El otro día transité por el extrarradio hasta llegar al tanatorio del polígono industrial situado en la zona oeste de la ciudad. Conozco bastante bien ese sitio, pero no tenía ni idea de que una de las naves más grandes que hay frente al tanatorio fuera un gimnasio.
Enseguida, y sin venir a cuento, establecí un contrapunto chorra.
A un lado estaba el templo expositor de los muertos, maquillados y bien trajeados, a la espera de convertirse en un puñado de cenizas dentro de una urna o en pasto de larvas bajo las raíces de los cipreses. Rostros impasibles y ambiguos, velados por rostros de ojos llorosos y narices moqueantes.
Al otro lado, anatomías jóvenes y de mediana edad autosometidas a la tortura de las pesas y al cardio obsesivo. Rostros sudorosos y esforzados, en lucha constante por retrasar los efectos devastadores de la inevitable decrepitud.
Sea como sea, la muerte y la vida siempre van juntas. Siempre están cerca la una de la otra. Hasta que la primera —siempre la primera— decide romper la relación.