Da igual cómo lo llamen: Mosh Pit, Circle Pit o Wall of Death. En los treinta y tres años que llevo de conciertos —ya sean aislados o en festivales— he presenciado cientos de esas manifestaciones brutales, intensas y sobrecogedoras.
Cuando era joven también participaba, y siempre cumpliendo las reglas. Primero: nadie mete a nadie en la vorágine a traición. El que entra lo hace por voluntad propia y sale del centrifugado o la colisión humana cuando quiere. Segundo: si alguien cae durante la barbarie, no pasamos por encima ni lo barremos cual despojo; levantamos el cuerpo, comprobamos que sigue con vida y lo apartamos (todo eso en pocos segundos y a la carrera).
Sin embargo, con según qué grupos ese respeto por la vida y la integridad física no se da como debiera, pues se desata una especie de capoeira letal cuya premisa es: si te metes, allá tú. Es tal el nivel de salvajismo que a veces el cantante tiene que intervenir para apaciguar a las bestias. Ocurre sobre todo en salas pequeñas convertidas en ollas de presión.
Pero lo que entraña verdadero peligro es cuando estoy en el supermercado en hora punta y una cajera anuncia, sin mirar a nadie en particular y con el miedo en los ojos, que nos pongamos por orden de cola en la caja que va a abrir.
Todos y todas, poco o mucho, alucinasteis con Eduardo Manostijeras cuando se ponía a cortar cabello humano y pelo animal. Parecía no tener rival, pero considero, y con mucha seriedad, que Fígaro está un par de escalones por encima. Esté en Sevilla, Burundi o Dagobah, Fígaro es el amo del corte sin sangrado. Es decir, del corte estético.
Ya está todo dispuesto para que unos cuantos miles de personas de todas partes del mundo nos reunamos por octava vez en el Parque de Can Zam como una gran familia de desquiciados, durante los que siempre son —salvo sorpresas futuras, que nunca se sabe— los tres mejores días del año. A buen seguro me desprenderé de todas mis mierdas y demonios, y encontraré un momento, entre la sudorosa multitud y el ruido, para brindar por los buenos y cagarme en los malos.
Nada ni nadie nos podrá detener.
P.S: Las imágenes del vídeo corresponden, de momento, a la última edición realizada.
En verano, los sábados por la noche todo parecía ir más rápido. La inmensa masa unisex de adolescentes que veía pasar ignoraba a los chicos del monopatín. Nunca se subirían a uno, pero también vivían a una velocidad vertiginosa.
Muchos de esos chavales, excelentes personas unos y retrasados mentales otros, se han depilado de arriba abajo mientras fantaseaban con conseguir el sexo de ciencia ficción que existe en su imaginación. Y antes de salir se han mirado cien veces al espejo hasta convencerse de que tienen la barba bien arreglada.
Algunos de ellos follarán, sí. Y otros acabarán con una botella de alcohol en una mano y un porro en la otra, intentando entender qué coño buscan en realidad esas chicas. Claro que también es posible que alquilen los servicios de alguna puta si la necesidad acucia.
Por otro lado, muchas de esas chicas, magníficas personas unas y subnormales otras, también habrán rasurado sus cuerpos y maquillado sus rostros con la ilusión de ese polvo histórico con un chico que no existe. O mejor aún: ese ideal que tan bien ha vendido la industria del romance cinematográfico más taquillero.
Muchas de ellas se han embutido en ropa dos tallas menor, aunque sus carnes pugnen por liberarse y alucinen al ciudadano, a partes iguales, ante tal carencia de complejos y tal abundancia de lo grotesco.
Algunas de ellas también follarán, claro. Y las que no, se follarán a sí mismas en la fría soledad de su cama o reducirán su listón para acabar con el tipo más gilipollas e indeseable del local.
La noche del sábado acababa de empezar y su final ya estaba definido de antemano. Era una fuga imposible, plagada de decisiones erróneas. Un territorio mil veces explorado que hace tiempo dejó de interesarme. Quizá por demasiado viejo; puede que por demasiado harto. Por eso tú y yo, querida desconocida, ya nunca coincidiremos.
A no ser que, pese a la distancia, advirtamos el cruce de nuestras miradas la próxima vez que nos asomemos a la ventana.
Pese a que era verano, el día se presentó desapacible y gris. Me dirigía a la funeraria a velar a mi amigo Hierónides que, por lo visto, en su ochenta y nueve cumpleaños se reventó la cabeza de un disparo con la misma arma con la que disuadía a los malhechores de invadir su viñedo y apropiarse de su ganado: una escopeta de triple cañón.
Fue tal la destrucción ocasionada que Oristilo, el talentoso tanatoestético del pueblo, curtido en mil y una reparaciones craneofaciales, nada pudo hacer al respecto, salvo extraer los fluidos corporales y vestirlo como corresponde.
Con todo, Hierónides lo tenía todo calculado, y debió pensar que nadie puede despedirse de sus seres queridos si no hay un rostro en paz al cual dirigirse. De modo que en su testamento dejó constancia de que, en el espacio que su cabeza ocupó en vida, debía colocarse la de un maniquí de su elección y ser exhibido así en el ataúd.
Cojoncio, el albacea del pueblo, tal y como corresponde al rigor de su oficio, consiguió que se cumplieran todas y cada una de las exigencias del finado. Y los allí presentes, en un ambiente de profundo respeto y seriedad, pudimos despedirnos como Dios manda del trajeado e impoluto cadáver de Hierónides.
Así como de su cabeza con peluca de cresta verde, ojos de cristal muy abiertos —uno fucsia y el otro naranja—, enormes orejas de goma y barba luenga pelirroja.
Tus palabras han sido tan reales como el Ministerio de Hacienda, porque has elegido el verano para decirme que ya no volveremos a copular. Que ahora eres lesbiana y que, aunque te siguen gustando los penes, ya no te gustan si están pegados a un hombre.
Entiendo a la primera y sé que estas cosas suceden.
Lo que no comprendo es por qué me has contado cosas al respecto que yo no te he preguntado. Como que prefieres que ahora sea la de los tatuajes en la cara la que llene todas tus oquedades erógenas, ya sea con penes artificiales y bates de béisbol o con la totalidad de su antebrazo bien lubricado.
Yo siempre he creído que eras bisexual, pero parece que no te conocía tan bien como pensaba. Seguro que hasta es verdad que has mantenido relaciones carnales con tu caniche, tal y como me dijiste. Y bien sabes que te denunciaría si pudiera demostrarlo; más que nada porque sé que no le gustas a ese pobre chucho, a pesar de tus notables artes amatorias.
No voy a guardarte rencor por tu nueva orientación sexual, que ya somos mayorcitos. De hecho, siento que debo agradecerte que siempre me hayas permitido sodomizarte. Y por supuesto, aunque me llames prejuicioso, anticuado y egoísta, no pienso ser el receptor de tus bolas chinas como condición para que vuelvas conmigo.
Parece mentira, pero tú y yo ya hemos sobrepasado la cincuentena. Ya hemos recorrido —a veces juntos, otras separados— más de la mitad del camino, con algunas heridas y no pocos disgustos. Supongo que, como yo, poco o mucho y sin venir a cuento, los recuerdas a todos.
A Mariano, que poco después de pagar sus deudas y de jugar su última partida al dominó, aparcó la moto en el arcén de la variante que bordea el pueblo. En el punto más alto, se arrojó desde los más de cien metros de altura que lo separaban del suelo.
A Xavi, cuando pretendió colgarse de la baranda del balcón. Vi en tu cara que te horrorizó más que la cuerda se partiera y muriera roto contra el suelo, y no el acto en sí.
Al hermano de Juan, cuando se lanzó al vacío desde la ventana de su habitación. Nunca dejó de medicarse contra su trastorno mental grave y parecía estar en su mejor momento, pero bastaron aquel par de segundos en los que sus familiares bajaron la guardia para que cambiara de opinión y pusiera fin a todo.
A Irene, que decidió darse un banquete exprés con todo lo que encontró en el botiquín del baño —que no era poco—, hasta lograr una fulminante intoxicación medicamentosa.
Los conocíamos a todos. Sabíamos de sus circunstancias y de sus vidas complicadas, pero nunca imaginamos que, espaciados en el tiempo, elegirían la hora cero.
Resulta increíble, pero tú y yo todavía seguimos teniendo razones para permanecer y sentir el paso de los días; para levantarnos al despertar del sueño y, de vez en cuando, mirar la hora que marca el reloj.
¿Quién, en su sano juicio, querría ir con una persona como Lola, que grita y bebe? Seguro que una mujer así sería señalada tanto por el patriarcado más rancio como por el feminismo recalcitrante de nuevo cuño; tan parecidos, tan odiosos.
Lola también se masturba con frecuencia y, de vez en cuando, consume pornografía. Algo increíble, por otro lado, ya que eso solo lo hacen los hombres, que son unos guarros y unos salidos, y solo piensan con los genitales.
El caso es que Lola ahora ya no está sola: ahora está conmigo. Aunque, tratándose de Lola, no lo tengo del todo claro. Supongo que es más acertado decir que soy yo quien está con ella. Porque Lola siempre es la que elige, igual que elige beber y elige gritar.
La conocí una noche en la que hizo suyos la mayoría de los bares de la ciudad. Y es que Lola bebe mucho. Bebe más que cualquier otra persona que yo haya conocido. Y eso que he tratado a auténticos animales capaces de agotar las existencias de una licorería en pocas horas.
Casi ninguna mujer, pero sí muchos hombres, quieren hacerse amigos de Lola, ya que cuando bebe, y encima grita, despierta la admiración de la concurrencia masculina y el desprecio de la femenina. Pero a ella le da igual lo primero y lo segundo. ¿Se puede ser más libre?
Así que, de momento, estoy disfrutando de la compañía de Lola, hasta que surja inesperadamente el momento en que decida apartarme de su lado para volver a estar sola. Sé que ese día llegará y no le guardaré rencor por ello. Al contrario: la recordaré entre trago y trago, confiando en que jamás cambie.
En que nunca deje de ser ella, a pesar de la sociedad.