30/6/22

148. Bombas y balas

    Me dijo Johnny —el del bombardero, no el del fusil— que los gobernantes yanquis nunca renunciarán a una guerra, de ser necesario, si eso obedece a sus intereses. Pero nunca librarán una contra esa industria tan lucrativa y tan global de la que también obtienen cuantiosas ganancias más de cien países.

    También es bien sabido que en algunos estados del país de las barras y las estrellas, si te abres una cuenta bancaria, te ofrecen una pistola de aire comprimido en lugar de una cubertería de mala calidad. En otros, puesto que la enseñanza ya está considerada una profesión de riesgo, los profesores de escuela pueden ir armados. En esos mismos estados, dentro de poco, si no ya, será un riesgo el solo hecho de vivir.

    Johnny y los gobernantes yanquis, aun sabiendo que la raza humana es hostil, defectuosa y no tiene arreglo, otorgan a su población civil la opción de armarse si el ciudadano que la conforma lo considera oportuno, para defenderse y proteger su propio jardín. Si a eso le sumamos una policía de gatillo fácil, el panorama es, cuanto menos, intranquilizador.

    Los civiles armados, chiflados o no, se eliminan entre ellos o bien uno inicia una cruzada en solitario, mientras que el resto reza por no encontrarse, el día menos pensado, en la trayectoria mortal de una bala. Y si sus plegarias no son escuchadas y se las lleva el olor de la cordita junto con sus vidas, ya saldrán en pantalla personas relevantes llorando un poco y condenando la tragedia.

    En cualquier caso, resulta menos caro que invertir en salud mental y enfrentarse a la NRA. Y los verdaderos intereses de estado, esos que nunca sabremos y van más allá de acuerdos históricos entre republicanos y demócratas, son intocables, dispare a quien se dispare.



27/6/22

147. Vida confinada

    Tú no vas de safari para llevarte la cabeza de algún animal con la que adornar la entrada de tu salón. Tú no traficas con el marfil. Tú no alfombras tu casa con el pelaje de un felino. Tus abrigos y calzados son sintéticos. No eras muy mayor cuando supiste de la crueldad de los circos. Te asquea la tauromaquia y tu perro no podría tener mejor amigo que tú.

    Pero tienes unos peces muy bonitos en una pecera enorme. Y qué más da: nacieron y se criaron en cautiverio; ni siquiera tienen memoria.

    Y tienes montones de pájaros enjaulados. Hasta tienes un loro y no te parece horrible que unas criaturas que vuelan vivan así. Pero claro, si no vuelan: nacieron y se criaron en cautiverio. No conocen otra cosa.

    Y tienes una iguana alucinante en un espacioso terrario. Y en otro, un par de tortugas. Y el otro día fuiste al acuario donde tienen ballenas, focas y delfines amaestrados para nuestro disfrute. Y cuando no vas al acuario, te vas al zoológico. Allí han recreado el hábitat natural de una extensa variedad de animales a los que tienen prisioneros, pero muy bien atendidos, y así, de paso, protegen a alguna que otra especie en peligro de extinción.

    Tú sabes que hubo una primera vez en la que el humano metió la mano y alteró el delicado equilibrio que dispuso la naturaleza para todos los seres del planeta.

    Pero no tienes ni idea del verdadero respeto por la vida animal, miserable.


23/6/22

146. Verano

    Estoy en casa de mis padres y una melodía llega a mí fluctuando con la cadencia del reggae. Después de la comida, lavo unas tazas para prepararle un café a mi padre. Las gotas de sudor caen lentas por mi espalda en cosquilleante incomodidad. El agua de la piscina es un espejo destellante. Por el ventanal miro a mi madre mientras trabaja con manos experimentadas en el jardín de mi infancia: los geranios, las enredaderas, las azucenas, las margaritas, los cactus...

    El agua del aspersor cae sobre el césped en un abanico de perlas. Huele a tierra mojada y lavavajillas. De pronto, una brisa de fuego aviva en un bucle imposible el vaho aromático del café y las pompas iridiscentes del Fairy. El aroma del café y las burbujas danzan a mi alrededor con pereza imprevisible, antes de salir bailando por la ventana para estallar y disiparse en la flora ajardinada.

    Ya es verano, joder.



20/6/22

145. Cuando el TEA hizo reír

    Películas, películas, películas. Supongo que pasa igual con los libros y las obras de teatro. Algunas te hacen reír o llorar; otras, ninguna de las dos cosas. A veces empatizas con los personajes de tal modo que los llegas a amar u odiar. Algunos nunca serían tus amigos y al resto los matarías por insufribles. En un día tan caluroso como hoy, visioné un éxito de 1994 que gustó mucho a familiares y conocidos. Algunos rieron, otros lloraron y los más se conmovieron. A mí me hizo gracia la parte en la que el teniente Dan Taylor dispensa un trato justo y merecido a un par de rameras en una fiesta privada de Año Nuevo. Por lo demás, sigue sin hacerme ni puta gracia una película en la que, durante gran parte de su metraje, una cocainómana se aprovecha de la buena fe de su amigo autista durante treinta años.


16/6/22

144. El árbol de la loma

    En lo alto de una loma se alza un árbol solitario, viejo como el tiempo, donde nunca se posan los pájaros. Los días de viento, sus hojas susurran una historia triste. Caminantes y peregrinos se desvían de su camino cuando lo vislumbran desde la lejanía, pues cuentan los lugareños que está maldito y que, si te acercas demasiado a él, sientes un frío de muerte que atenaza la garganta. Otros tantos dicen que hay algo entre sus ramas que produce quedos lamentos, pero nadie se acerca lo suficiente ni permanece más tiempo del que el sobrecogimiento permite.
    Empero, hubo un viajero que desconocía aquellas latitudes y llegó hasta la loma donde yace el árbol, y allí tuvo que detenerse para dar descanso a sus piernas, que ya no le respondían. Con el nuevo amanecer trajo la verdad consigo, y me contó a la lumbre del fuego que allí, en el árbol de la loma, a medida que el sol languidece y arrecia el viento, si no apartas la mirada, puedes ver una silueta traslúcida que desciende de una de las ramas de la que todavía hoy pende una soga.
    Dicen que es entonces cuando, si te sobrepones al miedo, te invade una tristeza tan profunda que te encoge el corazón y ya nunca puedes librarte de ella. La silueta se reclina en el tronco, recoge las piernas y las abraza en su regazo, cabizbaja e inmóvil, con sus contornos temblando con el aire mientras el sol se hunde en lontananza hasta desaparecer.


13/6/22

143. Para calmar los nervios

    Robb Flynn militó en dos bandas de thrash metal llamadas Forbidden y Vio-lence. Fue en la segunda —cuyo nombre define con fidelidad la música del grupo— en la que conocimos en profundidad su excepcional labor a las seis cuerdas. Sin embargo, como músico en plena evolución y creatividad, Flynn necesitó marcharse de Vio-lence para seguir creciendo. Así fundó, junto con Adam Duce, la banda de groove metal Machine Head, en la que además adoptó el papel de vocalista.
    En este nuevo grupo, no solo su guitarra vuelve a crujir con exquisita delicia, sino que descubrimos que canta con una voz potente y dura, adecuada para el género. En este vídeo, no obstante, Robb Flynn se aleja por completo de los registros vocales y sonoros a los que nos tiene acostumbrados, y nos obsequia con una conmovedora balada de tintes melancólicos, demostrando que no solo es el destacado músico que todos sabíamos que era, sino que, para los que dudábamos, tiene corazoncito.


9/6/22

142. Exorcismo urbano

    Soy un parado de larga duración. Soy una mujer a la que le han hostiado la cara demasiadas veces. Soy un tipo que lo perdió todo por la incompetencia de su abogado matrimonialista. Soy un exmilitar que convive en sus noches de insomnio con los alaridos de un millón de cadáveres. Soy otra más sometida a explotación sexual bajo amenaza de muerte. Soy cualquier persona lo bastante jodida como para empuñar un revólver contra sí misma. El mismo que compré en el mercado negro y que lleva tiempo durmiendo en el fondo del cajón, esperando.

    Pero hoy me he despertado con el pie izquierdo y he decidido que voy a ser el sacerdote de mi propio exorcismo. Voy a dejar salir los demonios para que se lleven toda la basura. 

    Me ducho. Pienso en almorzar, pero no como nada. Bebo; solo bebo. A veces lloro. Mientras tanto, me visto y salgo al mundo con mi revólver y una botella de vino recién empezada.

    Son las ocho y media de la mañana. La primera persona con la que me cruzo es esa chica de 1.º de bachillerato.

    —Buenos días. ¿Vas a recoger hoy la mierda de tu perro?
   —¿Qué?
   —Quítate los auriculares, niña, que te estoy hablando. Que si hoy te vas a dignar a recoger la mierda de tu perro. 
    —Y a ti qué te importa. Déjame en paz.

    Disparo.

    La muchacha ni siquiera tiene tiempo de sorprenderse. El impacto de bala le atraviesa el entrecejo y la levanta unos centímetros del suelo. Cuando cae, lo hace al lado de la última mierda canina que nunca recogerá; su futuro se esfuma como el humo de mi pistola. El perro gimotea y, dudoso, empieza a olisquear esa nueva esencia desconocida que desprenden los sesos humanos. Escondo el arma en la cintura, doy un trago y sigo andando. El día es espléndido y me ofrece colores que hacía tiempo que no veía. Quizá sea porque me siento feliz de nuevo, una sensación que ya no recordaba.

    El tiempo se estira. No sé cuánto llevo andando. A lo lejos veo a un tipo muy bien trajeado que se apea de un coche el doble de caro que los pisos de mi barrio, ya de por sí caros. Cuando me acerco, veo que el tipo está pateando a un indigente. El hombre rico resopla por el esfuerzo, y el pobre, en posición fetal, se encarga de protegerse. Doy un trago y me pregunto por qué alguien que en apariencia lo tiene todo querría apalizar a otro que en apariencia no tiene nada.

    Quizá el hombre adinerado haya tenido un mal día porque han bajado sus acciones en bolsa. Quizás el hombre pudiente ha discutido con su mujer porque ella ha descubierto que es un adúltero. A lo mejor el hombre adinerado ha falseado las cuentas de su empresa y el fisco le está soplando en la nuca. O más sencillo aún: el hombre adinerado, como que es rico, hace lo que le sale de las pelotas y hoy solo necesita desahogarse. El puto hombre rico...

    —Eh, don traje, ¿tienes hijos? —El tipo se gira; veo el desprecio grabado en su cara. 
    —¿Que si tengo...? Sí, tengo hijos. ¿Tú quién coño eres?

Disparo.

    Una leve explosión sanguinolenta aparece en su caja torácica. Suficiente para que el tipo sepa que hoy no es su día de suerte, antes de caer sobre la modesta edificación de cartón en la que vive el mendigo. Hoy llorarán en el mundo de los ricos y la opulencia se vestirá de negro. Hoy los niños adinerados también se quedan huérfanos y sus madres acaudaladas enviudan. Le doy un generoso trago a la botella y se la ofrezco al vagabundo: «Ten, amigo. Creo que la necesitas más que yo». La mirada del mendigo se ilumina con ese brillo de quien lleva largo tiempo sin esperar nada. Quizá porque en algún momento de su vida le quitaron algo irrecuperable. Quizá hoy vuelva a creer.

    Las diez de la mañana. El día mejora por momentos; respiro magia en el ambiente y todavía me quedan cinco balas para hacer el bien entre tanto mal. Escondo mi revólver de nuevo y entro en el instituto que hay camino a casa. Debe ser la hora del recreo o algo así, porque los pasillos están abarrotados de estudiantes. Veo saturación en muchos de ellos. Y prisa, mucha prisa. Los pasillos se vacían y por fin encuentro lo que buscaba: la sala de profesores. «Vaya, han descuidado el lenguaje inclusivo».

    Hay dos profesores y dos profesoras.

    —Buenos días, ¿qué tal? 
    —¿Quién demonios es usted? —pregunta una profesora. El resto está sorprendido. 
    —Eso me pregunto yo desde hace meses y sigo sin saberlo. Desde luego, no soy el jodido Charles Bronson. Por cierto, ¿qué hacen fumando?, ¿no está prohibido? 
    —Escuche —interviene otra profesora—, creo que no podemos ayudarle, será mejor que se vaya. No puede estar aquí. 
    —No se preocupen; no pueden ayudarme. Pero sí podrían haber ayudado a la chica de quince años que estudiaba en este instituto de mierda y que hace quince días se suicidó por acoso escolar. 
    —Mire, váyase de inmediato o llamaremos a la policía. —Los cuatro docentes se miran y se revuelven en sus asientos. 
    —Apuesto a que sí. De repente se han vuelto muy eficaces. ¿Cuántas veces se tiene que denunciar el acoso escolar para que los de su gremio, en lugar de girar la cara, muevan el culo? 
    —¡Váyase de aquí ahora mismo o llamo a la policía! ¡Usted no tiene ni idea! ¡Usted...!

    Disparo, disparo, disparo y disparo.

    Cuatro docentes que deshonraban su respetable profesión hoy dejan de hacerlo. Los padres de la joven suicida seguirán destrozados de por vida. Nadie sabrá la verdad, pero hoy el mundo es un poco mejor. Salgo del instituto sobre las doce de la tarde camino a casa, y es que tengo hambre. Lo hago con una sonrisa más radiante que el sol que baña la calle. Será verdad eso que dicen que llevar a cabo buenas acciones te hace sentir realizado. Durante el trayecto, todos aquellos con los que me cruzo me miran con horror, me señalan con el dedo y me esquivan. De pronto, cuando llego a mi piso, oigo el aullido de unas sirenas.

    Los buenos van a por el malo. Los espero con una cerveza en la mano y la pistola en la otra, sentado en el suelo. Los que dicen proteger y servir se identifican a gritos y me exigen que salga con las manos en alto. Mi revólver aún está ardiente y brilla. Miro por la ventana y veo a una numerosa agrupación de ciudadanos, buenos y obedientes, apiñados en la acera tras el cordón policial, con los mentones alzados. Algunos de ellos sujetan a sus menores en su regazo girándoles la cara, pero no se van.

    Hay espectáculo y es gratis.

    Las fuerzas represoras repiten su orden. Mañana, en varios platós de televisión, los llamados expertos se emborracharán con lo acontecido, ensalzarán la labor de los héroes y condenarán las acciones del monstruo. Y pasarán de tratar los problemas de fondo y estructurales, mientras que la sociedad de bien seguirá siendo esa abultada y sucia alfombra bajo la que ocultar tragedia y mierda.

    Pero yo estoy en paz. En paz con todos desde ni recuerdo.

    Los que protegen los intereses del Estado destrozan la puerta e irrumpen. Exclaman que suelte el arma, me tire al suelo y ponga las manos en la cabeza. «No más demonios, joder», y levanto mi arma.

    Abajo, los móviles destellan y las redes sociales arden.

    Disparo. Disparan.

    

6/6/22

141. Educación

    Ah, las normas de educación, tan bien arraigadas. Me complican la vida y me conducen a la infelicidad. Dicen que una palabra agradable y animosa muy de mañana es más efectiva que el mejor de los medicamentos. Por eso me han inculcado que a los desconocidos de mi día a día les tengo que desear buenos días, buenas tardes y buenas noches, aunque me dé igual su existencia o los atropelle un camión. ¿Se puede ser más hipócrita? 
    Lo mismo cuando comen: digo «que les aproveche», cuando no me importa que al segundo siguiente se atraganten e incluso mueran. ¿Se puede ser más despreciable?
    Además, las normas de educación contranatura son las peores. El cuerpo, cuando lo considera oportuno, ejerce sus mecanismos para expulsar gases, por vía bucal o anal, y tienes que aguantártelos si estás acompañado por temor a que te llamen guarro y te señalen con el dedo. Ya sé que no cuesta nada tener buenos deseos y expresarlos para los demás. Si algo hacemos bien los humanos es aparentar y mentir, y sin que se note.
    Pero ya no puedo más. Basta de expresar cosas que no siento y de ir en contra del sabio funcionamiento de mi organismo. Hacerlo me lleva al estrés y al conflicto interior. Voy a buscar la felicidad en esta sociedad tan contradictoria que hemos creado. Y la voy a encontrar, aun a riesgo de que me insulten y me releguen al ostracismo.
    Seré el objeto de sus mofas y el tema de conversación cuando no me tengan delante. Y de puertas para afuera gastarán tolerancia, mientras que en la intimidad de sus casas, a su manera, me condenarán y juzgarán de modo educado, porque ellos sí lo son. Y seré el amargado, el desagradable, el raro, el enfermo, el antipático, el loco... el maleducado. 
    Nunca podrán imaginar la verdad. Estaré solo, sí.
    Pero feliz.


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