28/10/24

389. Demenciano se prepara

    Demenciano siempre tenía el ánimo revuelto los días previos a una festividad, y la inminencia de Halloween no iba a ser menos. Era algo que le venía sucediendo desde pequeño. Pero este año no sería como el pasado, en el que todas las calabazas exhibidas en los escaparates le hablaban con voces sibilinas cargadas de malignidad.

    ¡Malditas frutas gigantescas y sonrientes! Aún recuerda el fuego que ardía tras aquellos ojos triangulares, y la viscosidad pulposa escurriéndose de entre los grotescos colmillos.

    «¿Qué tal, Demenciano?, ¿este año tampoco te vas a disfrazar?», «Vamos, Demenciano, disfrázate para nosotras, jejeje», «ponte algo bonito y acompáñanos alrededor de la hoguera, jujuju», «Queremos ser tus amigas, Demenciano, jijiji», «Queremos que te acerques y juegues con nosotras, jojojo», «¿truco o trato, Demenciano, eh?, ¿truco o trato?», «Contesta, Demenciano, contesta, jejeje», «¿truco o trato, truco o trato, truco o trato, truco o trato, truco o trato, truco o trato, truco o trato...?».

    Aquella noche, el torturado Demenciano llegó a su casa tambaleándose, con las manos en la cabeza y evitando tropezar contra los lastimosos grupos de fantasmas, esqueletos, zombis y vampiros que se cruzaban a su paso. Apenas pensó en arrancar el ordenador y registrarse en algún chat. Ni siquiera le quedó ánimo para irse de putas y emborracharse como tenía planeado.

    Pero este año iba a ser diferente. Entre otras actividades más mundanas, pasaría el día afilando el hacha que tenía guardada en el trastero. En el pasado, le había sido de gran utilidad para desembarazarse de vecinos molestos y de paso llenar el congelador, además de ahuyentar a los vendedores a domicilio. Sabía que en algún momento de la noche, un grupito de molestos infantes llamaría a su puerta como manda la tradición, y estaría preparado.

    Lo primero que haría sería asomarse a la mirilla, y por el bien de sus jóvenes vidas, mejor que ninguno de esos putos renacuajos llevara consigo una calabaza.


24/10/24

388. Vencedores y vencidos

    Otro día más, frío y crudo, en un mundo joven donde la vida es una lucha constante por la dominación y la supervivencia. Otra veneración a Ares, donde no hay cabida para los débiles. En un entorno despiadado e implacable, solo los fuertes sobreviven, sin más autoridad que la fuerza bruta.

    El sol recién nacido refulge en las puntas de millares de lanzas. Manos en tensión tironean de las riendas de monturas inquietas. Las espadas tienen sed y hambre. Los combatientes se escrutan con instinto depredador, y respiraciones de odio gélido se unen al silencio que precede a la barbarie.

    En un instante, las gargantas se liberan y cargan unos contra otros con la ferocidad de los lobos. Cae la noche, y la vasta extensión de tierra queda sembrada de mutilación y sangre. Las criaturas carroñeras se dan un atracón con la matanza, y otro episodio de horror queda escrito en la historia infame de los hombres.



21/10/24

387. Uróboros

    Muerte ha sido testigo del primer origen sin que lo advirtamos. Nos ha visto nacer y nos ha concedido una vida de ventaja antes de venir a buscarnos. Sus cuencas sin fondo han presenciado, imperturbables, cada segundo insignificante de nuestra existencia.

    Algunas veces, Suerte ha negociado con ella y nos ha concedido un tiempo extra; otras, ha accedido a reescribir nuestro guion después de pactar con Destino. A Muerte no le importa posponer lo inevitable, porque no tiene prisa y todo final acaba llegando.

    Qué sucederá el día en que Muerte carezca de propósito porque no quede nada ni nadie. Quizá espere a que Vida, de algún modo, vuelva a abrirse paso para restablecer el ciclo. Como siempre ha sido, como viene siendo y como siempre será.



17/10/24

386. Lesión cervical

    Según el diagnóstico médico, la lesión de las cervicales era irreversible, por lo que ya no hacía falta que el accidentado llevara collarín. Nunca más podría cabecear en los conciertos ni en ningún otro sitio, ni moverse como un ser humano normal. A partir de entonces tendría que hacerlo como un autómata en fase de desarrollo.

    Tanto era así que siempre miraba de frente. Y si tenía que mirar hacia atrás, lo hacía dando una vuelta completa con total rigidez. Si miraba a izquierda o derecha, giraba el tronco con idéntica inflexibilidad robótica. Y lo mismo cuando miraba por dónde pisaba, solo que inclinándose lo justo para no troncharse la nariz contra el suelo.

    No en vano, ya nadie se dirigía a él por su verdadero nombre, sino por Estafermo.



14/10/24

385. Desaparecidos

    Quién sabe dónde fue un exitoso programa que se emitió en Televisión Española durante la década de los noventa. En pocas semanas se convirtió en la última esperanza de muchas personas que deseaban encontrar a sus seres queridos desaparecidos. El equipo del programa resolvió numerosos casos, pero también recibió las llamadas telefónicas de quienes habían huido de sus vidas anteriores por las razones que fueran y, de ninguna manera, querían regresar a ellas.

    Ja, ja, ja, no es algo que sorprenda. Cuántas personas necesitarán dar ese paso por pura supervivencia. Cuántas de ellas estarán sufriendo en el seno de familias y relaciones tóxicas. Cuántas personas que creemos felices estarán interpretando un personaje ficticio en sus vidas de postín. Cuántas vivirán, de puertas para adentro, una muerte lenta.

    El programa fue respetuoso con aquellas peticiones y optó por no truncar la segunda oportunidad de todas aquellas vidas. Quién iba a pensar que aquellos serían los últimos coletazos de una televisión algo digna, si es que tal cosa ha existido alguna vez en ese medio, antes de que nos invadiera la gran excrecencia, que aún perdura, de la telerrealidad más sórdida y ramplona.

    Creo que ahora sería mucho más difícil, ya no el hecho de desaparecer, sino el de mantenerse desaparecido. Hay demasiadas cámaras mirando en todas direcciones las veinticuatro horas del día. Demasiadas redes sociales pobladas por millones de retrasados interconectados, dispuestos a registrar con su móvil cualquier puta cosa por un puñado de likes.

    Puede que algún día la casualidad me lleve a descubrir quién fuiste una vez, persona desconocida, pero no te preocupes. ¿Quién no tiene secretos? ¿Quién no ha necesitado alguna vez escapar de la asfixia y llenar los pulmones de aire limpio?

    Entiendo que, a veces, solo nos queda cambiar de dirección, irnos lejos, muy lejos, y desaparecer.


10/10/24

384. Mil cuatrocientos sesenta días

    Mañana hará cuatro años que decidió no vivir más. Mañana serán mil cuatrocientos sesenta días los que llevo haciéndome las mismas preguntas, a sabiendas de que nunca obtendré las respuestas.

    Durante mil cuatrocientos sesenta días he escarbado en todos y cada uno de los recuerdos de treinta y tres años de amistad. He intentado averiguar qué era aquello que tanto necesitaba para continuar y que ninguno de los que lo queríamos supimos darle.

    Mil cuatrocientos sesenta días son muchos días. Los suficientes para que el dolor de los primeros meses se enfríe y termine transformándose en una sensación inexplicable de flotar en la inmensidad de un vacío mudo e incoloro.



7/10/24

383. Experiencia inmersiva

    Eran las dos de la madrugada del siete de octubre y había refrescado bastante, por lo que estaba tumbado en el sofá del comedor con los auriculares puestos, escuchando música versada en mundos repletos de exceso y devastación. Las cortinas estaban descorridas y la persiana subida, de modo que mi vista se perdía en la inmensidad celeste, más allá de cualquier realidad, mientras la calle desierta emanaba calma de cementerio.

    De repente, una secuencia de luces azules y naranjas empezó a dibujar en las paredes del comedor círculos luminosos de color y maravilla. Aquello, junto con la música demencial que estaba escuchando, propició una experiencia inmersiva de dimensiones desconocidas.

    Quién sabe si era así como las musas irrumpían en la vida de los blogueros: con brutal death y luces hechizantes. A lo mejor por fin venía la mía dispuesta a hacerme una felación, vestida de amazona y con el pecho derecho sin amputar. Pero, tras incorporarme del sofá con gran esfuerzo y asomarme al balcón, comprobé que no había magia, ni musa ni mamada mística.

    Tan solo era un joven desnudo y un poco ensangrentado que corría por la calle maldiciendo en árabe. También puede ser que le estuviera pidiendo ayuda a Alá; a saber. En ese mismo momento era reducido por dos hombres que también imprecaban en árabe. Un tanto alejados, un par de guardias civiles contemplaban la escena con las manos en los bolsillos, de espaldas a su coche patrulla, cuyo parabrisas estaba roto.

    En cuanto a las luces, provenían del vehículo de los héroes anónimos del SEM, que, en cuanto tuvieron a mano al muchacho, le inyectaron algo y lo cubrieron con una manta térmica. Dada la escasa trascendencia de lo ocurrido, ya no quise ver más y decidí volver a mis sacras ocupaciones. Aunque me sería difícil regresar a mi anterior estado de sugestión onírica con la imagen de ese pobre desgraciado metida en la cabeza.

    Desde luego, la vida era toda belleza y armonía.



3/10/24

382. En el hayedo

    Todo moría un poco en otoño. El paisaje palidecía en bellos tonos ocres y los insectos del calor agonizaban. Mientras, aunábamos la melancolía del alma con la excitación estival que aún nos quedaba y con los sentidos todavía al rojo del fenecido verano. También era el preámbulo del profundo letargo invernal o de la fría muerte.

    Era en primavera cuando estornudábamos más que nunca, y era en verano cuando nuestra piel sufría más que nunca los embates de Ra. Ambas estaciones nos recordaban la sensibilidad de nuestros cuerpos frágiles. El otoño no era menos, claro, y también nos recordaba que éramos materia finita en constante degeneración. Pero lo hacía con templanza y sutileza, sin alergias ni dolor.

    El otoño era el sosegado reinicio vital después de las ceremonias de despedida. Muchos planes quedaban suspendidos y ya nunca los reemprenderíamos, porque el otoño era la estación del declive y el olvido. La ausencia del auge y del vigor, ahora que los estímulos ambientales se habían degradado.

    Sin embargo, seguíamos siendo animales sexuales con ansias de supervivencia y placer, querida desconocida. Trémulos envoltorios de carne dispuestos a sumergirnos en la excitación plena de nuestros sentidos. Unidos en medio de la borrasca de pulsión y deseo, sobre las hojas secas, rojas y amarillas del hayedo, con la tibieza de la luz solar del atardecer otoñal acariciando nuestras siluetas desnudas.

    Y alejados, querida desconocida, alejados de la mediocridad de la marabunta gris.



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