Era miércoles y la sobremesa que siguió al tapeo finalizó sobre las dos y media de la madrugada. Como es normal, nos reímos mucho del mundo y hablamos de todo en general sin solucionar nada en concreto. Algo parecido a lo que ocurre en las Cortes Generales, pero sin protocolo, bochorno ni faltas de respeto.
A esas horas apenas había tráfico. Puse la radio para amenizar el cuarto de hora de conducción que me separaba de mi modesta propiedad urbana, y una locutora, con buena dicción y tono impersonal, me volvió a recordar lo jodido que estaba todo. Luego pensé en los seísmos de magnitud 7 o superior que, en lo que iba de año, habían sacudido México, Venezuela, Colombia, Indonesia, Japón, Filipinas, Vanuatu, Malasia y Tonga. Después, en el reciente desprendimiento de hielo y roca que irrumpió en la frontera entre Nepal y el Tíbet y, por último, en esa canción de Tote King que dice: «Y si la naturaleza se está vengando como tos decís, no entiendo cómo es tan torpe y se equivoca siempre de país».
La naturaleza, como los Tres Reyes Vagos, parecía tener conciencia de clase, pero solo imponía su propio sistema de regulación sobre el censo mundial. En esas elucubraciones de brocha gorda sobre estadística y muerte, circulaba a unos ochenta kilómetros por hora cuando las luces largas iluminaron a un enorme jabalí que me bloqueaba el paso.
Con todo, pude frenar a tiempo y esquivar de un volantazo a aquella indiferente criatura. Por suerte, ningún vehículo circulaba por el carril contrario en ese momento. Estaba claro que las fuerzas superiores que nos gobiernan habían decidido que el jabalí tenía que seguir con vida y que yo llegara a mi nicho-vivienda, como mucho, con el corazón acelerado.
Y que mi coche siguiera sumando números en el cuentakilómetros.

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