Hubo que inventarte traidora, porque eras demasiado bella. Hubo que fabular contra ti para no reconocer que eras irresistible y que tu canto era capaz de doblegar la voluntad de cualquier hombre. Quizás por ese mismo embrujo me sumerjo cada día en las olas con la esperanza de encontrarte.
Pero nunca apareces. No hay atisbo alguno de lo que creí ver hace años, cuando me sacaste del abismo de agua en el que pensé que iba a morir. Ahora, por más tiempo que pase contemplando la inmensidad del mar un día tras otro, sé que siempre me quedará la duda de si fuiste realidad o espejismo.
Te inventaron ninfa mortífera del océano, pero a mí me dejaste en la orilla con una nueva vida, una obsesión y un gélido beso de salitre.
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