Ángel y Demonio estaban sentados uno frente al otro, a la misma altura. En medio de ellos había una mesa en la que estaba dispuesto todo lo demás. Yo, desde un lugar insignificante de ese todo lo demás, les pregunté:
—Pregunta —dijo Ángel, mientras que Demonio ni siquiera se dignó a mirarme.
—Quiero saber lo que todos desean entender. Lo que alguna vez todos nos hemos preguntado. Por eso os pido a vosotros, que podéis ver más allá que nadie, que me describáis el futuro. ¿Se parecerá al cielo? ¿Será como el infierno? ¿Cómo será el futuro?
Ángel iba a responder, pero Demonio se adelantó:
—Si Ángel me lo permite, yo te describiré el futuro.
Un silencio solemne ocupó aquel trozo de espacio-tiempo que era el Primer Tiempo. Ángel asintió sin disimular su descontento, y Demonio me miró
—Tan pronto os multipliquéis, sembraréis la Tierra de fronteras y, en lugar de compartirla, viviréis en guerra constante por ocuparla. Arrasaréis bosques y enormes extensiones, y en ellas construiréis arterias de alquitrán y bloques de cemento. Los más afortunad
Ángel guardaba silencio y me miraba apenado. Entonces le pregunté:
—¡El cielo, Ángel! ¿Puedes describirme el cielo?
Antes de que Ángel contestara, Demonio volvió a interponerse:
—¿Es cierto eso, Ángel? ¿Es cierto?
Ángel, avergonzado, bajó la mirada.