15/9/25

481. ¡Bang!

     Charlie Kirk que estás en los cielos, nunca más volverás a empuñar un arma de fuego ni ninguna otra cosa. ¿Ha sido la justicia poética más inspirada? ¿El más cínico de los infortunios? Por lo visto, al igual que los caminos del Señor, los de la pólvora también son inescrutables.


11/9/25

480. Monumentos fecales

    Fue beneficioso para la higiene pública, entre otras cosas, que se aprobara la Ley de Memoria Histórica. Era del todo necesario que las estatuas ecuestres del Caudillo y la de Melilla —en la que no hay equino— dejaran de intoxicar con su presencia el paisaje de todos los ciudadanos. Desde aquel día, España, a pesar de seguir siendo un país de cabreros, empezó a ser mejor, si es que eso es posible.

    Esos monumentos, que nunca debieron existir, ya no pueden ser vandalizados ni recibir desde las alturas las corrosivas defecaciones de las aves, que era lo que merecían, además del desprecio. Al menos, ahora mueren de olvido e invisibilidad, celosamente resguardados entre cuatro paredes: unas públicas, otras privadas y otras de acceso burocrático complejo, por no decir imposible.

    Queda mucho por hacer; queda mucho que limpiar y desinfectar. Pero se hará tarde porque ya es tarde. Y cuando se intente hacerlo, si es que alguna vez se hace, los simpatizantes del Caudillo y su puta fundación nacional de pajilleros volverán a poner piedras en el camino. Para entonces, espero seguir vivo y verlos fracasar una vez más.



8/9/25

479. Eclipse 2

    Septiembre ya se había instalado en nuestras vidas, lo que significaba que el verano —querido verano— pronto nos daría la espalda. Ahora las noches eran frescas y estimulantes, idóneas para una incursión a la zona más alta de la ciudad, desde la cual contemplar, con ciertas garantías, el fenómeno astronómico que estaba a punto de manifestarse.

    No éramos un grupo de cinco ni de siete, sino de seis integrantes. Así que bien pudiera ser que no despertáramos las simpatías del espíritu de la siempre recordada Enid Blyton. Pero ese era el número, lector asiduo: el de la armonía, el equilibrio y la belleza según la numerología, aunque, al lado del sesenta y seis, formara una cifra apocalíptica, preñada de nefastos augurios.

    La zona más alta del este de la ciudad era el cementerio. Ya sabes: ese destino final e ineludible de eterno descanso donde, a veces, ocurren cosas extrañas e inexplicables. No así la Luna de Sangre, que, si bien tiene una explicación y nada de extraño, a pesar de la nubosidad me pareció, de veras, un acontecimiento mágico. También debo añadir que, pese al plenilunio, no hubo licántropos acechando.

    Y eso que estuve atento.




5/9/25

478. De noche por carreteras secundarias

    El problema de estar demasiado lejos de todo es que la tentación de no regresar jamás aumenta día a día. Aun así, como siempre, emprendí el camino de vuelta hacia una existencia que volvería a anularme.

    No tenía prisa por llegar, de modo que conduje de noche con la tranquilidad que ofrecen las carreteras secundarias, con la música del trueno a un volumen casi subliminal y dejándome hipnotizar por la sobriedad de la calzada desierta.

    No me crucé con los perros del orden y la ley, siempre afanosos por recaudar para el amo. Solo me crucé con un hombre solitario, ya mayor, que se había detenido en el arcén por culpa de su próstata y sus circunstancias. ¿Quizá él también trataba de ralentizar la inevitabilidad de su destino?

    El mío no era precisamente la ciudad de Las Vegas, allí donde Raoul Duke y su abogado, el Dr. Gonzo, vivieron una enloquecida travesía de miedo y asco. Y, si bien no dispongo del incendiario contenido del maletín que los acompañó en tan onírico viaje, yo también diviso a los murciélagos: cientos y cientos de ellos aleteando frenéticos en el horizonte iluminado por la luna.

    Supongo que regresar no me da miedo, pero sí cada vez más asco.




1/9/25

477. Retorno al punto de partida

    El tiempo de la huida había finalizado y era hora de que regresarais a vuestras vidas. A las mismas de las que os alejáis, como mínimo, una vez al año, quizá porque os resultan demasiado aburridas o porque no son las que imaginabais cuando erais jóvenes. ¿Por qué, si no, ibais a distanciaros de ellas? Ah, claro: hay que ver mundo para poder decir que se ha vivido y, a ser posible, dejar constancia de ello en fotografías con una radiante sonrisa. Hay que ver otras caras, pisar otros escenarios y respirar otros aires. Hay que ser uno más de esa masa humana que va y viene.

    Sí, es una estupenda manera de desconectar y relajarse, aunque luego estéis encantados de volver al mismo sitio de siempre, tan familiar y rutinario. En cualquier caso, si necesito escapar del mío, decidme a qué lugar no iréis el año que viene.




29/8/25

476. Dando la nota

    Hay quienes, de vez en cuando, gustan de dar la nota, y quienes la dan siempre, incluso sin querer. En algunas personas es un don innato, mientras que otras —sobre todo desde la aparición de las redes sociales— se entrenan para convertirse en las mejores. Pero nadie, absolutamente nadie, ya sea en soledad o en compañía, lo hará tan bien como estos dos grandes de abajo.


26/8/25

475. Nubes de tormenta

    Siempre te creí cuando me decías que había música más allá de los oscuros rituales del black metal. Cuando me asegurabas que existían otros sonidos más allá de la visceralidad y el estruendo. Y siempre entendí que nunca quisieras acompañarme a uno de esos conciertos en los que la gente se empuja y se provoca luxaciones y roturas.

    Esas fueron tus palabras, sí.

    También capeamos juntos alguna que otra tormenta. Por negros que fueran los nubarrones, tú eras un poco como Maddie en esa canción que tanto te gustaba, bailando sobre el techo de la furgoneta voladora conducida por Diplo. Y eso me hacía sonreír y desearte. Yo, en cambio, estaba a años luz de ser como Labrinth, sentado en su nube rosa, porque siempre he tenido los pies en el suelo, aunque mis sueños volaran tan alto como los tuyos.

    No te negaré que aborrecí un poco esa canción. A pesar de esas y otras diferencias, yo siempre confié en ti, dispuesto a enfrentar contigo la nueva tormenta que divisamos a lo lejos, acercándose, lista para engullirnos. Pero decidiste soltarme la mano en el último momento y quedarte al otro lado, entre los rayos y los truenos.




23/8/25

474. Strigoi

    Estos últimos seis meses llevo escuchada demasiada música oscura. También he leído demasiados libros de terror. Tantos como películas he visionadas del mismo género. Y, aunque nada de eso logrará superar nunca el mundo de espanto en el que vivimos, semejante adicción a la tiniebla no es buena, joder, no es buena.

    Tanto es así que hoy me he despertado en mitad de la noche, señalando una esquina de la habitación y susurrando ahogadamente: «¡Strigoi, strigoi!». Aunque, al encender la luz, me he dado cuenta de que señalaba el móvil, cuya alarma programé para que me despertara porque tengo que ir a currar.

    Supongo que tengo que abundar más en otros géneros literarios, musicales y cinematográficos. Pero eso tampoco va a cambiar el hecho de que las vacaciones se han acabado. ¿Acaso, en el mundo occidental de los bien acomodados, existe algo más terrorífico?



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