24/6/21

42. Muerte, olvido y fiesta

    Un mamarracho acuchilló a una chica en un parking exterior de una zona residencial. Toda la comunidad de vecinos, agrupada como una sola voz y una sola persona, se escandalizó, pues el que más y el que menos conocía al homicida y a la víctima. Aunque todos somos cobardes y nos ocupamos de nuestros propios problemas, mirando los ajenos de refilón y con fingido interés, un vecino mostró una increíble valentía y detuvo al malnacido. Como es normal y cabe esperar, la vecindad expresó su repulsa en airadas exclamaciones: «¡Hijo de puta! ¡Asesino! ¡Por Dios, si es que se veía venir!».
    La chica murió y, como ya se sabe, las palabras no resucitan a los muertos, y muertos se quedan. Como manda un protocolo no escrito, toda la barriada se solidarizó de buena fe en un acto mezquino y morboso, pero no por ello malintencionado. En silencio y cabizbajos, adoptaron rasgos de pesadumbre y tragedia. Se depositaron flores en el lugar del acuchillamiento y se encendieron velas sobre la sangre seca. Entre sollozos y expresiones de dolor, se prometió por siempre mantener vivo su recuerdo.
    Sí. Ya. Claro.
    Se acercan las fiestas del barrio y el aparcamiento exterior donde ocurrió el asesinato es el lugar donde montan la verbena. Ya nadie llora y la amargura se ha esfumado, dando paso a la predisposición al festejo. Ya nadie sustituye las flores marchitas que desde hace días y días se ha llevado el viento. Ya nadie enciende las velas para mantener viva la llama del recuerdo de aquella chica. Total, ¿para qué? Los que todavía quedan olvidan pronto y hay que seguir viviendo.
    Donde el cuchillo se ensañó con la carne de una inocente, reirán los vivos y bailarán los borrachos.


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