20/3/25

431. Cuando ya no queda nada 2

    Oh, mierda, papás y mamás, permitid que sean vuestros hijos e hijas mayores de edad quienes elijan vivir o morir si lo único que les funciona es el cerebro y, por lo visto, mejor que a vosotros.

    Oh, mierda, religiosos, dogmáticos y activistas provida, ¿no veis que tal cosa no existe en semejante estado? ¿No veis que no hay dios alguno que los sane ni los prive del sufrimiento?

    Oh, mierda, asociaciones, fundaciones y organizaciones conservadoras de la cruz, que os perpetuáis en el tiempo y no paráis de darnos por culo al resto de infieles, siglo tras siglo.

    Oh, mierda, mamás y papás, sois enemigos del sentido común, de la dignidad, de la medicina y de la ciencia cuando, por el mero hecho de la concepción, os creéis con derecho a decidir sobre el tormento consciente de vuestros hijos dolientes.


 

    Noelia y Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 12 de Barcelona  —  1

    Papi y Abogados Cristianos  —  0                                                        

            

17/3/25

430. Descubriendo a Farmer

    Siempre queda un escritor por descubrir y un libro por leer. Eso me pasó hace poco con un autor llamado Philip José Farmer, cuyas letras, al parecer premiadas y con no pocos adeptos, abundan en el terror, la fantasía y la ciencia ficción. Géneros que, si bien son fáciles de diferenciar, a menudo van de la mano, dependiendo de la pluma que los cultive.

    Por citar una de las referencias más obvias del género, ahí tenemos a Stephen King, junto con otros titanes igualmente palmarios, como Dean R. Koontz, Dan Simmons, James Herbert, Peter Straub, John Farris, etc. Y si, como se dice y se reconoce, Stephen King es el rey del terror contemporáneo, ¿qué podemos pensar cuando el propio King asegura: «He visto el futuro del horror y se llama Clive Barker»?

    Y no es para menos, pues nadie de cuantos he leído, o al menos de cuantos recuerdo, es tan espantosamente gráfico en sus narraciones como Barker. Además de ambiguo y mórbido, destripa la moral hasta sus últimas consecuencias, que suelen ser enfermizas y nada compasivas. Leed Hellraiser, El gran espectáculo secreto y Libros sangrientos, y sabréis de lo que os hablo.

    Es cierto que todos los escritores antes citados existen gracias a mentes privilegiadas como las de M. R. James y Nathaniel Hawthorne, por ejemplo, y, por supuesto, a las archiconocidas de Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft.

    De estos dos últimos, el primero fue un maestro indiscutible del terror psicológico, cuyo enorme talento nos estremeció sin necesidad de recurrir a monstruos, fantasmas o criaturas de pesadilla. El segundo creó lo que hoy se conoce como horror cósmico. En sus obras, el autor ofrece un mosaico de universos oníricos rebosantes de malevolencia, habitados por deidades monstruosas y criaturas delirantes que solo el infierno podría inspirar.

    Cuando uno ha leído tanto de tantos autores, aparte de acabar chiflado, puede equivocarse y llegar a creer que pocas cosas podrán sorprenderle como «aquella primera vez». Es ahí donde entra en escena Philip José Farmer y, en particular, sus libros La imagen de la bestia y ¡Cuidado con la bestia!, que me descubrieron a un escritor que, si bien puede no ser mejor que los antedichos, nada tiene que envidiarles.

    Porque este señor es brutal, divertido y excesivo. Un cachondo de principio a fin que aúna como nadie la ciencia ficción, el terror y la fantasía con lúbricas dosis de sexo. Cuando te das cuenta, ya se ha metido en tu cerebro para desgajarlo cacho a cacho mientras, durante el proceso, te provoca alucinaciones y te invita a disfrutar de ellas. Luego coge tu alma, la arruga en su mano y, cuando acabas de leer y cesa la orgía —o el caos onanístico— en el que te ha sumergido, con una sonrisa te pide que la recompongas si tienes narices.

    Así que, si eres de los que piensan que ya nada puede sorprenderte, es que todavía no has leído a Philip José Farmer.

 



14/3/25

429. Intermedio

    Sin percance alguno, la nueva máquina llegó ayer por la tarde, con mucha lluvia y sin arcoíris. Era tal la obsolescencia de la anterior que también tuve que cambiar el monitor. Seguro que Codicius y Avaricius ríen, satisfechos y cómplices, desde lo alto del edificio. En fin, espero que la nueva adquisición esté a la altura de su antecesora. Gracias por vuestras sentidas condolencias. 

    Esta misma noche sacrificaré un carnero en vuestro honor en un punto alejado de la civilización.



10/3/25

428. R.I.P

    Españoles, mi ordenador personal ha muerto. La máquina de excepción que asumió la inmensa responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a la blogosfera española ha entregado su vida en el cumplimiento de una misión trascendental. Esta misión no era otra que esparcir el mensaje, contaminar la red y, en definitiva, añadir un poco más de mierda al ya de por sí maloliente contexto.

    Yo sé que, en estos momentos, estas sentidas palabras llegarán a vuestros hogares (muchos de ellos aún por pagar) y se unirán a vuestros murmullos y plegarias. Es natural: es el llanto de la blogosfera española, que siente la angustia infinita de un servidor que ha perdido a uno de sus seres más queridos. Es la hora del dolor y de la tristeza, y también la de aflojar la pasta para comprar otro.

    Atrás quedan, para la posteridad, catorce años de entrega incondicional, tanto diurna como vespertina y nocturna, estuviera yo ebrio, sobrio o ninguna de las dos cosas. Fui testigo de su última jornada de trabajo ayer por la tarde, y hoy ya descansa en el Valle de las CPUs chamuscadas, junto con otros hermanos caídos.

    Españoles, calculo que dentro de cuatro o cinco días podré escribir en condiciones dignas y no desde el móvil, para continuar con mi deber patrio de arrojar pesimismo y oscuridad a través de este medio y, de paso, inmiscuirme sin vergüenza alguna en vuestras vidas cibernéticas.

    Sin más que añadir: ¡Viva Honduras!


6/3/25

427. Lidiando contra el cerebro

    Llevo unos días lidiando con ciertos pensamientos incómodos y oscuros que están mermando mi paz espiritual.

    He probado a comer alimentos que nunca he comido, beber líquidos que nunca he bebido y, aun a riesgo de parecer gilipollas, hablar de cosas que desconozco. Y he acabado bebiendo sin tener sed, comiendo sin tener hambre y hablando sin tener nada que decir. Eso sí: me he sentido muy humano y casi caigo enfermo. Luego he transitado por superficies inhóspitas que nunca he pisado hasta llegar a lugares remotos en los que nunca he estado. Y no he visto nada diferente de lo que ya había visto en otros sitios. Ya me entendéis: gente.

    También he consumido música, cine y literatura alabados por la prensa especializada, y me han acometido ataques epilépticos, ardores, diarreas y ansias de perpetrar una masacre. Y he practicado métodos menos agresivos, como jugar al ajedrez conmigo mismo, hacer sudokus y resolver el cubo de Rubik bajo la alcachofa de la ducha con el agua fría. Pero nada.

    He recurrido a mi surtido de blasfemias cotidianas, tales como defecar en el santoral, en vírgenes, iglesias, religiones y dioses. Pero eso es algo que llevo haciendo desde los trece años, incluso estando de buen humor y con la mente en blanco, así que no ha servido de nada. Tampoco cuando lo he intentado con programas de televisión y radio, prensa roja y azul, monarquías, ejércitos, ideologías, nacionalismos y votantes obtusos.

    Por si fuera poco, he estado explotando burbujas de embalaje sentado en los bancos de las plazas hasta altas horas de la noche. Me he pasado horas de vaivén en los columpios de los parques infantiles con la mirada perdida, y me he lanzado de cabeza por los toboganes una y otra vez hasta que los niños pequeños se han puesto a llorar y sus madres acomplejadas me han mirado con indignación y desprecio.

    Lo he intentado de veras, y para pensar con claridad también me he ido al río a tirar piedras hasta que se han acabado. He saltado a la comba con descoordinación ante las fachadas de los sex shops para reencontrarme con mi niñez. He arriesgado la vida en los pasos de cebra en ese momento álgido del tráfico en busca de algún estímulo extremo. Nada ha funcionado, ni siquiera estar siete horas haciendo de mimo en la misma postura para conectar con mi yo interior.

    Y hoy, por último, falto de esperanzas y apenas reconociéndome, he acabado en la consulta del médico. No recuerdo si pública o privada. Me ha diagnosticado misantropía en grado medio-alto, para la cual no existe remedio, salvo irse al espacio como Calleja, pero sin intención de volver. Ha sido tan gracioso que lo he cogido de la pechera y lo he incapacitado de por vida para el ejercicio de su profesión. Y qué extraño, he vuelto a pensar con claridad y los pensamientos oscuros e incómodos han dejado de atormentarme.

    Sin duda, el empirismo está bien, pero hay que ir más al médico.


3/3/25

426. Bocabu

    Hoy una halitosis densa y extrema ha invadido mi espacio vital y se ha colado por mis fosas nasales en pocos segundos. Pocos, pero intensos. Suerte que llevaba las gafas puestas, porque, si no, ahora tendría las retinas y las pestañas incineradas. Pese a todo, han pasado ya cuatro horas y aún sigo aturdido.

    Como nos enseñó Spiderman, todo poder conlleva una gran responsabilidad. Y ahora mismo esa persona es responsable de cualquier vida, animal o humana, que esté al alcance de sus exhalaciones. No me cabe duda de que, si no lo remedia, será la criatura más solitaria del planeta.


27/2/25

425. Arcoíris 2

    Hacía mucho que no veía un arcoíris y, ahora mismo, al tiempo que escribo esto, tengo uno enfrente de mi ventana, perfectamente definido en toda su colorida curvatura, con sus siete razones más que inapelables para hacerme sentir insignificante y dejarme absorto.

    Hace un par de horas llovía y el día era gris como el plomo, y en un capricho celeste, una porción encapotada de las alturas se ha abierto y el sol ha iluminado la mitad de la ciudad, mientras que la otra ha seguido en penumbras. En la parte iluminada, la lluvia caía a cámara lenta, como en un sueño, y en la otra el mundo era un cuadro de trazos cenicientos y oscuros. Ha sido en ese momento mágico cuando el arcoíris ha decidido coronar tan hipnótico contraste.

    Después, en cuestión de minutos, el sol se ha ocultado y el arcoíris ha palidecido hasta desaparecer, dando paso a un intenso arrebol que ha encendido el cielo para luego apagarse en un azul profundo como el océano. Ha sido una pena que hoy no estuvieras conmigo, querida desconocida. Era el momento perfecto para desvestirnos a dentelladas y follar bajo el arcoíris como ardientes hijos enloquecidos de Gaia.

    Para olvidarnos del aborrecible mundo de los hombres y abrazar desnudos sus maravillas.




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