Dícese del abuelo Ursucino que era el mejor podólogo de su generación. Tanto si utilizaba la mano diestra como la siniestra, trataba con éxito cualquier afección de los pies. Tal era su dedicación que, de no ser porque empezó a temblarle el pulso, solo la muerte lo hubiera jubilado.
No es menos cierto que una vez, con una técnica innovadora desarrollada por él mismo, empleó una radial industrial para eliminar unas callosidades de dureza diamantina. La operación de desbaste plantar duró una hora y media, durante la cual gastó dos discos de nitruro de boro de 230 mm.
El cliente, perteneciente al pueblo indígena baduy de Indonesia, aseguró que tan solo sintió un agradable cosquilleo.
Los residuos biosanitarios que se derivaban de su trabajo no siempre eran gestionados según el protocolo pertinente. A veces, el abuelo Ursucino acostumbraba a moler algunos de esos restos, tales como piel descamada y trozos de uñas desencarnadas, para luego comprimirlos a conciencia en pequeños envoltorios de papel de estraza.
Según lo complicada que hubiera sido la jornada laboral, al final de la misma, para relajarse y elucubrar nuevos procedimientos, se fumaba en pipa uno de aquellos comprimidos orgánicos.