13/11/23

291. En los altos barrios y en los barrios bajos

    Yo hice algunos trabajos en esas grandes casas de los altos barrios. Allí el sol siempre brilla y el cielo es azul, y nunca hay suciedad ni malos olores. Los ricachones salen a regar el césped cuando le han dado el día libre al servicio. A veces también salen montados en sus cochazos, o bien a correr a pie o en bicicleta. Alguno de ellos incluso con escolta. 

    Casi nunca hay polis patrullando, ¿te lo puedes creer? Quiero decir que de vez en cuando un par de ellos asoman la jeta, saludan al contribuyente con un cordial gesto de cabeza y se largan. Nunca pasa nada en esos sitios. Aunque estoy seguro de que a la primera llamada telefónica acudirían de inmediato con toda la artillería. Créeme, si yo hubiera nacido en un sitio así nunca querría irme. 

    Pero mira dónde estamos. Todo apesta y no parece que estemos bajo el mismo sol ni el mismo cielo que ellos, ¿entiendes lo que quiero decir? ¿Por qué crees que la poli nunca viene aquí a saludar con todo lo que hacemos, eh? Te lo voy a decir, joder. Porque trabajamos para los mismos peces gordos que ellos, ¿entiendes? Sólo que en la otra cara de la moneda. 

    Verás, acércate y mira a esos niños de ahí, ¿los ves? Están jugando en el sitio donde frieron a aquel par de polis hace una semana. Aquel par de cabrones se lo merecían, créeme. Llevaban pintada en la cara las ganas de jodernos. Creían que nos estaban vigilando pero era el barrio quien los vigilaba a ellos. Así es la vida en este puto estercolero si no quieres volverte loco. 

    Sí, chaval, yo era como esos niños de ahí. Mierda, no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando. Y cuando lo haces ya es demasiado tarde para escapar de aquí. Bien, ¿tienes tu arma a punto? ¿Estás listo para tu primer día en el negocio? Pues vamos. Hay que mover la puta mercancía y se está haciendo tarde. 



9/11/23

290. La librería del extrarradio

    Caminaba sin rumbo por una zona desconocida del extrarradio, cuando me encontré ante un muro de enredaderas que cubrían la fachada de una librería de apariencia vetusta. Las letras góticas que custodiaban la entrada decían: El Reposo de los Libros Perdidos y Olvidados. Me sentí atraído de inmediato y decidí entrar. Tan pronto empujé la puerta arqueada de madera maciza, un aguijonazo de electricidad estática me sacudió la mano. Maldije por lo bajo y miré a través de las cristaleras que había a un lado y a otro de la misma, pero no vi más que oscuridad. Y justo cuando me di la vuelta para largarme, la puerta se abrió con un lamento. 

    Lo primero que sentí al traspasar el umbral fue un fuerte olor a podrido. Daba la impresión de que alguna tubería de residuos había reventado allí dentro. Mi estómago acusó la náusea olfativa con entereza acostumbrada, ya que era muy similar a la que emana de la sociedad actual. Lo siguiente que experimenté fue intranquilidad. Aquel sitio estaba desierto. No había nadie en el mostrador de cobro, ni en los numerosos pasillos que discurrían lustrosos por entre los cientos de estanterías. Tampoco en los silenciosos palcos que desaparecían en la alta negrura del techo abovedado. No había nadie salvo yo, en aquella estancia mucho más enorme de lo que parecía desde el exterior.  

    La puerta se cerró a mis espaldas con un suave chasquido, aunque a mí me pareció la detonación de un obús. Cuando tuve el corazón donde corresponde, fui adentrándome con recelo y lentitud en aquella gran solemnidad rectangular, alumbrada con timidez por un sinfín de pequeñas luces ambarinas que se perdían en la distancia. De pronto empezó a sonar a volumen ambiental una música añeja cargada de parásitos acústicos que parecía provenir de todas direcciones. Entonces advertí las manchas de sangre.

    Multitud de grandes explosiones purpúreas salpicaban de forma aleatoria, tanto a izquierda como a derecha, todos los volúmenes de aquel pasillo interminable. Seguí andando y la orgía de hemoglobina parecía no tener fin. El hedor se intensificaba por momentos y la música empezaba a ser de veras crispante. No sé si porque era incapaz de identificarla o porque parecía reproducirse al revés. 

    Con todo, aprecié que los libros que abarrotaban aquellas estanterías sanguinolentas eran gruesos grimorios que respiraban y siseaban. Cuanto más los miraba y escuchaba, mas tentado me sentía de sumergirme en sus páginas. De existir el Necronomicón, estoy seguro de que se encontraba entre esas miles de obras olvidadas y perdidas. Pero no estaba preparado para comprobarlo y enfrentarme con lo sobrenatural. No era el momento ni podía hacerlo solo. De modo que salí de aquella librería a la carrera, y con toda probabilidad batí algún récord de velocidad.

    Ahora estoy en mi nicho-vivienda cavilando sobre lo acontecido. No creo que haya sido víctima de uno de esos programas de cámara oculta en los que miles de hijoputas se hayan reído de mi inocencia. Aún después de lavada, mi ropa huele a putrefacción y las suelas de mis zapatos siguen manchadas de sangre, y no de la que gastan a litros en un slasher. Así que no sé si regresaré al Reposo de los Libros Perdidos y Olvidados. Si de nuevo la librería me permitiera entrar, tengo el presentimiento de que no sería para dejarme salir. Tampoco le doy mayor importancia. Estoy acostumbrado a convivir con el absurdo y lo escabroso, y en nuestro mundo hay a partes iguales tanto de lo uno como de lo otro.

    En fin, hay cosas que nunca entenderemos y cuya existencia es mejor ignorar.

    Aunque bien meditado, si tú me acompañaras... 


  

6/11/23

289. Solución permanente

    El cuerpo cayó desde una altura obscena sin más resistencia que la del aire. Más tarde se sabría que alcanzó su velocidad terminal en unos trece o catorce segundos, y que no tropezó ni fue empujado. El suelo recibió el cuerpo con indiferencia, y el impacto, duro y seco, propició que sus entrañas se conmovieran y se abrieran paso a través de los huesos tronzados y la carne rota. Por último, toda chispa vital de aquel despojo se perdió en algún lugar inalcanzable, junto con multitud de interrogantes que nunca hallarían respuesta.



2/11/23

288. El retorno de los tres

   Si ayer saliste con tu siniestro disfraz y no los viste, o no sentiste en tu carne un súbito descenso de la temperatura ambiental, es que no tenías los ojos bien abiertos o no estaban próximos. O quizá pensaron que no estabas preparado para según qué emociones. Cuando piensan, claro. 

    Hoy tampoco creo que los veas, pues llevo codeándome con ellos desde hace muchos años, y como yo, no suelen moverse por lugares normales. No es de extrañar que nos conociéramos en el bar de La Virgen Decapitada, que como sabrá el lector asiduo, es un lugar cuya inquietante clientela nunca hace preguntas, y en el que tres cadáveres resucitados pueden pasar tan desapercibidos como aceptados.

    Allí, durante dos fechas muy señaladas para nosotros, nos ponemos al día entre carcajadas, música y alcohol. Mis amigos son raperos, naturales de México, de modo que la primera noche es un trasiego de rimas envolventes que se te meten en el cuerpo, aunque no lo tengas surcado de horribles aberturas como ellos. Y la segunda es un descenso al infierno amenizado con death metal, pues es un estilo musical del que no reniegan y muy propicio para noches tan mágicas.

     Sin ir más lejos, nuestro particular festejo de la muerte y la vida empezó en la velada de ayer y acabará en la de hoy. Ambas fechas transcurren siempre con la fugacidad del suspiro, ya sea de vivo o de muerto. Así que llegado el momento, de nuevo volveré a provocarme una pequeña herida como dicta el rito, para que unas pocas gotas de mi sangre salpiquen la tierra maldita. Entonces las leyes naturales se invertirán y el tiempo se replegará sobre sí mismo. Mis tres amigos muertos romperán con sus manos huesudas la tierra que los sepulta, se alzarán en una nube de polvo, se montarán en sus motos y atrás dejarán tres tumbas abiertas al cielo. 

    Y como cada 1 de octubre, los estaré esperando en el bar donde empezó todo. Llegarán por la noche, con el sonido de las trompetas y el beat inconfundible del rap de los noventa, cuando era de verdad. Y tan pronto entren y me vean, como siempre me saludarán con lo que ya es un código entre nosotros: 

    «¡Es la vida...!».



30/10/23

287. Adiós, verano, adiós

    No hay moscas revoloteando frente al cristal de mi ventana, ya que han desaparecido en favor de las hojas caídas alborotadas por el viento. Un viento fresco que evitará que los veintidós millonarios que se disputan la posesión de un balón mientras escribo esto, desfallezcan sobre el césped al sol del estadio. 

    La vida se ha tranquilizado y los días discurren al ritmo de las nubes. Ya no caminamos tan aprisa e incluso nos concedemos miradas fugaces, pese a la ligera ventisca que choca de frente sin disculparse, y discurre a su antojo por las terrazas algo despobladas en estos breves atardeceres que ahora son como un arrullo somnoliento.

    Ciertas huidas hacia adelante concluirán en desgracia. Pero también habrá suicidas al volante que pospondrán el momento de estrellarse contra el camión de mercancías, porque habrán vislumbrado una posibilidad de retorno en el horizonte de sus expectativas, y redescubierto que sus emisiones orgásmicas siguen siendo cuantiosas y burbujeantes.

    Nunca es tarde para apreciar, sin hacer distinciones de edad, que después de la escasez de la ropa en verano, los culos de las féminas que transitan por la calle, incluso las anatomías de cementerio esclavas de la moda, ya han adquirido esa calidad otoñal tan agradable que confieren los tejanos ajustados.

    Así pues, el otoño se ha instalado en la ciudad en toda su plenitud, claro que sí. Y no por eso, aún siendo yo más de verano, iba a dejar de ser un libertino al viejo estilo, claro que no.



26/10/23

286. Viernes noche

    El viernes por la noche los chicos de los coches robados estrecharán su relación con el peligro. Competirán por ver quién de ellos es el más rápido, y las zonas poco transitadas quedarán veladas por el humo de los neumáticos chamuscados. Algunos se llevarán la ovación del ganador y otros se dejarán la vida en el fuego del accidente.

    Mejor eso que agonías hospitalarias. Mejor el fin que una lucha de resistencia contra la muerte en la cúspide del dolor. 

    Una noche más de viernes, las lolitas de más de veinte, los adolescentes de más de treinta y los jóvenes de más de cuarenta, serán sombras nocturnas en los puntos más calientes de la ciudad. Las que tengan la curvatura perfecta de glúteo enardecerán las pollas de la concurrencia en las pistas de baile, y los que tengan la condición adecuada de atrevimiento y poesía beberán la miel de los coños ociosos.

    El viernes por la noche la trampa se agrandará y los pobres de espíritu rogarán al diablo por un poco más de narcótico. Corazones fracturados y almas vacías naufragarán en los prostíbulos, y los orgasmos sin amor se sucederán en oleadas de hastío. También las comisarías se llenarán de quienes hace tiempo gastaron el comodín de su salvación, porque el grado de violencia aumentará varias décimas pasada la medianoche. 

    Otro viernes de perdición se ahogará en la maldición de sus figurantes.



23/10/23

285. El susto

    Sábado por la mañana. Más o menos sobre las 11,45 PM.    

    La chica, de unos veinticinco años de edad, andaba tres o cuatro pasos por delante de mí como si tuviera prisa. Al parecer íbamos en la misma dirección, cuando yo me detuve como indica la luz roja del semáforo peatonal. Por el contrario, ella hizo caso omiso y cruzó, no sin antes mirar a izquierda y derecha sin apenas detenerse. 

    Es decir: que la jovencita era imprudente pero no del todo idiota.

    La carretera donde ocurrió el susto está constituida por cuatro largos carriles —dos para cada sentido—, en los que la mayoría de conductores circulan a unos ochenta kilómetros por hora, cuando debieran hacerlo a una velocidad máxima de treinta, tal y como indica la señal circular, roja y blanca. 

    Es decir y digo: también hay conductores imprudentes cuya idiotez es ecuánime a la de los peatones que van de listos.

    No lo achaco a un problema de daltonismo extremo. Supongo que la muchacha calculó mal, o el despiste la cegó y no vio al conductor que para no arrollarla, tuvo que bloquear de un pisotón las cuatro ruedas de su vehículo, el cual se desplazó unos tres metros en su sentido de marcha con un tremendo aullido de neumáticos, que sobresaltó a la concurrencia cercana, así como a la joven, pese a los auriculares que llevaba puestos.

    Del coche se bajaron, a medias, tres chavales de edad similar a la de la chica, y por lo visto más pálidos y afectados que ella. El conductor, un tanto desencajado, le imprecó: «¡Madre mía, retrasada, te podría haber matado y me habrías jodido la vida!». Desde la otra acera y ocupando gran parte de ella, una obesa sin rasgo alguno de femineidad intentó equilibrar la balanza de la culpabilidad: «¡Oye, oye, que vosotros tampoco ibais pisando huevos, eh!». Entonces intervino un sensato nonagenario con boina, sentado con pose monárquica en uno de los bancos próximos: «¡Niña, que eres muy joven para el suicidio!». Luego, a modo de brindis alzó su lata de birra destellante al sol, y continuó con su voz cascada: «¡Lucha por la vida, lucha!», y empezó a toser como si él también tuviera que luchar por la suya. 

    Al cabo de aquel minuto intenso y un tanto surrealista, la muchacha reemprendió el paso casi a la carrera con el llanto contenido en los ojos, y los chavales hicieron lo propio, aún blanquecinos y exaltados. Yo crucé con el semáforo peatonal en verde, pues la estima que tengo por mi pellejo es superior a la imprudencia e imbecilidad que pudiera tener.



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