Como todas las mañanas de los últimos diez años, Mr. Brown se coloca en un rincón de la sala y mira con los ojos muy abiertos. Nunca son las mismas imágenes las que ve, pero siempre se presentan ante él en el más absoluto silencio e inmovilidad.
Esta vez, al fondo, a la derecha, una niña sonriente de ojos luminosos está envuelta en una constelación jabonosa que ha surgido a soplidos de su pompero verde. A su lado, un niño mira la diminuta pelota de goma que se mantiene ingrávida sobre su cabeza, esperando con la mano abierta un descenso que nunca se produce. Delante del joven, una mujer obesa de largas trenzas que apuntan al techo juega a la comba en un salto suspendido en el aire. Más a la izquierda, una mujer se desagua en un arqueado chorro eyaculatorio que se interrumpe a pocos centímetros de la espalda de un anciano. A su vez, el anciano forma en el aire un abanico inalterable con la baraja que manipula de izquierda a derecha. Junto al anciano, un hombre de mediana edad permanece inclinado en un gesto imposible, con los brazos extendidos para evitar una caída que nunca llega a producirse. A la izquierda del hombre que se precipita, una bella adolescente ha escupido una flema del tamaño de una nuez que se mantiene a medio camino de la ventana abierta.
Entonces, en algún momento de esas manifestaciones humanas congeladas en el tiempo, Mr. Brown oye un pitido y, desde el extremo más alejado de su rincón, percibe un movimiento. De allí surge una niña de unos seis años que se acerca a él con la lentitud hipnótica de los sueños. Lo hace a la pata coja, alternando tanto la pierna izquierda como la derecha. A cada leve salto se altera la uniformidad de su largo cabello, que cae tras su espalda como una cascada de trigo y que mantiene sujeto con una diadema elástica. Lleva una blusa de algodón de manga corta por la que asoman unos bracitos que semiflexiona para mantener el equilibrio. Sobre la blusa luce un sencillo vestido, de un azul eléctrico y hasta media pierna, que ondea como una suave brisa a cada movimiento. Sus pies menudos, cubiertos con calcetines de seda, calzan unos lustrosos mocasines de charol que brillan como si una estrella estuviera atrapada en ellos.
La niña acaba por sortear a todos los figurantes estáticos que habitan la sala. Mr. Brown se encoge en su rincón hasta hacerse un ovillo y la mira. Desde abajo le parece un ser enorme e intimidante. La niña acerca su cara, posa una mano amigable sobre su hombro y, con inconfundible voz masculina, le comunica:
—Es la hora de su medicación, Mr. Brown.
Lo que se dice, como
ResponderEliminaruna cabra, saludo.
Hola, Orlando. Desde luego, la locura adopta múltiples formas.
EliminarVaya¡ Lo sospechaba., Un abrazo. Carlos
ResponderEliminarLos que no tiene medicación, que no crean que están mejor. ;)
EliminarPrimero sospeché que fuese un vidente... Un abrazo
ResponderEliminarHola, Gil. A saber qué es lo que ven. :)
EliminarEhhhh yo veo el momentazo para película totalmente.... escena brutal!!
ResponderEliminarSí, yo también diría que la escena tiene cierto regusto fílmico. Celebro que te haya gustado; gracias. ;)
EliminarPues que aproveche y le ajuste los fármacos que el hombre va muy puesto
ResponderEliminarMás que nada, está un poco ido y ve cosas. :))
EliminarIba leyendo y un poco de temor... Supongo que a veces no son locuras que pasan, sino que las llevas dentro, uf...
ResponderEliminarHasta pronto.
Hola, Clarisa. Para quien las lleva dentro quizá sí ocurre. Bienvenida a esta trinchera.:)
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