Las temperaturas habían descendido y la sociedad seguía cayéndose a pedazos. Cada día teníamos nuevas muestras de ello. Además de la gilipollez global ciudadana, el asesinato y la violencia continuaban siendo compañeros fieles de nuestro día a día.
Era duro ser madre y descubrir que tu hija de doce años era una maltratadora. Que formaba parte de un quinteto de acosadoras que grababan con el móvil sus andanzas de violencia pubescente. Era jodido constatar que la educación impartida había fracasado. Era una vergüenza ver que tu niñita de doce años podía ser más hija de perra que cualquier galgo, porque a lo mejor le viene de casta.
Pero algo teníais que hacer, mamaítas; algo teníais que decir, pues el vídeo original se había viralizado. Ahora vuestras niñitas ya eran conocidas mucho más allá de Moguer y habíamos visto lo bien que se lo pasaban en la calle cuando salían a jugar. Fuenteovejuna había caído sobre vosotras y sobre las acosadoras que habíais parido. Los papeles se habían invertido perversamente: las acosadoras eran las acosadas. ¡Oh, justicia poética, manifiéstate más veces!
Así que, mientras algunas de las mamis señaladas optasteis por el silencio, porque siempre es más fácil la cobardía que su antónimo, una de vosotras pidió perdón y suplicó que cesara el acoso ciudadano a su hijita acosadora. Y otra, además de reescribir lo sucedido a conveniencia para justificar la actuación de su monstruita de doce años, grabó unos audios en los que amenazaba con emprender acciones legales contra las personas que habían difundido las imágenes de la verdad.
Con todo, agradezco a todas las personas que habéis cometido la imprudencia —o la ilegalidad— de viralizar el vídeo. No es la mejor manera de enfrentarse a un hecho tan lamentable y mezquino, pero a lo mejor habéis evitado que la verdadera víctima de aquella agresión acabara suicidándose.