Estuviera donde estuviera, ella era ella desde que se levantaba hasta que se acostaba. Indiferente a las miradas, a los comentarios y a las cámaras de los móviles. Es decir, ella era ella con su indisimulado bigote, su tupida uniceja y sus brazos, piernas y axilas sin depilar.
Ella era ella y, sin pretenderlo, tenía el poder de influir en los fenómenos naturales y en los animales.
Si salía a la calle en un día soleado, el Sol se ocultaba en segundos. Si lo hacía de noche, la Luna también desaparecía de idéntica forma. Si contemplaba con fijeza un cielo azul y despejado, se desataba la tormenta. Si era hielo lo que miraba, lo licuaba al instante, y si iba a la playa, las olas la rehuían.
Los animales venenosos se abstenían de picarla; también las abejas, los mosquitos y las avispas. El resto de criaturas que le salían al paso se tapaban la cara y, gimientes, se escondían o se alejaban. Y allí por donde pasaba, el suelo se agrietaba y la vegetación se marchitaba.
Con todo, ella siempre era ella, pasara lo que pasase: sólida y real en un mundo estereotipado que todavía no estaba preparado para su apariencia.