19/5/26

552. Mr. Brown

    Como todas las mañanas de los últimos diez años, Mr. Brown se coloca en un rincón de la sala y mira con los ojos muy abiertos. Nunca son las mismas imágenes las que ve, pero siempre se presentan ante él en el más absoluto silencio e inmovilidad.

    Esta vez, al fondo a la derecha, una niña sonriente de ojos luminosos está envuelta en una constelación jabonosa eterna que ha surgido a soplidos de su pompero verde. A su lado, un niño mira la diminuta pelota de goma que se mantiene ingrávida sobre su cabeza, esperando con la mano abierta un descenso que nunca se produce. Delante del joven, una obesa de largas trenzas que apuntan al techo juega a la comba en un salto suspendido en el aire. Más a la izquierda, una mujer se desagua en un arqueado chorro eyaculatorio que se interrumpe a pocos centímetros de la espalda de un anciano. A su vez, el anciano forma en el aire un abanico inalterable con la baraja que manipula de izquierda a derecha. Junto al anciano, un hombre de mediana edad permanece en una inclinación imposible hacia el suelo, con los brazos extendidos en un gesto instintivo de evitar una caída que nunca ocurre. A la izquierda del tipo que se precipita, una bella adolescente ha escupido una flema del tamaño de una nuez que se mantiene a medio camino de la ventana abierta.

    Entonces, en algún momento de esas manifestaciones humanas congeladas en el tiempo, Mr. Brown oye un pitido y, del extremo más alejado de su rincón, percibe un movimiento. De allí surge una niña de unos seis años que se acerca a él con la lentitud hipnótica de los sueños. Se acerca a él a la pata coja, alternando tanto con la pierna izquierda como con la derecha. A cada leve salto, se altera la uniformidad de su largo cabello que cae tras su espalda como una cascada de trigo, y mantiene sujeta con una diadema elástica. Lleva una blusa de algodón de manga corta por la que asoman unos bracitos que semiflexiona para aguantar el equilibrio. Sobre la blusa, luce un sencillo vestido a media pierna de un azul eléctrico, que ondea como una suave brisa a cada movimiento. Sus pies menudos, vestidos con calcetines de seda, calzan unos lustrosos mocasines de charol que brillan como si una estrella estuviera atrapada en ellos.

    La niña acaba por sortear a todos los figurantes estáticos que habitan la sala. Mr. Brown se encoge en su rincón hasta hacerse un ovillo y mira a la niña. Desde abajo le parece un ser enorme e intimidante. La niña acerca su cara desde arriba, posa una mano amigable sobre su hombro y con inconfundible voz masculina, le comunica: «Es la hora de su medicación, Mr. Brown».



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