Cuando quisiste darte cuenta, ya estabas a las puertas de un nuevo año. ¿Otro ya? ¿Tan pronto? El tiempo finito del que disponías se agotaba deprisa y volvía a robarte otra pequeña porción de fuerza vital a cambio de más cansancio y nuevas arrugas en la piel. También un poco más de todo aquello que, por inevitable y certero, nunca acababa de gustarte.
Releíste la lista de deseos incumplidos y te avergonzaste un poco. Cuando la escribiste, no pensabas que acabaría convertida en otra enumeración de fracasos. Pero el año estaba a punto de morir y su final volvía a mostrarte la misma repetición anual de autoengaño flagrante. Así que arrugaste aquella verdad incómoda y la arrojaste a la papelera de los propósitos frustrados y las causas perdidas.
Quizá había llegado el momento de afrontar el año con una nueva perspectiva. O ni siquiera eso. Bastaba con empezarlo dispuesto a dejarte arrastrar, o mecer, por la marea de los acontecimientos predecibles e impredecibles. Y, cuando tocara, ponerte en las manos arriesgadas de la improvisación.
Puestos a desear algo para el inminente dos cero dos seis, estaría bien que la Diosa Fortuna sonriera de una vez por todas a quienes sufren el azote de la guerra, malviven en la indigencia o se consumen de hambre... O que desatara alguna peste especialmente selectiva y se llevara a unos cuantos miles de hijos de puta.
Estaría bien. A sabiendas de que la realidad volverá a recordarme —como siempre y sin pedir permiso— que algunos deseos no son más que pura entelequia y que mañana será igual que ayer.