13/1/26

516. Contenedores

    Hace casi un año que en mi ciudad cambiaron los contenedores de basura tradicionales por otros que se abren mediante una tarjeta. Estos nuevos recipientes urbanos, al tener más capacidad que los antiguos, también ocupan más espacio.

    En lo que se refiere al contenedor amarillo, pese a que lo vacían con frecuencia, siguen amontonándose bolsas de basura a su alrededor porque suele estar tan rebosante que ni siquiera puede cerrarse. Y, claro está, la basura que una vez sale de casa ya no vuelve a entrar.

    Sin duda, generamos una enorme cantidad de mierda y desechos.

    Al margen de que uno crea o no en el reciclaje, la gestión de los residuos sólidos urbanos es la que es. Muchos ciudadanos exigen una infraestructura adecuada al respecto: que haya el número de contenedores necesarios y, sobre todo, que estén ubicados en la fachada de la casa del vecino y no en la propia.

    ¿Cómo hostias hará el ayuntamiento para contentar a todos esos ciudadanos tan comprensivos y cómodos? Yo los arrojaría al contenedor de color marrón, que es el que les corresponde, ya no solo por ser materia orgánica, sino también por ser del todo desechables.

    El problema es que haría falta un número desorbitado de contenedores marrones, o uno solo de proporciones descomunales, y la tasa que habría que pagar por semejante servicio sería inasumible.

 


 

9/1/26

515. Prosa excretora

    Muchas de las personas que tienen un blog enumeran en él el número de países que han visitado, los libros que han leído, las películas que han visto y los trabajos musicales —y pódcast— que han escuchado de un año para otro. Por poco que me interesen esa clase de escritos, vaya por delante que me parece bien.

    Tan bien que yo iba a hacer lo mismo, pero con una variante. Es decir, os iba a enumerar las veces que, desde mi nacimiento, he soltado lastre sobre los dioses a los que rezáis, las vírgenes con las que os deshacéis en las procesiones, las iglesias a las que acudís y las religiones en las que creéis. También sobre las monarquías, el dinero, los ideales, las banderas, los ejércitos, el patriotismo, los pro-vida, las tradiciones, la política, los nacionalismos y los padres y madres de algunas personas.

    Pero enseguida he pensado que, además de quedar retratado y propiciar que descienda el número de lectores y lectoras de esta bitácora pecaminosa, esta entrada no tiene por qué convertirse en un despreciable desecho de mal gusto, pésima educación, irreverencia e irrespeto. Además, ¿a quién le importa que, de momento, yo nunca haya tenido problemas de estreñimiento? ¿Es que no había otra forma de decirlo? ¿O de decirlo sin más?

    Creo que estoy algo sensible debido al reciente acontecimiento geopolítico llevado a cabo, a principios de año, por el imperialismo estadounidense. En el fondo, en este mundo de intereses creados siempre ha imperado la ley del más poderoso, o del que así se lo cree. Pero que ahora, además, lo haga sin disimular... ¡No me digáis que no es para cagarse!



6/1/26

514. Guerrillas

    Kariem es un jovencito de doce años recién cumplidos que vive en Sudán. Hoy, 6 de enero de 2026, ha ejecutado a tres corresponsales de guerra con un AK-47. Un arma que, colgada de su cuello con el portafusil ajustado a su mínima longitud, le llega casi hasta las rodillas.

    Por lo visto, esos periodistas eran muy entrometidos. El cámara no dejaba de grabar y la otra mujer, de fotografiarlo todo. El tercero... Bueno, el tercero no grababa ni fotografiaba, pero iba con ellos y había visto demasiado.

    Como premio por el trabajo bien hecho, Kariem supone que sus superiores le dejarán ver la tele. Espera tener suerte y que no se interrumpa el suministro eléctrico ni se pierda la señal de antena, que suele ser lo habitual.

    Los primeros días de adiestramiento fueron duros, pero se hicieron bastante más llevaderos en cuanto se volvió adicto a los cigarrillos, al alcohol y a las anfetaminas que los instructores le ofrecían. Después de todo, no eran tan malos como creía.

    Ahora ya no sabe pensar y apenas recuerda quién era antes de su reclutamiento. Pero lo que nunca olvidará es que es mejor morir en combate que de hambre. Las balas matan rápido; la hambruna, no.

    Hoy, día de magia en Occidente, dos niños revoltosos de la edad de Kariem juegan y saltan alrededor de sus padres mientras pasean. Cuando me cruzo con ellos en la acera, ríen y me encañonan con sus pistolas de juguete.

 


 

1/1/26

513. Punto y seguido

    Para mí, desde hace mucho, un año que sucede a otro no es más que un punto y seguido. No tengo nada que reiniciar, sino cosas que continuar y hábitos que mantener. De modo que no recuerdo la última vez que hice balance de algo. Joder, ni siquiera he escrito la entrada obvia y nimia en la que haga balance de este blog. Supongo que algún día llegará, cuando así lo sienta.

    El calendario, ese sistema numérico y convencional que mide y organiza nuestro tiempo, me indica que ha empezado un nuevo año. De acuerdo. Pero yo, de forma inconsciente, reduzco ese dato a su mínima expresión y solo lo percibo como que mi existencia, lejos de cualquier transición, sencillamente continúa, sin estridencias, sin planes ni alteraciones.

    A menudo, por estas fechas, leo escritos tan floridos como profundos sobre valiosos aprendizajes y lecciones edificantes de vida. No lo dudo cuando se trata del plano personal. Pero, en lo que se refiere al colectivo, por mucho que me fije, independientemente de la perspectiva, solo veo desaprendizaje. No me sorprende, puesto que nunca hemos sido buenos alumnos en nada.

    Cada cual tendrá su visión particular sobre cuanto observa. No hay problema. Todos sabemos que hay quienes miran y no ven, y quienes solo ven lo que quieren. Yo quiero verlo todo, pero más allá de la superficie. Quiero saber qué verdad se esconde debajo de la alfombra y la manta. Esa que siempre nos será desconocida y aguarda junto al escándalo y la vergüenza.

    Así que no reanudo, no recomienzo, no reemprendo, no restablezco, no reinicio. Solo continúo, sigo, prolongo, persisto, mantengo. Sin dejar de mirar y tratando de ver.



 

29/12/25

512. Cuenta atrás

    Cuando quisiste darte cuenta, ya estabas a las puertas de un nuevo año. ¿Otro ya? ¿Tan pronto? El tiempo finito del que disponías se agotaba deprisa y volvía a robarte otra pequeña porción de fuerza vital a cambio de más cansancio y nuevas arrugas en la piel. También un poco más de todo aquello que, por inevitable y certero, nunca acababa de gustarte.

    Releíste la lista de deseos incumplidos y te avergonzaste un poco. Cuando la escribiste, no pensabas que acabaría convertida en otra enumeración de fracasos. Pero el año estaba a punto de morir y su final volvía a mostrarte la misma repetición anual de autoengaño flagrante. Así que arrugaste aquella verdad incómoda y la arrojaste a la papelera de los propósitos frustrados y las causas perdidas.

    Quizá había llegado el momento de afrontar el año con una nueva perspectiva. O ni siquiera eso. Bastaba con empezarlo dispuesto a dejarte arrastrar, o mecer, por la marea de los acontecimientos predecibles e impredecibles. Y, cuando tocara, ponerte en las manos arriesgadas de la improvisación.

    Puestos a desear algo para el inminente dos cero dos seis, estaría bien que la Diosa Fortuna sonriera de una vez por todas a quienes sufren el azote de la guerra, malviven en la indigencia o se consumen de hambre... O que desatara alguna peste especialmente selectiva y se llevara a unos cuantos miles de hijos de puta.

    Estaría bien. A sabiendas de que la realidad volverá a recordarme —como siempre y sin pedir permiso— que algunos deseos no son más que pura entelequia y que mañana será igual que ayer.

 

    

26/12/25

511. ¡Adelante!

    Qué más da que nos hayamos fumado un pitillo mientras hablábamos de nuestras familias. Que nos contáramos cuánto echamos de menos nuestros hogares. Qué importa que, durante el partido de fútbol improvisado, me tendieras la mano para levantarme del suelo después de barrerme dentro del área. Que cantáramos unos villancicos y nos intercambiáramos algunos presentes.

    ¿De qué ha servido el alto el fuego si seguimos en 1914, librando la Gran Guerra desde nuestras trincheras de barro ensangrentado? ¿Qué sentido tiene la tregua cuando el 25 de diciembre ya ha transcurrido y debemos volver a amartillar el fusil y ajustar la bayoneta para matarnos, porque de nuevo somos enemigos? ¿Dónde ha quedado la paz, ahora que las detonaciones vuelven a unirse a nuestros gritos de guerra y nuestros respectivos mandos nos ordenan: «¡Adelante!»?




22/12/25

510. Los buenos deseos

    ¡Eh, tú! Ahora que estamos en la semana en la que profesas amor, paz y buenos deseos para el prójimo, procura que no sea solo porque es lo que toca. Así no ayudas a quien necesita escapar de una vida miserable y, para lograrlo, debe recorrer vastas distancias hasta llegar a un cayuco y, desde ahí, atravesar enormes extensiones de agua.

    Así que deja de emborracharte, desde el calor de tu casa, con consignas navideñas que de nada sirven. Pasa a la acción útil: no regales a quien ya tiene. Regala a los hijos del hambre un chaleco salvavidas, ropa de abrigo o un par de deportivas blancas.




18/12/25

509. El rito secular

    Después de tres o cuatro días de borrascas reparadoras, las calles húmedas despiden un brillo correoso bajo la luz eléctrica. Las zonas públicas de la ciudad que las personas sin hogar eligen para quedarse están iluminadas por haces de luz amarillenta y cálida. Quizá sea la única manera que tienen de sentirse acogidas. Ninguna arrastra su desamparo por las áreas industriales. Esas zonas que, en las fechas señaladas, quedan solitarias y silenciosas y que, por la noche, son alumbradas por una luz fría y azulada: la de la soledad, donde ningún empresario les ofrecerá nunca una oportunidad.

    Pero la ciudad, en su impasible indiferencia, también acoge en sus entrañas de hormigón y acero a los afortunados que tienen una vida feliz, o simplemente una vida. La semana que viene veré a esos alegres seres hacerse fotos con Papá Noel. El impostado anciano regordete, vestido de rojo y blanco —porque así lo consolidó Coca-Cola en los años treinta—, sostendrá en su mano enguantada una campanilla que hará sonar a la entrada de comercios y grandes almacenes mientras proclama: «¡Jou, jou, jou! ¡Feliz Navidad!». Y los sonrientes dueños de esos negocios se frotarán las manos y pensarán para sus adentros: «¡Entrad y comprad, comprad, comprad!».

    El rito secular, tradición cíclica maldita, ya estaba dispuesto para obrar en nuestras vidas, felices e infelices.



Esparce el mensaje, comparte las entradas, contamina la red.