La carretera por la que transitaba conocía bien la fragilidad del envoltorio humano y su interioridad. Casi siempre eran jabalíes, perros y gatos los cadáveres a recoger. Pero en algunos puntos de los dos arcenes todavía quedaban, aunque decrépitos, siniestros recordatorios florales de quienes hicieron su último viaje.
El cielo, como un siniestro presagio, era una gigantesca acuarela de tonalidades negras y azuladas. Pero no fue un aguacero lo que se desató a mitad de trayecto, sino una granizada de tal magnitud que imposibilitó la conducción y me obligó a parar en el arcén, justo delante de la entrada del matadero comarcal.
El sonido que producía el granizo al ametrallar el coche ahogaba mis pensamientos. Más allá del parabrisas y las ventanillas, el mundo parecía un lugar irreal y difuso. Semejante cuadro me produjo una sensación de indefensión psicodélica que me transportó a las diez plagas de Egipto y a la construcción del arca.
En esos delirios dimensionales estaba cuando decreció la intensidad de la granizada, y vislumbré con imprecisión acuosa que de la puerta metalizada del matadero salían dos chinos. Ambos iban cubiertos con una cofia blanca, vestidos con un delantal ensangrentado de poliuretano de color azul y calzados con unas botas de agua de seguridad blancas.
Por sus aspavientos, parecían estar enzarzados en una acalorada discusión sobre un montón de cajas de cartón que tenían apiñadas al descubierto, y que el granizo había destruido por completo. No podía apartar la vista de ellos, y mi mente pasó de las ensoñaciones bíblicas a las películas de artes marciales ambientadas en la China del siglo XVIII.
Presentía que de un momento a otro, aquellas dos figuras borrosas y empapadas se elevarían del suelo con un salto vertical imposible, y medirían su depurado kung-fu en un enfrentamiento ingrávido envuelto en lluvia. Pero la granizada acabó por remitir, un rayo de sol asomó por una grieta del cielo y los conductores pudimos reanudar la marcha.
Durante el resto del trayecto tampoco hubo muertes en aquel asfalto.
a veces, en días de tormenta, de granizo, de perros en definitiva, el universo se rasga por un instante y nos deja contemplar otras dimensiones.. por lo que veo, da igual la dimensión, los animales seguirán siendo sacrificados.
ResponderEliminarLos animales también son víctimas del asfalto. Aunque aquel día se quedó sin su ración de sangre.
EliminarEl relato parece sacado de una película mitad terror gótico, mitad catástrofes, la ambientación escenifica un paraje tétrico como el que más. Podía haber sido también al estilo Kill Bill si no fuera porque mejoró el tiempo. Pienso que cuando uno va solo se le deben de pasar mil cosas por la cabeza. Menos mal que la realidad, a veces, no supera a la ficción. Me gustó conocer la historia. Me he sentido dentro y muy pendiente de los acontecimientos.
ResponderEliminarUn abrazo
Hola, Marisa. Sí, fue un tanto surrealista. Supongo que los chinos del matadero recogieron las cajas de cartón destrozadas. Y no eran pocas. Celebro que te gustara. Gracias y otro parati. :)
EliminarJolín Cabrónidas, una entra aquí esperando encontrarse con el parte meteorológico o pensando "que mala suerte con el tiempo" y acaba leyendo una experiencia un poquillo surrealista patrocinada por granizo industrial y chinos saliendo de un matadero (o algo así). Hay quien durante una tormenta de granizo simplemente espera en el coche a que amaine y otros abren un portal literario hacía algún lugar a medio camino entre el apocalipsis y una peli de Bruce Lee. Y lo mejor de todo ... el como has escrito la experiencia, ha enganchado.
ResponderEliminarHola, Flossy. Me alegro pues que lo hayas disfrutado. Gracias y bienvenida a la narrativa esquizofrénica. :)
EliminarLas historias con final abierto, como las venas por las que se escapa la vida, suelen resultarme un tanto... inconclusas.
ResponderEliminarDe seguro los chinos discutían sobre quién prepararía el arroz esa noche.
Saludos,
J.
Ese día, los chinos tenían mucho cartón hecho trizas que recoger. :)
EliminarUna pena que parara la tormenta, quizás hubieras asistido a una reyerta amarillo-lisérgica con poses esdrújulas y patadas imposibles, todo ello bañado con abundante sangre de cerdo.
ResponderEliminarHa habido más granizadas y el matadero sigue abierto. Pero hace mucho tiempo que ya no hay chinos trabajando en él. :)
EliminarNo jodás! el sol nos soslayó del espectáculo de sangre y cerdo. Un abrazo. Carlos
ResponderEliminarAsí es, Carlos. Podemos inventar el final que queramos respecto a los chinos. Quizá otros ojos hubieran imaginado otra escena. :)
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