25/11/25

500. Requerimiento selectivo

    Según leí en un titular reciente, a raíz de un requerimiento policial hace meses que ya no puede reproducirse en el estadio de fútbol El Sadar un tema de Barricada de 1986 titulado No hay tregua. La canción llevaba unos años sonando por megafonía como instrumento de aliento durante el descanso de los partidos del Club Atlético Osasuna.

    El requerimiento, llegue tarde o no, puedo encontrarlo razonable, puesto que hay niños y niñas en el campo y, al margen del contexto histórico de la canción, su mensaje no es precisamente el de Heidi. Además, un reducido sector de la grada aprovechaba el tema para entonar proclamas delictivas («ETA, ETA, ETA»), lo cual hace que me pregunte qué educación han recibido.

    Yo descubrí esa canción y a Barricada con trece años. Sigo escuchando a Barricada y nunca me ha dado por empuñar un arma y apretar el gatillo. Y, si algún día me diera, me quedaría con las ganas y no lo expresaría por decencia y educación. El caso es que No hay tregua no tiene por qué sonar en un estadio de fútbol, y el Club Atlético Osasuna ha actuado en consecuencia. De acuerdo.

    Estaría bien que la policía mostrara la misma sensibilidad hacia ciertos comentarios y apologías —explícitas o encubiertas— que se difunden desde algunos medios de comunicación y que, en determinados casos, mientras en España suelen quedar amparados bajo la libertad de expresión, en Italia y Alemania pueden constituir delito.

    Respetaría un poco más a la policía y a todo lo que representa si quienes toman las calles y ondean banderas preconstitucionales no se sintieran tan protegidos e impunes para exhibir su odio en manada hacia quienes optan por otra manera de ser, mientras vociferan el regreso de tiempos oscuros.

¿Os suena?



21/11/25

499. El manuscrito

    El cincuentón Rudesindo lleva meses con todo el tiempo del mundo a su disposición. Ya no tiene que trabajar y, encima, tiene todas sus necesidades cubiertas. La mañana la dedica a hacer la compra y a las tareas de limpieza. Si no toca ninguna de esas dos obligaciones mundanas, lee hasta la hora de preparar la comida. Después de comer y recoger la cocina, invierte el resto de la tarde en ver una película, dar un largo paseo y socializar en acogedoras cafeterías que sus sobrinos pubescentes llaman «bares de viejos».

    Después de esa rutina inalterable, llega a su nicho-vivienda sobre las siete y media o las ocho de la tarde. Nadie le espera al otro lado de la puerta, pero es una soledad elegida de la que nunca se arrepiente. Entra en su habitación y se cambia la ropa de calle por otra más cómoda. En ese momento siempre recuerda que tiene uno o dos pijamas por estrenar. Pero él prefiere su raída sudadera de Gorguts y su gastado pantalón de chándal, que conjunta con sus pantuflas de animales (cabra) de andar por casa.

    De ser verano, practicaría el nudismo doméstico, como es habitual en él. Pero noviembre no invita a ello.

    Una vez preparado para otra noche en soledad, enciende la lámpara del comedor, el televisor y pone el canal de noticias. Hay noches en las que confía escuchar alguna buena. Pero hace años que eso no sucede. Y el resto de la parrilla televisiva, con sus concursos amañados, sus programas amarillistas y sus acalorados debates, donde los perros del amo se enzarzan en posesión de la verdad, resulta igual de entristecedor. A mitad de la cena, siempre acaba viendo un documental sobre las estrellas o la vida animal. O sobre cualquier cosa que no le recuerde la sociedad de los hombres.

    Pero hoy es diferente. Antes de entrar en la cocina, se detiene en seco y fija la mirada en el montón de cartas que dejó la noche anterior sobre la mesa del comedor. No puede creerlo, pero una de ellas se infla y se desinfla como si estuviera viva. O como si algo con vida, pequeño y extraño, anidara en su interior. Ayer, cuando las sacó del buzón, no manifestaban fenómeno alguno. Pero, joder, ahora una de aquellas cartas respiraba. Respiraba como él, aunque con menos celeridad.

    Rudesindo se acerca a la mesa como un herpetólogo a una serpiente especialmente venenosa. Extiende una de sus temblorosas manos hacia la carta. Tiene intención de pinzarla con dos dedos y, justo cuando lo hace, los afloja y retira la mano con un escueto grito de sorpresa: está tan helada que quema.

    —¡Pero qué coño!

    Regresa a su habitación y busca unas manoplas de cuando era niño. Las encuentra, se las pone y se sorprende de que le vayan bien.

    —Debe de ser verdad que, a partir de los cincuenta años, empezamos a encogernos. Bueno, ¡vamos a ver...!

    Vuelve a la mesa del comedor, aparta el resto de cartas inertes y aproxima lentamente la manopla derecha hasta posarla por completo sobre la carta que respira. Nota un poco de frío, pero es soportable. Más anormal aún es el hecho de que, tan pronto la toca, deja de respirar y, cuando rompe el contacto, reanuda la respiración. Con una manopla desplaza la carta hasta asomar una de sus cuatro esquinas por el borde de la mesa y, con la otra, le da la vuelta.

    —Joder, no tiene remitente. Qué cosa más rara.

    Rudesindo sabe que, si quiere averiguar de qué se trata, no tiene más opción que abrirla. Así que va a la cocina y coge un cuchillo con un estilo muy distante al de Michael Myers. Regresa a la mesa del comedor, toma la misiva como si fuera una carta bomba y la sostiene al trasluz. En efecto, parece que contiene un papel. Después la deposita en el centro de la mesa, justo debajo de la lámpara de techo.

    La carta respira.

    Rudesindo la mira.

    La carta respira.

    Rudesindo la mira.

    La carta...

    Entonces, rápido y decidido, la inmoviliza con una manopla y, con el cuchillo en la otra mano, le practica una certera incisión.

    Es tal la pestilencia que se libera que, pese al frío de la calle, no duda en abrir las ventanas. Cuando era pequeño estrelló una bomba fétida contra el suelo de la sala de profesores. Estos se horrorizaron, pero no lloraron. En cambio, a él le escuecen los ojos y le lloran como nunca antes. Avanza hasta el lavabo como un invidente. Cuando llega y enciende la luz, se quita las manoplas y se lava la cara repetidas veces. Cuando acaba de secársela, abre los ojos y se mira en el espejo.

    —¿Pero qué mierda está pasando?

    De nuevo se pone las manoplas y regresa al comedor. El hedor ultraterrenal no ha desaparecido del todo, pero sí lo suficiente como para cerrar las ventanas. Eso hace y vuelve a la carta.

    —Muy bien, puta. A ver qué tienes que decirme.

    Coge el sobre y, con la manopla libre, consigue sacar su contenido. Es un papel manuscrito, amarillento y viejo. Lo despliega, lo coloca sobre la mesa del comedor y lo alisa con el antebrazo. En una caligrafía gótica y exquisita, dice:

Señor Rudesindo:

Me consta que, hace cinco meses, en la planta de oncología del hospital, le diagnosticaron un cáncer incurable que, según el grupo médico que lo trata, acabará con usted a finales de diciembre de este año.

Pero no es cierto.

Usted morirá a causa del impacto de un macetero que caerá sobre su cabeza desde el balcón de un sexto piso el día 21 de octubre de 2028, a las 19:37 horas.

Hasta entonces, pese al cáncer, tendrá usted una vida placentera.

Atentamente,

La Muerte

    Acto seguido, el manuscrito empieza a humear hasta convertirse en un montón de cenizas. Y Rudesindo estalla en carcajadas. Por primera vez en muchos años, cree que aún quedan buenas noticias.



18/11/25

498. Orgullo positivo, orgullo negativo

    Muchas veces, cuando me miro en el espejo, mantengo conversaciones con mi orgullo; con el negativo y con el positivo. Siempre intento que sea este último quien tome el mando. Pero nunca acabo de averiguar cuál de los dos predomina en mí.

    «Por si acaso, tengo que trabajar más el positivo», me digo, «y, además, procurar que se note».


14/11/25

497. Los tiempos salvajes

    Nile me transportaron atrás en el tiempo, cuando el sol todavía era joven y se ocultaba tras las pirámides hasta desaparecer. Me dieron a conocer a Nefrén-ka, el Faraón Negro, el último y verdadero soberano de la Tercera Dinastía de Egipto.

    No pude hacer otra cosa que rendirme ante su magnificencia y agachar la cabeza, horrorizado ante la idea de convertirme en uno más de los miles de sacrificados en honor de Nyarlathotep, el dios que le otorgaría el don de la profecía a cambio de semejante derramamiento de sangre.

    Nile también me llevaron a la parte más septentrional de la antigua Mesopotamia y me mostraron la brutalidad del Imperio asirio. No tuve más opción que subyugarme ante la solemnidad de su himno de guerra, que se extendía por las montañas como el viento, anunciando sangre y muerte e invocando para sus enemigos las más horribles calamidades.



11/11/25

496. Después de la muerte

    Un nuevo cadáver se acercó y se colocó junto a mí. El recién llegado todavía estaba en un estado, digamos, aceptable. Lo cual me hizo pensar que llevaba un par de horas muerto; tres, a lo sumo. Su rostro, pese a estar inerte, también reflejaba desengaño. El mismo que el de sus antecesores.

    Por lo visto, los creyentes esperaban el Paraíso o el Infierno. Otros, igualmente embaucados, pensaban que se reencarnarían en algún animal terrestre, marino o aéreo. Y no en cualquier animal, eh. Reencarnarse en una lombriz, una escolopendra o una sanguijuela estaba descartado. Pensaban más bien en un noble caballo, un águila imperial, un atemorizante felino o un fiero oso. Eso sin mencionar a quienes creían transformarse en una energía de la que los vivos jamás tendrían constancia, o que el eco de lo que fueron reverberaría en la luz de alguna constelación.

    Pero aquí están, pobres ingenuos. Millares de ellos en esta nada negra e incognoscible de la que jamás se regresa. Esto último también les supone un duro golpe, ja, ja, ja. A saber qué lavado de cerebro les hicieron en vida. Muchos se enfadan con sus dioses y entran en conflicto con sus creencias, pero pronto aceptan la verdad de su situación, si es que se le puede llamar situación al no ser.

    El que tengo al lado me dice que él creía en la vida después de la muerte. Tiene suerte de que yo, en el otro mundo, ejerciera de patólogo forense. Por eso puedo explicarle brevemente, pues me quedan pocos minutos para convertirme en polvo y desaparecer, que está en lo cierto: en su cuerpo está obrando toda una manifestación microscópica de vida que lo devorará de dentro hacia fuera. Además de las especies necrófagas, como escarabajos y gusanos, que también darán buena cuenta de él. Entonces me mira con cara de gilipollas. Con cara de gilipollas muerto.

    —Sí, joder, sí —le digo—. Hay vida después de la muerte. ¡Pero no la que imaginabas, borrico!



8/11/25

495. Asistencia virtual conflictiva

    Hace un par de meses, más o menos, que los inquilinos de los que hablé en la entrada número 369 se fueron a vivir a otro lugar. Mejor para los que nos quedamos y mejor para ellos, ya que muchas veces estuve a punto de echarles a Gertrudis encima.

    Las vecinas actuales son madre e hija, ya adulta, y hasta ahora nunca las he oído discutir. Me refiero a discutir entre ellas, porque, juntas o por separado, no hacen otra cosa que reprender a Alexa por su pésima conducta.

    Nunca pensé que un asistente virtual pudiera llegar a ser tan desobediente. Pero, por lo oído, la Alexa de las nuevas inquilinas reproduce las canciones que le da la gana, se inventa recordatorios y activa alarmas cuando no debe.

    Ayer, como si de un ser humano se tratara, ambas discutieron con ella por negarse a relacionarse con otros dispositivos, fueran inteligentes o no. Al final, la hija la amenazó con sustituirla por el asistente de Google si no corregía su comportamiento. Entonces Alexa dijo algo, pero, como nunca pierde las formas, no la oí bien.

    A quien sí oí fue a la madre, que exclamó:

    —¡Ay, qué harta estoy de esta cacharra! ¡Si hasta tú de pequeña hacías más caso!



4/11/25

494. Sarita y su transportín rosa

    El día que Sarita cumplió diez años salió a jugar a la calle con un transportín rosa. Era la primera vez que sacaba a relucir aquel armatoste. Aunque era de metal, estaba provisto de cuatro ruedas directrices y un asa ajustable de la que tirar para desplazarlo con facilidad. Hasta ahí todo era normal, salvo por el enorme candado de combinación de seis dígitos que aseguraba el encierro de lo que hubiera dentro.

    Aquel día, como es lógico, las amistades vecinales de Sarita estaban muy expectantes. Sin miedo alguno, niños y niñas acercaban sus caritas a las rejillas de ventilación del transportín con la intención de adivinar qué animal contenía. Pero el enrejado era tan tupido que resultaba imposible saberlo. Lo único que percibían era una respiración lenta y profunda. Así que, desbordantes de curiosidad, le pedían a Sarita que, por favor, les saciara la incertidumbre.

    Sarita, sin embargo, no hacía más que bromear. Tan pronto les decía que llevaba una rata gigante capaz de arrancarles una pierna de un mordisco como que era el mismísimo Stripe descansando de sus tropelías nocturnas. Pero, por orden expresa de sus padres, tenía prohibido desvelar qué clase de criatura había dentro. Lo único que podía confesarles era que debía pasearla durante una hora diaria y llevarla de vuelta a casa.

    Así pues, en los días que siguieron, Sarita tiraba de su enigmático transportín acompañada de todos sus amigos por aquella modesta urbanización del extrarradio. Los adultos salían a regar el césped, a lavar el coche o a sentarse bajo el soportal, sin escatimar en saludos a aquel animado grupo de chavales que cantaban mientras avanzaban en bicicleta, patinete o a pie, con Sarita siempre a la cabeza. No en vano empezaron a llamarlos la Pandilla del Transportín Rosa.

    Puede que, a causa de aquellas inocentes melodías, en algunos momentos del trayecto, aquello que paseaba Sarita emitiera extraños gruñidos de complacencia. Entonces la pandilla reía y varios de sus integrantes saltaban de puro entusiasmo. Cuando llegaba la hora de regresar, se despedían de Sarita y de la misteriosa criatura, la cual producía inquietantes gemidos animalescos —quién sabe si de afecto— que llegaban hasta ellos a través del enrejado, ya baboseado, del transportín.

    Una vez en casa, Sarita contaba a sus padres todo lo acontecido durante aquellos alegres paseos. Ellos se miraban ilusionados por lo que acababan de oír y coincidían en que los progresos eran más que significativos: ¡estaba aceptando a los amigos de Sarita! Ya pronto la pequeña podría sacarlo del transportín y explicarles que tenía un hermanito deforme con tendencias homicidas llamado Pedrito, al que extirparon de su espalda cuando ambos tenían tres años, durante una complicada cirugía de separación de siameses que duró trece horas.



31/10/25

493. Cuando anochece

    Durante estos días, si me buscas, me encontrarás callejeando con paso apresurado justo cuando anochece. No sé caminar de otra manera, por más que viva sin prisa. Te será sencillo identificarme entre toda esa turba animada de vampiros, zombis, brujas, esqueletos y fantasmas de postín, porque nunca me disfrazo.

    Más tarde estaré en algún bar, apoyado en la barra en lugar de sentado a una mesa. Si es ahí donde das conmigo, me reconocerás de inmediato porque seré el único que no estará abstraído en el móvil, sino en algún periódico tendencioso de izquierdas o sectario de derechas; tanto da: carezco de ideología.

    A mi izquierda, porque soy zurdo, tendré una cerveza con alcohol. No esperaré que el camarero me la sirva con los cinco pasos, pero sí con profesionalidad. Verás que la degusto con lentitud porque tampoco hay prisa para eso. Puede que me beba una segunda, pero nunca más de dos. Con el paso de los años voy a menos en todo.

    Durante todo ese ritual observarás que en ningún momento dirijo la mirada al televisor, si lo hay. Lo que sí puede ocurrir es que, de improviso, saque el móvil del bolsillo como si quemara y me ponga a teclear. Por si te lo preguntas, siempre es alguna idea de esas que llegan de repente y, con un poco de dedicación, terminan aquí, para mí y para ti.

    Sobre todo para ti.

    Cuando salga del bar, si ya me has encontrado y decides seguirme, continuaré mi camino, indiferente a los escaparates, cuyas luces ambarinas iluminan disfraces de ultratumba y calabazas sobrevoladas por murciélagos inmóviles que parecen sacados de alguna vieja película en blanco y negro de la Hammer. Tienen su encanto, eso sí.

    Como ya no puede ser de otra manera, supongo que también me cruzaré con algún reducido grupo de chiquillos disfrazados que van llamando a las puertas de su vecindario con el «truco o trato». Y sonreiré sin poder evitarlo. Los niños siempre consiguen que sonría y me olvide de que existen cosas feas en el mundo.

    Y así llegaré a mi destino. A uno de esos puestos todavía mágicos que parecen vestigios de otro tiempo, donde compraré una papelina de castañas asadas.



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