14/4/22
126. El lugar imposible
11/4/22
125. Conductores
7/4/22
124. Carta extrema
Excelentísimo y reverendísimo señor obispo prelado de la Prelatura Personal de la Santa Cruz y del Opus Dei:
La presente tiene como objeto hacerle conocedor de lo que sus palabras han provocado en mí al decir que las personas discapacitadas y subnormales son seres inferiores como castigo de Dios a sus padres pecadores. Me han dado ganas de asaltarlo en la calle y hundirle el tórax a martillazos. También he sentido deseos de que sus hijos e hijas, si los tiene, sufran alguna discapacidad mental o física y que, en su defecto, los atropelle un autobús. Pero que no mueran: que padezcan toda la vida.
Lo buscaría y, de encontrarlo, le cercenaría todas las extremidades. Luego me las comería para más tarde cagarlas y rebozarlas en jirones arrancados de su piel, que haría que usted se tragara. Después lo dejaría en cuidados intensivos e iría a por su hermana y, si no tiene hermana, iría a por la madre que lo parió. Las secuestraría para cobijarlas en un maloliente zulo y allí las violaría a diario durante un tiempo prolongado. Esperaría los nueve meses de rigor a que nacieran sus retoños y los educaría en una vida de felicidad hasta los trece años. Llegados a esa edad, a los varones los abandonaría en una pocilga de cerdos hambrientos y a las hembras las dejaría encintas.
Después de follarme a todas las mujeres de su familia y a las hijas de sus hijas hasta la hartura, las encadenaría al parachoques trasero de una ranchera y correría con ella quinientos kilómetros con el fin de que sufrieran una muerte agónica.
De sobrevivir alguna de ellas, rociaría sus heridas con sal y alcohol hasta que suplicaran la muerte, para luego dejarlas en la puerta de algún hospital con el fin de que se recuperaran. Esperaría los años que hicieran falta para ello y entonces volvería a por usted para encerrarlo con los ojos vendados en el zulo donde me follé a todas las mujeres con las que tuvo lazos de sangre. Lo único que vería en su encierro, cada vez que le descubriera los ojos, serían las grabaciones digitales en alta definición de todas las vejaciones a las que fueron sometidas.
Cuando dichas grabaciones ya no tuvieran ningún efecto sobre usted, utilizaría todas las disciplinas de tortura en las que he sido formado —islámica, rumana, china, inquisitorial y antiterrorista— sobre zonas inexploradas de su cuerpo que lo llevarían a un oscuro mundo de tormento extremo. Cada día, cuando usted deseara que fuera el último, volvería para enseñarle una tortura creativa y diferente, administrada mediante instrumentos de mi propia creación, con el deseo de que cada vez que oyera mis pasos se meara encima de espanto. Y luego, otra vez, volvería a dejarlo en cuidados intensivos.
Llegados a ese punto y después de su recuperación, dos o tres veces por mes lo llamaría por teléfono o le enviaría notas con recortes de periódico para que no olvidara lo bien que lo pasé con usted. Amenazaría con volver a repetir todo aquel calvario para convertir sus días de sol en pesadillas y para que cada sombra en la noche le recordara a mí. Lo haría hasta el punto de enloquecerlo y sumirlo en un estado vegetativo irreversible, hasta que hallara por fin la muerte, tanto tiempo deseada: viejo, solo y con heridas imborrables en cuerpo y mente.
Atentamente, el psicópata de Dios le guarde (Salamanca).
4/4/22
123. El experimento
31/3/22
122. Aniversario
28/3/22
121. Breve conversación
Acabo de mear. En contra de lo que haría Torrente, me lavo las manos. Mientras, el sujeto A entra en el wáter. Después del lavado, me seco las manos. Acto seguido, entra el sujeto E en dirección al wáter que está ocupado por el sujeto A. Tardo más rato de lo acostumbrado en secármelas.
—¡Ah! —replica el sujeto E, cerrando la puerta de inmediato para así no ver a un tío soltando lastre.
Por motivos obvios, el sujeto A y el sujeto E se preguntan: «¿Cuándo arreglarán el cerrojo en este restaurante de mierda?».
24/3/22
120. Leopoldo y Cabrónidas
La tarde que llegamos a la sede de La Blogoteca, lo hicimos con veinte minutos de retraso, con lo cual nos descalificaron del concurso Premios 20blogs con la celeridad del rayo. No obstante, como fui instruido por mis exigentes mentores en diversas disciplinas —como la de la previsión—, me tomé la libertad de inscribir a mi amigo y protegido, Cabrónidas, en el concurso de Premios Bitácoras.com.
Yo me bajé del taxi en el número 2 de la calle Ronda de Valencia. Allí estaba él, en la acera de enfrente, fumando con la pasión de quien cree que se van a extinguir todas las plantaciones y bebiendo de una petaca como lo haría un bebé hambriento de su biberón. Le hice un gesto con la mano que no correspondió enseguida, por lo que adiviné que estaría ebrio. Así que, como otras tantas veces en el pasado, fui yo quien se acercó hasta donde él se encontraba: la entrada de la cafetería de La Casa Encendida.
Miramos a través del cristal a aquella sonriente y numerosa aglutinación de fotógrafos, poetas, críticos, humoristas, escritores y blogueros en general.
—No te pongas nervioso, Leopoldo. ¿Te has fijado en toda esa gente de ahí dentro? Esas furcias llevan más maquillaje que un cuadro de Pollock y visten como las verduleras de los mercados rurales. Ya me entiendes: escote claustrofóbico, faldas que censuran la imaginación y pelo recogido de modo antierótico. Y los tíos olvidaron lo que es el orgullo y la dignidad: parecen lazarillos sumisos olisqueando las faldas de esas zorras con la esperanza de conseguir un polvo desesperado. Solo les falta un cartel que ponga que son gilipollas y que reconocen a una puta en cuanto la ven.
—Será mejor que nunca se muerda la lengua, porque no creo que exista antídoto capaz de salvarlo. Venimos a concursar con deportividad, a pasar una tarde enriquecedora y amena, y usted siempre se empecina en ser ese bloguero despreciable y amargado que despotrica sobre cualquier cosa; incluso sobre gente sencilla y amigable que podría sorprenderle.
—Leopoldo, lo único que me podría sorprender sería encontrar verdadera humildad en esa exposición de caretas y poses ensayadas.
Unas ganas de abofetearle y de hacerle tragar su petaca crecieron en mí como una erupción. Pero no lo hice, pues aparte de que soy un caballero, pertenezco a un honorable linaje de institutores cuya virtud sobresaliente —de las múltiples que lo caracterizan— es la grandeza de quienes contienen sus más viles impulsos y bajezas.
Y porque quería a ese bastardo engreído.
No tuve más remedio que acogerlo cuando me lo encontré desnudo, con apenas un año de edad, en el interior de una cesta de mimbre que dejaron delante de la puerta de mi mansión victoriana, antaño ostentosa edificación donde vivieron mis antepasados durante todo el siglo XIX. Aquel bebé de mirada tierna era extraño. En lugar de nanas para conciliar el sueño, prefería la música de mis antiguas cintas de casete de heavy metal. Y en lugar de ver programas infantiles para su entretenimiento, no paraba de berrear hasta que le ponía mis VHS de zombis. Tan pronto le enseñé a leer, ya no quiso relacionarse con infantes de su misma edad; prefirió la soledad que le brindaba la biblioteca de la mansión, donde permanecía tardes enteras leyendo libros polvorientos y escribiendo inocentes relatos de todo lo que sentía.
Más tarde, el Estado me obligó a que el pequeño abandonara su verdadera educación para ir a la escuela, pero fueron las publicaciones de contracultura que leyó con avidez cuando hacía novillos las que moldearon su identidad. Pasó su adolescencia en una aldea minera que, si bien es una singularidad que imprime belleza y carácter, para él suponía un entorno apático y gris, donde sus compañeros de pupitre solo pensaban en coches, motos, fútbol y cortejar a chicas pagando decenas de fantas. Él, prematuro aficionado a la literatura de John Fante y Raymond Carver, a los quince años perdió la virginidad con una prostituta que le triplicaba la edad. Y en tan solo una noche aprendió lo que sus contemporáneos experimentaron en tres bodas, cuatro divorcios, siete denuncias falsas por maltrato y cuatro órdenes de alejamiento.
Por esa razón, entre otras, decidí inscribir a mi protegido en esa clase de eventos que él tanto detestaba. Deseaba con todo mi corazón que mi amigo se despojara de su hermetismo y se relacionara con gentes de sus mismas inquietudes. Y quién sabe, quizás con mucho tiempo y toneladas de paciencia, lograra convertirse en mejor persona.
Cabrónidas me sacó de mis ensoñaciones diciéndome que era el momento de entrar. Cuando traspasamos el umbral, algunos le reconocieron, pero la mayoría no se dio cuenta de su presencia. Anduvimos con paso lento hasta detenernos en el centro del bullicio distendido de la cafetería. Miró girando sobre sí mismo con lentitud, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, empapándose de las voces, de las risas y gestos que flotaban en la calidez del ambiente. De pronto, detuvo su rotación y seguí su mirada hasta dar con la mesa que ocupaban los once miembros del jurado. Respiré el intenso desdén con el que los contemplaba, como si cuestionara la capacidad y validez de su poder decisorio. Como si intentara entender de qué iba, en realidad, todo aquello.
—Creo que voy a vomitar —dijo. Y se perdió entre los lamentos de un retrete que olía a desinfectante.
El agua rugió con la fuerza de mil titanes llevándose todas sus arcadas. En un primer momento no supe si fue por las veces que vació su petaca aquella tarde —aunque lo dudo, puesto que le ganó varias competiciones de beber a Bukowski—. O quizás le llegó el hedor putrefacto de la competitividad, emanado de los poros de todos aquellos autores que, en busca de un reconocimiento que él no acababa de entender, hacían de la blogosfera una criatura vanidosa y borracha de sí misma.
Cuando mi amigo reapareció, echamos una última mirada antes de salir, y entonces lo comprendí todo. Y supe que lo que no consiguió la soberbia del hombre, lo hizo la decadencia.
21/3/22
119. ColaCao (versión censurada)
que esclavizado balbuceaba
la canción del Cola Cao
y como me ordena el hombre blanco
les voy a relatar
las múltiples cualidades
de este producto sin par.
Es el Cola Cao desayuno y merienda,
es el Cola Cao desayuno y merienda de mis amos,
Cola Caaaaaoooooo.