Lo sé, lo sé. Sé que no debería alargar más el chicle. Las segundas partes nunca fueron buenas, y esta seguramente tampoco lo sea, aunque sea breve.
Ahí donde organizadores y concursantes exclaman: «¡Enhorabuena a los ganadores y a todos los participantes!», creo que no estaría de más añadir: «¡Ánimo a los perdedores!».
Así lo expresé por tercera vez, allá por 2010, durante la tercera gala de un concurso literario —hoy desaparecido— de esos de andar por casa, y acabaron por decirme que no era bienvenido.
Lo entiendo, claro: a quienes nunca ganan no les gusta que se lo recuerden. Pero los ánimos eran sinceros, os lo aseguro.
Rogelia había dedicado varias horas de trabajo a la narración que iba a presentar al concurso literario en el que participaba habitualmente. Sentía que todo iba a salir bien. Apenas habían pasado tres días desde que la publicó en su bitácora cuando ya reunía ochenta comentarios elogiosos. Lo cual hacía pensar en una puntuación que, al menos, la colocaría entre los diez primeros puestos de los veintitrés concursantes.
Sin embargo, sabía que no debía dejarse llevar por la ensoñación. De ninguna manera creía que fuera a ser una de las tres concursantes que accederían al anhelado podio. Eso solo estaba al alcance de quienes jugaban con las palabras como Messi con el balón. Pero esos ochenta comentarios eran del todo alentadores, joder.
Llegó el esperado día de la gala de premios y la realidad la golpeó con un puño de hierro. Y, aun así, no podía creerlo. ¡No había alcanzado ni el décimo puesto! ¡Pero si había ochenta comentarios asegurando que su historia era genial! ¿Acaso no habían sido más que adulación barata?
Así lo sintió Rogelia y así lo expresó en la sección de comentarios de la bitácora que organizaba el concurso y la gala. El resto de participantes —entre ellos, los propios organizadores— respondieron a la descorazonada Rogelia. Ella, sin dar más señales de vida en aquel amargo evento literario, solo podía asistir, enmudecida, a la ridiculez de algunos comentarios.
Una de las concursantes le aseguró que una baja puntuación no significaba que su cuento no hubiera gustado. «No, claro que no», pensó Rogelia con desdén. «Solo significa que hay, como mínimo, diez narraciones que han gustado más».
Otro comentarista tuvo la amabilidad de recordarle una verdad incontestable, hasta ese momento ignorada por el desalmado mundo de la competición:
—Como en todo concurso, para que unos ganen, otros tienen que perder.
«¿Ah, sí? ¿No me digas?», se dijo Rogelia, debatiéndose entre cortarse las venas o tirar el portátil por la ventana mientras lanzaba un colérico grito.
Algunos comentarios también afirmaban que Rogelia era una buena escritora. Pero ella ya no les creía. Otros, con mayor o menor amabilidad, le explicaron que la esencia del concurso, lejos de las altas puntuaciones y las victorias, radicaba en crear una comunidad sana en la que todos aprendían de todos.
Si eso era así, se preguntó por qué todos los comentarios que leía sobre su narración y sobre tantas otras rebosaban azúcar y estaban desprovistos de crítica. Luego miró hacia dentro y se cuestionó si estaba dispuesta a aceptar que quizá su narración tenía un margen de mejora descomunal. Que, impresa en papel, quizá no sirviera ni para envolver grasientos bocatas. ¿Estaba preparada para cruzar esa puerta?
Rogelia cerró el portátil con gesto enérgico y decidió que, a partir del día siguiente, leería y escribiría aún más de lo que ya lo hacía. Y lo haría desde la más pura humildad, sin ansias de reconocimiento. Disfrutando del proceso y sin prestar atención a los comentarios más allá del agradecimiento por recibirlos. A fin de cuentas, eran cientos de miles las personas que escribían más que bien en una bitácora, y solo unas pocas las que conseguían hacer literatura.
En los días que siguieron, justo cuando ya no esperaba nada de nadie, Rogelia empezó a disfrutar plenamente del simple hecho de crear.
Los caminos de Subnormal 3.0 y Retrasada 3.0 se cruzaron un sábado por la noche en una discoteca de las afueras de la ciudad. Y, como sintieron atracción mutua por sus afortunados envoltorios, decidieron unir sus vidas, contribuyendo así al desmejoramiento de la sociedad, si es que eso todavía era posible.
Aquellos dos seres superficiales tenían mucho en común. Por ejemplo, no habían conseguido el título de la ESO por pura molicie y tenían la intención de ganarse la vida como creadores de contenido digital. Quizá eran un poco incultos, pero no del todo idiotas. Sabían que existía todo un público tan pobre de mente como ellos, comprendido entre los dieciséis y los cuarenta y cinco años, del que podrían enriquecerse.
Lo tenían fácil, ya que en sus respectivas redes contaban con un grueso más que notable de seguidores. Ahora solo se trataba de unir sus inexistentes talentos, formarse un poco al respecto y ofrecer la mierda adecuada de la forma correcta. Es decir: promover el consumismo, crear ansiedad e inseguridad en las personas más vulnerables de su potencial audiencia y generarles presión por alcanzar estándares de vida ficcionados.
Lo normal desde hace unos años. Lo crucial para las tres últimas generaciones de humanos, de las ocho reconocidas.
En poco más de un año, la estulticia superlativa de la masa generó cuantiosos ingresos para los canales de la influyente Retrasada 3.0 y del youtubero Subnormal 3.0. Sin embargo, aquello no fue nada comparado con lo que ocurrió cuando, al cabo de dos años de convivencia en la red y en la vida real, se casaron por streaming y duplicaron sus ganancias.
Sus detractores (haters, ja, ja, ja) siempre cuestionaban el contenido de la que ya era la ciberpareja más lucrativa. Y quizá estaban en lo cierto e incluso era moralmente necesario expresarlo. Sin embargo, no habían entendido, o aceptado, que Retrasada 3.0 y Subnormal 3.0 eran inocentes de las conductas que generaban sus contenidos, dado que existe el libre albedrío. Por consiguiente, era muy sencillo y conveniente responsabilizar a los de su gremio de una incapacidad educativa de las instituciones escolar y familiar.
La renombrada y pudiente parejita solo obedecía a la demanda de una sociedad que se caía a pedazos desde hacía ya mucho tiempo. Y este pasó, y siguieron apareciendo youtubers e influencers que alcanzaron el éxito recreando refritos, a la par que blogs personales como el tuyo y el mío desaparecían porque ya no importaban. Por supuesto, la sociedad continuó desmoronándose sin que nadie se responsabilizara de ello. Lo que no pasó fue que un cometa del tamaño de Australia colisionara con la Tierra. Y, de pasar, nadie miraría arriba.
También ocurrió que Retrasada 3.0 y Subnormal 3.0 decidieron celebrar en directo que llevaban un lustro de adinerado matrimonio. Lo hicieron montados en uno de sus coches de gama alta, conduciendo a toda velocidad por un circuito que alquilaron para ellos solos. En la tercera vuelta, el vehículo derrapó en una curva mortal, dio tres aparatosas vueltas de campana y ambos murieron ante la atónita mirada de sus veinte millones de seguidores de habla hispana.
Varios de sus compañeros de profesión se hicieron eco y lloraron como cocodrilos ante las cámaras de sus canales. También lo celebraron en la intimidad de sus casas, pues se habían librado de una dura competencia. Tres de sus seguidores, un hombre de treinta y siete años y dos chicas, una de dieciocho y la otra de veinte, se quitaron la vida. Es lo que tiene la idolatría propiciada por la carencia de cariño paterno-materno durante la infancia y por la falta de neuronas suficientes para el correcto funcionamiento del cerebro.
No sé si alguien más se dio cuenta, porque el mundo va rápido y lo que muere se olvida pronto. Pero, a los pocos días del entierro de los cinco cadáveres, cinco de las estrellas más insignificantes del firmamento dejaron de brillar y, por breves momentos, la maltrecha sociedad mejoró un poco.
Los buenos tiempos de Drácula quedaron atrás hace siglos, cuando la identidad de género obedecía al catolicismo. Entonces todo era blanco o negro. Sin embargo, como dijera uno de los entrañables personajes de un escritor llamado Irvine: «El mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando, hasta los tíos y las tías están cambiando. Dentro de unos años no habrá tíos ni tías, solo gilipollas».
Sin duda, el señor Welsh es un visionario, pues el Príncipe de las Tinieblas lleva presenciando ese cambio siglo tras siglo hasta nuestros días. Ahora apenas encaja en los lugares y las situaciones que antes le eran gratos. Y todo lo que hace, aunque sea bienintencionado, es incomprendido y reprobado. Tan estúpidos son estos tiempos que lo han convertido en un inadaptado.
Aparte de que ahora es él quien parece normal en un mundo de monstruos.
No puedo evitar ser escéptico o pesimista —como tú prefieras— respecto a la palabra paz. Ya sabéis, ese estado que tan mal se nos da desde el principio de los tiempos. Y esta vez la traen en tres fases: tregua, fin de la guerra (genocidio, si así lo ves) y reconstrucción.
Creo que duraré más que el acuerdo e intentaré que el blog también. No vaya a ser que el tiempo me niegue la razón, te acuerdes de esta entrada y te quedes con las ganas de decirme, gritarme o escupirme que estaba equivocado.
Pero, si ya se mataban cuando eran israelitas y filisteos, a ver por qué iban a dejar de hacerlo ahora de forma definitiva, aunque sean israelíes y palestinos. Solo ha cambiado la denominación; siguen envenenados a pesar del paso de los siglos.
Aquella remota noche de octubre, el Peluca y Dieguito le habían dado al ácido más de lo acostumbrado, por lo que decidieron llevar a Farruquito de lumis. Algo de lo más corriente en una sociedad fallida como la nuestra, si no fuera porque Farruquito era un perro. Sí, el de Dieguito. Uno de esos canes diminutos e hiperactivos que ladran a cualquier cosa que se mueva o tenga vida.
Al can en cuestión, el nombre le vino dado porque Dieguito sentía predilección musical por artistas como Camarón y El Barrio, hasta el extremo de que muchas veces se declaraba calorro blanco, ya fuera ebrio o sobrio. Aunque yo, personalmente, jamás le pondría a un animal el nombre de un sinvergüenza. En cuanto al compañero bípedo de Dieguito, se ganó el mote porque, con una mano abierta, se presionaba el cuero cabelludo que recubre la zona parietal del cráneo y, con suma facilidad, se lo desplazaba de atrás hacia delante como si fuera de pega.
Todavía hoy me da grima presenciarlo.
El caso es que, desde que el animal obedeció a los instintos de su despertar sexual, se convirtió en un incordio para los humanos y en un peligro para él mismo y para el resto de los de su especie. Y aquella noche Farruquito iba especialmente salido. Dieguito y el Peluca lo habrían esterilizado o castrado de haber dispuesto del dinero suficiente, pero calcularon que solo tenían para pagar a una prostituta que lo masturbara hasta el éxtasis perruno y aliviarlo. Eso, si además ponían los guantes de látex, en caso de que la prostituta los exigiera.
Quizá penséis que eran unos pervertidos con cierta simpatía por la zoofilia, pero solo eran un par de impresentables dispuestos a hacer cualquier cosa por Farruquito. Claro que, si era así, ¡que fueran ellos quienes pajearan al perro, no te jode! ¡O menos fiesta y más ahorrar, cojones! Sin embargo, el ácido consumido obraba su hechizo artificial y, como eran eminentes conocedores de la noche putera y de sus tugurios, eligieron uno cochambroso y decadente, de una sola planta, llamado La Ruta, ubicado en el modesto pueblo de Castellgalí, a veinticinco kilómetros del nuestro.
Allí, cuatro mujeres de edad indeterminada intentaban subsistir, aunque sin apenas éxito, pues carecían de cualquier atractivo imaginable. De modo que aquel par esperaba que alguna de ellas accediera a realizar el acto manual de bestialismo y, al menos, como suele decirse, ganarse unas perras.
Seáis o no unos membrillos, sé que sabéis que el veranillo de San Miguel ha finalizado y que tampoco tiene nada que ver con la marca de cerveza. Así que yo, «veranófobo» hasta la médula, no sin cierta tristeza por la lejanía de las temperaturas tórridas, os doy la enhorabuena a vosotras, personas «otoñófilas», que gustáis de la contemplación del paisaje teñido de ocre a media tarde, con una bebida humeante o una infusión especiada entre las manos, tras el cristal de la ventana.
El otoño ha llegado a vosotras, criaturas espirituales. Anima vuestro cotarro existencial y os empuja a soltar lo que ya no sirve. Así que ya tardáis en revisar a fondo el trastero y el garaje; os sorprenderéis. Después, practicad el autoconocimiento y la introspección, a ver si encontráis algo ahí dentro. Y reflexionad sobre lo aprendido y lo que habéis crecido, aunque haya sido a lo ancho. Disfrutad, pues, de la transformación y de la transición hacia un mejor estado de consciencia.
La caída de las hojas alfombra el camino de tierra y también os prepara para el futuro. De modo que revisad la ropa de abrigo, purgad los radiadores y tened la caldera de gas a punto. Y, de paso, preparad también el grueso de la cuenta corriente para el disparo del consumo eléctrico.
Y, sobre todo, criaturas «otoñófilas», conservad el sentido del humor.
A finales de la década de los noventa, mis amigos Inolfo y Pitasio, quién sabe si por iluminación divina o por una señal del universo, decidieron aprender jiu-jitsu. Durante los cuatro o cinco meses que duró aquella apetencia, no fueron pocas las veces en que yo estaba tranquilamente acodado en la barra de un bar e Inolfo me sorprendía por la retaguardia con alguna llave marcial recién aprendida. A punto estuve, en más de una ocasión, de estrellarle mi consumición en la cabeza. Pero ya se sabe que a los amigos, cuando lo son de verdad, hay que aceptarlos con sus virtudes y sus taras, amén de que ellos también lo hacen con las nuestras.
En aquella época de juventud consumíamos alcohol de manera irresponsable, especialmente si al día siguiente no teníamos que trabajar. No es que ese condicionante fuera una ley física inalterable, pero, como era sábado (aunque también pudo ser viernes), decidimos rematar la velada en un antro llamado In Situ, ubicado a quince kilómetros de nuestro pueblo. En aquel antro naufragaban, al igual que nosotros, los últimos especímenes de lo que aún quedaba por quemar de la noche.
El local era de tamaño mediano y, aun así, con lo tarde que era, no había completado el aforo. Con todo, para adentrarnos en su semioscuridad, apenas mitigada por una tenue iluminación, tuvimos que abrirnos paso entre la masa pululante hasta llegar a uno de los extremos vacíos de la barra curva, que moría en la pared. Allí pedimos nuestras bebidas, nada saludables. Sin duda, todo un proceso inmersivo y sensorial.
Apenas di el primer trago cuando me giré, dándole la espalda a la barra, y vi a Pitasio acercarse a un tío que, de repente, se levantó del taburete y le embistió brutalmente la cabeza con la suya. Pitasio no llegó a tocar el suelo cuando el compañero del miura humano giró sobre sí mismo como un estafermo, con el puño en alto, y lo descargó con palmaria contundencia sobre la boca de Inolfo. Para entonces, mis dos amigos ya estaban en el suelo y ese mismo tipo iba a por mí con el odio entre las cejas y la cara desfigurada en un gesto agrio. Pero la chica rubia que acompañaba al miura y al estafermo humanos rodeó con el brazo el cuello de este último y, alejándose de mí sin soltarlo, exclamó:
—¡Iros, por favor, iros!
Todo aquello ocurrió en unos tres segundos. La cara de Inolfo reflejaba un desconcierto como nunca he vuelto a ver en ninguna otra persona. Lo ayudé a levantarse y luego fue él quien tuvo que ayudarme a recoger a Pitasio del suelo guarreado de la discoteca y salir fuera. Una vez en la calle pudimos calibrar los daños. Pitasio, que apenas se aguantaba en pie —de hecho, farfulló que lo dejáramos en el suelo—, tenía una brecha en la frente que, si bien no sangraba, necesitaba puntos de sutura. El labio inferior de Inolfo, por su parte, no solo corrió la misma suerte, sino que además sí sangraba.
Claro está: tuvimos que ir de urgencias.
Al día siguiente, el resto de amistades y conocidos del pueblo ya se habían hecho eco de lo acontecido. Varios de ellos, quizá por falta de confianza o por empatía, no verbalizaron lo que pensaban. Pero para eso ya teníamos a los amigos de toda la vida, como el Rulo y el Mali. Ellos hablaban por todos los que callaban y se cebaron sobre todo con Inolfo, usando frases como: «¡Tanto jiu-jitsu y tanta polla "pa ná"!», «¡Menudo "matao"!». Inolfo, por su parte, vendió a su agresor como un tipo de dos metros de altura por cuatro de espalda, cuando yo recuerdo que fue un menda más bajo que él.
Por lo visto, además de la boca, también tenía herida la vanidad.
En cuanto a Pitasio, dijo que no recordaba el porqué de la agresión, ni si dijo o hizo algo que la provocara. Entretanto, a Inolfo, supongo, la hostia le vino porque hizo ademán de acercarse y el estafermo humano pensó que con los colegas se va a muerte y que, si hay que pegar, se pega. El caso es que ambos, desde aquella noche, nunca más volvieron a pisar un tatami. Pues, como dijo el maestro Bruce Lee en un documental, la disciplina que exigen las artes marciales para que sean útiles es incompatible con las adicciones y los vicios.
Por lo que a mí respecta, y nunca mejor dicho, solo me llevé un golpe de suerte.