De niño pasaba muchas tardes veraniegas en el desván de la casa de mis abuelos. Para mí era un sitio mágico detenido en el tiempo, atiborrado de trastos antiguos, algunos de veras extraños. Me encantaba cómo la luz del día entraba por la enorme ventana circular y se dibujaba en el suelo de madera. Era como si el sol estuviera dentro.
Una de aquellas tardes en la que mis abuelos descuidaron su vigilancia, descubrí en el desván un baúl antiguo oculto bajo una manta raída. Dentro había montones de fajos de papel amarillento anudados con un cordel y un libro encuadernado en cuero arrugado. Dado su considerable tamaño y grosor, tuve que emplear mis dos bracitos para sacarlo.
Cuando lo tuve entre mis deditos, me senté en medio del círculo solar con el libro sobre mis piernecitas, cruzadas a modo de atril. Una elegante cenefa en relieve bordeaba la cubierta del libro, y cuando lo abrí dispuesto a leer, se liberó un intenso olor a rancio que me hizo arrugar la nariz. Cuál fue mi sorpresa, que el libro no contenía letras, sino multitud de fotos en blanco y negro y tonos sepia, de bebés, niños y niñas de mi edad sentados o acostados, tanto en solitario como por parejas, sueltos o cogidos de la mano.
Cuando llegué a la última fotografía me pregunté por qué todos aquellos niños estaban tan serios. Muchos tenían la boca abierta y unos pocos los ojos cerrados, pero ninguno sonreía. Cuando a mis amigos y a mí nos tenían que fotografiar, nuestros padres y profesores siempre nos obligaban a sonreír ante la cámara por mucho que nos fastidiara. Y que yo supiera nunca nos hacían fotos cuando dormíamos.
Años más tarde, aunque tampoco tantos, supe que aquel olor característico que me hizo torcer el gesto responde al curioso nombre de bibliosmia. Que existen términos sobre la muerte tan macabros y sugerentes como memento mori, rigor mortis y post mortem. Y que aquel ejemplar oculto en el antiquísimo baúl del desván de mis abuelos era el libro de los muertos.
buen recuerdo, me acuerdo de una experiencia similar: encontre una carta en un papel marillento de mi abuelo cuendo era joven, en una caligrafia bellisima, cuando la fui a leer, decia algo asi como: "Abelardo Espronceda pago 50 centavos a don Segismundo por compra de sombrero", pero coincido que la gente del pasado tenia objetos y costumbres muy raras y cuestionables.
ResponderEliminarEra una inquietante manera de aceptar la certeza de la muerte. De congelar la memoria de lo que una vez fueron.
EliminarHola, Cabrónidas, eso es lo que tienen las fotos, que tú te mueres pero ellas se quedan...
ResponderEliminarEn el inicio de tu relato me has recordado al libro de La Historia Interminable: desván, niño, libro..., muchas similitudes. Perdona, pero La Historia Interminable está mucho más interesante que ese "libro" que viste. ;-)
Un abrazo. :)
Desde luego que sí. La Historia Interminable es todo un referente inmortal. Muy grande el señor Ende. :)
EliminarNo sólo sabes meterte en la historia, sino darle un final que fuerza a pensar sobre los niños de ese libro de fotografías. Un abrazo. Carlos
ResponderEliminarY no es ficción. Ese tipo de fotografías empezaron a hacerse, más o menos, por 1840 y dejaron de hacerse a principios del siglo XX.
EliminarOtro para ti. :)
Es cierto. Lo he leído en algún documento de historia reciente. Y lo vi reflejado en la película Los otros, de Amenabar. Bien narrado. Quizá perpetuar la memoria hasta el más allá sea un anhelo ancestral con múltiples formas, según las épocas.
ResponderEliminarUn abrazo
Hola, Marisa. Hay bastante información al respecto. Por lo visto aquella tendencia empezó a desaparecer, entre otras circunstancias sociales, cuando la fotografía dejó de ser un lujo caro. Asi pues, las personas menos pudientes también podían fotografiar a sus retoños y seres queridos mucho antes de que se los llevara la muerte.
EliminarOtro para ti. :)
Fíjate que intuí el final, así acostumbraban hacer fotografías. Muy macabro.
ResponderEliminarAdemás, viniendo de ti, iba muy suave e inocente la narración y había que esperar el trancazo final, yo ya iba en posición defensiva, jajaja.
Abrazo.
Sí, era previsible. Quizá muchos años atrás se desconocía esa realidad. Nuestros antepasados tenían una relación especial con la muerte. Otro para ti. :)
EliminarD.Trump también tiene fascinación con la muerte :(
ResponderEliminarMás que con la muerte, tiene fijación con los recursos naturales no renovables de otros países. Pero entiendo qué has querido decir. :)
EliminarUna forma de llevar los muertos contigo pero, ya ves, hasta ese propósito de no olvidar, acaba arrumbando en un viejo desván. Nadie nos salva del olvido, ¿verdad?
ResponderEliminarAsí es. Olvido y Muerte van de la mano: siempre nos sobrevivirán.
EliminarHay muchas referencias a esas práctica de fotografiar a los muertos antes de los entierros (porque después ya no se lo podría hacer, claramente), lo que falta es, más que el motivo, entender qué fue lo que llevó a pensar que algo semejante sería una buena idea.
ResponderEliminarSaludos,
J.
Hola, José. Digamos que, fuera mala o buena idea, estaba permitido. Incluso en periódicos de la época se ofertaban fotógrafos que hacían esas fotos. :)
EliminarUna costumbre por suerte ya olvidada y de lo más morbosa
ResponderEliminarSí. Siempre hemos sido morbosos. Aunque creo que los humanos de hoy lo son más que los de ayer. Pero se nota menos. :)
EliminarSí, vi en una serie la existencia de ese tipo de fotografías... que digo yo, qué necesidad ¿no? Lo que nos gusta autoflagelarnos a los humanos...
ResponderEliminarHijos que morían a una edad muy temprana, y en aquellos tiempos...
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