Hace casi un año que en mi ciudad cambiaron los contenedores de basura tradicionales por otros que se abren mediante una tarjeta. Estos nuevos recipientes urbanos, al tener más capacidad que los antiguos, también ocupan más espacio.
En lo que se refiere al contenedor amarillo, pese a que lo vacían con frecuencia, siguen amontonándose bolsas de basura a su alrededor porque suele estar tan rebosante que ni siquiera puede cerrarse. Y, claro está, la basura que una vez sale de casa ya no vuelve a entrar.
Sin duda, generamos una enorme cantidad de mierda y desechos.
Al margen de que uno crea o no en el reciclaje, la gestión de los residuos sólidos urbanos es la que es. Muchos ciudadanos exigen una infraestructura adecuada al respecto: que haya el número de contenedores necesarios y, sobre todo, que estén ubicados en la fachada de la casa del vecino y no en la propia.
¿Cómo hostias hará el ayuntamiento para contentar a todos esos ciudadanos tan comprensivos y cómodos? Yo los arrojaría al contenedor de color marrón, que es el que les corresponde, ya no solo por ser materia orgánica, sino también por ser del todo desechables.
El problema es que haría falta un número desorbitado de contenedores marrones, o uno solo de proporciones descomunales, y la tasa que habría que pagar por semejante servicio sería inasumible.