Desde que nos han obligado a levantar el pie del freno mandándonos a currar, he notado ciertos cambios en mi entorno social. Ayer fui a comprar al Aldi y constaté que se ha reducido la compra compulsiva de papel del culo, y que todos los allí presentes, salvo yo, llevaban mascarilla. A medida que me adentraba en el súper, no sin antes enfundarme los obligatorios guantes de bolsa, noté sus miradas inquisitorias como diciendo: «Ese hijo de puta nos va a empestar».
Pero yo, que cuando la ocasión lo requiere tengo más cara que el Monte Rushmore, inicié mis compras, indiferente a los alarmados semblantes de aquella turba paranoide. Todo transcurría con normalidad hasta que sentí un hormigueo en el colodrillo. La causante era una anciana de baja estatura que me estaba sometiendo a un intranquilizador escrutinio. Aquella criatura enjuta y quebradiza, de ropaje intemporal, carro en mano y a prudente distancia, me seguía a todas las putas secciones del súper, clavándome su amenazante mirada de trasgo cabrón.
Debido a mi creciente inquietud, decidí plantarle cara y comencé así un duelo de miradas que ni Clint Eastwood. Ella reafirmó su compostura sin pestañear y abrió sus arrugadas manitas para reapretar con renovado vigor la barra de empuje del carro, con una mueca que presiento resolutiva tras su mascarilla. Acojonado, abrí mucho los ojos. Los de ella se estrecharon hasta parecer dos puñaladas en un tomate. El choque de voluntades se eternizó más que un partido de Oliver y Benji. «¡Joder, esta vieja no es normal!», me dije.
De pronto avanzó hacia mí hasta recortar la distancia a dos metros. Mi corazón estaba desbocado. Con una mano temblorosa, la anciana aparta su mascarilla y descubre su rostro, que está más arrugado que una bolsa de té usada. Mi ojete se contrae de tal modo que ni el virus que nos asola podría entrar. La anciana echa la cabeza atrás con ligereza, sin apartar su mirada, al tiempo que levanta el brazo señalándome con el índice. «¡Ya verás ahora!», pensé, «¡se pondrá a gritar como en esa puta peli de La invasión de los ultracuerpos (1978)! ¡Y todo por no llevar mascarilla, joder!».
Pero la anciana, con una voz comedida, preñada de afecto y buenas maneras, me preguntó si las botellas de plástico que señala tras de mí son las de enjuague bucal. Como es corta de vista y encima estoy en medio, no lo ve del todo claro. Entonces comprendo que tiene que higienizar a diario su dentadura postiza, que rivaliza en perfección con la de La máscara (1994).
Le contesto que sí y, al tiempo que me aparto, me da las gracias y me dice que haga el favor de ponerme la mascarilla, que no está la cosa como para ir haciendo el gilipollas.