29/12/25

512. Cuenta atrás

    Cuando quisiste darte cuenta, ya estabas a las puertas de un nuevo año. ¿Otro ya? ¿Tan pronto? El tiempo finito del que disponías se agotaba deprisa y volvía a robarte otra pequeña porción de fuerza vital a cambio de más cansancio y nuevas arrugas en la piel. También un poco más de todo aquello que, por inevitable y certero, nunca acababa de gustarte.

    Releíste la lista de deseos incumplidos y te avergonzaste un poco. Cuando la escribiste, no pensabas que acabaría convertida en otra enumeración de fracasos. Pero el año estaba a punto de morir y su final volvía a mostrarte la misma repetición anual de autoengaño flagrante. Así que arrugaste aquella verdad incómoda y la arrojaste a la papelera de los propósitos frustrados y las causas perdidas.

    Quizá había llegado el momento de afrontar el año con una nueva perspectiva. O ni siquiera eso. Bastaba con empezarlo dispuesto a dejarte arrastrar, o mecer, por la marea de los acontecimientos predecibles e impredecibles. Y, cuando tocara, ponerte en las manos arriesgadas de la improvisación.

    Puestos a desear algo para el inminente dos cero dos seis, estaría bien que la Diosa Fortuna sonriera de una vez por todas a quienes sufren el azote de la guerra, malviven en la indigencia o se consumen de hambre... O que desatara alguna peste especialmente selectiva y se llevara a unos cuantos miles de hijos de puta.

    Estaría bien. A sabiendas de que la realidad volverá a recordarme —como siempre y sin pedir permiso— que algunos deseos no son más que pura entelequia y que mañana será igual que ayer.

 

    

26/12/25

511. ¡Adelante!

    Qué más da que nos hayamos fumado un pitillo mientras hablábamos de nuestras familias. Que nos contáramos cuánto echamos de menos nuestros hogares. Qué importa que, durante el partido de fútbol improvisado, me tendieras la mano para levantarme del suelo después de barrerme dentro del área. Que cantáramos unos villancicos y nos intercambiáramos algunos presentes.

    ¿De qué ha servido el alto el fuego si seguimos en 1914, librando la Gran Guerra desde nuestras trincheras de barro ensangrentado? ¿Qué sentido tiene la tregua cuando el 25 de diciembre ya ha transcurrido y debemos volver a amartillar el fusil y ajustar la bayoneta para matarnos, porque de nuevo somos enemigos? ¿Dónde ha quedado la paz, ahora que las detonaciones vuelven a unirse a nuestros gritos de guerra y nuestros respectivos mandos nos ordenan: «¡Adelante!»?




22/12/25

510. Los buenos deseos

    ¡Eh, tú! Ahora que estamos en la semana en la que profesas amor, paz y buenos deseos para el prójimo, procura que no sea solo porque es lo que toca. Así no ayudas a quien necesita escapar de una vida miserable y, para lograrlo, debe recorrer vastas distancias hasta llegar a un cayuco y, desde ahí, atravesar enormes extensiones de agua.

    Así que deja de emborracharte, desde el calor de tu casa, con consignas navideñas que de nada sirven. Pasa a la acción útil: no regales a quien ya tiene. Regala a los hijos del hambre un chaleco salvavidas, ropa de abrigo o un par de deportivas blancas.




18/12/25

509. El rito secular

    Después de tres o cuatro días de borrascas reparadoras, las calles húmedas despiden un brillo correoso bajo la luz eléctrica. Las zonas públicas de la ciudad que las personas sin hogar eligen para quedarse están iluminadas por haces de luz amarillenta y cálida. Quizá sea la única manera que tienen de sentirse acogidas. Ninguna arrastra su desamparo por las áreas industriales. Esas zonas que, en las fechas señaladas, quedan solitarias y silenciosas y que, por la noche, son alumbradas por una luz fría y azulada: la de la soledad, donde ningún empresario les ofrecerá nunca una oportunidad.

    Pero la ciudad, en su impasible indiferencia, también acoge en sus entrañas de hormigón y acero a los afortunados que tienen una vida feliz, o simplemente una vida. La semana que viene veré a esos alegres seres hacerse fotos con Papá Noel. El impostado anciano regordete, vestido de rojo y blanco —porque así lo consolidó Coca-Cola en los años treinta—, sostendrá en su mano enguantada una campanilla que hará sonar a la entrada de comercios y grandes almacenes mientras proclama: «¡Jou, jou, jou! ¡Feliz Navidad!». Y los sonrientes dueños de esos negocios se frotarán las manos y pensarán para sus adentros: «¡Entrad y comprad, comprad, comprad!».

    El rito secular, tradición cíclica maldita, ya estaba dispuesto para obrar en nuestras vidas, felices e infelices.



15/12/25

508. Los últimos días

    Cuando los veo caminar, me veo a mí mismo dentro de unos años. Avanzan a la velocidad de la ultralentitud, agarrados al brazo de una persona joven o sostenidos por un bastón. Eso, en el mejor de los casos. Si el viento arrecia, ni siquiera se aventuran a salir y, si ya están en la calle, se detienen o buscan el resguardo de una pared amiga.

    Lo que más captura mi atención son sus miradas. Algunas incluso me sobrecogen por su vaguedad. Miran como si todo les fuera desconocido y nuevo; como si se encontraran desubicados en tierra de nadie. Quizá sienten que ya no pertenecen a este mundo o que este los aparta a empellones hasta relegarlos a un rincón.

    Sus bocas casi siempre permanecen abiertas. Dicen mucho sin pronunciar palabra y sus manos apergaminadas tiemblan. Yo los veo, aunque parezcan invisibles a los ojos de los demás. Y, en las oscuras tardes de invierno, cuando el entramado lumínico navideño funciona a pleno rendimiento, percibo el tenue fulgor de sus auras moribundas.




12/12/25

507. Descreimiento

    Yo, pese a mi descreimiento generalizado, creía en la Muerte. Pero mi fe en ella se ha debilitado, porque, en tan solo dos días, se ha llevado la vida de Roberto Iniesta y Jorge Martínez antes que la de Nacho Cano y José Manuel Soto. ¿Es que no se da cuenta de que el mundo necesita mucho más a los macarras y antihéroes que a los boceras y populacheros?



10/12/25

506. Confesiones

    Entré en la iglesia de piedra cuando ya era de noche. El interior estaba tenuemente iluminado por la luz temblorosa de unas velas dispuestas a lo largo de las frías paredes. En el centro del extremo opuesto a la entrada, un enorme crucifijo de madera antigua se erguía sobre un soporte elevado.

    Me senté en la bancada más alejada de la imponente cruz. Así no tendría que levantar la cabeza para comunicarme. Cerré los ojos y, con profunda veneración, rememoré mis actos de hacía una hora. Al cabo de un rato los abrí, desprovistos de toda emoción, y le comuniqué al crucifijo que le enviaba tres nuevas almas de las que ocuparse.

    Una vez más salí de la iglesia en paz con la negrura de mi corazón. Y, de nuevo, me sentí reconfortado a pesar de mis numerosos crímenes.



8/12/25

505. Comunidad de vecinos

    Supongo que cualquiera de los que vivimos en un bloque de pisos tiene vivencias, risibles o no, de lo que acontece en las reuniones de la comunidad de propietarios.

    A mí me hace reír una vecina —soltera o viuda, no lo sé— que, cada vez que le toca por rotación ser presidenta de la comunidad o ejercer alguna otra función de responsabilidad vecinal, arguye que no puede desempeñarla porque —según sus propias palabras— ya es mayor para esas cosas. Aunque la realidad demuestre día tras día que está en óptimas condiciones mentales y físicas.

    La muy picaruela, a la que le gusta vivir despreocupada mientras todo se haga como es debido, lleva unos doce años esgrimiendo ese escueto argumentario y, dada nuestra permisividad, le ha funcionado. Ahora mismo, el inevitable paso del tiempo no solo le garantiza la continuidad de su éxito, sino que además empieza a darle la razón, ja, ja, ja, ja.

    Sin duda, ha sido una jugada larga y maestra.



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