4/11/21

80. Resistiendo

    Noviembre de 2020.
    El primer toque de queda de nuestra vida ya está aquí. Más real que Hacienda y colocándonos en tesituras nunca antes experimentadas. Todos vimos a Remedios Amaya cantando descalza en Eurovisión. Todos sentimos en nuestros corazones la calamitosa degeneración de Maradona y Julio Alberto. Todos resistimos las canciones radiadas de OBK y los putos abanicos de Loco Mía. Todos vimos morir a Chanquete por primera vez, joder, pero vencimos los traumas. Esto es diferente; es una carrera de fondo, una lucha de resistencia en la que nuestro temple se pone a prueba.
    Espero equivocarme, pero auguro unas Navidades claustrofóbicas en las que un confinamiento duro se presentará como un miembro fantasma en nuestro devenir cotidiano. Solo nos permitirán salir bajo un horario estricto para que podamos volver a ser gilipollas adiestrados para el consumo sádico.
    Algunos disfrutarán de su misantropía, y los que más verán sus relaciones afectivas —salvo las que ya tenían bajo el mismo techo— congeladas bajo cero. Se creará el escenario propicio para la depresión, la automutilación, el desánimo, la angustia, el aislamiento, la soledad y esos finales trágicos como arrojarse al vacío, la soga en el cuello, vaciar el pote de pastillas como quien se bebe un chupito, la cuchilla oxidada y el agua tibia en la bañera, etc.
    Ante semejante escenario —siniestro y descorazonador, pero posible— habrá que esforzarse y retorcer la imaginación. Algunas parejas probarán la dureza de sus cabezas con los atizadores del fuego a tierra, pero otras pospondrán las firmas de los papeles del divorcio y reinventarán el Kamasutra. Serán tiempos de pasión desmedida y las paranoias mentales adoptarán matices sobredimensionados. Por otro lado, los adictos al vicio solitario tendremos que tener especial cuidado con lo que mi médica de cabecera diagnosticó como codo de onanista —que se ve que es peor que el de tenista—. La ceguera y el acné purulento quedan descartados.
    Noviembre actual: el codo bien.


1/11/21

79. Iba a escribirte

    Iba a escribirte en la víspera de Todos los Santos, pero uno de ellos se me fue al cielo. Iba a hacerlo escuchando alguna canción de la primera época de Helloween para recibir los estímulos adecuados. 
    Iba a escribirte en la Noche de los Muertos y lo hago ahora, cagándome en ellos. No en los tuyos, pero sí en los de alguien. Esta vez son las melodías de Malevolent Creation las que me ofrecen inspiración. Quizás hay algo de verdad en ese misticismo pagano y algún espectro consiguió entrar en nuestra dimensión, y se ha quedado en la habitación desde la que te escribo. Por eso quizás está más helada que una cámara porcina de refrigeración. Por eso quizás me estoy cagando en todos los muertos.
    Odio el frío, hostia.
    Iba a escribirte en la Noche de Brujas, pero alguien pulsó el timbre del rellano de mi puerta. Cuando la abrí, me encontré con cuatro renacuajos de ultratumba disfrazados de esqueletos. Tres de ellos me miraban con sus maquillajes de black metal desde abajo, muy serios e inmóviles. La cuarta personita, enmascarada con la cara inexpresiva de Michael Myers, me preguntó con su vocecita de niña si truco o trato. Joder, me toca los huevos que me interrumpan cuando tengo una conexión excelente con el teclado. Por un momento pensé en probar el filo de los cuchillos de la cocina con la carne tierna e inocente de aquellos chiquillos, pero me gusta el amigable don de gentes de Michael, qué le voy a hacer. Así que solo los mandé a tomar por culo.
    Para mi sorpresa, el Michael Myers de baja estatura se llevó la mano a la espalda y, al segundo, su manita reapareció empuñando un cuchillo de plástico tan grande como su pierna y, como una promesa de muerte, paseó el filo por su cuello en un lento gesto semicircular, mientras que los otros tres, imperturbables, me enseñaron el dedo medio estirando hacia mí los bracitos. Al primer movimiento que hice para trincarlos del pescuezo, los pequeños bastardos salieron como el rayo en dirección a las escaleras del portal, bajando por ellas como espíritus burlones en un alboroto desenfadado de gritos y risas de puro disfrute.
    Iba a escribirte en la noche de Halloween, pero sucedió todo esto y al final opté por salir a comerme unas castañas.



28/10/21

78. Derrapaje en la Academia Sueca

    Cuando la Academia Sueca tuvo a bien galardonar con el Premio Nobel de Literatura de 2016 a Bob Dylan, caí en una depresión que hizo temblar las existencias de todas las licorerías. Tuve que releer Skagboys (2012), Los versos satánicos (1988) y La máquina de follar (1974) para recuperar la fe en el arte de la expresión escrita. No di crédito y mi alma se diluyó pies abajo como agua por el sumidero. Franz Kafka y León Tolstói murieron sin tan merecido galardón. Clama al cielo que todavía hoy talentos tan portentosos como los de Joyce Carol Oates o Margaret Atwood —por citar dos de muchos— no tengan tan reconocido premio. 
    Aquel día de 2016 la Academia Sueca derrapó y aún hoy reverbera el eco de semejante desatino.
    Queridos, queridas: las obras inmortales se escribieron desde la locura y en tiempos oscuros. ¿Existe talento en las letras de alguien que no haya muerto hace cien años? ¿Hay esperanza para un mundo prosaico, incoherente, sobrealimentado y borracho de sí mismo, cuya única obsesión no es la calidad humana, sino su propia egolatría inflada hasta la obesidad mórbida por las categorías sociales, Netflix, la huida de la soledad, la masturbación como forma de vida, explotar burbujas de embalaje como pasatiempo, los barbitúricos y el psiquiatra?
    Amigos, amigas: este delirante bloguero no tiene las respuestas. Aunque ahora que se acerca la fiesta pagana de origen celta, podría consultarlo con Charles Bukowski a través de la güija. El muy cabrón siempre sabía qué decir y escribía desde las entrañas. Está claro que Bob Dylan es un magnífico letrista, incuestionable cantautor poético de voz nasal que debería sonarse la nariz más a menudo. Su influencia en lo musical es enorme y eso es innegable. Como es innegable que el rapero Nach y Roberto Iniesta de Extremoduro también lo son y jamás conseguirán el galardón. 
    Puede que literatura y música muchas veces viajen en la misma dirección, pero lo hacen por caminos diferentes. Pero tampoco nos pongamos trascendentales. A Barack Obama le concedieron el Premio Nobel de la Paz y, de momento, ha sido el presidente de Estados Unidos que más tiempo ha estado en guerra. Por eso quizás Murakami —el eterno aspirante— debiera probar a componer canciones.
    A lo mejor suena la flauta.


Esparce el mensaje, comparte las entradas, contamina la red.