8/9/25

479. Eclipse 2

    Septiembre ya se había instalado en nuestras vidas, lo que significaba que el verano (querido verano) pronto nos daría la espalda. Ahora las noches eran frescas y estimulantes, idóneas para una incursión a la zona más alta de la ciudad, desde la cual presenciar con ciertas garantías el fenómeno astronómico que se iba a manifestar.

    No éramos un grupo de cinco ni de siete, sino de seis integrantes. Así que pudiera ser que no despertáramos las simpatías del espíritu de la siempre recordada Enid Blyton. Pero ese era el número, lector asiduo. El de la armonía, el equilibrio y la belleza según la numerología, aunque al lado del sesenta y seis formara una cifra apocalíptica preñada de nefastos augurios.

    La zona más alta del este de la ciudad era el cementerio, ya sabes: destino final e ineludible de eterno descanso donde a veces ocurren cosas extrañas e inexplicables. No así como la Luna de Sangre, que si bien tiene una explicación y nada de extraño, a pesar de la nubosidad, de veras me pareció un acontecimiento mágico. También debo añadir que, a pesar del plenilunio, no hubo licántropos acechando.

    Y eso que estuve atento al respecto.




5/9/25

478. De noche por carreteras secundarias

    El problema de estar demasiado lejos de todo es que la tentación de no regresar jamás aumenta día a día. Aun así, como siempre, emprendí el regreso a la existencia que volvería a anularme.

    No tenía prisa por llegar, de modo que conduje de noche con la tranquilidad que ofrecen las carreteras secundarias, con la música del trueno a volumen subliminal y dejándome hipnotizar por la sobriedad de la calzada desierta.

    No me crucé con los perros del orden y la ley, siempre afanosos de recaudar para el amo. Solo me crucé con un hombre solitario, ya mayor, que se detuvo en el arcén debido a su próstata y sus circunstancias. ¿Quizá él también trataba de ralentizar la inevitabilidad de su destino?

    El mío no era precisamente la ciudad de Las Vegas, allí donde Raoul Duke y su abogado Dr. Gonzo vivieron una enloquecida travesía de miedo y asco. Y si bien no dispongo del incendiario contenido del maletín que los acompañó en tan onírico viaje, yo también diviso a los murciélagos. Cientos y cientos de ellos aleteando frenéticos en el horizonte iluminado por la luna.

    Supongo que regresar no me da miedo, pero sí cada vez más asco.




1/9/25

477. Retorno al punto de partida

    El tiempo de huida había finalizado y era hora de que regresarais a vuestras vidas. Las mismas de las que os alejabais, como mínimo, una vez al año, puede que por muy aburridas o porque quizá no eran las que imaginabais cuando erais jóvenes. ¿Por qué, si no, ibais a distanciaros de ellas? Ah, claro: hay que ver mundo para decir que se ha vivido y, a poder ser, dejar constancia de ello en las fotos con una radiante sonrisa. Hay que ver otras caras, pisar otros escenarios y respirar otros aires. Hay que ser uno más de la masa humana que va y viene. 

    Sí, estupenda manera de desconectar y relajarse, aunque luego estéis encantados de tener el mismo sitio de siempre al que volver, tan familiar y rutinario. En cualquier caso, si necesito escapar del mío, decidme a qué lugar no iréis el año que viene.




29/8/25

476. Dando la nota

    Hay quienes de vez en cuando les gusta dar la nota, y quienes la dan siempre hasta sin querer. En algunas personas es un don innato, mientras que otras —sobre todo desde la aparición de las redes sociales— se entrenan para ser las mejores en ello. Pero nadie, absolutamente nadie, ya sea en soledad o en compañía, lo hará tan bien como estos dos grandes de abajo.


26/8/25

475. Nubes de tormenta

    Siempre te creí cuando me decías que había música más allá de los oscuros rituales del black metal. Cuando me asegurabas que existían otros sonidos más allá de la visceralidad y el estruendo. Y siempre entendí que nunca quisieras acompañarme a un concierto de esos donde la gente se empuja y se provocan luxaciones y roturas.

    Esas fueron tus palabras, sí.

    También capeamos juntos alguna que otra tormenta. Por negros que fueran los nubarrones, tú eras un poco como Maddie en esa canción que tanto te gustaba, bailando en el techo de la furgoneta voladora conducida por Diplo. Y eso me hacía sonreír y desearte. Mientras que yo estaba a años luz de ser como Labrinth sentado en su nube rosa, porque siempre he tenido los pies en el suelo, aunque mis sueños volaran tan alto como los tuyos.

    No te negaré que aborrecí un poco esa canción. A pesar de esas y otras diferencias, yo siempre confié en ti, dispuesto a enfrentar contigo la nueva tormenta que divisamos a lo lejos, acercándose lista para engullirnos. Pero decidiste soltarme la mano en el último momento y quedarte en el otro lado, en los rayos y los truenos.




23/8/25

474. Strigoi

    Estos últimos seis meses llevo escuchada demasiada música oscura. También leídos demasiados libros de terror. Tantos como películas visionadas del mismo género. Y aunque nada de eso logrará superar nunca el mundo de espanto en el que vivimos, semejante adicción a la tiniebla no es buena, joder, no es buena.

    Tanto es así, que hoy me he despertado en mitad de la noche, señalando una esquina de la habitación y susurrando ahogadamente: ¡Strigoi, strigoi! Aunque, al encender la luz, me he dado cuenta de que señalaba el móvil, cuya alarma programé para que me despertara porque tengo que ir a currar.

    Supongo que tengo que abundar más en otros géneros literarios, musicales y cinematográficos. Pero eso tampoco va a cambiar el hecho de que las vacaciones se han acabado. ¿Acaso, en el mundo occidental de los bien acomodados, existe algo más terrorífico?



20/8/25

473. La senda del esclavo 5

    Como es completamente imposible mover la mina de su ubicación actual y futura, no hubo otra opción que privatizarla. Si no me equivoco, la pretendieron los rusos y los canadienses, y al final, en 1998, fue un grupo multinacional, con sede central en Tel Aviv (Israel), el que se hizo con la continuidad de la explotación del yacimiento.

    Al principio se hacía raro ver la bandera israelí ondear en lo alto de las instalaciones entre la cuatribarrada y la rojigualda. Como fue igualmente surrealista verla izada a media asta pocas horas después del ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre del 2023.

    Los nuevos amos propusieron realizar un patrón de turnos rotativos 7x7, a nueve horas y media presenciales, porque había que ser más productivos. Por lo visto, no lo éramos mucho con el patrón de turnos rotativos 5x2, a siete horas y media, que se llevaba haciendo en la mina durante años y años. Pero es que las exigencias del mercado se llevan muy bien con el capitalismo.

    Como el estatuto del minero dice lo que dice, esta situación debía ser sometida a referéndum para su implementación, ya que incluía cambios significativos, como contratar nuevo personal para formar tres equipos más, además de los tres que ya había. Qué casualidad, que meses antes del referéndum, ya estaban entre nosotros trabajando a tres turnos y que, evidentemente, votarían a favor. No obstante, llegó el año 2006 y el momento de introducir la papeleta. ¿Cuál creéis que fue el resultado? Salió un no al 7x7 bastante contundente.

    Entonces, la empresa, que por supuesto ya esperaba ese resultado, no tuvo más que utilizar el arma más ancestral y poderosa de cuantas utilizan los sistemas de opresión, ya sea de forma individual o grupal. Sí, esa que estáis pensando: el miedo. En nuestro caso no podía ser otra cosa que miedo al paro, ya que de no implantar el 7x7 sobraba mucha gente y, según la empresa, no necesariamente los nuevos. Y en un increíble segundo referéndum, como somos estúpidos y cobardes, salió que sí.

    Con el tiempo, muchos mineros veteranos quedaron encantados: no solo cobraban más al trabajar siete días a la semana, sino que podían hacer horas extras la semana que les tocaba descansar. Se convirtieron en los esclavos perfectos, mientras que otros, aunque resignados, éramos los infieles al nuevo régimen.

    Como seguro recordaréis, en 2008 se desató una crisis financiera casi global que derrumbó la industria del ladrillo en España. Miles de empresas quebraron y muchos esclavos quedaron en paro. La mina no quiso ser menos, así que se subió al carro de las empresas jodidas y presentó un ERTE de tres meses que, una vez aprobado por la autoridad competente, permitió hacer trabajos de infraestructura ineludibles debido a su estrecha relación con la seguridad. Estos trabajos obligaban al cese de la producción mientras duraran. Y ya se sabe que no producir implica perder dinero, así que también pudieron evitar pagar muchos sueldos.

    Toda una casualidad, ¿verdad?

    Después del ERTE, qué raro, empezaron a venderse las supuestas cientos y cientos de toneladas de KCL retenidas en los hangares a causa de la crisis, que seguía azotando en confines cercanos y lejanos de la superficie, mientras que en el subsuelo todo transcurría como si no existiera. Después de aquella maniobra empresarial hasta hoy, no ha ocurrido nada digno de mención, salvo algunas anécdotas y situaciones que merecen una entrada aparte para no convertir esta en enciclopédica.

    Echo la vista atrás, a mis cincuenta y dos años, y apenas veo a aquel chaval de dieciséis de lo lejos que está. Mientras que el presente, ese momento en que todo ocurre, continúa llevándome de la mano, a veces tirando de mí o empujándome sin contemplaciones hacia adelante, y ofreciéndome un pasado a cada día que pasa. Uno que, me guste más o menos, siempre tendrá la última palabra por su condición de irreversible, y hablará por mí cuando yo ya no esté.

    Todavía sigo en la senda del esclavo, pero en su tramo final.

    Estoy a punto de conseguirlo. Ya casi está.



11/8/25

472. La senda del esclavo 4

    En septiembre de 1995 continué vendiendo mi tiempo cinco días a la semana, pero en jornadas continuas y solo matutinas de siete horas y media. De esas siete, cinco eran de trabajo real y la media era la del bocadillo. El resto se perdía en desplazamientos y preparativos; cuando no en charlas obligatorias de seguridad y protocolos.

    Entonces yo tenía veintitrés años y cobraba mucho más que los esclavos de mi misma edad, dado que ellos trabajaban en la superficie terrestre y yo a unos novecientos metros por debajo de ella. Mi esclavitud, al ser subcontratada, estaba bajo las reglas del convenio del metal y no de la minería, pero aun así me correspondía un 0,40 de coeficiente reductor por ser peligrosa, tóxica y penosa.

    Es estimulante pensar que, de diez años trabajados en mina, te restan cuatro para la jubilación. Ocho si trabajas veinte, y doce si llevas trabajados treinta, como es mi caso. Solo hay que procurar evitar morir en un accidente, aplastado por un liso o por estrés térmico. Si eres creyente, también puedes encomendarte a la estatua de Santa Bárbara que hay dentro de una vitrina, apostada a la salida que da al ascensor que te descenderá al infierno.

    Con todo, gocé de una inmejorable calidad de vida hasta junio del 2002. El año en el que cumplí los veintinueve y pasé, junto con otros admitidos, a formar parte de la plantilla de la mina y a engrosar mi nómina. El año en el que también me compré un piso a pagar en treinta años, aunque luego fueron catorce. El año en el que conocí las jornadas continuas vespertinas y nocturnas, y en consecuencia, el año en el que mis ritmos circadianos empezaron a joderse progresivamente hasta quedar deshechos.

    Aunque todos estábamos a la misma profundidad, no era lo mismo ser un esclavo subcontratado que serlo de la empresa que subcontrata. Cuando pasé de ser lo primero a lo segundo, supe que existen derechos fundamentales escritos en letra diminuta que, de cumplirse, protegen y garantizan lo que se supone una esclavitud digna y de calidad. Por consiguiente, conocí los comités de empresa, los sindicatos y su corrupción galopante. Como también las jerarquías de mando y sus malas artes, llámense falsa meritocracia, nepotismo vergonzante y, por supuesto, el corporativismo de los esclavos agradecidos y concienciados.

    Me situé tan al margen de aquello como pude, sin ánimo alguno de ascender y con la intención de transitar por la senda tan desapercibido como me fuera posible. Limitándome a ser uno más de los que reparábamos y reconstruíamos las máquinas que la sección de explotación necesita para arrancar la potasa, y que tan impunemente destrozaban sin contemplaciones, bien por fatiga o mala praxis.

    Así llegué a los treinta y tres años y al 2006. El año en el que la mina, por culpa de la cobardía y estupidez de los que allí trabajamos, sufrió tal cambio en uno de los puntos de su sagrado estatuto, que ya no la reconocería. Uno que no he sido capaz de asumir del todo, y que, poco a poco, me ha convertido en la almorrana que hoy soy en el esfínter de la empresa.




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