24/6/21
42. Muerte, olvido y fiesta
21/6/21
41. ¡No me hagas bajar!
—A ver, Ulfulfio. ¿Qué pasa hoy que no puedes bajar? A ver...
—¡Hoy no puedo bajar! ¡Tú entender! ¡He tomado alcohol, pastillas, todo!
—¡Joder, y si estás mal, «pa qué» coño vienes! ¡«Pa qué»! ¡Hostia puta!
—¡Aaaaaaaaaaaaah, cago en puta de oro! ¡Curvaaaaaa! ¡Yo doy cara! ¡Yo doy cara!
17/6/21
40. Generación 3.0
Subnormal 3.0 es un niñato veinteañero que se despierta un sábado de verano pasadas las tres de la tarde. Lo primero que hace, como un hábito ya recurrente, es amorrarse al móvil a ver cuántos likes y muestras de pleitesía le obsequian en las redes sociales. En la oscuridad de su habitación, la luz de la pantalla ilumina su cara desecha de complacencia, como la de un toxicómano nutriéndose con su veneno. Podría pasarse así hasta la noche si no fuera porque tiene que ir al lavabo a echar la primera meada del nuevo día.
Una vez duchado y vestido, Subnormal 3.0 se encamina a la nevera, esperando encontrar algo de papeo preparado, pero solo encuentra una nota tras un imán donde pone que sus padres se han ido a la playa. Maldice, y como son ya las cuatro de la tarde y tiene cosas más urgentes que hacer que arreglar su habitación, vuelve a dejarla hecha una pocilga.
El niñato saca algo humeante del microondas y lo engulle mientras se sumerge de nuevo en el entramado laberíntico de las redes. Cuando acaba con aquella mierda precocinada sobresaturada de potenciadores de sabor, llega uno de los mejores momentos del día: conducir su coche por la zona más concurrida de la apestosa ciudad. Una oda rodante al tuneo ilegal, que complementa con un desmesurado sistema de audio con el que vacilar de contaminación acústica. Una prolongación insolente de su ego con la que dar por culo a la aborregada ciudadanía.
Al tiempo que se achicharra los tímpanos sin saberlo, se la suda sobremanera la gente que espera en los pasos de cebra. Le ponen cachondo sus miradas de odio y sorpresa, propiciadas a su paso entre aceleraciones, reducidas, frenadas y chillar de neumáticos. La exhibición temeraria de Subnormal 3.0 finaliza alrededor de los treinta minutos, ya que llega la hora de ir al gimnasio, que, como es sabido, es un lugar sudoroso al que todos y todas acuden en pro de una vida saludable y huidiza del sedentarismo —¿a que sí?—. Bueno, todos y todas menos Subnormal 3.0, que, pese a que goza de una estampa envidiable, es el único humano que va al gimnasio por vanidad y narcisismo. Él tiene familiaridad y aceptación con la sociedad en la que habita, y sus bíceps y abdominales le han proporcionado numerosos polvos e intensas mamadas en su maquinón de cuatro pares de cojones. El culto al cuerpo le ha brindado múltiples satisfacciones y así tiene que continuar. No intenta cambiar la mierda en la que vivimos: se aprovecha de ello.
De tal modo que se somete a la tortura de las pesas durante una hora diaria. Tiempo suficiente para mantener su cuerpo de dios joven y garantizar su ración diaria de sexo y adulación. Cuando sale del gimnasio son ya las siete de la tarde, el momento propicio para llamar al camello. Lo hace en uno de los bancos de la plaza, en un gesto nato y despreocupado de honor a su nombre, sentado en el borde del respaldo y con los pies apoyados donde se sienta la gente normal.
Aunque es un currante hijo de obrero, siempre cuenta con billetes para su coca, ya sean de su sueldo miserable, de la limosna paterno-materna o del préstamo del dueño del bar de toda la vida. Porque Subnormal 3.0, aun siendo un ignorante además de moroso, sabe engañar como nadie a su círculo familiar, laboral y social.
De nuevo se coloca la dama blanca en una zona estratégica del escroto donde nunca llegan las manos enguantadas de la pasma. Mientras la oscuridad se cierne, coge el móvil —ya van ciento ochenta y nueve veces desde que se despertó— y queda con sus amigotes en el parking de la discoteca, que a buen seguro también traerán su excelente mierda. En ese instante de la noche en el que el día se desvanece, Subnormal 3.0 y sus tres compañeros de tropelías bajan del buga de cuatro pares de cojones con la primera enchufada nasal de las que están por llegar.
Cuatro pobres de espíritu con armaduras de naftalina y mierda seca. Cuatro hombrecitos adulterados camino al paraíso del sonido y el exceso, donde pueden ser ellos mismos hasta el nuevo sol.
Cuatro almas devaluadas en el Edén de la decadencia.
14/6/21
39. Mundo insólito
10/6/21
38. En el parque de atracciones
7/6/21
37. El tatuaje
Hubo un verano en el que estaba apalancado en la terraza de un bar, engrosando a base de birra el billetaje de la caja registradora. Tras mis lupas de sol, desnudaba a toda mujer que pasaba por allí, sin discriminación de edad o estampa, mientras mi imaginación se entregaba a unas indecencias carnales que harían palidecer al mismísimo marqués de Sade.
Un tipo grande y descamisado salió del bar y se montó, de espaldas a mí, en una de esas motos con las que puedes devorar kilómetros interminables de alquitrán mientras te recreas en el paisaje, como si estuvieras asomado a un balcón. Echó mano de los bolsillos y sacó todo lo necesario para liarse un porro. Fue entonces cuando pude fijarme en los dos tatuajes que llevaba en la espalda.
En el omóplato izquierdo lucía, con rigurosa profusión de coloridos detalles, la anatomía de una cerda vietnamita. Debido a las detonaciones de bombas atómicas que, como muestras de poder, se realizaron en secreto durante toda la mitad del siglo pasado, aquellas formas habían transmutado hasta convertirse en delicadas orquídeas. Algunos oligofrénicos las disecan y las colocan en cualquier rincón de sus casas a modo de adorno; otros las exhiben con orgullo y autocomplacencia en la solapa, como un broche de distinción.
El caso es que aquella muestra de arte epidérmico poseía un no sé qué adictivo.
En el omóplato derecho, por el contrario, llevaba tatuada una imagen transgresora de un santo Cristo en postura irreverente. Un Cristo que, en lugar de estar frente a los ignorantes feligreses, estaba de cara a la cruz y de espaldas a ella. Tenía la cabeza girada y miraba con un brillo de malévola lascivia, mientras alzaba el antebrazo para mostrar el dedo medio. En lugar de una corona de espinas, portaba un casco idéntico a los que lucían las tropas de las SS.
Al contrario que el otro tatuaje, este presentaba diversas irregularidades e imprecisiones. Según contó el dueño del bar mientras la tarde languidecía, el dibujo se lo había tatuado el furriel de la Quinta de Artillería de los Regulares de Zaragoza, también llamada La Impertérrita o La Impávida. Esto ocurrió durante un rito de sodomización de novatos y, como es lógico, el tatuaje salió algo movido.