Todas las mañanas, de lunes a viernes, durante el recreo escolar, la Generación Z estudiantil se dirige en pelotones unisex de entre cinco y ocho integrantes al supermercado que hay enfrente de donde vivo, prestos a comprarse algo para almorzar. Los observo y pienso: «Joder, ¿dónde han quedado los bocadillos?». Optan por la bollería azucarada y la mierda con muy buena cara. Además, comerse un bocadillo con comodidad requiere el uso de las dos manos y, por tanto, desatender el móvil.
Sigo observándolos, aunque resulta imposible saber de qué estarán hablando. ¿De qué coño hablan los veinteañeros hoy en día cuando sus mentes descansan de la alienación académica? Mi sobrino y sus amigos, todos veinteañeros, son unos apasionados de Tesla y Horrorland. ¿Y las chicas? Está claro que, al margen de lo que hablen, tanto ellos como ellas deben de masturbarse casi a diario y desear follar a todas horas, sin intención de perpetuar la especie.
También veo en ellos el mismo entusiasmo que tenía yo a esa edad. Pero ese entusiasmo desaparecerá en cuanto muchos de ellos tengan que vender su tiempo en trabajos esclavizantes y mal pagados hasta los setenta o setenta y cinco años. Cuando comprueben que emanciparse y formar una familia resulta imposible. Cuando, por más que miren hacia el horizonte en busca de luz y un nuevo renacer, no vean más que oscuridad.
Soy un tremendista, lo sé.


