El tipo barbudo del pelo largo —creo que rondaba los setenta— solía recorrer las calles de mi barrio entre las cinco y pico y las seis de la mañana. Lo hacía calzado con unos zuecos, ataviado con ropajes holgados y un saxofón colgado del cuello.
Como tengo los biorri
Supuse que era un músico venido a menos que quizá perdió su talento —si es que alguna vez lo tuvo— y eso lo volvió lo
Una madrugada sabatina desperté a causa de una pesadilla y decidí asomarme al balcón. Y ahí estaba él, en la cercanía de mi campo visual, repasando la acera con meticulosidad forense entre intervalos musicales de saxofón ausentes de notas. Aquel día no pu
—¡¿Quién es el rey, eh?! ¡¿Quién es el rey?! ¡¿Quién es el rey?!
Aquella pregunta me pilló falto de reflejos y empecé a pensar en honorables difuntos que, según la prensa especializada, son reyes de algo, tales como Elvis, Pelé, Michael Jackson, Johnny Cash... Incluso evoqué
—¡Tú, joder, tú! ¡Tú eres el rey, cabronazo!
Entonces, el tipo barbudo del pelo largo, calzado con zuecos y ataviado con ropajes holgados, abrió mucho los ojos y, con una sonrisa desdentada, afirmó:
—Sí, yo soy el rey.
Y por primera vez desde que reparé en él, su saxo tenor habló con un sonido puro y honesto como la carcajada primeriza de un bebé. Durante quince minutos mágicos, sus notas me envolvieron con la calidez de un abrazo materno y cayeron en la quietud de la calle como lluvia suave sobre un océano
Aquella madrugada despertó a todo el barrio e hizo muchos enemigos y un solo amigo.
Hac