14/10/26

591. Un simple día de octubre

    Dicen que lo primero que hacemos al despertarnos es coger el móvil y consultar las redes sociales y las notificaciones. Lo primero que hago yo, aunque no tenga motivos para ello, es blasfemar o emitir un sonido animalesco, similar al del ciervo rojo durante la berrea. Luego me levanto y, a oscuras, me dirijo hacia la ventana con andares de zombi. Subo la persiana y miro al cielo.

    A primera hora de la mañana, el cielo está desprovisto de pájaros y vestido de un desapacible color blanquecino. Desde el cuarto piso donde vivo, poso la vista sobre la panorámica urbana que se despliega ante mí. Como sabrá el lector asiduo de esta bitácora, justo delante de mi bloque de viviendas hay un supermercado de proporciones considerables, de modo que no hay edificios deprimentes que me bloqueen las vistas.

    Pero algo raro sucede. Hasta donde alcanza mi vista, no hay sobre el asfalto rastro del trasiego humano y vehicular acostumbrado. Son las nueve de la mañana y la ciudad ya tendría que haber despertado de sus pesadillas y vomitárnoslas encima. Entonces caigo en la cuenta de que estamos a 12 de octubre. Es el Día de la Hispanidad, claro. El día del genocidio con el que el nacionalismo español se masturba de orgullo identitario y patriótico.

    Era un buen día para aislarse de esa bazofia y no mezclarse con su gentuza.




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