglos entre nosotros.

    Ayer, sin ir más lejos, me di cuenta de que esas diminutas criaturas traspasaron la frontera del baño, llegaron al comedor y empezaron a devorar Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Y no lo puedo consentir.

    Para bien o para mal, hoy empieza mi lucha contra el Lepisma saccharina.



    

30/9/26

587. La diatriba chorra

    Llovía a mares en la ciudad podrida. Ya había atardecido y la luz de las farolas iluminaba las calles y hacía brillar el asfalto.

    Eché un vistazo por la ventana. La gente se encogía bajo los paraguas y apresuraba el paso. Quienes no tenían nada con que resguardarse corrían como si el agua quemara en vez de mojar. Semejante cuadro, tan mundano y cosmopolita, me disuadió de salir. Y eso que aún conservo el chubasquero rosa que utilicé en el concierto que Rammstein ofreció en 2024 en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Montjuïc.

    ¿Por qué rosa? ¿Acaso tiene alguna importancia?

    Aquel día llovió mucho. En realidad, estuvo lloviendo durante toda la semana y los chubasqueros de los bazares chinos se habían agotado, salvo los de color rosa. ¡Cuánto prejuicio masculino!

    Yo solo temía que, al ser un producto de manufactura oriental a muy bajo precio, el chubasquero no se desintegrara sobre mi silueta en cuanto entrara en contacto con el agua.

    Pero no fue así.

    El chubasquero rosa del Lejano Oriente cumplió con creces el cometido para el que había sido concebido. No he vuelto a necesitarlo desde entonces. Pero fuera sigue lloviendo y yo quiero salir; necesito despejarme.

    Mmmm... ¿por qué no confiar de nuevo?




28/9/26

586. En el SAP

    Turno de noche en el curro. Soy el «sapero» de mi equipo. Para ser más exactos, del equipo A.

    El jefe del equipo A no se llama Aníbal ni fuma puros —de hecho, está prohibido fumar—, pero sí tenemos a un chiflado. De hecho, hay seis equipos y, en cada uno de ellos, como mínimo, uno o dos locos. Incluso, ahora que me acuerdo, el chiflado del equipo F tenía la licencia para pilotar un helicóptero. Recuerdo que la empresa lo despidió, y no por estar más loco que Murdock —que lo estaba—.

    Puede parecer exagerado, pero es normal. En algunas personas, trabajar en la mina provoca la locura o la acentúa si, como yo, la llevas de serie. Lo primero creo que se debe a la presión atmosférica a tanta profundidad, al miedo primigenio a la oscuridad y a cierta claustrofobia soterrada. Y eso que hay galerías por las que circulan máquinas gigantescas.

    Como lo tengo por mano, a las dos y media de la mañana ya lo tengo todo actualizado. Luego solo me queda esperar a que vaya saliendo lo que tenga que salir hasta el final de la jornada, que será el inicio de la del equipo B. Cómo quede la lista de averías para el relevo entrante depende de las secciones de explotación y brigada, que, en aras de la producción, destruyen y destruyen.

    Mi vieja y pesada caja de herramientas debe de estar oxidada. Desde hace tres años, mis instrumentos de trabajo son un teclado, una radio móvil bidireccional Motorola y un par de teléfonos. El negro suena si solo quieren hablar conmigo y el blanco, cuando quieren hablar con el jefe. Solo que el jefe casi nunca está, puesto que está gestionando en persona el trabajo que debo gestionar yo en el ordenador.

    Y aquí sigo: turno de noche en el curro. Ahora son las tres y pico de la mañana. He tardado cerca de una hora en escribir en mi libreta esta entrada. Lo haría desde el ordenador, pero, joder, los puertos USB están bloqueados. No vaya a ser que me descargue información sensible y proyectos empresariales secretos. Además, estaría violando el acuerdo de confidencialidad.

    Otras veces me da por entrar en Google y lo primero que aparece en pantalla es un mensaje en inglés que me advierte de que no vaya más allá, porque el puto Gran Hermano me está observando y me joderá, ja, ja, ja. También podría llevarme el móvil, como hace el resto de la plantilla que tiene que sentarse en una silla giratoria de oficina, y ser víctima del scroll.

    Pero no, joder, no. Prefiero gastar el tiempo en entradas manuscritas en mi libreta. Ahí, justo debajo de las OT (órdenes de trabajo), que luego quedarán reflejadas en SAP.




26/9/26

585. Infectado

    Los numerosos y huracanados estornudos de ayer fueron un claro indicador de cómo me iba a encontrar al día siguiente.

    Hoy me he levantado con la mente embotada, los ojos llorosos, la garganta irritada, la nariz tapada y un dolor muscular generalizado.

    Me he imaginado de cuerpo presente en concurridas cafeterías y bares, respirando hondo y exhalando el aliento en un giro de trescientos sesenta grados. Pero solo estoy en el sofá, sumido en extraños delirios y profiriendo lastimeras y desafinadas inflexiones de voz, como las que hacía Sloth en Los Goonies (1985), cuando se recreaba con el eco de sus alaridos.

    Los vecinos deben de estar alucinando, aunque no tanto como yo.




    P.S.: Por cierto, Substack es un ecosistema demasiado hermético para mi gusto. 

15/9/26

584. Cosas que explicar

    Demenciano se despertó resacoso, que era lo acostumbrado, pero sin las manos ensangrentadas. Eso no significaba que ayer no se hubiera entrometido algún ciudadano ejemplar en sus asuntos, o que no hubiera tenido que aleccionar a alguna mujer que lo hubiera seducido para luego no llegar hasta el final.

    Como mucho, es posible que tan solo apalizara a alguien. De modo que debió de ser una buena noche, regada con alcohol de alta graduación, en compañía de una mujer complaciente que comprendía el verdadero sentido del amor y de la vida.

    Encendió el televisor, más por costumbre que por interés, y vio que, en uno de esos programas que infectan la parrilla televisiva, un quinteto unisex de analistas de la mente y la sociedad se recreaba en los crímenes y actos vandálicos acaecidos en la ciudad durante los últimos cuatro años.

    Demenciano se sintió complacido al comprobar que hablaban de él. Estaban creando un perfil a partir de los truculentos escenarios que había ido dejando a su paso. Después de veinte minutos de anuncios estúpidos, el programa llegó a su recta final y uno de los invitados —una psiquiatra forense, según rezaba el enunciado a pie de pantalla— tomó la palabra para emitir su breve análisis sobre Demenciano. Era la parte preferida de los espectadores; el momento cumbre del programa:

    —Con toda seguridad, podemos afirmar que es un hombre que vive al límite de sus frustraciones. Un ser que se cree mentalmente más evolucionado que el resto de sus congéneres y que, sin embargo, es incapaz de encontrar su sitio en el entorno marginal en el que ha nacido y probablemente se ha criado.

    »Cree vivir rodeado de seres inferiores a los que considera que tiene que castigar con su odio y violencia, mientras proyecta una fachada de fuerza física y hombría y, al mismo tiempo, se desvaloriza de forma inconsciente, incapaz de asimilar el alcance de sus propios actos destructivos.

    »Negado de amor, busca lujuria. Negado de vida, busca muerte. Negado de estímulos, busca venganza. Negado de sí mismo, busca destrucción. Ver sus propias miserias, día tras día, reflejadas en el resto de sus iguales le da fuerzas para seguir adelante. Por eso debe frecuentar lugares poco recomendables donde alimentar su patología.

    »En realidad, toda esa aparente valentía es una pantalla para ocultar que es el mayor de los cobardes. Su cobardía es un lastre que le impide conseguir todo aquello que de verdad quiere y desea. Y él lo sabe.

    El plató estalló en aplausos y el presentador se despidió de la audiencia y de sus colaboradores. Mientras tanto, Demenciano tuvo una erección y se llevó la mano a la entrepierna. De repente, tenía grandes planes para aquella mujer. Tenía que hacerle entender algunas cosas.

    Y sonrió.



9/9/26

583. Se llama Abundio

    Abundio es de esa clase de enfermos que se creen sanos. Es decir: es un taurófilo. Su afición empezó a forjarse de niño, cuando su padre se lo llevaba a las corridas de toros. Tantas presenció durante su infancia que, ya de adolescente, se convirtió en un acérrimo defensor de las mismas. Su padre había hecho un gran trabajo con él y ahora Abundio es un adulto con la lección muy bien aprendida.

    Por ejemplo, Abundio dice que su afición es un sentimiento que le viene de pequeño y que por eso no lo entendemos. Defiende que la tauromaquia da trabajo a muchas personas y que, por supuesto, no existen personas más respetuosas con los animales que los ganaderos. Esos mismos que, durante dos o tres siglos, seleccionaron al toro de toda la vida para obtener ejemplares cada vez más bravos e impetuosos, hasta llegar al actual toro de lidia, con el único fin lúdico de la tortura y la muerte en la arena.

    Qué digno. Qué manera más noble de ganarse la vida.

    Tampoco le vengas a Abundio con unas breves palabras apócrifas sobre la tauromaquia y el torero, falsamente atribuidas a Borges:

    «La tauromaquia es una de las formas vigentes de la barbarie. En cuanto a la figura del torero, creo que es esencialmente un cobarde. Un hombre que, con todo un aparato racional de estrategias, entrenamientos, armas, estocadas practicadas, clases y mucho estudio premeditado, se mide frente a un animal pasmado por la sorpresa, por la ansiedad; un animal que no tiene otro recurso que los reflejos de su instinto primario.

    Bajo esa disparidad podemos medir el valor de los toreros. La valentía verdadera no soporta desniveles tan abusivos.

    Por eso, para mí, los toreros no son valientes, sino más bien bufones; los bufones de la valentía.»

    No te las rebatirá. Tan solo se regodeará en que, como no está demostrada la atribución al genial escritor, no sientan cátedra. Porque para Abundio es más importante el mensajero que el mensaje. Y esas palabras las ha pronunciado un tipo al que solo conocen en su casa y, a Abundio, con eso le basta.

    Aunque sí te dirá que ellos no van a la plaza a pasarlo bien porque sí. Ellos no van allí a disfrutar de la muerte del animal, sino del proceso. Ellos van a disfrutar del cómo y no del qué. Tanto es así que te enumerará todo un alucinante glosario de jerga taurófila, aplicada en el ruedo según la maestría del torero.

    En fin, no se lo tengas en cuenta: se cree sano estando enfermo y se llama Abundio.



4/9/26

582. Las fuerzas superiores

    Era miércoles y la sobremesa que siguió al tapeo finalizó sobre las dos y media de la madrugada. Como es normal, nos reímos mucho del mundo y hablamos de todo en general sin solucionar nada en concreto. Algo parecido a lo que ocurre en las Cortes Generales, pero sin protocolo, bochorno ni faltas de respeto.

    A esas horas apenas había tráfico. Puse la radio para amenizar el cuarto de hora de conducción que me separaba de mi modesta propiedad urbana, y una locutora, con buena dicción y tono impersonal, me volvió a recordar lo jodido que estaba todo. Luego pensé en los seísmos de magnitud 7 o superior que, en lo que iba de año, habían sacudido México, Venezuela, Colombia, Indonesia, Japón, Filipinas, Vanuatu, Malasia y Tonga. Después, en el reciente desprendimiento de hielo y roca que irrumpió en la frontera entre Nepal y el Tíbet y, por último, en esa canción de Tote King que dice: «Y si la naturaleza se está vengando como tos decís, no entiendo cómo es tan torpe y se equivoca siempre de país».

    La naturaleza, como los Tres Reyes Vagos, parecía tener conciencia de clase, pero solo imponía su propio sistema de regulación sobre el censo mundial. En esas elucubraciones de brocha gorda sobre estadística y muerte, circulaba a unos ochenta kilómetros por hora cuando las luces largas iluminaron a un enorme jabalí que me bloqueaba el paso.

    Con todo, pude frenar a tiempo y esquivar de un volantazo a aquella indiferente criatura. Por suerte, ningún vehículo circulaba por el carril contrario en ese momento. Estaba claro que las fuerzas superiores que nos gobiernan habían decidido que el jabalí tenía que seguir con vida y que yo llegara a mi nicho-vivienda, como mucho, con el corazón acelerado.

    Y que mi coche siguiera sumando números en el cuentakilómetros.

    


1/9/26

581. Las niñas buenas salen a jugar

    Las temperaturas habían descendido y la sociedad seguía cayéndose a pedazos. Cada día teníamos nuevas muestras de ello. Además de la gilipollez global ciudadana, el asesinato y la violencia continuaban siendo compañeros fieles de nuestro día a día.

    Era duro ser madre y descubrir que tu hija de doce años era una maltratadora. Que formaba parte de un quinteto de acosadoras que grababan con el móvil sus andanzas de violencia pubescente. Era jodido constatar que la educación impartida había fracasado. Era una vergüenza ver que tu niñita de doce años podía ser más hija de perra que cualquier galgo, porque a lo mejor le viene de casta.

    Pero algo teníais que hacer, mamaítas; algo teníais que decir, pues el vídeo original se había viralizado. Ahora vuestras niñitas ya eran conocidas mucho más allá de Moguer y habíamos visto lo bien que se lo pasaban en la calle cuando salían a jugar. Fuenteovejuna había caído sobre vosotras y sobre las acosadoras que habíais parido. Los papeles se habían invertido perversamente: las acosadoras eran las acosadas. ¡Oh, justicia poética, manifiéstate más veces!

    Así que, mientras algunas de las mamis señaladas optasteis por el silencio, porque siempre es más fácil la cobardía que su antónimo, una de vosotras pidió perdón y suplicó que cesara el acoso ciudadano a su hijita acosadora. Y otra, además de reescribir lo sucedido a conveniencia para justificar la actuación de su monstruita de doce años, grabó unos audios en los que amenazaba con emprender acciones legales contra las personas que habían difundido las imágenes de la verdad.

    Con todo, agradezco a todas las personas que habéis cometido la imprudencia —o la ilegalidad— de viralizar el vídeo. No es la mejor manera de enfrentarse a un hecho tan lamentable y mezquino, pero a lo mejor habéis evitado que la verdadera víctima de aquella agresión acabara suicidándose.




28/8/26

580. Los vecinos de Espinete

    No dejan de hacerme gracia las personas que se llenan la boca diciendo que la gente hostil y conflictiva es más numerosa que la gente que es todo lo contrario.

    Sí, estoy de acuerdo en que toda clase de hijoputez es más visible que cualquier otra conducta porque hace más ruido. Pero no portarse como tal no significa hacer el bien. La bondad, tal y como yo la entiendo, exige una acción, y hace tiempo que no veo ninguna. Lo que sí veo es a unos cuantos jodiendo al prójimo a todos los niveles, de día y de noche, y a un grueso descomunal de personas mirando hacia otro lado y yendo a lo suyo.

    No sé en qué momento confundisteis bondad con indiferencia. O será que yo vivo en un sitio poco recomendable y vosotros sois vecinos de Espinete.




25/8/26

579. Siempre les pasa a otros

    El tipo tenía cincuenta años. A esa edad, quizá creía que ya lo sabía todo. Puede que fuera de los que piensan que ciertas advertencias son exageradas y que algunas prohibiciones coartan la libertad individual. Es posible que gozara de buena salud y esperara llegar a los ochenta años porque ciertas desgracias siempre les ocurren a otros.

    El cincuentón tenía calor y se fue a la playa. Y, ya que estaba allí, decidió darse un baño. Lo normal: en la playa o vas a bañarte o a propiciarte un cáncer de piel. Probablemente no era la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que se bañaba en aquellas aguas con la bandera roja ondeando. ¿Desconocía lo que eso significaba? ¿Era daltónico o tan solo gilipollas?

    Nunca lo sabremos, porque del agua salió con los pies por delante. Aunque la respuesta, creo, está bastante clara.




21/8/26

578. Un número más

    Solano no es viento ni está caliente. Lo cual no significa que pueda estarlo en alguna otra ocasión. Solano tan solo es un nombre desafortunado, impreso en su DNI y escrito a mano en su partida de nacimiento.

    Un número más en la base de datos. Otro desconocido entre desconocidos.

    Solano abre la puerta de su piso pequeño y viejo. Al otro lado solo hay silencio, oscuridad y vacío. A veces piensa que le gustaría oír una voz que no fuera la suya. Ni siquiera tendría que ser una voz que le dijera «vuelve pronto». Se conformaría con una voz de reproche o contradicción.

    Una vez llamó a Momentos, pero fue un error porque no supo qué decir. Ni se le pasó por la cabeza llamar a Hablar por hablar.

    Otra opción sería hacer como hizo Edu en las Navidades del 97. Pero no es Navidad. Solano permanecería en silencio, concentrando todos sus sentidos en la voz del otro lado de la línea hasta que le colgara. Después volvería a llamar, una y otra vez, hasta encontrar, quién sabe, una voz.

    Al final, acaba acostándose con el fracaso y el cansancio.



18/8/26

577. La radio

    La radio es un gran invento. La pongo siempre que almuerzo, como y ceno. Normalmente escucho Catalunya Ràdio y RAC1, aunque otras veces sintonizo la Cadena SER y RNE.

    Pensaréis que exagero, pero escuchar según qué emisoras mientras se come entraña un serio peligro: la comida te puede sentar mal o puedes atragantarte con ella por un acceso de risa.

    Esto último me sucedió ayer cuando, en un arrebato de pluralidad informativa, sintonicé la COPE. En ese momento, mientras yo me nutría, un locutor narraba, con rigurosa profesionalidad, la actualidad de lo que acontecía en Ceuta.

    Su relato, delirante y apocalíptico —deudor de exitosas producciones cinematográficas como Guerra Mundial Z y Mad Max—, era capaz de sobrecoger al corazón más apático.

    El avezado cronista radiofónico y sus colaboradores, afines a la causa, estuvieron a punto de convencerme de que el Gobierno actual debería ser condenado por crímenes de lesa humanidad.

    Entonces me dio la risa. Y con ella el peligro.




14/8/26

576. Fecundación total

    Fueron muchas las personas que no se desplazaron para presenciar el eclipse. Por ejemplo, hubo varias parejas heterosexuales que, en pecado o en matrimonio, eligieron el día del evento astronómico para copular sin protección. Ya fuera por creencias o por estúpidas tradiciones ancestrales, la idea de concebir una vida en un día tan especial les resultaba especialmente atractiva y simbólica.

    Algunas de esas parejas llevaron la concepción un poco más lejos. Los machos, siguiendo cálculos previos y atendiendo a las exigencias de las hembras, eyacularon dentro de ellas justo cuando la tarde se hizo noche. Mientras miles de personas aplaudían, con la mirada protegida y dirigida hacia el horizonte solar, millones de espermatozoides iniciaban su carrera hacia el óvulo. Durante la fase de totalidad, cientos de hembras fueron fecundadas y la suerte quedó echada.

    Algunas de esas gestaciones contribuirán a la perpetuidad de la especie, sí. Y otras terminarán en abortos o en bebés estrella.




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