547. Años más tarde

    De niño pasaba muchas tardes veraniegas en el desván de la casa de mis abuelos. Para mí era un sitio mágico detenido en el tiempo, atiborrado de trastos antiguos, algunos de veras extraños. Me encantaba cómo la luz del día entraba por la enorme ventana circular y se dibujaba en el suelo de madera. Era como si el sol estuviera dentro.

    Una de aquellas tardes en la que mis abuelos descuidaron su vigilancia, descubrí en el desván un baúl antiguo oculto bajo una manta raída. Dentro había montones de fajos de papel amarillento anudados con un cordel y un libro encuadernado en cuero arrugado. Dado su considerable tamaño y grosor, tuve que emplear mis dos bracitos para sacarlo.

    Cuando lo tuve entre mis deditos, me senté en medio del círculo solar con el libro sobre mis piernecitas, cruzadas a modo de atril. Una elegante cenefa en relieve bordeaba la cubierta del libro, y cuando lo abrí dispuesto a leer, se liberó un intenso olor a rancio que me hizo arrugar la nariz. Cuál fue mi sorpresa, que el libro no contenía letras, sino multitud de fotos en blanco y negro y tonos sepia, de bebés, niños y niñas de mi edad sentados o acostados, tanto en solitario como por parejas, sueltos o cogidos de la mano. 

    Llegué hasta el final del libro y me pregunté por qué todos ellos estaban tan serios. Muchos tenían la boca abierta y unos pocos los ojos cerrados, pero ninguno sonreía. Cuando a mis amigos y a mí nos tenían que fotografiar, nuestros padres y profesores siempre nos obligaban a sonreír ante la cámara por mucho que nos fastidiara. Y que yo supiera nunca nos hacían fotos cuando dormíamos.

     Años más tarde, aunque tampoco tantos, supe que aquel olor característico que me hizo torcer el gesto responde al curioso nombre de bibliosmia. Que existen términos sobre la muerte tan macabros y sugerentes como memento mori, rigor mortis y post mortem. Y que aquel ejemplar oculto en el antiquísimo baúl del desván de mis abuelos era el libro de los muertos.



Comentarios

  1. buen recuerdo, me acuerdo de una experiencia similar: encontre una carta en un papel marillento de mi abuelo cuendo era joven, en una caligrafia bellisima, cuando la fui a leer, decia algo asi como: "Abelardo Espronceda pago 50 centavos a don Segismundo por compra de sombrero", pero coincido que la gente del pasado tenia objetos y costumbres muy raras y cuestionables.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Era una inquietante manera de aceptar la certeza de la muerte. De congelar la memoria de lo que una vez fueron.

      Eliminar
  2. Hola, Cabrónidas, eso es lo que tienen las fotos, que tú te mueres pero ellas se quedan...
    En el inicio de tu relato me has recordado al libro de La Historia Interminable: desván, niño, libro..., muchas similitudes. Perdona, pero La Historia Interminable está mucho más interesante que ese "libro" que viste. ;-)
    Un abrazo. :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Desde luego que sí. La Historia Interminable es todo un referente inmortal. Muy grande el señor Ende. :)

      Eliminar

Publicar un comentario

RAJA LO QUE QUIERAS