Entré en la iglesia de piedra cuando ya era de noche. El interior estaba tenuemente iluminado por la luz temblorosa de unas velas dispuestas a lo largo de las frías paredes. En el centro del extremo opuesto a la entrada, un enorme crucifijo de madera antigua se erguía sobre un soporte elevado.
Me senté en la bancada más alejada de la imponente cruz. Así no tendría que levantar la cabeza para comunicarme. Cerré los ojos y, con profunda veneración, rememoré mis actos de hacía una hora. Al cabo de un rato los abrí, desprovistos de toda emoción, y le comuniqué al crucifijo que le enviaba tres nuevas almas de las que ocuparse.
Una vez más salí de la iglesia en paz con la negrura de mi corazón. Y, de nuevo, me sentí reconfortado a pesar de mis numerosos crímenes.
Supongo que cualquiera de los que vivimos en un bloque de pisos tiene vivencias, risibles o no, de lo que acontece en las reuniones de la comunidad de propietarios.
A mí me hace reír una vecina —soltera o viuda, no lo sé— que, cada vez que le toca por rotación ser presidenta de la comunidad o ejercer alguna otra función de responsabilidad vecinal, arguye que no puede desempeñarla porque —según sus propias palabras— ya es mayor para esas cosas. Aunque la realidad demuestre día tras día que está en óptimas condiciones mentales y físicas.
La muy picaruela, a la que le gusta vivir despreocupada mientras todo se haga como es debido, lleva unos doce años esgrimiendo ese escueto argumentario y, dada nuestra permisividad, le ha funcionado. Ahora mismo, el inevitable paso del tiempo no solo le garantiza la continuidad de su éxito, sino que además empieza a darle la razón, ja, ja, ja, ja.
Después de treinta años de inactividad, un mal africano que se creía erradicado vuelve a asolar a nuestros jabalíes y gorrinos. Esta vez, el virus ha rebrotado en Cataluña con una saña inusitada. Tanto es así que no puedo dejar pasar la oportunidad de presentaros un proyecto musical de unos entrañables amigos sardanistas. Entre 2003 y 2014, la unión de sus innegables talentos se tradujo en cinco trabajos discográficos que han quedado para la posteridad.
«¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra?», os preguntaréis.
Y yo os respondo que, dada la truculencia de las letras y el nombre del grupo, absolutamente todo.
Mi destino fue ganarme la vida, ya de adulto, en las profundidades de la Tierra. No rockeando en la radio ni en un videoclip por haber triunfado en el mundo de la música. Nada más lejos de la realidad.
Ayer tuve una epifanía en un momento de oscuridad, en la que me vi con siete años, montado en una bicicleta. Me envolvía un aura resplandeciente, el viento me alborotaba el pelo y mis ojos destilaban inocencia. Quise entonces, con todas mis fuerzas, regresar a ese instante en el que no existía la mentira, todo era fácil y no había nada que entender.
Ridículo, nostálgico... Qué más da. Ahora solo quiero que los pequeños Danny y Lisa lleguen hasta mí con su canción, me tiendan la mano con una amigable sonrisa y me alejen cuanto puedan del hoy y de los lugares extraños.
Respira hondo cuando salgas a la calle. ¿Lo hueles? Yo lo huelo incluso dentro de casa. Se cuela por los respiraderos, por debajo de las puertas y por la ranura de la cinta del recogedor de la persiana. Incluso se abre paso a través de las rejillas de los altavoces de la televisión y de la radio cuando no las apago.
Hasta la jodida Alexa, que no tengo, lo huele.
Es una sensación olfativa que se manifiesta en diciembre, año tras año, y despierta sentimientos dispares. Quienes la perciben como un aroma auguran reencuentros y alegría. Quienes la consideran una peste presagian hipocresía y tristeza.
¿Es que no lo oléis? ¡Se está acercando! ¡Se está acercando!
Recuerda que, por muy mal que una persona te lo haga pasar, tú también eres un martirio en la vida de otra y ni siquiera lo sabes. Que, por mucho que creas sufrir, no es tanto como la pieza de en medio del ciempiés humano. Que, por desagradable que sea la imagen desnuda que te devuelve el espejo, siempre irá a peor.
Si tu pareja no ha respetado los votos matrimoniales y has sido la última persona en enterarte de que eres una criatura astada, recuerda que ya puedes pasar de lado por donde antes pasabas de frente. Cuando te hablen de igualdad, recuerda que en una relación de pareja siempre hay una parte que da más que la otra; o menos.
Recuerda que mentir no te convierte en peor que nadie, porque todos lo hacen. Que, por mucho que desees que se calle esa persona que te cae tan mal, hay quienes piensan que tú también estarías mejor sin pronunciar palabra. Por mucho que te digan que quien calla otorga, recuerda que el silencio es la mayor muestra de indiferencia.
Según leí en un titular reciente, a raíz de un requerimiento policial hace meses que ya no puede reproducirse en el estadio de fútbol El Sadar un tema de Barricada de 1986 titulado No hay tregua. La canción llevaba unos años sonando por megafonía como instrumento de aliento durante el descanso de los partidos del Club Atlético Osasuna.
El requerimiento, llegue tarde o no, puedo encontrarlo razonable, puesto que hay niños y niñas en el campo y, al margen del contexto histórico de la canción, su mensaje no es precisamente el de Heidi. Además, un reducido sector de la grada aprovechaba el tema para entonar proclamas delictivas («ETA, ETA, ETA»), lo cual hace que me pregunte qué educación han recibido.
Yo descubrí esa canción y a Barricada con trece años. Sigo escuchando a Barricada y nunca me ha dado por empuñar un arma y apretar el gatillo. Y, si algún día me diera, me quedaría con las ganas y no lo expresaría por decencia y educación. El caso es que No hay tregua no tiene por qué sonar en un estadio de fútbol, y el Club Atlético Osasuna ha actuado en consecuencia. De acuerdo.
Estaría bien que la policía mostrara la misma sensibilidad hacia ciertos comentarios y apologías —explícitas o encubiertas— que se difunden desde algunos medios de comunicación y que, en determinados casos, mientras en España suelen quedar amparados bajo la libertad de expresión, en Italia y Alemania pueden constituir delito.
Respetaría un poco más a la policía y a todo lo que representa si quienes toman las calles y ondean banderas preconstitucionales no se sintieran tan protegidos e impunes para exhibir su odio en manada hacia quienes optan por otra manera de ser, mientras vociferan el regreso de tiempos oscuros.
El cincuentón Rudesindo lleva meses con todo el tiempo del mundo a su disposición. Ya no tiene que trabajar y, encima, tiene todas sus necesidades cubiertas. La mañana la dedica a hacer la compra y a las tareas de limpieza. Si no toca ninguna de esas dos obligaciones mundanas, lee hasta la hora de preparar la comida. Después de comer y recoger la cocina, invierte el resto de la tarde en ver una película, dar un largo paseo y socializar en acogedoras cafeterías que sus sobrinos pubescentes llaman «bares de viejos».
Después de esa rutina inalterable, llega a su nicho-vivienda sobre las siete y media o las ocho de la tarde. Nadie le espera al otro lado de la puerta, pero es una soledad elegida de la que nunca se arrepiente. Entra en su habitación y se cambia la ropa de calle por otra más cómoda. En ese momento siempre recuerda que tiene uno o dos pijamas por estrenar. Pero él prefiere su raída sudadera de Gorguts y su gastado pantalón de chándal, que conjunta con sus pantuflas de animales (cabra) de andar por casa.
De ser verano, practicaría el nudismo doméstico, como es habitual en él. Pero noviembre no invita a ello.
Una vez preparado para otra noche en soledad, enciende la lámpara del comedor, el televisor y pone el canal de noticias. Hay noches en las que confía escuchar alguna buena. Pero hace años que eso no sucede. Y el resto de la parrilla televisiva, con sus concursos amañados, sus programas amarillistas y sus acalorados debates, donde los perros del amo se enzarzan en posesión de la verdad, resulta igual de entristecedor. A mitad de la cena, siempre acaba viendo un documental sobre las estrellas o la vida animal. O sobre cualquier cosa que no le recuerde la sociedad de los hombres.
Pero hoy es diferente. Antes de entrar en la cocina, se detiene en seco y fija la mirada en el montón de cartas que dejó la noche anterior sobre la mesa del comedor. No puede creerlo, pero una de ellas se infla y se desinfla como si estuviera viva. O como si algo con vida, pequeño y extraño, anidara en su interior. Ayer, cuando las sacó del buzón, no manifestaban fenómeno alguno. Pero, joder, ahora una de aquellas cartas respiraba. Respiraba como él, aunque con menos celeridad.
Rudesindo se acerca a la mesa como un herpetólogo a una serpiente especialmente venenosa. Extiende una de sus temblorosas manos hacia la carta. Tiene intención de pinzarla con dos dedos y, justo cuando lo hace, los afloja y retira la mano con un escueto grito de sorpresa: está tan helada que quema.
—¡Pero qué coño!
Regresa a su habitación y busca unas manoplas de cuando era niño. Las encuentra, se las pone y se sorprende de que le vayan bien.
—Debe de ser verdad que, a partir de los cincuenta años, empezamos a encogernos. Bueno, ¡vamos a ver...!
Vuelve a la mesa del comedor, aparta el resto de cartas inertes y aproxima lentamente la manopla derecha hasta posarla por completo sobre la carta que respira. Nota un poco de frío, pero es soportable. Más anormal aún es el hecho de que, tan pronto la toca, deja de respirar y, cuando rompe el contacto, reanuda la respiración. Con una manopla desplaza la carta hasta asomar una de sus cuatro esquinas por el borde de la mesa y, con la otra, le da la vuelta.
—Joder, no tiene remitente. Qué cosa más rara.
Rudesindo sabe que, si quiere averiguar de qué se trata, no tiene más opción que abrirla. Así que va a la cocina y coge un cuchillo con un estilo muy distante al de Michael Myers. Regresa a la mesa del comedor, toma la misiva como si fuera una carta bomba y la sostiene al trasluz. En efecto, parece que contiene un papel. Después la deposita en el centro de la mesa, justo debajo de la lámpara de techo.
La carta respira.
Rudesindo la mira.
La carta respira.
Rudesindo la mira.
La carta...
Entonces, rápido y decidido, la inmoviliza con una manopla y, con el cuchillo en la otra mano, le practica una certera incisión.
Es tal la pestilencia que se libera que, pese al frío de la calle, no duda en abrir las ventanas. Cuando era pequeño estrelló una bomba fétida contra el suelo de la sala de profesores. Estos se horrorizaron, pero no lloraron. En cambio, a él le escuecen los ojos y le lloran como nunca antes. Avanza hasta el lavabo como un invidente. Cuando llega y enciende la luz, se quita las manoplas y se lava la cara repetidas veces. Cuando acaba de secársela, abre los ojos y se mira en el espejo.
—¿Pero qué mierda está pasando?
De nuevo se pone las manoplas y regresa al comedor. El hedor ultraterrenal no ha desaparecido del todo, pero sí lo suficiente como para cerrar las ventanas. Eso hace y vuelve a la carta.
—Muy bien, puta. A ver qué tienes que decirme.
Coge el sobre y, con la manopla libre, consigue sacar su contenido. Es un papel manuscrito, amarillento y viejo. Lo despliega, lo coloca sobre la mesa del comedor y lo alisa con el antebrazo. En una caligrafía gótica y exquisita, dice:
Señor Rudesindo:
Me consta que, hace cinco meses, en la planta de oncología del hospital, le diagnosticaron un cáncer incurable que, según el grupo médico que lo trata, acabará con usted a finales de diciembre de este año.
Pero no es cierto.
Usted morirá a causa del impacto de un macetero que caerá sobre su cabeza desde el balcón de un sexto piso el día 21 de octubre de 2028, a las 19:37 horas.
Hasta entonces, pese al cáncer, tendrá usted una vida placentera.
Atentamente,
La Muerte
Acto seguido, el manuscrito empieza a humear hasta convertirse en un montón de cenizas. Y Rudesindo estalla en carcajadas. Por primera vez en muchos años, cree que aún quedan buenas noticias.