Ya no jarrea en España y sé que lo sabéis. Lo que no sabéis es que mi semana de trabajo —de jueves a miércoles— ha sido un tanto estresante. Algo inusual, porque en mi esclavitud laboral siempre me he implicado un poco más allá de lo estrictamente necesario para que no me llamen la atención.
Solo os diré que el primer día de curro tuve que contener las ganas mordientes de estampar contra la ventana que tengo enfrente la silla giratoria en la que me siento.
El tercer día estaba dispuesto a atravesar la pantalla del monitor con la primera cabeza que viera asomar por la puerta de la oficina.
El quinto, para no hacer tanto ruido, iba a estrangular con el cable del auricular del teléfono a la primera persona que osara dirigirme la palabra en vivo y en directo.
Sin embargo, el séptimo día —es decir, ayer—, el cuarto informático que me atendió, en lugar de fracasar como los anteriores, obró el milagro y por fin resolvió en cuatro minutos el problema que tenía con las credenciales que me permitían acceder a mi cuenta de SAP.
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