Turno de noche en el curro. Soy el «sapero» de mi equipo. Para ser más exactos, del equipo A.
El jefe del equipo A no se llama Aníbal ni fuma puros —de hecho, está prohibido fumar—, pero sí tenemos a un chiflado. De hecho, hay seis equipos y, en cada uno de ellos, como mínimo, uno o dos locos. Incluso, ahora que me acuerdo, el chiflado del equipo F tenía licencia de piloto privado de helicóptero. Recuerdo que la empresa lo despidió, y no por estar más loco que Murdock —que lo estaba—.
Puede parecer exagerado, pero es normal. En algunas personas, trabajar en la mina provoca la locura o la acentúa si, como yo, la llevas de serie. Lo primero creo que se debe a la presión atmosférica a tanta profundidad, al miedo primigenio a la oscuridad y a cierta claustrofobia soterrada. Y eso que hay galerías por las que circulan máquinas gigantescas.
Como lo tengo por mano, a las dos y media de la mañana ya lo tengo todo actualizado. Luego solo me queda esperar a que vaya saliendo lo que tenga que salir hasta el final de la jornada, que será el inicio de la del equipo B. Cómo quede la lista de averías para el relevo entrante depende de las secciones de explotación y brigada, que, en aras de la producción, destruyen y destruyen.
Mi vieja y pesada caja de herramientas debe de estar oxidada. Desde hace tres años, mis instrumentos de trabajo son un teclado, una radio móvil bidireccional Motorola y un par de teléfonos. El negro suena si solo quieren hablar conmigo y el blanco, cuando quieren hablar con el jefe. Solo que el jefe casi nunca está, puesto que está gestionando en persona el trabajo que debo gestionar yo en el ordenador.
Y aquí sigo: turno de noche en el curro. Ahora son las tres y pico de la mañana. He tardado cerca de una hora en escribir en mi libreta esta entrada. Lo haría desde el ordenador, pero, joder, los puertos USB están bloqueados. No vaya a ser que me descargue información sensible y proyectos empresariales secretos. Además, estaría violando el acuerdo de confidencialidad.
Otras veces me da por entrar en Google y lo primero que aparece en pantalla es un mensaje en inglés que me advierte de que no vaya más allá, porque el puto Gran Hermano me está observando y me joderá, ja, ja, ja. También podría llevarme el móvil, como hace el resto de la plantilla que tiene que sentarse en una silla giratoria de oficina, y ser víctima del scroll.
Pero no, joder, no. Prefiero gastar el tiempo en entradas manuscritas en mi libreta. Ahí, justo debajo de las OT (órdenes de trabajo), que luego quedarán reflejadas en SAP.
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